¿Qué se supone que hacen las leyendas una vez cumplido su destino?
Los vitoreos y gritos de felicidad resonaban a través de las paredes de la tienda de campaña que le servía de cuarto personal. Sin embargo, el entusiasmo que se extendía entre las tropas, por la fortuna de presenciar los días posteriores a la victoria, había abandonado a Manuel pocas horas después de su milagroso despertar. Era un hecho asombroso, considerando que su última impresión, antes de caer inconsciente en la arremetida final ante el Enemigo, fue que su cuerpo sería consumido antes de llegar a tocar el piso, destruido por la magia oscura que comenzó a extenderse gracias a la brutal estocada que no tuvo la fuerza de repeler.
Debería estar muerto en esta parte de la historia.
—“… y el Gran Hechicero un alto precio enfrenta” —las palabras del familiar verso le arañaron la garganta al pronunciarlas, y la tos que le sobrevino le recordó la herida punzante en su costado. Percibía la ponzoña toscamente contenida alrededor de la llaga, el resultado de los desesperados intentos de las curanderas por mantenerlo con vida, a demanda del Elegido.
Mi Elegido.
Quizás más tortuoso que el resquemor de la marca oscura que le propinó el Gran Mal, o la preocupante distancia que había cobrado su propia magia, era la nueva y desagradable sensación de angustia que lo embargaba cuando su querido amigo le venía a la mente. Debía ser una más de las voces entusiastas que celebraban afuera. Con lo apegados que se habían vuelto después de todos los años preparándose juntos para cumplir sus destinos, la única razón para no contar con su presencia constante mientras se recuperaba, era su responsabilidad de mantener alta la moral al mostrar su buen estado después de la batalla, ya que todos conocía el estado de Manuel a esas alturas.
Además, los otros señores debían estar apresurando su aprobación para comenzar con los preparativos del regreso a casa para cada uno. Era otro duro golpe a su ánimo el no poder estar a su lado, apoyándolo en estas tareas ahora que la gran guerra había terminado.
De todas formas, tu parte se ha acabado, un Rey necesita políticos a su lado, no mercenarios.
El ardor se transfirió a sus ojos, y la garganta volvió a rasgarle, aunque solo un quejido dejó su boca en ese instante.
Ni de escudo puedo servirle ahora, una puñalada y he quedado destrozado.
— Una esposa es lo que tendrá ahora —en la soledad de su tienda, y contra la algarabía del exterior, su murmullo desolado y las gotas cayendo por su rostro bien pudieron no existir.
Fue lo único que los señores llegaron a discutir a un lado de su litera, durante sus primeras horas de total lucidez, y antes de que Francis- El Elegido - les prohibiera hablar sobre algo más que no fueran sus buenos deseos para la pronta recuperación de Manuel.
No sería la primera vez que enfrentara a los nobles y comandantes con vendas y sangre bajo la ropa, pero era otra dura señal de que su utilidad estaba terminando.
¿Para qué querría un mago con nada más que penosas trazas de magia rondando los pasillos? Sería solo otro noble inservible ocupando espacio en el castillo. Habría sido mejor caer en combate…
—… mejor que verlo desposar a alguien más.
Con su suerte, Fran-El Elegido - le pediría posarse a su lado durante la ceremonia. Siempre generoso al compartir la atención y sus éxitos, pero completamente ciego al anhelo creciente en la mirada de Manuel.
No podía pensar en algo peor que tener un puesto reservado en primera fila para ver su compañero comprometerse con alguien más, después de tanto tiempo siendo el más cercano, y lo más importante en la vida del otro.
— Ser de leyenda apesta —le confesó al cielo de la tienda, y el antiguo resentimiento sobre su posición en la antigua profecía resurgió desde las profundidades de su corazón, en donde lo había mantenido enterrado por años.
La clase de poder con la que había llegado al mundo era un regalo, pero toda otra dicha en su vida -excepto haber conocido a…- casi no valía la pena frente al resto de sacrificios y desventuras que se sucedían estación tras estación durante toda su vida.
Su familia dejó de ser una casta insignificante el momento en que se confirmó su lugar como el “El Gran Hechicero”, y mientras el nombre de ellos se llenaba de gloria, a Manuel lo abandonaron en el templo con los eruditos para ser entrenado y resguardado, hasta que su Elegido se diera a conocer. Y aunque los tiempos que vinieron creciendo al lado del otro fueron muchas veces sus más eficaces aires de aliento; el violento fin de las personas que incidentalmente lo criarlo, marcó un abrupto fin a su niñez.
Los paisajes y los amigos que formaron en el camino a la aventura no borraban la violencia y horrores de los numerosos combates. En medio de todos esos eventos, y como un fuego que creció muy rápido y más de lo que debía, su vieja parentela desapareció casi de un momento a otro, diezmados en un solo movimiento gracias a la traición de vecinos avariciosos y cobardes. La única absuelta de tal fortuna, la hermanita que a penas conocía, fue enviada todavía más lejos de él por su propia protección, a la isla de un lord que, después de tanto tiempo, solo debía estar esperando el momento oportuno para casarla con alguien de su estirpe, y así asegurar la continua buena voluntad del futuro Gran Rey.
— Oh, Tiare, perdóname —una abrupta culpa y nostalgia detuvo sus divagaciones por un momento— … algunas veces olvido que aún me queda alguien fuera de todo esto.
Pensar en la niña, a quien solo conocía por cartas, siempre le traía un amargo dolor en el pecho. Una hermana pequeña que ya no solicitaba promesas de una pronta visita, pues a corta edad había entendido que no era un favor que el resto del mundo pensara que le correspondiera exigir, ni algo que Manuel tuviera el poder de cumplir.
Pero ya no tengo guerra que pelear, ni Enemigo que vencer… y tampoco Elegido que proteger.
—… de todas formas desaparezco de la historia desde ahora.
Haciendo uso de su dilapidada magia, recubrió lo peor de su herida con una capa de energía protectora, sumándola al trabajo bien intencionado de las sanadoras del batallón, y finalmente se levantó de su catre con brazos temblorosos. Por suerte, sus piernas se mantuvieron lo bastante firmes para llevarlo a su siguiente destino.
Entre tanto júbilo y movimiento a lo largo de todo el campamento, nadie se dio cuenta del mago o del caballo faltante hasta unas horas después.
No hasta que Francisco fue en busca de su mejor amigo para decirle que era hora de volver a casa.
Finalmente, el Elegido, junto al Gran Hechicero han vencido en la campaña final contra el Gran Mal que vino del mar. El Terrible Ejército ha sido derrotado y los reinos de la Nueva Tierra liberados de la gran amenaza que estuvo a punto de destruirlos a todos. Ahora que el polvo comienza a asentarse y los fuegos de las batallas se han extinguido, el Elegido está listo para recibir la corona usurpada del Enemigo, para así cumplir con los últimos versos de la profecía, que vaticina la era dorada para los 12 reinos bajo el mando y protección del rey legendario.
Deberían ser tiempos de celebración, pero para Manuel, el Gran Hechicero, el triunfo es agridulce. Herido gravemente por la Espada de Sangre, apenas logró sobrevivir al campo de batalla para anunciar la victoria junto a Francisco, el héroe elegido. Con su magia dilapida apenas expulsando la ponzoña oscura de su cuerpo, y su compañero a lunas de tomar esposa y un nuevo propósito, comprende que, quizás, haya una razón para que el Gran Hechicero no sea mencionado en el último trecho de la historia. ¿Qué más queda por hacer cuando su destino juntos ha llegado a su fin?
Habían llegado niños nuevos al salón. Manuel se percató de eso en el instante que atravesó la puerta de la mano de su profesora, si bien aún no era muy bueno con las caras, al final del año anterior ya podía recordar a todos sus compañeritos; por eso llamaron tanto su atención los cinco extraños -tantos como los dedos de una manito-. Solo dos de ellos se parecían a animalitos; el niño tenía orejitas y cola peluda, y la chica estaba más cubierta de escamas, con cola como de lagartija; los otros tres nuevos eran super normales y aburridos como él y la mayoría de la clase.
No tardó en decidir que le gustaban más las orejas de su nuevo compañero, pues le recordaban a los perritos del vecino, igual que las de la profesora, pero el pelo del niño era más oscuro. Aunque ahora sabía que no debía intentar tocarlas como el año pasado. La profe y sus papás le explicaron que la gente no se acariciaba como a las mascotas, aunque pudieran convertirse en perritos grandes, o tuvieran alas de pájaro o cualquier otra cosa chistosa. Era una pena, pero no quería molestar a nadie, así que ya no estiraba las manos hacia la cara de su profe cuando le daba besos de despedida, ni agarraba a los mellizos Sánchez de las alas para que le prestaran atención.
Bueno, Manuel lo intentaba, y si él lo entendía, él, que le lloraba casi todos los viernes a su papá porque no tenían un perrito como los vecinos; no sabía porqué al resto le costaba tanto entender lo mismo.
- ¡Son tan suaves! ¡Qué lindo eres! -chilló Andrea, quien estaba junto a sus dos otras amigas en un rincón.
Manuel no solía jugar mucho con ellas porque las encontraba gritonas, y siempre se molestaban unas con otras por algo. Este día, sin embargo, no podía evitar mirarlas de vez en cuando, mientras correteaban al niño nuevo con las orejitas por todo el patio, y ahora que estaban en la sala. La profe apenas se había ido a acompañar a la niña-lagartija al baño, y en cuanto estuvo fuera, Andrea y su grupito se amontonaron alrededor del niño para tocarle todo el pelo.
- Uhm, gracias… pero, ya no quiero… -El niño-perro dio un paso al costado, y sacudió la cola lejos de la mano de una de ellas, justo para terminar cerca de los dedos de otra, que sin pena ni culpa le pellizcó una de sus orejas. El quejido suave del niño, y sus reclamos igual de suaves para que dejaran de tocarlo, lograron que Manuel se levantara y dirigiera sus pasos hasta aquel rincón, aunque no soltó el libro gigante de cuentos que llevaba una tarde intentando leer solito.
- Basta, que lo molestan -dijo en cuanto estuvo cerca. Las niñas se voltearon a verlo, pero en vez de alejarse, se apretujaron aún más, creando una pared humana alrededor del niño-perro.
- No es cierto, le estamos dando cariño, a mí me gusta cuando mi mamá me hace cariño -le contestó Andrea, con la seguridad de quien no sabe que no tiene idea de nada.
- Te gustará porque es tu mamá, pero él no quiere que lo toquen a cada rato –contestó Manuel.
Las orejas del chico se elevaron en su dirección, igual que su cola, pero no hizo nada más que mirarlo y se mantuvo callado.
- ¿Y tú qué sabes? ¡No eres su amigo! -Andrea se colgó del brazo del niño, y este se inclinó en sentido contrario, pero siguió sin decir nada.
Manuel entrecerró los ojos.
- ¡No le tiras las orejas a tus amigos! ¡Ni siquiera preguntaste si quería jugar contigo! -gritó en respuesta. Comenzaba a molestarse en serio, incluso sentía sus cachetes inflarse en los pucheros que su madre nunca tomaba en serio.
- ¡Sí quiere! ¿Verdad que te gusta jugar con nosotras? -Andrea finalmente se dirigió al niño, de quien se aferraba del con las uñas. Este la miró algo asustado, con ojos grandes y la boca hacia abajo, pero no dijo nada, como parecía ser su costumbre. Pronto el niño-perro cambió de enfoque, y se volteó a mirar a Manuel con ojitos grandes y lastimeros, pero tampoco dijo nada. Quizás era mudo a ratos.
La puerta al principio de la salita se abrió, y entró la niña-lagartija seguida de la profesora. Andrea comenzó a llamarla, con la sola intención de decirle que Manuel las estaba molestando, pero estaba preparado para defenderse esta vez. Estaba seguro que habría salido bien y la profe le habría dado la razón, si es que la niña a su derecha no hubiera elegido ese preciso instante para volver a meterle mano al niño nuevo. La vio cómo estiró la mano y, con más fuerza de la necesaria, apretó la cola del niño-perro y jaló.
El aullido que este dio asustó a todo el salón, y para Manuel, en especial, fue como si hubieran pateado a su propio cachorrito. La profesora no pudo dar más que dos pasos en la dirección del grupo cuando, de un segundo al otro, Manuel sujeto con ambas manos su gran libro ilustrado, y girando medio cuerpo se lo estampó al centro de la cara a la otra niña.
…
La manito del niño-perro sobre su muñeca lo calmaba un poco, pero no del todo, así que seguía agitando las piernas sobre la silla gigante de adulto junto a la oficina de la directora. Las uñas del chico, Francisco -al fin había abierto la boca para decirle su nombre-, eran un poco más largas de lo normal, y se enterraban en la tela de su cotona, aunque no hacían más que apretarle un poco la piel. Es más, solo se sentían como un pinchazo suave, así que aún no encontraba alguna razón para decirle que se las quitara de encima.
Le parecía que Francisco, -Fran-, estaba mucho más nervioso que él, quizás nunca había tenido reunión privada con ninguna directora. No eran la gran cosa.
Los dos dieron un salto cuando la puerta al pasillo se abrió, y por esta entró la profesora seguida de otra mujer. Era una señora con las mismas orejas de Fran, y avanzó al doble de velocidad hacia ellos, abriendo los brazos en cuanto estuvo cerca.
- Oh, bebé, ¿Estás bien? ¿Quieres que nos vayamos? -le preguntó al niño sentado a su lado.
En vez de lanzarse contra ella como todos esperarían, Fran se aferró aún más fuerte al brazo de Manuel, esta vez rodeándolo con ambas manos y sujetándose a su cotona con todos los dedos. Hasta dio otro de esos gemidos lastimeros de cachorro.
- ¡No! -aulló Fran, pegándose como un pulpo al costado de Manuel.
- Bebé, ¿Qué tienes? -preguntó la señora, un poco asustada.
- ¡Me estaba defendiendo, mami! ¡No podemos dejarlo solo! ¡La profesora va a volver a tratarlo mal!
