Domingo. Suena la televisión encabezando un extremo de la mesa. Se ven coches aplanados, a toda velocidad, dando vueltas a la misma pista varias veces con la urgencia de llegar los primeros.
La comida está servida. Montones de trozos de un par de especies de animales mamíferos ocupan la mesa envueltos en una salsa apetecible y emanan olores que hacen temblar a los intestinos. Pero yo no como nada de eso.
La abuela me habla de su catolicismo. Luego, mi hermana me enseña vídeos de mi sobrina montada en un caballo en sus clases de hípica. Mi abuelo asume que concuerdo con su elección política sin dar lugar a un debate. Mi tía y mi cuñado copan la mesa hablando de lo que es saludable para la inmunidad según lo que dicen los medios. Y mi tío comenta algo de Dubai y unas vacaciones en un hotel plantado en la costa, junto al agua, y las maravillas en las vistas que eso conlleva.
No me interesa el catolicismo, pero escucho a los imperativos de mi abuela que me incluyen como si yo aprobase sus consignas. Tampoco concuerdo con las falacias que, ensañado, escupe mi abuelo en cuanto abre la boca un rival (bueno, en realidad, tan sólo se trata de una persona que piense diferente). No me interesa la fórmula uno, ni la trepidante insistencia de esos coches chatos liberando gases por llegar los primeros a una cinta de plástico. No me aportan valor, y no creo que aporten valor al mundo. Las vistas a pie de playa las erradicaría, querido tío. El hedonismo irrisorio de tu puro en un balcón divisando el horizonte sin pasmo alguno dura menos de un minuto, y es el precio que tiene que pagar el mar por un daño indefinido. Por suerte, no te lo impongo. Y tampoco pretendo llegar a una poltrona para impedírtelo, ni a ti ni a nadie. Esa es la diferencia entre tú y yo, supongo.
Tampoco me interesa la copiosa -innecesaria- comida a costa de las vidas de unos animales. Ya no soy vegana, pero tampoco soy idiota. De la salud y los argumentos de supuestas autoridades competentes, ya ni comento. Por supuesto, menos me interesa la “hípica”, hecho que ya sabe mi hermana mientras me habla con todo lujo de detalles de la historia que antecede a la amazonas. No le veo la gracia a montar a un animal por un inútil divertimento y llamarle a tal cosa “pasión por los caballos”. Supongo que es análogo a lo que hacemos entre nosotros: recursos, unos de otros, sin respetar la libertad del individuo, sin un interés genuino en saber quién es, y con cierta sorna tenemos la caradura de llamar “amor” a esa mala astucia. Entre tratar a los animales no-humanos como un hijo, un entretenimiento de nuestro autoestima y comprar perros de raza, mi angustia hace piruetas para no ponerse la botas.
Pero me callo, pues tan sólo proponer algo distinto, supondría un linchamiento masivo para el que mi autoestima no está preparada.
─Tienes que saber respetar a los demás─ me exige mi madre cuando le pregunto qué opina en petit comité. ─No puedes ir por la vida así. Cada uno es como es. No puedes obligar a nadie a ser como tú quieras.
La ironía se cierne sobre mí. La norma, lo que todos hacen y dan por supuesto, resulta que no es una imposición. La imposición, al parecer, viene de mí que, incluso callada, opino diferente. Mi madre me confundía con una revolucionaria manifiesta que alza el puño y grita clamando al cielo alguna consigna populista. Mi madre, mi hermana, mi tío… me despreciaban porque no pensaba igual que ellos, haciendo ver que era yo la que imponía algo que nunca jamás siquiera tuvo lugar de verbalizarse.
Mi madre sabía que me atacaban explícitamente en la mesa durante años, que me despreciaban con gestos y miradas. Y aún así, el sentido común no conseguía derribar lo más evidente: la imposición se siente ante lo que es distinto, pero es en realidad lo que se resiste a cambiar o a ser permeado (¡a escuchar!) lo que se impone sobre lo demás.
Hasta ayer, un amigo me decía no poder evitar sentirse ofendido por una opinión contraria a la suya. El detonante: él quiere consumir azúcar, y yo pienso que es malo. Le dije mi opinión, cuando no me la pidió, porque asumí que en una amistad se buscaba (parece ser que sólo la busco yo). “No me sienta bien porque no es lo que busco”. Hubiese preferido que no lo admitiese. Hubiese preferido que se tratase de una ilusión fantasmagórica contra la que luchar. Pero no, era bien real y bien absurda: “tu opinión ofende porque va contra la norma”. No importaban ya las formas, la intención o el contenido. Tú dices A, las personas suelen decir también A en un 80% de los casos, y yo digo B. Es sólo eso. Que yo digo otra cosa.
En el intervalo de pensar todo esto, veo a mi sobrino jugando al fútbol en un vídeo, animado por toda la familia. Veo cómo anuncia que ha ganado otro torneo para escuchar respuestas halagadoras, ovaciones y afianzar su autoestima. En segundo plano lo recuerdo conmigo leyendo, hablando de la naturaleza o tratando de componer en el piano antes de que la inundación cultural llegara a devastar su genuino interés por las cosas.
Está agotado de jugar, pero hacer otra cosa ahora le parece ridículo. Le propongo ir afuera, a la huerta, y me pone una mueca extraña que resaltaba lo ridículo de mi propuesta, aunque con reservas. Por algún lugar recóndito de su cabeza todavía recuerda a su padre entusiasmado porque jugase y reprochándole algún mal partido. Yo vi la transición de su forzado interés. Cómo buscaba a los mayores mediante el fútbol para que le diesen valor a su identidad. Vi cómo le insertaban la idea de ser futbolista cuando él se interesaba por la música. Sabe que su madre habla orgullosa de sus jugadas nada más entra por la puerta los domingos. La música requería constancia y el fútbol lo tenía hecho. Eligió el segundo porque sus padres abandonaron los ánimos para el primero.
Mañana tendrá otro partido y sólo deseará hacerlo bien para escuchar el aplauso y alimentar la autoestima que sus padres le transfieren por medio de un deporte. Y algunos, como yo, seguiremos diciendo B, sin atacar, sin imponer, y aún con todo seremos los que ofenden. Porque “todavía no”.