Un silencio rotundo se impuso en la habitación por un instante. La mujer siguió perpleja durante dos pestañeos, aunque casi al instante se volteó y fulminó a la profesora con la mirada. El pelo de las orejas y la cola se encresparon y unos pequeños colmillos se asomaron entre los labios de la madre de Fran. En cambio, las orejas y cola de la mujer más joven se agacharon en respuesta, acabó dando un paso atrás y esquivando la mirada de la otra.
- ¡Golpeó en la cara a su compañera! ¡Toda la clase comenzó a espantarse! Tenía que regañar a Manuel, esa no es forma de resolver los problemas.
La verdad le había parecido un poco exagerado, el cómo sus compañeros empezaran a correr y gritar por toda la habitación después de escuchar la cachetada que le plantó con el libro a Mariana. De igual forma, Manuel recibió el regaño con la mayor calma que pudo -ya le incomodaba un poco llorar en público-, aunque se rehusó de lleno a disculparse cuando Mariana acabó de llorar. Y por eso estaban donde estaban, incluyendo a Fran, que por nada del mundo quería soltarlo, lo cual le parecía justo, después de todo; se había metido en problemas defendiéndole el trasero.
- ¿Y qué problema fue el que necesitaba resolver solo? Si se puede saber -El pelo erizado de la madre de Francisco se quedó donde mismo, y un tenue gruñido se colaba entremedio de cada palabra que pronunciaba.
- Bueno…
- No pararon cuando Fran les dijo que no quería que le metieran mano -contestó Manuel con toda seguridad, pues había escuchado en la tele a alguien usando las mismas palabras. Debió expresarse bien, pues la madre de Francisco comenzó un pandemonio al que su madre le metió más leña cuando al fin llegó.
Nadie se fue muy contento ese día, a excepción de Manu y Fran, quienes decidieron serían mejores amigos desde entonces. Aunque al principio a Manuel le pareció que era pura conveniencia, pues en cuanto entraba al salón, Fran se le colgaba al brazo y ya nadie se atrevía a rozarlo siquiera, asustados de que Manuel comenzara a usar los libros grandes que tanto le gustaban para ir a golpearlos. Sin embargo, pronto ni le importó, porque Fran se le enroscaba a un costado para la siesta y los mantenía calentitos, además que lo ayudaba a juntar las silabas que aún le costaban cuando se acomodaban para leer; ganar-ganar, siempre quiso un perro de mejor amigo.
No era lo más atestado que habían visto el cine cerca del barrio, esa siempre sería la vez que consiguieron los boletos para el estreno de Toy Story 4; del cual salieron completamente emputecidos y llorando, así que intentaban nunca mencionarlo. Por eso, aunque fuera mitad de verano y estuvieran rodeados de personas por todos lados -con el aire acondicionado solo aumentando el bullicio y esparciendo el olor a sudor y bloqueador-, les era de poco interés la cantidad de gente, es más, la congestión servía a sus propósitos, pues estaban en mitad de una misión de espionaje.
- Deberíamos pedir una bolsa para cada uno, esto no nos va a alcanzar ni para los comerciales -exclamó Rodrigo, en medio de sus otras dos primas, el único que no tenía interés en mirar por los bordes del pilar detrás del que se estaban ocultando.
- No puedo creer que eso sea lo que te preocupa ahora… -respondió María, la pelinegra que aún llevaba los lentes oscuros bajo techo. A diferencia de su estilo habitual, aquel día iba vestida con chaqueta y pantalón deportivo, además de las zapatillas de gimnasia que jamás tocaba si no necesitaba correr en las mañanas para la profesora de gimnasia.
- Pues me preocupa bastante, siempre que me distraigo ustedes no me dejan nada… -Tenía muchos recuerdos de estar hambriento a mitad de película cada vez que se les ocurría salir en familia.
- ¡Mentiras! ¡Eso nunca ha pasado! -María se volteó en su dirección, y levantó sus lentes oscuros solo para dedicarle una mirada molesta.
- ¡Claro que sí! ¿De qué me estás hab…?
- ¡Se mueven!
La inminente discusión se vio interrumpida por la mayor de los primos, quien sujetó de los brazos a los otros dos, y a tirones los hizo avanzar con la masa de gente que comenzaba a formarse para ingresar a la sala de proyección. A propósito fueron quedándose al final de la fila, para seguir ocultándose de las posibles miradas de las dos personas a las que estaban espiando con tanta determinación.
- ¿Qué están haciendo? ¿Están mirando hacia acá? -preguntó María, de espaldas al inicio de la fila y con la cabeza gacha. Estaba convencida de que, de los tres, era la más reconocible a larga distancia, por eso no quería arriesgarse a echar un vistazo.
- No, para nada, Pancha aún está colgada de su brazo, parece que siguen conversando -Catalina intentaba verle el perfil al tipo con el que estaba su otra prima, pero hasta el momento, no había tenido suerte ni para verle la nariz, así que dio otro paso lejos de la fila, buscando un mejor ángulo. Con cada centímetro creía estar más cerca de descubrir si era más o menos atractivo que el novio anterior.
- Sigo preguntándome porqué aún no nos lo presenta, nunca se había tomado tanto tiempo con ningún tipo -comentó Rodrigo, tan bajito en la habitación atiborrada, que por poco ninguna de las chicas logró escucharlo.
- Eso mismo me preocupa ¡Quizás con qué bandido anda ahora la picaflor! Recuerdo al menos dos que necesitaban terapia urgente -agregó María. En verdad la tenía un poco preocupada su prima, pero era una mínima parte; el resto de ella no se podía creer que la santurrona de Francisca le estuviera duplicando el número de novios. Necesitaba respuestas, y saber si tenía otros prospectos secretos o qué pasaba.
- Tampoco se ve como su tipo usual, ¿Verdad? ¿Saben a lo que me refiero? -Catalina agitó la mano en dirección a la pareja. Rodrigo alzó la vista, María se volteó, y por una vez, los tres primos se encontraron observando directamente a quienes habían seguido furtivamente al cine.
Sabían a lo que se refería Catalina. El personaje a un lado de Francisca era un misterio, incluso sin contar que aún no podían verle la cara. Tenía una mopa despeinada de cabello castaño, piernas de fideo y llevaba un chaleco amplio de color rojo con rayas blancas; lo único llamativo del tipo, al menos desde atrás. No habría nada de malo, suponían, si el desfile de exnovios de Francisca no pareciera haber sido reclutado a las salidas del gimnasio.
- Quizás nunca nos presenta a los feos -musitó María, con algo de esperanza. Tanto Rodrigo como Catalina le dieron una palmada.
Continuaron con su espionaje improvisado y torpemente ejecutado, pero consiguieron entrar a la sala de proyección y ubicar sus asientos sin que la pareja notara su presencia. Aunque quedaron cuatro filas detrás, y por mucho que no necesitaran lentes, ninguno tenía super visión, por lo que continuaron avistando solo la parte trasera de sus cabezas, y de vez en cuando la punta de alguna nariz.
- Es bastante bajito, ¿Verdad? Se ven de la misma altura, nunca había tenido un novio tan bajito -comentó Catalina mientras pasaban los comerciales antes de la película. A pesar de que más de un adelanto de película le habría parecido interesante, no le despegaba la mirada a las dos cabezas, que cada tanto volvían a juntarse en medio de los asientos.
- Por eso les digo, a los patitos feos debe sacarlos a escondidas.
- Ya basta María.
- Quizás está tratando algo nuevo, puede que le hayan aburrido los bíceps y el olor a sudor -dijo Rodrigo, insertando su comentario en medio de la conversa de sus primas, así como se encontraba físicamente sentado entre las dos. Cuando éstas lo miraron, les ofreció un poco de las palomitas que sostenía sobre sus rodillas.
Habían caído en cuenta del enamorado secreto de Francisca por puro accidente. Al menos eso les había jurado María, quien, por lo que contaba, vio de casualidad el mensaje entrante de WhatsApp en la pantalla del celular de la menor, cuando esta estaba ocupada en otras cosas. No confiaban del todo en lo fortuito del asunto, pero la curiosidad los tenía en vela hace un tiempo, pues a pesar del sinnúmero de planes que habían hecho para el verano, Francisca no paraba de excusarse de la mayoría.
- No sé si le guste tanto, saben, no he visto que se den ningún beso ni nada -señaló Catalina a unos veinte minutos de haber comenzado la película. Los veía inclinarse regularmente y compartir las palomitas y el refresco, pero nada más.
- Quizás es tímido -sugirió Rodrigo, quien por una vez sentía la necesidad de defender a uno de los novios de su primita. La falta de besuqueos en verdad hacía que el nuevo sujeto le estuviera cayendo en gracia, a diferencia de las chicas.
- ¿Dónde está la pasión? ¿El entusiasmo? ¡La he visto dando nalgadas! No, aquí algo pasa, quizás sea una cita de lástima -María tomaba puñado tras puñado de palomitas mientras analizaba cada movimiento de la pareja. Cabe decir que no se había enterado de nada de la trama en esos veinte primeros minutos.
A los cuarenta minutos, Rodrigo finalmente había comprendido que la película era más de terror que de misterio, a diferencia de lo que le había dado a pensar el tráiler.
- Oh, no… oh no, no, no, no… -El chico se fue encogiendo en su asiento, en un inútil intento de sentirse protegido en la enorme habitación llena de extraños, con la enorme pantalla lista para mostrarle algo que no quería ver.
- Compórtate Rodri, aquí no puedes ponerte a gritar como en la casa -Catalina puso una mano sobre el brazo de su primo, mientras María fue más práctica que sensible, y rápidamente se hizo de la bolsa de palomitas, para mantener lo poco que quedaba a salvo del asustadizo del grupo.
- Si te pones a llorar, juro que me cambio de asiento, no me hagas pasar vergüenza de nuevo.
Cinco minutos después ocurrió el primer jump scare de la película, y el grito de Rodrigo retumbó en toda la sala, al igual que todos los otros que soltó durante el resto de la cinta.
- ¡Ni siquiera daba tanto miedo! -Gritó María, al tiempo que se deshacía de la bolsa vacía de palomitas en el contenedor justo fuera de la sala.
Habían esperado varios minutos durante los créditos a que la pareja saliera antes que ellos, mientras eso ocurría, varias personas de las filas cercanas les dedicaron más de una mirada a los tres adolescentes, que intentaban desaparecer en las butacas.
- No fui el único que se asustó -Rodrigo intentó defenderse, aunque ninguna de las dos le hizo mucho caso. Por una vez, tenían cosas más importantes que burlarse de él.
- ¡No los veo por ningún lado! María, ¿Dónde pudieron haber ido? -Catalina dio un giro completo, intentando ubicar a su prima y el desconocido, pero se habían esfumado.
- ¡Argh! -María alzó los brazos y dio un pisotazo al suelo alfombrado-. ¡No debimos tardarnos tanto! ¡Quizás a qué rincón se la llevó ese cretino!
- ¿Podríamos ir a ver a la parada de bus? -sugirió Rodrigo, ya bastante cansado luego de tantos sustos. Estaba listo para desistir e irse a dormir hasta el otro día y olvidarse de toda esta operación fallida.
- Aún es temprano, no creo que se hayan ido, deben estar en alguna tienda o por los árboles de afuera -Catalina tenía sus ojos puestos en la pizzería, creyendo que sería buena idea comenzar a revisar los puestos de comida, en caso de que hayan planeado una cita más larga.
- De hecho, pensábamos ir por papas fritas, quizás me convenza de dejarles las recocidas.
Rodrigo soltó un nuevo grito de terror, y las muchachas se voltearon tan rápido que sus cabellos oscilaron como látigos. Por detrás de uno de los pilares que habían usado antes para esconderse, apareció Francisca, con las manos en la cadera y un rostro molesto.
- ¿Se puede saber qué hacen siguiéndome como detectives de segunda? ¿Y cómo supieron siquiera que iba a estar aquí? -La chica de pelo corto se cruzó de brazos, y siguió mirándolos.
Entre los tres se miraron por un segundo, antes de explotar en una cacofonía de voces.
- ¡Es que nos tenías locos de curiosidad!
- ¡Te estabas comportando muy extraño!
- ¡Ni siquiera quería estar aquí! ¡Ellas me obligaron!
Catalina y María decidieron ignorar aquel comentario de Rodrigo por el momento.
- ¿Por qué no nos dijiste que tenías novio de nuevo? -la cuestionó María, saltándose por completo la parte en la que se sentía culpable por espiar, y dio dos pasos más cerca de su prima- Porque ya van semanas que nos abandonas para andar con este, supongo… ¿Por qué no nos lo has presentado?
- Sí, eso mismo, chica, y digo, no lo he visto de cerca, pero parece algo lejos a tu menú usual -Catalina se colocó hombro con hombro junto a María.
Luego de unos segundos, Rodrigo decidió imitar a sus primas, y se unió al frente que quería respuestas, con brazos cruzados y todo.
De un momento a otro, la mesa se dio vuelta en su contra, y Francisca se encontró con la cara roja de vergüenza y esquivando las miradas de sus familiares.
- Bueno, sí, tienen razón, los he dejado un poco de lado -Con dedos inquietos se reacomodó algunas mechas detrás de la oreja, y carraspeó un par de veces antes de atreverse a mirarlos a la cara otra vez- Y sé que no es del tipo con que usualmente salgo, pero por eso mismo quería ver cómo iban las cosas antes de hacer las presentaciones… ¡Pero hubieran esperado un poco más! ¡Ya lo iba a hacer!
- Oh, ¿Entonces sí te gusta? -preguntó Rodrigo, algo entusiasmado con la noticia. A diferencia de sus primas, que al nuevo modelo le faltaran músculos y unos centímetros de piernas no lo tenía tan perturbado.
Una sonrisita se posó en la cara de Francisca, y su sonrojo se hizo más visible.
- Pues sí… no sabía qué pensar al principio, pero ahora me gusta bastante -compartió la sonrisa con el muchacho, y a pesar de los rostros incrédulos de María y Catalina, continuó con igual entusiasmo- Es muy dulce, y tenemos varias cosas en común y hablamos todo el tiempo, más que con cualquiera de mis ex, creo que eso es algo bueno…
Mientras más contaba, sus primas parecían irse convenciendo de darle una oportunidad justa al sujeto. Rodrigo estaba más que listo de darle la bienvenida a la familia.
- ¿Y dónde está este pan de dios? -preguntó Catalina, pues no creía que estuviera esperando detrás del pilar a que Francisca le diera el pie para su entrada.
- Ah, justo entró al baño cuando los vi, pero ya debe venir en camino…
En efecto, no esperaron mucho, pues unos minutos después, en medio de una discusión para decidir si irían por la porción de papas o lo cambiarían por unas pizzas para todos, Francisca alzó la cabeza y le sonrió a algo en la distancia.
- Oh, ¡Ahí viene mi bomboncito! -exclamó, y los ojos se le encendieron de alegría.
Nuevamente sincronizados, los tres dieron media vuelta con la anticipación picándoles los pies.
- Uh… -dijo la única persona frente a ellos.
Que resultó ser una chica.
Bajita, delgada, con las mechas castañas y el chaleco a rayas que habían estado observando toda la tarde.
Y era una chica.
- ¡Manu! ¡Mira cariño, estos son mis primos!
Manu les agitó la mano, y al siguiente instante se sonrojó e intentó ocultarlo jalándose el cuello del chaleco hacia la cara.
- Oh por la virgencita… -murmuró María, sin apartar los ojos del fideo con pelo- Es adorable.
- ¡OH POR DIOS TIENES NOVIA! -Catalina dio un chillido que hasta a ella le sorprendió. Se tomó un momento para observar a la chica de pies a cabeza, y a continuación se lanzó a darle un abrazo asfixiante- ¡No me lo creo! ¡No me lo creo Fraaaan! ¡Ah!
- ¡Dámela! ¡Déjame verla bien! -María se acercó con los brazos extendidos, y sujetó lo primero que pudo agarrar de la muchacha, que por suerte solo fue su brazo-. Oh, cielos, olvida las pizzas, ¡Vamos a ir a probarte ropa! -comentó con algo de desdén hacia el enorme chaleco que traía.
Rodrigo se dio un minuto para sentirse desilusionado por el nuevo amigo que nunca existió, pero pronto se sumó a los esfuerzos de Francisca de recuperar a su novia de las manos exaltadas de María y Catalina. Al menos fue el primero en presentarse como la gente.
Tiempo después, cuando solo quedaban las sobras de las dos pizzas familiares que habían decidido pedir, los tres tuvieron que coincidir que esta era una pareja divina, y que Manuela untando los bordes restantes de masa con kétchup para Francisca, antes de que la rara de su prima pudiera hacerlo, era lo más tierno de la vida.
"Es la reunión de la generación luego de 10 años, y para sorpresa de varios el más exitoso de todos no fue ningún atleta ni un super cerebrito, sino el flaco González, de quien nadie se acordaría si no fuera por los rumores de que se encerraba en los baños para fumar. Ahora, Manuel es parte de una exitosa banda de rock, American Parrots, y todos sus antiguos compañeros están desesperados por sacarse una foto y pedirle su autógrafo. Pero la única razón por la que Manuel trajo su cara y la de su compañera de grupo a la fiesta fue para reencontrarse con su ex mejor amigo de quien perdió el contacto; y quién sabe, tal vez Francisco esté interesado en encender una mecha que nunca se atrevieron a tocar en la escuela."
La hermosa portada es cortesía de Aris quien hizo una maravilla de mis desvaríos de instrucciones. Gracias mana :3 tkm
AO3 Wattpad
Abriendo la noche, American Parrots
Una mujer a la entrada del evento, cuya cara ligeramente recordaba, le colocó el sticker con su nombre y antiguo curso en la chaqueta. Habían colgado luces y globos dorados y una gran pancarta arriba de la puerta del gimnasio, que decía “Bienvenidos generación del 2013”, lo que enseguida disparó la palabra cliché en su cabeza y, de pronto, Francisco se sintió inmerso en una de esas comedias románticas que a veces miraba con sus hermanas. Las manos comenzaron a sudarle, pues uno de sus objetivos para esa noche entraba dentro de la categoría de “cliché”, al igual que la pancarta.
“No hay nada de malo en querer hablar con tu viejo amigo…”, pensó, una de las tantas frases que se había repetido una y otra vez durante toda la semana, hasta decidirse en presentarse.
Al entrar, se encontró con al menos dos docenas de tiras de luces de navidad cayendo desde el techo del gimnasio, el que Francisco recordaba mucho más grande durante sus años de escuela. El comité definitivamente se había esforzado en conseguir focos en el mismo tono de amarillo cálido, pero en algún momento debieron acabarse en la tienda, pues entre los alargados comunes también podía ver unos en forma de globo y otros de estrella, los que estaban bastante lindos, por cierto; debía averiguar dónde los consiguieron para tenerlos antes de navidad.
Pronto localizó las mesas que hacían de bar en un rincón, y fue directo a preguntar por un rompope o un canelazo, o si no había alcanzado para un barman de verdad, quizás un poco de whisky, o como último recurso el champagne que ya podía ver servido en las lindas copas a un lado de la mesa.
- Han sido un par de años, eso pasa… no es la gran cosa… -se alentó en murmullos mientras esperaba al lado del bar.
Eran más bien 9 años y algunos meses, pero, ¿Quién los cuenta, eh? Un amigo es para siempre y todo eso…
- … solo es tu rico y famoso ex amigo del colegio, ja... -El golpeteo incesante que llevaba con el dedo comenzó a atraer las miradas de las otras personas cerca del barman, así que se forzó a parar, fingiendo que miraba algo en el celular.
Este rico y famoso amigo claramente aún no se presentaba, o todos estarían aglomerados en el mismo lugar, en vez de los grupitos dispersos por todas partes del salón.
Reconocía muchas caras, y otras eran bastante familiares, si bien los nombres no volvían con la misma rapidez. Varias miradas amistosas y saludos tímidos a la distancia, lo convencieron de acercarse a ciertas personas y sus respectivos conocidos cuando tuvo un diluido pisco sour en la mano, como forma de pasar el tiempo, aunque no se detuvo más que unos minutos con cada uno, y siempre volvía a un rincón para observar la entrada.
La mayoría diría que Francisco fue un chico popular en la escuela, en el estricto sentido de que muchos lo conocieron y tuvieron buena impresión de él. Sin embargo, y con la perspectiva que le han dado los años, la verdad es que no tuvo muchos amigos, de esos que uno desea seguir en contacto una vez graduados. Consideraba distinto a quien ahora esperaba volver a ver tan ansiosamente -por más de una razón-, aunque de igual forma se haya permitido perderle el rastro luego de unas pocas llamadas y mensajes al comenzar la universidad. La distancia y una serie de problemas personales jugaron en contra de esta amistad en especial, que pensó podría mantener a flote lo suficiente con un mínimo contacto hasta el momento en que pudieran retomar su relación, y ahora se arrepentía de su descuido.
Por un lado, era extremadamente difícil hacer amigos como adulto, sobre todo el disponer de tiempo y los ánimos para convertirlos en buenos amigos -para qué decir algo más que eso-. Además, en la medida en que pasaban las semanas de los últimos meses y se acercaba este día en específico, una profunda nostalgia lo obligó a rememorar los dos últimos años de escuela en que, contra el pronóstico de muchos, se había puesto cómodo al lado del lobo solitario del curso.
Manuel no fue un chico problemático, al menos no más que cualquier otro estudiante y; cuando a Francisco se le conocía por participar en muchos comités y talleres, y su apasionado interés por los animales y el medioambiente; de Manuel nadie sabía mucho, excepto que lo único más afilado que sus miradas era su lengua. En lo personal, Francisco había sucumbido a varios ataques de risa cada vez que Manuel terminaba de destrozar a alguien con sus palabras.
Durante sus remembranzas se preguntaba si acaso Manuel lo recordaría con igual aprecio, y es que, a pesar de cuán distintos los percibía el resto, nunca se había sentido tan cómodo con alguien como llegó a sentirse con el otro chico. Manuel entendía su aprecio por los animales, si bien nunca resultaron sus intentos de convertirse del todo al veganismo, y no le resentía sus largos descargos sobre la crisis medioambiental; incluso le respondía con curiosos comentarios sobre el comportamiento humano y la tan hipócrita idea de la racionalidad moderna. Manuel podría haber sido filosofo o investigador si no tuviera tanta alma de poeta, pensaba.
Y a favor de esa pequeña posibilidad de que lo recordaría, estaba el hecho de que llegó a mostrarle sus poemas y las historias cortas que escribía en ese tiempo. Actuaba avergonzado cada vez que le cedió sus libretas para que mirara, aunque Francisco recuerda haber insistido en lo buenos que eran. Alguno de sus comentarios debió convencerlo al final, puesto que un día sin esperárselo encontró en la librería un lomo con su nombre en él. Al inicio, solo tomó la antología de historias cortas porque quería tener algo ligero que pudiera leer entre las sesiones de fitness y yoga que dirigía, pero al abrir las solapas para leer sobre el autor, una foto en blanco y negro de su amigo apareció. No había reconocido el seudónimo J. M. Gonzáles hasta ese momento, pero su fotografía y los pequeños datos del autor no le dejaron dudas que se trataba de su Manuel. Buscó si había algo más de su amigo en la tienda y acabó comprando un libro de poemas y una novela corta junto con la antología, y disfrutó los tres inmensamente, reconociendo en algunos párrafos y oraciones el humor sarcástico tan característico de su amigo.
Lamentablemente, ya se habían distanciado para entonces, o lo habría llamado enseguida para preguntar por qué nadie sabía de esta maravilla. No entendía por qué no se hablaba más de su carrera como autor en las entrevistas a las que American Parrots asistía a cada rato, o por qué los fanáticos de la banda de rock no lo mencionaban más a menudo. Sin embargo, y como era común, fuera de los aplausos o críticas por la música que producían, lo más interesante para hablar era qué integrante de la banda se estaba acostando con quien; las apuestas de los últimos años era que Manuel como guitarrista y acompañante obviamente estaba saliendo con la vocalista principal, aunque Francisco no se lo terminaba de creer.
Podía ver que algunas personas en el salón traían camisetas, bolsos, e incluso algunos discos y vinilos del álbum estilo rockabilly de hace dos años, y se sintió un poco avergonzado del libro que cargaba en la bandolera colgando de su hombro. En su defensa, pensó que sería un buen tema de conversación en caso de que no supieran cómo romper el hielo después de tantos años. Viendo el escenario actual, estaba claro que muchas otras personas estarían en busca de la atención de Manuel, y no estaba seguro de poder robar un tiempo para él con la estrella de la velada. Si es que se presentaba. Había confirmado que estaría, pero nunca se sabe con los rockstars.
…
Daniel se tardó diez minutos en encontrar un buen lugar donde aparcar, pero parecieron eternos mientras Manuel miraba con aprensión todos los vehículos apostados en las calles laterales del colegio. En la invitación advertían que seguía existiendo muy poco espacio al interior, por lo que era preferible llegar sin auto o al menos hacerlo temprano si esperaban conseguir estacionamiento. Con ese tono pasivo agresivo tan irritante que siempre tuvieron los del comité de eventos, y que la vida adulta seguramente solo había reforzado.
- ¿Queres apostar cuántos se acercan más a mí que a vos? -Martina se dejó en paz el pelo por un momento y le dio un apretón en el brazo; en parte para sacarlo de su remolino de angustia; en parte para hacer que volviera a sentarse correctamente. Últimamente estaba bien insistente en que la acompañara a pilates y yoga, pues le surgió el descontrolado temor de que terminara con joroba a los 30 por encorvarse tanto.
- Podemos hacer lo mismo que el evento en Buenos Aires, y el que tenga que soportar menos lamebotas compra el vino y las papas para la tomadera de la noche -propuso una vez lo tuvo erguido, y pasó a acomodarle la corbata como por cuarta vez desde que habían dejado el hotel. Daniel les sonrió por el retrovisor y comentó que podrían añadir unas empanaditas o fritos de pollo esta vez.
- No sé cuántas ganas de comer vaya a tener cuando terminemos acá -se quejó Manuel, soportando los arreglos de última hora que Martina estimara conveniente.
Debió hacer un puchero o algo así, porque lo próximo que hizo la rubia fue apretarle las mejillas y moverle la chasquilla de la cara, tal cual hacía cada vez que lo encontraba “adorable”. Por eso, y una sarta de otros comentarios y gestos que no se dignaba a controlar frente a las cámaras, era que todos estaban tan convencidos de que eran pareja. Manuel tampoco sabía si simplemente disfrutaba hacer que se sonrojara, o estaba marcando territorio y jugando a largo plazo con él. Era algo que intentaba ignorar, más que nada, por los dolores de cabeza que le traía buscarle algún sentido a la rubia.
- Entonces te tomás un té mientras yo me chupo una birra, no te creas que vamos a poder comer nada entrando acá, seguro se nos acercan como moscas a la mierda -Manuel estaba acostumbrado a escuchar peores cosas viniendo de su boca, pues a pesar de la reputación de “buenos chicos” que les daban los medios, todos en la banda tenían su buen repertorio de palabrotas. Era solo que lo glamoroso del vestido y el maquillaje contrastaban cómicamente con el tono de Martina.
- Te pillaran las cámaras hablando así… -se burló.
- Dirían que claramente es culpa de vos -Martina finalmente dejó su ropa en paz y pasó a colocar sus manos sobre su propio pecho- Sho soy una delicada flor de la pampa.
Manuel contuvo la risa justo antes de salir, pero Daniel, teniendo los beneficios de la parentela, se echó a reír sin culpa alguna, y Martina resopló.
- Pues con estos amigos… ¡Y vos! -Martina se inclinó hacia el asiento del chofer y tiró de la oreja a su primo, solo lo suficiente para que este dejara de resoplar, y mientras el más joven se masajeaba el dorso de la cara le dijo, apuntándolo con el dedo- Te quedas en el carro y atento al móvil, que nos dejaron venir sin guardaespaldas, pero quién sabe cómo se tornen las cosas una vez dentro.
- ¡Pero creí que iba a entrar con ustedes a comer! -se quejó el chico, indignado con las nuevas condiciones del trato. Martina le hizo un gesto para que dejara de chillar al instante. Fue entonces que Manuel decidió salir del vehículo y esperar a que los primos arreglaran los detalles entre ellos. Se alejó unos pasos, caminando sobre el pasto en dirección a la reja del colegio, pero aún así pudo escuchar partes de la discusión.
- No me vengas con problemas pibe, ¡Vos le lloraste a mi tía que te dejara venir!
- ¡Pero dijiste que iríamos a fiestas! ¡Y solo me has tenido de chofer!
- Yo no prometí nada de eso, ¡Mi único deber era comprarte los pasajes…!
Al parecer habían sumado un piso más al edificio desde la graduación, y una nueva capa de pintura, aunque eso podría ser solo por los eventos de ex alumnos como el de ahora, o quizás para los padres que buscaban nueva escuela para el próximo año. De todas formas, todo lucía similar a lo que recordaba, y el sentimiento nostálgico que le había rehuido hasta el momento finalmente apareció. En general, la escuela no había sido ni buena ni mala, por mucho que a sus padres y a su hermana les haya angustiado la escasez de amigos, Manuel sabía manejarse y estar tranquilo solo. Era una de las muchas razones por las que al principio nadie se pudo creer la carrera en la que estaba teniendo éxito.
Dicho eso, por supuesto que gozó el momento en que finalmente consiguió uno, por muy poquito que durara esa relación al final. Lo de valerse solito le jugó en contra al momento de mantener la amistad tan bonita que recordaba con Francisco; y es que ni en los dos años que estuvo pegado al chico se acostumbró a poner atención a la regularidad con la que compartían mensajes y llamadas. Y luego conoció a Martina y el resto de los chicos, y empezó a tocar y escribir para la banda, además de sus publicaciones cortas. Para el momento en que se tomó un descanso de todo ese trabajo, se dio cuenta que habían perdido el contacto y, como tonto, lo dejó así.
La fe de recuperar el contacto era lo que finalmente convenció a Manuel de venir, pues no aceptó ninguna de las ideas de Miguel sobre aprovechar esta salida en público para la promoción de los siguientes conciertos. Quien fuera a ir de sus antiguos compañeros ya debía tener en mira los tickets, y con el éxito que gozaban últimamente, no necesitaban fanáticos por cortesía, o que solo buscaran presumir que fueron al mismo colegio que el guitarrista.
Sintió los tacones de Martina acercándose, y se volteó en el momento justo para que la rubia se colgara de su brazo, una posición ya típica para ellos en cualquier evento. Aunque esta vez no había ni una cámara a la vista o personas gritando como en los Grammy Latinos.
- ¿Y en qué quedaron con el cabro chico?
- Eh, se estará tranquilo el pibe, pero vamos a tener un buen recargo al final del viaje por el servicio al cuarto… -Eso se lo estuvo esperando desde que se enteró que Daniel iba a colarse una vez más en el viaje de su prima- Oh, y mañana hay que agendar otro transporte con el hotel para ir a la entrevista de la radio que quería Migue, porque dice que se va a quedar todo el día en la piscina.
- Y justo que mañana íbamos a la disco -bromeó, y Martina se sonrió.
- Podríamos pasar a una parrillada justo después de la radio -la rubia le siguió el juego, y continuó llenando su itinerario hipotético- No es culpa nuestra que se lo perdiera, viste, las entrevistas siempre te dejan un hambre feroz.
Siguieron planeando su próximo día, con ideas cada vez más descabelladas de las que Daniel se arrepentiría toda la vida de no haber participado, hasta que el portero les pidió firmar una lista de ingreso sin reconocer a ninguno de los dos; pero para ser justos, no parecía estar en el rango etario típico de sus fanáticos más leales.
-Oh, bueno… se esforzaron, al menos se esforzaron… -comentó Martina cuando llegaron frente al gimnasio decorado, escondiendo ágilmente la cara de las personas aún afuera mirando sus teléfonos.
- Tratemos de no parecer tan “snobs”, ¿Puedes? No quiero quedar con reputación de cuico o algo parecido -pidió, y apretó suavemente la mano que Martina aún tenía sobre su brazo.
- Siempre serás del pueblo Manu, no te preocupes por eso…
Martina lo dejó tomar unas cuantas bocanadas de aire para darse ánimos antes de atravesar la puerta. Ninguno de los dos estaba muy seguro cómo reaccionarían sus antiguos compañeros. Quizás le restarían importancia a su éxito actual justamente por haberlo conocido cuando era un adolescente común y corriente; aunque las experiencias con los conocidos del resto de la banda sugerían que no sería el caso.
- Ok, entremos…
…
No fue un estallido de gritos y conmoción lo que alertó a Francisco de que Manuel había llegado; creyó que alguien chillaría al momento de verlo y todos se agolparían a su alrededor, mostrándole el camino. En realidad, fue un tanto más gradual, aunque de todas formas su presencia inmediatamente atrajo personas a su órbita como un imán a la limadura de hierro. En un par de minutos los dos miembros de American Parrots -pues lo había acompañado la vocalista, dándole alguna credibilidad a los rumores sobre la pareja- estaban rodeados por al menos tres filas de personas, y cada vez más grupos de ex estudiantes se acercaban al perímetro que se había formado, esperando algún momento para interactuar con las estrellas.
Francisco no veía cómo podría acercarse a hablar directamente entre toda esa multitud, que ya exigía bastante atención. Y si es que lograba colarse hasta el frente de la pared humana, no podría intercambiar más que un par de palabras de cortesía, idénticas a las que el resto estarían diciendo, y quizás alguna mención de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hablaron.
Eso sonaba muy descorazonador, y de pronto se sintió muy incómodo, así que se alejó de la multitud entusiasmada hacia la periferia y fácilmente se integró al grupo de cinco de las ex estrellas del coro, que contaban con dos enfermeras, un ingeniero y dos abogados; si podía entender bien los pequeños comentarios que se hacían unos a otros.
Hizo los aportes necesarios a la charla cuando se lo pedían, pero la verdad, eran perfectamente capaces de mantener la conversación andando, incluso hablando uno sobre el otro. Francisco tenía algunas dificultades para seguir todos los hilos, pero eso también podía deberse a que un tercio de su atención estaba con el grupo, y el resto seguía pendiente del tumulto al centro de la habitación, que se hacía más bullicioso al tiempo que sus ex compañeros comenzaban a sacar la mercancía que habían tenido tan mal escondida hasta el momento. Cuando alguien consiguió bolígrafos para ambos artistas, empezaron los gritos estridentes que estuvo esperando escuchar, pues Manuel y su compañera -debió aprenderse bien los nombres del resto del grupo- comenzaron a otorgar autógrafos para todos quienes les rodeaban.
Los ex coristas no vieron los gritos de alegría y fanatismo con muy buenos ojos.
- Ash, ni que fueran tan especiales como para alterarse así-comentó Trinidad, una de las enfermeras. Miraba con disgusto al grupo de amigas que en el momento posaban junto a Manuel y su amiga rubia para unas fotografías.
- Sí, la verdad no creo que sepan muy bien qué están haciendo, yo habría hecho muchas cosas distintas si fuera el líder y escribiera las canciones, y te aseguro que no me habría demorado tanto en hacernos internacionales -comentó el abogado, con el mismo tono de voz que, Catalina decía, adquirían algunos de sus compañeros varones en las juntas del directorio. Ahora entendía cómo era ese picor interno, esas “llamas del infierno refulgiendo en el espíritu” que su hermana asegura experimentar cada que debía escucharlos volviendo a explicar lo que ella acababa de decir.
- Yo creo que nos habría ido mejor si hubiéramos decido hacer nuestro propio grupo… -comentó la otra que presumía de abogada.
- ¡Exacto! Nunca lo vi en las prácticas del coro o la orquesta -agregó el ingeniero, notando que no había abierto la boca en los últimos cinco segundos de la conversación- Gonzáles debió aprender a la rápida luego de la escuela, nunca tomó ninguna clase con la banda, no debió ser muy bueno como para entrar…
Y en ese instante decidió que iría a tomar algo de aire, pero no antes de detener el discurso claramente lleno de envidia y resentimiento de este grupito de tontos. Ahora sabía lo que le pareció extraño de ellos; eran de los que estudiaron pensando en el dinero y no porque algo fuera su pasión.
- La verdad es que a Manu nunca le gustó el profesor ni el ambiente que generaban algunos de los chicos de la orquesta, y ahora veo por qué… -su comentario los dejó en silencio al instante, y cinco pares de ojos se dirigieron como láseres hacia él.
- Y si recuerdo bien, desde que la maestra lo hizo cantar en el evento de homenaje en octavo año intentaron reclutarlo para el coro, quién sabe, tal vez eso habría evitado que quedaran en cuarto lugar en todos los campeonatos regionales hasta la graduación -Ante él tenía cinco caras en distintos grados de vergüenza, incomodidad, ira e indignación. Más que nunca estaba decidido a tomar el trago que le quedaba en el vaso y correr al estacionamiento, pero no sin antes darles una última pedrada.
- Bueno, mejor para ustedes, o tendrían que tragarse la envidia al verle la cara todos los años en sus conciertos de exalumnos.
Seguro que había perdido puntos en su resolución del año pasado, sobre lo de ser un embajador de bondad y gratitud que habían discutido con el grupo de meditación; de igual forma escapó del lugar sin darles oportunidad de pensar en una objeción. Sobre a los dos abogados.
…
No pensó que vendría tanta gente, ¿No debería al menos un tercio ya estar casado y con hijos? Y quizás un quinto de la generación fuera del país o con mejores cosas por hacer; él podría estar haciendo otras cosas si Miguel no hubiera insistido tanto en que confirmara su asistencia y liberado su agenda justo para eso. Sabía que fue mala idea el asegurar su presencia tan pronto como lo hizo, hubo tiempo para que se corriera la voz y todas esas personas que normalmente se ausentarían cambiaran de opinión.
- ¿Podemos tomarnos una foto también? -preguntó la más parlanchina de un grupo de amigas que, con mucha determinación, se habían hecho paso hasta el frente de la fila- ¡Es que somos super fans!
“Claro, todos aquí lo son”, pensó con sarcasmo.
- ¡Pues claro! -dijo en voz alta, manteniendo una cara plácida.
A metro y medio de él, Martina seguía dando autógrafos y recibiendo abrazos, mientras otro “super fan” no se había contentado con el disco y la camiseta firmada, y continuaba hablándole de los otros muchos músicos que le gustaban y a los conciertos que había asistido de ellos, aprovechando de preguntar, una y otra vez, si quizás conocería a alguno de ellos. Decidió que acabando con su grupito -que sospechaba habían pertenecido al taller de teatro, pues reconocía un par de timbres de voz y expresiones dramáticas- iría a ahuyentar al sujeto. Claro, sin que se notara tanto que lo querían lejos.
Manuel adoraba a sus fans, eran geniales, no serían nada sin sus fans. Lo que le irritaba en el momento es que estaba seguro que más de la mitad de los que ahora pedían autógrafos y fotografías no eran, como algunos decían, “super fans”, ni siquiera fans normales. Debieron percatarse que el flaco Gonzáles era el que tocaba en una banda famosa en algún momento antes de la reunión, y se habrán escuchado un par de sus canciones más populares y aprendido algunos datos, como el nombre de la banda, por ejemplo. Aunque hubo uno, diez autógrafos atrás, que había insistido en llamarlos American Patos, así que… no era el mismo sentimiento de gozo que tenía cuando podía hacerle el día a un par de chiquillas/os, que se la gritaban y lloraban todo cada que lanzaban un nuevo single o tenía otra gira y eventos en público.
De igual forma, Miguel decía que “todo oyente irregular podía volverse uno dependiente si se le hacía sentir lo suficientemente especial”, por eso intentó creer en la sinceridad de estas personas un poco más, lo suficiente para sonreír en la selfie de grupo.
Las mujeres colocaron poses y rostros “sexies” a su alrededor, e intentó seguirles la corriente, aunque nunca se le dio bien la cara de pato.
- Y ahora, ¿Puede ser cada una por separado? ¿Para el Instagram?
Sus fans eran maravillosas. Amaba a sus fans. No era nada sin sus fans. Se siguió repitiendo, aunque cada vez se convencía menos a sí mismo.
Continuó sonriendo, firmando cosas y posando junto a gente de la que olvidó el nombre en cuanto el siguiente grupo se colocó en frente. Y a pesar de lo mucho que esperó y soportó, nunca apareció la única persona que estaba deseando ver.
“¡¿Y dónde mierda esta Francisco?!” apretaba y relajaba los dedos, con los ojos en las personas en frente, pero ladeando sutilmente la cabeza para observar por el rabillo del ojo lo que podía del resto de la habitación. Con tanta gente a su alrededor, la tarea se le hacía difícil, y en verdad no distinguía mucho más allá, por lo que, en cuanto apareció la oportunidad de escabullirse, la tomó. Ese momento fue cuando una de las chicas que recordaba haber visto al mando de todo acto y acontecimiento en sus días de escolar, se montó al pequeño escenario del gimnasio e hizo estremecer los oídos de todos los presentes al encender el micrófono.
- ¡Saludos a todos! ¡Otra vez! Sé que deben estar disfrutando la velada, reencontrándose con tantas caras familiares y recordando los buenos viejos tiempos, así que no les quitaré mucho tiempo, pero ¡Es hora de los premios!
Expresiones confundidas aparecieron en los rostros de la mayoría, y en ese instante en que las masas se olvidaron de él, atravesó los pocos pasos que lo separaban de Martina.
- Voy a ir a buscar por afuera.
- ¿Tu amigo? -la rubia felizmente no necesitó que gastara más palabras explicándole a quién iría a buscar.
Le dio un apretón suave a su mano, en parte como confirmación, en parte pidiéndole perdón anticipadamente por dejarla sola manejando la situación allí dentro. Sin más que hacer, se escabulló como una rata a los rincones más oscuros, para hacer su camino hacia la puerta de evacuación que veía abierta al extremo opuesto de la entrada. Con suerte habría menos gente por ese camino, y la que se encontrara seguramente habría tenido mejores cosas que hacer, como fumar, o revivir un viejo romance besuqueándose entre los arbolitos del patio escondido por ese lado del gimnasio.
…
Francisco acabó escondido en las gradas de la cancha de futbol, en el espacio donde un agujero negro parecía formarse por la excesiva separación de los postes de luz. En sus tiempos de estudiante se enteró que era uno de los rincones donde se suponía ibas a besuquearte durante las tardes de invierno, cuando acababan los talleres y ya estaba oscuro, pero aún no echaban a todos fuera del colegio. No es que alguna vez lo haya hecho, y si hubiera tenido la oportunidad de compartir saliva en la escuela, lo habría hecho entre los estantes polvorientos de la biblioteca; una ubicación más respetable, desde su perspectiva.
Considerando el espíritu de remembranza de la noche, y como se sentía de ganas de ser sincero en la privacidad de su cabeza, la verdad es que llegó a imaginar cómo sería haberse besado con Manuel entre la sección de fantasía y literatura latinoamericana, o quizás en el rincón donde guardaban las enciclopedias, pues nadie nunca las pedía. Si es que el chico hubiera estado interesado en eso, estaba casi seguro que le habría parecido romántico de su parte, el considerar sus gustos con tanta atención. A Manuel le habría gustado tener su primer beso entre Tolkien y García Marques.
Dio un suspiro y se ajustó la chaqueta, y el viento helado que corrió lo devolvió al presente.
No tenía caso pensar en las oportunidades perdidas. El hecho es que era un cobarde, entonces y ahora, diez años no habían podido ayudarlo con eso. Podría volver adentro e intentar en serio hablar con Manuel, atravesar en medio de toda la gente y pararse frente al hombre y exigir un minuto de su atención, al menos para quitarse la interrogante que lo agobiaba desde hace meses, “¿Te acuerdas de mí? ¿Fui tan importante como tú lo fuiste para mí?”; pero el tan solo pensarlo le daban ganas de vomitar.
“Debería irme ya”, no le interesaba quedarse a ver la supuesta ceremonia de premios, ni el video conmemorativo para el que estuvieron pidiendo fotos. Había respondido con algunas que aún conservaba, aunque ahora se arrepentía, si aparecía cualquiera de las fotos en donde Manuel salía sonriendo por sobre su hombro, en un estúpido collage dentro de un seguramente mediocre video con una canción cursi de fondo, bueno, probablemente se pondría a llorar en medio del gimnasio. Y los celulares tenían mejores cámaras que cuando salió de la escuela. Se sentía muy viejo y abatido para llevar con gracia esa clase de vergüenza.
Esos era sus sombríos pensamientos, cuando una oscura silueta en los bordes de la cancha hizo que se le fuera el alma por un segundo. Se quedó petrificado en su lugar oculto en las gradas, y por su mente pasaron un centenar de posibilidades, antes de recordar que; ya no era un escolar tras horas en la escuela; y que definitivamente su vida no era una película de terror, de esas en las que moriría por ser un estudiante solo en la escuela de noche. Respiró aliviado, y observó el caminar errático de la figura. Atravesaba la cancha a paso veloz, y miraba hacia los costados con mucha frecuencia. Quizás también estaba pensando en las películas de terror, o no sabía dónde se encontraba el baño. Su lugar en la oscuridad total evitó que el personaje lo percibiera, así que fue testigo de un momento de franca emotividad cuando la persona se detuvo en medio patio, agitó los brazos por sobre su cabeza y pateó el piso en frustración.
Tales gestos le trajeron recuerdos, y una chispa de esperanza lo obligó a levantarse y seguir con los ojos la figura del hombre que poco a poco regresaba a los pasillos mejor iluminados del colegio. Al ver la tela rojo vino del esmoquin que llevaban esos hombros estrechos, se echó a correr antes de pensarlo mejor o perderlo de vista.
…
El maldito no había venido.
O al menos, eso parecía.
Ya se había recorrido casi toda la planta baja y, a menos que Francisco se haya vuelto un rebelde y haya irrumpido en la biblioteca o el laboratorio de biología, no se le ocurría dónde más buscar que no fuera empezar a llamarlo dentro de los baños.
Así que, solo cabía pensar que el desgraciado ni se había presentado, con su suerte, seguro ya estaría casado, con dos hijos y otro en camino; o en algún barco océano adentro persiguiendo balleneros con los estúpidos de Greenpeace. Iba a tener que contratar un detective privado como los ridículos cuicos en las novelas de su mamá, solo para saber a qué mugrosa bodega al interior del amazonas tendría que ir a rescatarlo de las compañías forestales a las que intentaba desmantelar.
Su escritor interno inventaba muchos cuentos, lo sabía, pero la desolación comenzaba a azotarle en la cara más que el viento helado.
Ya se quería ir, desaparecer del tonto evento que no le sirvió para nada más que darle una ligera jaqueca. Quería colocarse sus lentes de sol, aunque fuera de noche como todo un gil, y hacerse ovillo en un rincón del auto hasta llegar de vuelta al hotel. Incluso dejaría que Martina le hiciera cariño en el pelo y le cantara “Manuelita la tortuga” por millonésima vez; pues incluso cuando intentaba subirle el ánimo no podía dejar de ser un poco perra.
Sacó su cajetilla de cigarros del bolsillo interno del esmoquin, y comenzó a agitarlo para que los palillos que tenía adentro en vez de cigarros hicieran ruido como sonajera y le bajaran la angustia. Una de las primeras cosas que Miguel hizo como agente fue obligarlo a dejar de fumar, pues dijo que ni de chiste iba a lograr cantar los coros y tocar la guitarra un concierto completo por quien sabe cuántas noches seguidas con pulmones llenos de toxinas. Con el tiempo y la fama, trabajaron y conocieron personalmente un sinnúmero de otras bandas y cantantes, así que sabía que Miguel estaba lleno de mierda; pero ya había hecho la pega de abstenerse por más de un año, así que el hábito se quedó, junto con todas las muletas que sus compañeros lo ayudaron a inventar, por muy ridículas que fuera.
El choque de los palillos y su nube de penuria ocultó los pasos de quien se acercaba, lo suficiente para que la voz a su espalda lo tomara por sorpresa.
Su cajetilla cayó al suelo, y un toque de hielo le recorrió la espalda al escuchar su nombre pronunciado por una voz grave pero agradable. Un sentimiento de familiaridad le picó el pecho, y se volteó tembloroso a ver si era por quien se había estado lamentando, o solo otra desilusión más que llevarse esa noche.
Sus ojos se toparon con unos almendrados de pestañas largas que a veces lo visitaban en las noches, y del pecho se le escapó una respiración ahogada. El otro hombre no se percató, en parte porque no parecía poder mirarlo directamente. Francisco agachaba la cabeza, y metía las manos en sus bolsillos, meciéndose de un lado a otro.
Se veía nervioso.
Se veía como un sueño en ese traje.
- Eh, hola, pues… perdón, quizás ya no te acuerdes de mí, pero, solíamos ser amigos… -comenzó a murmurarle al piso.
Seguía igual de obtuso al parecer.
Daba igual, siempre le habían gustado sus hombres un poco mensos. Como le recriminaba su mamá.
- ¡Weón! -le grito, a lo que el otro hombre dio un respingo-. ¡Déjate de tonteras, Pancho!
En un momento desenfrenado, se abalanzó sobre su antiguo amigo. Su acercamiento careció de cualquier delicadeza, no calculó ni distancia ni aceleración, y chocó contra el pecho del otro con tanta fuerza que por poco terminan ambos en el piso. Como un niño torpe elevó los brazos y se aferró al cuello de su antiguo amigo, y este por suerte respondió sujetándolo alrededor de la cintura.
Con el descaro que llevaba años aprendiendo de Martina, frotó su mejilla contra la de Francisco antes de acomodar la barbilla sobre el hombro de este, ajustando su agarre en la espalda del otro hombre para mantenerlo inmóvil contra su pecho por algo más de tiempo.
- Mierda, Fran… -susurró en un jadeo. El golpe de adrenalina inicial por el reencuentro corrió su curso, y con algo de vergüenza sintió que sus ojos comenzaban a lagrimear más rápido de lo que podía controlar. Su voz brotó resquebrajada de su boca, y Francisco claramente lo notó, si el apretón que le dio con sus brazos significaba algo.
- Manu…
- Te he echado de menos… -le confesó con un hilo de voz, y la cara roja de vergüenza. Aunque la mano que Francisco movió hasta su nuca lo ayudó un poco con el bochorno.
Cuando la otra se posó en su espalda baja y lo acercó al abdomen firme del hombre, pues, el calor en su cara se dirigió a otra parte.
- Yo también… -Francisco soltó una risita.
Manuel sintió una sonrisa tirando de la comisura de sus labios. También sintió en la piel las vibraciones del pecho frente a él, y frotó el mentón sobre las solapas del traje al que se aferraba.
- Te he extrañado bastante… -Francisco carraspeó, y luego de darle otro apretón a las dos partes del cuerpo de Manuel donde tenía las manos, hizo el esfuerzo de alejarse, aunque no demasiado.
Erguidos frente a frente, notaron que seguían prácticamente de la misma altura, lo que era perfecto para mirarse directamente a los ojos sin problema alguno.
- ¿Dónde te estabas escondiendo, ah? No te vi acercarte en ningún momento allá adentro -dijo Manuel, con algo de reproche en la voz. Había mostrado la cara, sin peluca ni gafas allá en el gimnasio, solo para que a Francisco se le hiciera más fácil encontrarlo; y lo vino a hacer aquí afuera donde a trechos les faltaba luz para verse los pies.
- Uh… -Francisco frotó una mano contra su pantalón, y con clara vergüenza dijo- Me dio algo de nervios acercarme, no sabía bien si te acordarías, o querrías volver a verme…
- Pancho -Manuel detuvo en seco esa línea de pensamiento, solo con el tono de voz y la mirada en blanco. Francisco le sonrió por hacerlo.
- Bueno… también quería… hablar un rato, en privado, y allá adentro, pues…
- Sí, entiendo -Manuel tuvo que soltar una carcajada, imaginando la pelea que habría sido sacarse a sus “super fans” de encima para tener, aunque fuera un minuto, en privado para conversar con Francisco. Quizás aquí afuera no era tan mal lugar para encontrarse.
Aunque podía conseguir algo mejor.
- Oye, ¿Viniste solo? ¿Tienes un rato para copuchar en el rincón? -preguntó, observando con atención el rostro de Francisco. Tenía ideas, y había sentido cosas en el abrazo que compartieron; algunas cosas provenientes de Francisco -unas bastante delatoras-, pero seguía sin tener del todo claro en qué situación estaba navegando con el otro hombre.
- Ah, sí, vine solo… -Francisco lo miró fijamente por un momento, y con voz tentativa agregó- No es que haya alguien a quien quisiera traer y… -sus mejillas se sonrojaron un poco, Manuel pudo notarlo a pesar de la mala iluminación- … no me molestaría ir a otro lado contigo y… charlar.
La entonación que usó en esa última palabra, le indicó a Manuel que estaban considerando lo mismo.
Quizás Manuel sí tenía un rockstar dentro de él. Con esa idea, lentamente entrelazó sus dedos con los de Francisco y comenzó a guiarlo hacia la calle a un lado del colegio.
…
- ¡… se lleva el premio por quien ha tenido más hijos! -la chica en el escenario acabó sus gritos, y una muchacha a quien le habría venido bien un poco más de rubor en la cara pálida de cansancio se las arregló para subir los peldaños con la panza claramente de embarazada que cargaba. El que suponía había echo la otra mitad del esfuerzo para obtener el premio, se tardó un poco en soltar la copa de la que bebía para ir a ayudarla.
Mientras el resto aplaudía, Martina intentaba mantener la cara plácida y sonrisa de barbie que practicaba cada noche escuchando a Miranda. Eso, al tiempo que reprimía los estremecimientos que le daba la idea de parir siquiera una vez.
En sus conversaciones con Manuel, cuando ambos estaban sufriendo de insomnio por el jet lag a lo largo de los años, había llegado a aceptar que la maternidad quizás no era un destino asegurado como le contó su abuelita, y perdonarse mayormente por ello. Aunque el flaco había llegado a convencerla que no se vería tan mal como pensaba con una barriga de esas; eso por aquella vez en que quedaron tan borrachos en Madrid, que no encontraron nada mejor que fingir ser madres en espera en el cuarto de hotel. Según lo que les gritó Miguel en la reunión del siguiente día, Manuel dio la actuación de su vida en el pasillo fuera del cuarto, gritando con tal convicción que se le había roto la fuente que hasta ambulancia llegó a llamar la pobre mucama con la que se toparon.
Su amigo a veces se convencía a sí mismo que ser esposo y padre tampoco estaba en su destino, y que una manada de perros sería su familia cuando estuviera viejo y mañoso. Pero Martina pensaba que si alguien podría sacar bebés medio decentes y adolescentes casi soportables sería su Manolito. Si es que ella solo sería la tía estilosa de esas criaturitas, o tendría que poner la mitad del ADN para hacerle el milagro al flaco, aún no lo tenía claro.
- El siguiente nominado es un compañero muy especial, tan especial, que no hay día que no se escuche algo de él en la radio…
“Oh, ya empezamos…”. Martina miró discretamente por la habitación, en la lejana posibilidad de que Manuel haya vuelto al gimnasio y conseguido de alguna forma pasar desapercibido entre las mesas y globos.
- … definitivamente ganó los premios de quién hizo más dinero, y quién ha viajado más lejos…!
La multitud comenzó a percatarse que el aludido no estaba por ningún lado, y como visores de submarino, volteaban sus cabezas hacia Martina como si una onda de choque se esparciera invisible por la habitación.
- ¿… Manuel? ¿Dónde está Manuel? -preguntó finalmente la autoproclamada directora de ceremonias. Y no tardó mucho en ubicar a Martina, con toda la gente ya mirándola.
- Ah, tuvo que ir al baño… -con facilidad, proyectó su voz para que todos en la habitación pudieran escucharla, y le hizo el gesto con la mano de que “siguieran rodando” a la mujer frente al micrófono- Seguro ya vuelve, pero sigan, sigan…
- Oh… -en su favor, la mujer se recuperó rápido de su desilusión, y continúo entregando las piochas de plástico que valían de premio para las más ridículas nominaciones posibles. Martina no sabía en qué momento habían recopilado la información que esta gente parecía tener del resto de los presentes, pero le tranquilizaba no estar en la línea de fuego.
Continuó observando la habitación distraídamente, hasta que se topó con una espalda que reconocería a kilómetros, perteneciente a quien le había dicho claramente que debía quedarse con el auto.
Caminó ágilmente entre las personas, y por una vez en lo que iba de la noche, ignoró todos los pedidos por autógrafos y fotografía. En menos de dos minutos estuvo al lado de su primo, a quien sujetó del brazo y volteó en su dirección antes de que pudiera colocarse otro canapé en la boca.
- ¿Y vos qué haces? ¡Te dije que aquí no tenías que entrar! -le dijo entre dientes.
Daniel la miró con los ojos de conejo asustado que acostumbraba cuando se veía en problemas. Aunque pronto superó el susto, y volvió a estirar la mano al canapé con camarones que había sido su objetivo. El irrespetuoso.
- ¡Pues perdón! Pero Manuel me dijo que podía entrar un rato a estirar las piernas y comer algo.
Eso no se lo había esperado.
- ¿Manu? ¿Ya se fue al auto?
No debió irle bien en su búsqueda, entonces. Pobrecito, debía estar muy deprimido. Parece que iba a ser noche de tragos, seguro los de la radio les perdonarían estar un poco atontados.
- Pues entonces nos vamos, no vale la pena quedarse más si el flaco ya está listo para volver al hotel.
- ¡Oh, yo no contaría con eso! -Daniel alzó la voz al final, en el tono de alguien que sabía algo que otros no, y se estaba riendo a carcajadas en la privacidad de su cabeza por eso. Martina frunció los ojos ante ese tono.
- ¿De qué estás hablando? -pronunció bien cada palabra, y vio cómo su primo no sabía si temblar donde estaba parado o continuar riéndose para adentro.
- Pues verás, se apareció de la nada tocándome el vidrio de la ventana, casi me da un infarto, pensando que venían a robarme o algo, pero resultó ser Manuel, quien venía muy tomado de la mano con su… “amigo”.
El payaso de Daniel hasta hizo las comillas con sus dedos, pero al menos le pintó el cuadro a Martina bastante claro.
- No me lo creo… -de todas formas declaró su incredulidad.
Esa zorra. No donde se iba a sentar.
- No sabía que Manu tuvo novios en la escuela, si me hubieran dicho que quería reconectar con uno hoy, habría guardado algunas toallas del hotel en la cajuela.
Daniel estaba siendo demasiado progresivo con todo esto. Eso empezaba a irritarla.
- ¡Esa zorra!
Alguien iba a tener que premiarla por su paciencia, Martina era prácticamente una santa a estas alturas.
Al menos un nuevo novio, es más, un amor juvenil reconquistado, significaba que el corazoncito de Manuel iba a latir con más sonetos cursis y versos acalorados para posibles canciones. American Parrots estaba necesitando material para otro álbum.
La Santa Martina se merecía otro Grammy latino.
Y si este no terminaba de convencerla para el flaco, bueno, a ver si el tal Francisco soportaba un tour con la banda, o los flashes de cámaras y siestas en aeropuertos eran demasiado para él. Quizás si acababan rompiendo, su corazón roto les conseguiría lo imposible y sacarían álbum dos años seguidos.
No hay como un par de velas y un mazo inglés, para capear el corte de luz hasta las diez.
- Hum, creo que me salió la escala… ¡Sip! ¡Ya tengo la escala! -anunció Alejandro, bastante contento por aquel hecho. Había acabado de repartir, y ahora intentaba distribuir sus doce nuevas cartas de manera que no se deslizaran desde sus deditos hasta la mesa. Y es que ninguno de sus padres tendría la decencia de mirar para el otro lado cuando eso ocurriera, como ya había comprobado muchas veces durante esa misma tarde.
- Eso es bueno, campeón, pero por lo general, no le avisas de tu ventaja a los demás -le respondió Martín, sentado a su lado y más concentrado en sus propias cartas. Pasaba una mano desde su barbilla hasta su absurdo flequillo repetidamente, delatando por segunda vez la horrible mano que le había tocado.
Al otro lado de la mesa, Manuel los observaba buscando debilidades, incluso antes de comenzar el siguiente juego.
- Sobre todo si toca jugar los tres tríos -acabó diciendo el moreno, con la cara de poker que solo le funcionaba para el Carioca, y en presencia de gente que aún confiaba en que les mostraría algo de merced; lo que al momento solo incluía a los dos rubios frente a él, y a veces a Francisco.
- ¡¿Qué?! -El niño gritó espantado, y dos cartas se escaparon de sus manos hasta la cabeza de Cuchuflí, quien, como buen perro casero, se encontraba acurrucado y contorsionado entre las piernas de sus humanos.
- ¡Ah, pelotudo! ¡No seas así con el pibe! -Martin paró un segundo de reacomodarse el cabello para mirar a su pareja, y si el candelabro con las velas no estuviera en su camino, le habría soltado un manotazo a su brazo en represalia por su clara mentira- ¿No ves que aún te cree todo lo que decís?
Manuel no pudo sostener más su rostro serio y soltó una corta pero fuerte risotada. Ganándose un puchero desde el otro lado de la mesa.
- ¡Maaanu! -chilló Alejandro, lanzando una patada hacia el frente, que lo único que consiguió fue despertar al perro de un tape en la oreja y pegarle a la pata de la mesa. Y que Manuel se riera más fuerte- ¡No seas malo! ¿Y entonces qué sigue?
- Dos escalas nene, dos escalas, no le hagas caso al boludo este, vos ordená tus cartitas -Martín recogió las dos cartas del suelo, antes de que el perro las reclamara como nuevos juguetes, y se las entregó al niño, no sin antes darles un buen vistazo. Alejandro se las quitó rápido y las estampó boca abajo en la mesa, indignado. Realmente no podía confiar en nadie.
- Ya, ya, ¡Perdón, bebé! No lo vuelvo a hacer -le aseguró Manuel.
- ¡Eso ni mi suegra te lo cree a vos!
- ¡Ay! Cállate y saca carta para que empecemos, aunque con la cara que pusiste, ni un joker te salva a vo’.
Manuel no iba a tener ese problema, contando con los dos comodines que le salieron de una. Su mayor amenaza sería la escala de Alejandro, así que debía pensar cómo bloquear y dejar en el polvo a su hijo. Otra vez.
Después de siglos me aparezco... fuera de mi zona además, con un Ecuchi (más pre-Ecuchi) Pero espero que lo disfruten, sobre todo @jay-koffee
Relaciones: Past EcuPer, Pre-EcuChi
Conteo Palabras: 5243
AO3
-Por Iris-
...
Un constante repiqueteo se sentía contra la tela sintética de la carpa, no estaba claro si era el viento tirando porquería de los árboles o simple bruma, pero Manuel llevaba prestándole atención desde hace varios minutos, en un último intento por distraerse del hormigueo que le recorría toda la pierna izquierda hasta la cadera. Al poco tiempo luego de meterse en su saco de dormir, se dio cuenta de que las películas habían romantizado y simplificado demasiado el hecho de acampar, y con Francisco se lo creyeron todo.
Un golpecito resonó más fuerte de entre el resto, rebotando por el costado de la carpa en la que Manuel se encontraba. El moreno se preguntó si sería una ramita, o una semilla, o uno de los escarabajos con las patas como arañas, de los que le había señalado Francisco sobre una hoja, apenas ingresar al camping. Se cuestionó por un momento si desearle una pronta muerte al bichito para no encontrárselo en la mañana era demasiado cruel de su parte; cabe decir, que replantearse su faceta macabra no lo ayudó a conciliar el sueño, ni olvidarse de lo incómodo que resultaba dormir en el piso.
“Que frágil nos hemos vuelto frente a las rocas y la tierra”, se dijo en su cabeza con lo que consideraba un acento sofisticado, y se sonrió ligeramente, pero intentó no moverse ni un poquito para no molestar a Francisco que dormía al lado suyo. No lo había sentido por un rato, y aunque no veía nada entre la oscuridad de la noche, o a través de su antifaz, supuso que su amigo tenía más suerte que la suya y ya se encontraba dormido. Si no estuvieran allí precisamente para darle un respiro, le tendría más resentimiento.
“Solo seis horas más”, pensó, no sin algo de congojo. “Debí copiarme un audiolibro al celular”.
Así, por andar ensimismado en nuevos inútiles pensamientos, casi se le sale el corazón del pecho cuando algo se aventó contra la carpa justo en frente de su cara, emitiendo un gruñido por sobre el resto del ruido del exterior. Manuel se estremeció por completo al escucharlo, retorciéndose sobre su estómago en un instintivo gesto para resguardarse, y al último momento se jaló el antifaz para ver qué los estaba atacando sin incentivo. Solo entonces vio la silueta de algo peludo rasqueteando por el borde de la carpa, pero fueron las respiraciones pesadas y los gemidos patéticos por lo que se dio cuenta que no estaban en peligro.
- ¡Fúchila! ¡Sale de acá! -le espetó entre dientes al perro, al darse cuenta que, por mucho que no se los fuera a comer, probablemente sí iría a hacer pis sobre toda la carpa. La mascota perdida se dio un par de vuelta más frente a Manuel, pero por suerte los campistas de dos puestos más allá se dieron cuenta de que les faltaba alguien importante, y corrieron a buscarlo.
- ¡Ugh! -Manuel se frotó la cara, enredando su antifaz con un par de mechas que le caían por la frente, mientras las apartaba cayó en cuenta de algo por primera vez; y es que la carpa no se encontraba tan sumida en la oscuridad como se estuvo convenciendo. Giró la cabeza hacia Francisco y se sintió indignado al pillarle el celular en una mano, cuya luz el joven trataba de cubrir con la otra, muy ineficazmente para ser sinceros, y aún no se percataba que Manuel lo había descubierto por causa de los audífonos, de los cuales podía ver el cable negro siguiendo la curva de su mejilla hasta el celular. Y eso que había sido el primero en mencionar que debían guardar batería. El muy desgraciado, si iban a estar los dos despiertos, al menos le pudo haber estado conversando.
Le dijo eso mismo al momento luego de golpearlo.
- ¡Maldita sea, Pancho! ¡Y yo como idiota tratando de no despertarte! -le reclamó, picándole el costado varias veces.
Francisco se espantó tanto que los audífonos se desprendieron de sus oídos, al aletear con ambos brazos ante tal agresión.
- ¡Ya, Manu!
- ¿Y qué cresta miras a las tantas de la noche?
Francisco de pronto se pegó el celular al pecho, y Manuel entrecerró los ojos ante la expresión de culpabilidad y vergüenza que se grabó en el rostro de su mejor amigo, y que sólo lograba ver gracias al brillo del aparato. Con un rápido movimiento de su mano le arrebató el teléfono con la pantalla aún encendida, y fue testigo de lo que tenía tan avergonzado al otro joven.
- ¡Por qué diablos le estas mirando el Insta al Migue, po Pancho! -lo regañó con la voz grave, intentando contener un gruñido más agresivo ante la estupidez de su amigo- ¡Si vinimos para acá solo para que te olvidaras del tarado de mi primo!
- ¡Lo sé, lo sé! -le respondió Francisco, estirando el brazo para recuperar su celular- Pero llegó una notificación, y quería saber qué podía estar haciendo tan tarde…
- ¿Qué más va a estar haciendo? ¡Carreteando po! ¡Y sin ninguno de los dos pa cortarle la inspiración! -Manuel alejó el teléfono lo que más le dio el brazo, pero Francisco no se rindió tan fácil. Lo que siguió fue una lucha de voluntades, con muchos rodillazos en las costillas y codos en la cara. Al final, la determinación de Manuel de parar el masoquismo de su amigo resistió más tiempo. Acabó corto de aire y con Francisco desplomado sobre su pecho oprimiéndole un poco las costillas, pero pudo arrojar el celular a un rincón de la carpa, así que la victoria fue suya.
- ¿Para qué te torturas así, eh? Si ni pololeo te pidió el tonto ese, solo anduvieron un rato antes de patearte -le comentó una vez las respiraciones de ambos se hubieron calmado, y Francisco intentaba distraerse frotando uno de los botones del pijama de Manuel.
- No me pongas más el dedo en la llaga, pana -Pancho le pellizcó el costado en represalia, aunque acto seguido recargó la cabeza en su hombro y se abrazó a Manuel buscando consuelo- Si ya sé…
- Pues no se nota -dijo Manuel, con más rabia de la que deseaba mostrar en aquel momento. De igual forma, levantó una mano hasta la cabeza de Francisco y comenzó a rascarle el cabello, para suavizar lo agresivo de sus palabras.
- Sé lo que piensas -murmuró apenado Francisco, hundiéndose cada vez más en el abrazo de Manuel, pero con menos tensión en el cuerpo a cada ida y venida de la mano del otro joven sobre su cabello.
- ¿A sí? -Manuel se mantenía mirando el punto sobre él donde se cruzaban las dos finas barras de metal que sostenían la carpa, intentando controlar su respiración, preparándose también para controlar cualquier otro arrebato de enfado o angustia que seguramente le provocaría la conversación que se avecinaban a tener.
-Que soy un tonto por sentirme mal ahora, incluso cuando ya lo habíamos visto venir desde hace tiempo…
- Bueno…
- Tú lo viste de inmediato -Francisco recogió el brazo que pasaba sobre el pecho de Manuel, apretando los dedos contra la camiseta de franela que servía de pijama. La mano de Manuel se detuvo sobre su nuca- Llevabas advirtiéndome de su creciente desinterés casi desde el instante que comenzamos la facultad y solo te ignoré…
“No es lo único en lo que me he sentido ignorado”, fue el pensamiento que llegó a Manuel de golpe junto a una punzada de resentimiento, y su pecho se contrajo dos veces en una misma respiración al contener las palabras para sí mismo. Francisco continuó recapitulando su desilusión amorosa contra la clavícula derecha de Manuel, sin darse cuenta.
- Pensé que, luego de por fin admitir nuestros sentimientos en la ceremonia de graduación, las cosas serían diferentes a como terminaron… -paró un momento para recuperarse del temblor que afectaba su voz. Aunque, las lagrimitas en los bordes de sus ojos acabaron humedeciendo el pijama con diseño escoces de todos modos.
Manuel apretó la mandíbula al escuchar sus palabras entrecortadas, y sus inhalaciones se volvieron más profunda en su pecho.
-… pero luego lo aceptaron en una universidad distinta, y se fue de viaje durante las vacaciones y… y me convenció de que no teníamos que ser nada serio mientras no pudiéramos pasar más tiempo juntos y… y… -Francisco se dio otra pausa. Su mano volvió a sujetar con fuerza la ropa de Manuel, rasguñando un poco la piel debajo, aunque el joven recostado no encontró necesario quejarse. Finalmente, Francisco levantó la cabeza del pecho de su amigo por primera vez durante la conversación, y se sostuvo sobre el antebrazo por encima de la vista de Manuel- ¡Tú recuerdas lo que dijo! Que seguiríamos juntándonos como antes, ¡Los tres dijimos eso!, éramos tan unidos en el colegio que pensé que… haría un mayor esfuerzo para seguir pasando tiempo con nosotros… conmigo…
Manuel siguió controlando sus reacciones ante lo que iba diciendo Francisco, apretando las manos que ahora tenía libres, y conteniendo la respiración por un segundo más o presionando los dientes. Si bien era cierto lo que narraba Francisco, las cosas se sintieron un poco diferentes desde su perspectiva, tanto mientras habían ocurrido como ahora que hacía memoria.
Para empezar, Manuel supo que el triunvirato que había sido siempre su amistad desde que coincidieron en un mismo curso, estaba destinado a cambiar irremediablemente incluso antes que cualquiera de los otros dos. Desde el momento en que Miguel le confesó en voz baja, desde la cama superior del camarote, que comenzaba a sentirse atraído hacia Francisco como más que un amigo. Manuel recuerda que se quedó mudo por varios minutos, no porque le sorprendiera su confesión necesariamente, más que nada, porque el peso de una avalancha de hielo se derrumbó para aplastarle todo el cuerpo, y esa sensación le pareció tan fuera de lugar en la casa de veraneo de los tíos, con todas las luces apagadas y una tropa de adultos tirando abajo las paredes con sus ronquidos en las habitaciones contiguas.
“No te quedes callado, dime algo… ¿Piensas que es muy raro?” le insistió Miguel a que respondiera, con la voz en un hilo, algo herida por su silencio.
“… quizás, un poco… sí… “, acabó diciendo, aún con el cuerpo entumecido, y una presión en la sien y el pecho, además de un escozor comenzando a nacer desde sus dedos.
“¿Porque es un hombre?”, hasta con la ineptitud emocional de un adolescente, Manuel pudo notar lo vulnerable que se encontraba su primo en aquel instante, y lo afligido y asustado que lo estaba poniendo su constante demora en hablar.
“No… no sé, es que… porque es Pancho”. Si hubiera sido completamente sincero en ese momento, habría agregado que aquello que se le hacía de verdad “raro”, incluso trágico, era que a los dos pareciera gustarles el mismo chico.
“No le vayas a decir nada, a nadie, aún no estoy completamente seguro si me gusta así o no… y bueno, aún me gustan las niñas, creo, tal vez ni siquiera sea gay”.
“Entiendo que te pueden gustar las dos opciones, es una posibilidad”. Recuerda que los dos se callaron después de eso, escuchando al resto de la familia dormir. Hasta alrededor de las 2 am cuando su teléfono dio una alerta en medio de la calma, avisando que ya tenía completa la carga. Fue entonces que Miguel volvió a hablarle.
“¿Crees que podría gustarle? ¿Si resulta que me gusta de verdad?”.
No supo qué contestarle, ni qué pensar. Eso cambió unos cuatro meses después, ya de vuelta en la escuela cuando, por primera vez, escuchó a Francisco siendo menos que amable con una niña del curso, a quien le tocó hacer pareja de Miguel para uno de los bailes que debían aprender y luego rendir a dúo ese año. La misma con la que su primo no paraba de reírse y tontear durante todas las clases de gimnasia. Manuel observó una semana completa a Francisco mirarlos de lejos con ojos de perrito, pero actuando irritable y un tanto mezquino cuando tenía a Miguel en frente. Al despedirse el viernes de ambos, decidió que lo mejor era sofocar los deseos inoportunos que llevaban un tiempo aflorando en su interior sin control, antes de hacer el ridículo en un triangulo amoroso en el que nadie miraba con interés en su dirección.
Por lo mismo, y como cualquier adolescente con un enamoramiento, tanto su amigo como su primo aprovecharon cada oportunidad para pasar siquiera un instante más juntos. Asistiendo a un mismo colegio y con un mejor amigo en común eso resultaba muy fácil, menos para Manuel, que siendo solo el mejor amigo comenzó a sentirse cada vez menos relevante, si no era como la excusa perfecta de ambos para explicar porqué aún no daban el siguiente paso en su jodido romance.
“No es momento de un beso, o alguna cursi confesión si Manuel está mirando”.
Que Francisco los recordara pasando tiempo juntos a los tres los últimos años de escuela no significaba que Manuel se haya sentido muy partícipe de los eventos, o que su presencia fuera muy apreciada. A diferencia de su amigo, la universidad no lo forzó a cuestionarse su posición en la vida, es más, incluso le había devuelto algo de seguridad sobre su amistad con Francisco, y el corto coqueteo de un semestre con el estudiante de intercambio le recogió la autoestima del piso antes de que este se volviera a Argentina.
Con Miguel siempre serían familia, era la única razón por la que aún no se decidía si debía pegarle o no. Por menso e involuntariamente cruel en su desatención.
- Seguro lo decía en serio en el momento, pero todo era más fácil en el colegio… -respondió finalmente a su amigo, que aún descansaba en su pecho, hundiéndose cada vez más en su pesar. Continuó una vez se aseguró bien que podría controlar el revoltijo de emociones que le escocía por dentro, debido al forzoso viaje por sus recuerdos. Intentó ser sensato, más por la intención de consolar a su amigo que de justificar a Miguel- … nos veíamos todos los días quisiéramos o no. Si hubiéramos ido a distintas universidades como él, o si los campus quedaran más lejos, nosotros dos también habríamos perdido el contacto de siempre… -Francisco interrumpió sus palabras precavidamente pensadas con un gemido casi animal.
- ¡Claro que no! ¡Manuel! ¡¿Cómo se te ocurre decir algo así?!
Si era posible, Francisco se le apegó todavía más. Lo sostuvo con una desesperación rara vez vista en él. Manuel dio un pequeño salto ante tal explosión del otro joven. Se tensó al sentir los dedos de Francisco oprimiéndole la cintura y enterrando la cara sin mucho cuidado en su hombro. Acabó llevando su mano izquierda a la de Francisco, quien lo jalaba hacia el otro rincón de la carpa con lo apretado de su agarre, pero para cuando su amigo acabó con sus protestas y escondió el rostro en el hueco de su cuello, erizándole el bello con sus cortas respiraciones y el roce accidental de sus labios, Manuel hubo superado su sorpresa inicial, y solo sujetó la mano del otro joven para seguir con los consuelos.
- Bueno, solo era una posibilidad… -cedió, con voz como murmullo- Si fuera por mí, compartiríamos casa y tuición de los perros y tus bichos para los treinta, y después el mismo cuarto en el asilo cuando por fin nos dejen jubilarnos, después de pagar el crédito universitario -Con eso le sacó una carcajada a Francisco, como supo que lo haría.
- Tienes razón, pana, estamos solo gastando el tiempo -respondió Francisco, con la voz más animada, pero aún ronca por el sentimentalismo de antes. Volvieron a acomodarse un poco, sus manos tomadas se movieron desde el hombro de Manuel hasta la altura de su clavícula.
- Cásate conmigo.
Y así, de un momento a otro, Manuel volvió a quedarse sin aire en el pecho, y sin palabras en la mente. Excepto quizás una.
- … ¿q-qué?
-Tienes razón, nadie me conocerá más, o se llevará mejor conmigo. No sé qué más estoy esperando, deberíamos casarnos y así ya no tener que sufrir más por nadie.
No es que Manuel haya creído que su amigo le había salido con tal petición por alguna otra razón, pero de igual forma, el poco romanticismo, y es más, la clase de resignación que implicaban sus palabras fueron como una patada maliciosa al estómago. Sintió su cara calentarse, y no supo si era por rabia o vergüenza.
-… si quiera pudiste decirlo un poco más bonito -acabó respondiendo. Una parte de él quería “tirar la talla”, y no volver muy seria la conversación; el resto deseaba dejarle en claro a Francisco cuanto lo había ofendido, aunque fuera de forma involuntaria.
- … pudo ser con alguna flor, o al menos un bombón.
“Y no minutos después de estar llorando por tu ex”, obviamente, se guardó aquel pensamiento- O ya teniendo un buen trabajo, ¿O es que quieres llevarme a vivir a la casa de tus papás junto a la tropa de hermanos que tienes? ¿Cómo si fuera casa de remolienda?
- ¡Manu! -A Francisco se le escapó una carcajada sorpresiva, por lo que rápidamente cubrió su boca, y Manuel aprovechó el momento para respirar hondo e intentar calmarse. También para decidir si estaba lo bastante resentido como para buscar pelea con Francisco, o si seguía con los comentarios sarcásticos para burlarse del asunto.
- Yo digo, si voy a casarme, lo mínimo que espero es que me pongas una casa, ya que la forma en que lo pediste deja mucho que desear… -Sin querer, dejó notar un poco de su molestia sin decidirlo- Al parecer mi prospecto no está tan feliz con las opciones que le quedan.
- No te pongas así -susurró Francisco, captando algo de los pesares de su amigo- No lo decía de mala manera.
Acercó la cara para besarle la mejilla, pero Manuel apartó la suya y cerró un instante los ojos, conteniendo la respiración y mordiéndose el labio. Francisco frunció las cejas un tanto preocupado ante su reacción. Por eso, volvió a reclinarse por sobre Manuel, sosteniendo su peso sobre el antebrazo izquierdo y buscando la mirada del otro joven.
- Oye… -No tuvo respuesta.
Francisco continuó por un instante tratando de que Manuel volviera a dirigirle la mirada, sin conseguirlo. Siendo que estaba casi a horcajadas sobre su amigo, este en realidad se esforzaba en ignorarlo. Así que extendió su brazo derecho y con la mano lo instó a mirarlo.
- ¿Cómo te molesté? ¿Me dices?
Al consumirse su enfado, Manuel se quedó con la pena y las inseguridades que le causaba todo el asunto Miguel-Pancho y el afecto que hace un tiempo recibía por goteos de parte de ambos; pero que más le dolía por parte de Francisco. Llevaba mucho extrañando a su amigo y apenas se estaba recuperando en los últimos meses; por otro lado, su amor no correspondido volvía a sentirse agobiante, a pesar de hacer todo lo que podía por manejarlo.
Así que solo pudo responder encogiéndose de hombros, y con una pobre imitación de una sonrisa. El gesto solo preocupó a Francisco.
- Pana, por favor, nunca me ha gustado que discutamos.
Con voz ronca y algo temblorosa, Manuel le respondió.
- Bueno, pero no estamos discutiendo.
- Pues casi… -Francisco continuó observando la mirada esquiva de Manuel, más preocupado a cada segundo.
- Cualquier cosa que haya dicho, lo siento en serio -Francisco volvió a hablar después de un tiempo, con una mano aún en el rostro de su amigo. Su voz comenzó a temblar de los nervios, y regresó a hablar en susurros, considerando que no necesitaba alzar mucho la voz, con ellos dos solamente dentro de la carpa.
Manuel volvió a tragar, con la respiración un poco más rápida, y un picor insoportable en la nariz y los ojos, que casi lagrimeaban.
- Nada, ya estuvo, son tonteras -intentó voltearse, aunque no llegó muy lejos con Francisco sujetándolo. Estaba listo para desescalar la situación antes de decir algo inapropiado o muy sincero. Sin embargo, si bien su amigo no entendía muy bien el porqué de su repentina tristeza, en el fondo algo comprendía de sus inseguridades, porque compartían unas similares.
- ¿Sabes que te quiero un montón, cierto? -dijo Francisco- Al final del día, puedo soportar lo de Miguel, pero… -tomó un respiro antes de continuar- Pero si lo pierdo a usted, panita, no solo se me rompe el corazón, se me acaba el mundo.
Manuel soltó un sollozo, y un par de lágrimas consiguieron escapar antes de que pudiera frotarse los ojos. Tomó aire a bocanadas, porque de pronto su pecho volvía a contraerse en dolorosos espasmos. Cuando volvió en sí, luego de unos minutos, se percató de la mano de Francisco enterrada en su cabello, y que su amigo depositaba reiterados, pero suaves besos en su frente. Su mano derecha actuó por cuenta propia, y se aferró a la espalda de su amigo, sujetando la camiseta del pijama con fuerza, casi derribándolo por lo intenso de su agarre. Se avergonzó casi de inmediato, pero como no tenía ganas de apartarse realmente, solo escondió la cara, y se quedó ahí tratando de controlarse.
A Francisco también se le apretó el pecho, y devolvió el agarre de Manuel con los brazos alrededor de su espalda.
- Ey, está todo bien, pana… -Comenzó a frotar la espalda del otro chico, con algo de torpeza al encontrarse con el obstáculo que era el saco de dormir, pero continuó con eso y soplando por la boca a modo de arrullo como su madre hacía al consolarlo.
Manuel, de hecho, consiguió calmarse no mucho después de comenzar. Se frotó la cara con fuerza, se aclaró la garganta, y aún con la cara roja, pero tratando de sacudirse algo de la vergüenza por derrumbarse de ese modo, lanzó uno de sus comentarios.
- Ya estamos viejos, nos andamos poniendo sensibles a cada rato.
A pesar de que seguía preocupado por su amigo, Francisco se echó a reír después de oírlo. Aunque cuando Manuel hizo el amago de apartarse, no lo dejó, llevándolo con sus brazos que aún lo rodeaban hasta su pecho. Y para dejar aún más claro que no iban a comenzar a hacerse los machos en aquel momento, volvió a plantarle un beso en la frente como cuando eran bien, pero bien chiquitos.
Unos minutos, o tal vez media hora después, seguían juntos en medio de la carpa, respirando al mismo tiempo, pero en silencio, escuchando el viento que por suerte no les llegaba directo. Estaba todo tan en calma, luego de sus respectivos ataques de llanto, y estaba tan cómodo entre otros brazos, a pesar de la falta de colchón, que Manuel por fin comenzaba a dormirse, creyendo que ambos habían dado la charla por terminada.
- Manu, ¿No me estás diciendo algo? -la voz de Francisco sobre su cabeza disipó su letargo. Aún así, remeciéndose ligeramente en el enredo que habían hecho entre brazos y los sacos de dormir, se pensó la posibilidad de hacer como si continuara dormido, pero el pulgar de Francisco masajeando su codo no le permitió dejarlo hablando solo.
- ¿Sobre qué?
- No sé… -El movimiento de ese pulgar no cesó, aunque el agarre del resto de los dedos sobre el brazo de Manuel se incrementó por un segundo- Quizás mis problemas con Miguel te molestan más de lo que me había dado cuenta… digo, es tu primo… tal vez… -Francisco tragó saliva- Creo que… ¿Piensas que te hemos dejado en medio de todo? Ahora que lo pienso, cada que nos peleábamos, iba a quejarme contigo, y Miguel debió hacer lo mismo… ¿Es así?
En verdad, Manuel no era capaz de recordar nada específico en aquel momento. Probablemente fue así, al menos al principio. Aunque, otra vez, siendo sincero, durante toda esa charada se sintió más hacia el costado que en medio de nadie.
- No te preocupes por eso.
- Es que… -Su amigo resopló, mostrándose algo frustrado. Entonces el pulgar se detuvo, y fue toda la mano que frotó una, dos y tres veces todo el brazo de Manuel, antes de deslizarse hasta la mano, donde se aferraron dedos con dedos.
- Si no es eso, ¿Entonces qué? -Francisco también se removió intranquilo, y con la barbilla tocó la frente de Manuel, mirando hacia un costado de la carpa, donde podía ver sombras tenues gracias a la poca luna que había.
- ¿En verdad crees que habríamos dejado de ser amigos por la universidad? ¿Qué nos hubiéramos olvidado del colegio como Miguel?
Oh, Manuel nunca, o al menos no en primer año. Francisco por otro lado, suponía que de por sí habría estado demasiado dolido por el novio perdido como para además notar su ausencia. O esa podría ser su baja autoestima hablando. Daba igual.
- No sería extraño. Menos tiempo juntos, distintas cosas que estudiar… hemos tenido suerte de que los campus estén tan cerca… -Su comentario quedó flotando por un momento en el silencio que siguió, podría haber seguido añadiendo más, pero Francisco tomó la palabra.
- No te lo vayas a tomar a mal, no quiero que vuelvas a llorar… -comenzó diciendo algo serio, pero al elevar un poco la vista, Manuel notó que la comisura de sus labios comenzaba a elevarse, como si algo le hiciera gracia-... pero hay veces en que te pasas de pesimista... es que ya no está cool Manu, el tiempo de los emo ya pasó.
- ¡Weon! -gritó Manuel, muy alto y de sorpresa, dándole un empujón. Y mientras Francisco se reía, a lo lejos también pudieron escuchar los ladridos de un perro, y el inicio de los gritos de otras personas. Para cuando empezaron a prenderse linternas y luces, Manuel estaba riéndose bajito con las manos cubriéndole media cara, y Pancho se curvaba sobre él intentando controlar sus risas de igual forma.
- ¡Ok, ok, escucha, ven…! -Francisco puso sus manos en sus hombros, y lo empujó hasta que sus rostros volvieron a quedar paralelos.
- ¡No quiero na’a con vo’ weon, no después de insultarme así! -A Manuel casi ni se le escuchaba la voz, por lo adolorido que tenía el pecho, luego del llanto y el ataque de risa, apenas podía inhalar un bocado de aire para respirar, mucho menos hablar. Aún tenía humedecidos los ojos, pero esta vez era por las carcajadas y no los sollozos.
- No, está bien, tu flequillo era adorable, nada de qué avergonzarse -Francisco recibió otro manotazo, aunque aprovechó el momento y sostuvo la mano de Manuel antes de que la alejara, hizo lo mismo con la otra que se acercaba pegada al suelo de la carpa.
- Si he sido un mal amigo… -sintió a Manuel comenzando a abrir la boca, así que le apretó las manos para detenerlo, y por suerte, su amigo tuvo la gentileza de obedecer y dejarlo acabar- Si he sido un mal amigo, o de cualquier forma te he hecho pensar que no me importas… al menos no lo suficiente como para hacer un esfuerzo de mantener nuestra amistad… de verdad lo siento.
El tono de la conversación se tornó serio de inmediato. Tantas emociones, una detrás de otra, ya tenían agotado a Manuel; sobre todo el constante escozor en los ojos, eso lo tenía hastiado. Al sentirlo de nuevo después de las palabras de Francisco, cerró los ojos, no confiando del todo en que la oscuridad de la carpa escondería una nueva ola de lágrimas.
- Pancho, eso no es… tú no hiciste nada malo -acabó por decir.
- De todas formas, nunca voy a querer lastimarte, Manu… -Francisco juntó las dos manos de Manuel, y las sostuvo en medio de ambos. Con cuidado, también inclinó la cabeza, hasta que su frente se encontró con la de su amigo, y cerró los ojos igual que él.
Una parte de Manuel estaba consciente de la connotación romántica que tendría esa posición si se tratara de una película, sobre todo las super cursis que veían de vez en cuando con su hermana. Así que estaba teniendo algunos problemas para separar las situaciones, y que su corazón no se le desbocara en el pecho. El resto de él, se volvía papilla tan solo por el continuo contacto y la respiración tan cercana de Francisco sobre su rostro. Aquello lo enviaba de vuelta al sinnúmero de pijamadas en donde hubo de controlar sus impulsos por besarle en los labios, justo como debía hacer ahora.
- Eres mi mejor amigo, mi familia, nunca te voy a querer lejos de mí, te necesito demasiado -confesó Francisco. Manuel sintió los susurros de su amigo sobre su boca, por lo que el cosquilleo sobre la piel lo recorrió antes de sentir el retorcijón en su estómago.
Su mejor amigo. Su Familia. Claro que era eso…
Mantuvo las lágrimas escondidas tras los párpados, esperando que Francisco no distinguiría nada en su rostro debido a la oscuridad. Y de alguna forma pudo ocultar su existencia incluso al hablar.
- También eres mi familia, Fran… -dijo en voz alta. “… y te amo demasiado como para irme a algún otro lado aún” completó en su cabeza.
Francisco sonrió al escucharlo, aunque Manuel no pudiera verlo, y sin pensárselo guio las manos de Manuel hasta su cara para darle un beso a sus nudillos. El otro joven se estremeció, aunque hizo lo mejor para ocultarlo, y tan calmado como pudo, apartó las manos del agarre de Francisco.
- Ahora vamos a dormir, nos quedan muchas cosas por hacer mañana -dijo Manuel, después de aclararse la garganta, y antes de que Francisco pudiera responderle o continuar la conversación de cualquier forma, se volteó hacia su costado de la carpa. Metió los brazos y se recogió dentro de su saco de dormir, ocultando la mitad del rostro. Se mantuvo en esa posición hasta cuando sintió a su amigo remecerse atrás de él, pero tuvo que levantar la cabeza cuando sintió la mano del joven acercando algo a su cara.
- Tu antifaz -le señaló su amigo en cuanto sintió que alzaba la vista. Manuel tomó rápidamente el objeto y se lo colocó lo mejor que pudo con una sola mano, inmediatamente después de eso, volvió a ocultarse dentro de su saco.
Francisco se quedó quieto por un momento, inseguro de pronto de qué hacer a continuación. Aunque después de unos minutos sintió que la repentina tensión sobre su amigo se desvanecía, y su respiración se tornaba más pesada. Así que, con cuidado, terminó de acercarse, juntando sus sacos de dormir, como comúnmente hacían, y pasó su brazo derecho sobre el cuerpo de su amigo hasta sujetarlo del pecho y descansó su cabeza sobre la nuca del chico. Manuel no reaccionó de ninguna forma, y Francisco soltó un suspiro de alivio. Después de pocos minutos, hubo sincronizado su respiración con la de Manuel y acomodado su rostro contra el cuello de este. No tardó mucho en dormirse luego de eso, por fin sintiéndose en calma, y hasta feliz, luego de varias semanas de pura congoja. Si bien las cosas ya no eran iguales con Miguel, al menos Manuel aún estaba junto a él como siempre.
Francisco apretó a Manuel entre los brazos, y con eso se sintió pleno en aquel momento.
Del fallido, pero no menos importante, intento de asesinato al príncipe heredero que el brujo de la corte y el hijo del marqués de Burgos lograron evitar.
Proteger al príncipe y a la corona era tarea de la guardia y los caballeros, pero a sus dieciséis años, al brujo de la corte y a su amigo no les quedó de otra que darles una mano, junto a su particular equipo.
Manuel valoraba el estigma que entregaban las túnicas largas como cualquier otro hechicero. Sin embargo, el aspecto práctico de ellas le generaba dudas, más ahora que, debido a su edad y posición, se esperaba que las luciera más seguido en el día a día y no solo para ocasiones importantes. Las mangas colgantes eran mucho más apreciadas cuando no tenía que soportarlas todos los días, empujando cosas al suelo solo por sus movimientos de brazos. Con tales cosas aleteando al final de sus manos, no era de extrañar que la mayoría de la comunidad mágica adoptara una actitud recatada y contenida en su adultez.
El brujo dividía su atención pensando en eso y en observar a las tres comitivas presentes en la sala del trono. Las personas provenientes de las tres marcas colindantes del reino vecino hablaban entre ellas y con el rey con un aire amistoso, y quería evitar cualquier clase de accidente que pudiera molestar a esas personas. O incluso al rey, que a todos había advertido se mantuvieran en su mejor comportamiento.
Con lo mucho que sirvió.
Siendo solo tres marcas del reino del este con las que iban a firmar el acuerdo, solo tres delegaciones se esperaban. Por eso todo el mundo quedó un tanto perplejo cuando una cuarta caravana, si bien más pequeña que las anteriores, entró al patio de la corte siendo anunciada por las trompetas. El rey y sus acompañantes no pudieron resistir la curiosidad y fueron a mirar al patio, los guardias abrieron las enormes puertas de la entrada principal, y así pudieron observar los carruajes y hombres a caballo que constituían la nueva caravana. Avanzaron con los estandartes ocultos hasta atravesar la ciudadela, pero para cuando pasaron por debajo del arco de piedra las banderas negras se encontraban a la vista de todos, el dibujo en plateado de un rombo con cuatro dagas atravesadas bien claro en el centro.
Manuel no recordaba ninguna casa del reino del este con aquel estandarte, y eso que las había estudiado antes de recibir a los representantes.
- ¿Quiénes serán? –El brujo se volteó hacia Francisco para preguntarle por ellos, solo entonces notó lo tenso y pálido que se encontraba su amigo, mirando sin pestañear a los recién llegados. Su voz pareció despertarlo, y una feroz mueca que nunca le había visto se posó en su rostro.
- ¡Guardias! ¡Aprésenlos! –Gritó su amigo sorpresivamente, apuntando la carroza y los hombres a caballo. Algunos de los caballeros apostados junto a la escalera desenvainaron sus espadas y comenzaron a avanzar, el resto esperaba tenso con las manos en sus empuñaduras. Un murmullo inquieto se apoderó de la gente alrededor del patio, que se preparó para correr por si alguna pelea tomaba lugar. Manuel sintió su piel erizándose, listo para lanzar hechizos a diestra y siniestra si la situación se salía de control.
- ¡Alto! –Gritó el rey por encima de todo el ruido. La gente calló, los caballeros dejaron de avanzar, y Francisco se volteó a mirarlo con una mueca de espanto.
- ¿Majestad? –Preguntó, con un timbre indignado asomándose en su voz.
- Papá… -Murmuró Miguel dando un paso hacia el rey, paseando su mirada entre su padre y la carroza. Aunque no parecía tan confundido como Francisco, sí se veía bastante sorprendido- Pensé que las conversaciones iban a llevar más tiempo…
- ¿Conversaciones? –Manuel miraba confundido a todos allí, si no fuera porque Julio parecía igual de perdido, se habría sentido como un tonto.
- ¿Conversaciones? ¡¿Conversaciones de qué, si se puede saber?! –El joven Burgos parecía listo para encajarle una flecha a alguien, lo que no era muy común- ¡Esa gente no debió cruzar la frontera! ¡Jamás!
- Francisco, tranquilízate muchacho…
- ¡No!
Francisco había perdido completamente la actitud serena que el rey tanto les había pedido que tuvieran.
- Padre… -Miguel los interrumpió, tratando de mantener un semblante calmado por todos, y se ubicó ligeramente frente a Francisco con uno de sus brazos extendido al pecho del joven, listo para contenerlo, y le señaló a su padre que alguien estaba bajando de la carroza. El rey hizo un gesto a sus caballeros, y estos volvieron a sus puestos a un lado de la escalera, aunque continuaron mirándose confundidos unos a otros.
De la carroza descendió una joven doncella vestida con un tupido vestido de cuello alto color carmesí, quien dio un vistazo por el patio con un rápido, pero delicado movimiento de cabeza. Pronto toda su atención se posó sobre la escalera y las cinco personas en ella.
Francisco continuaba desprendiendo unas vibras asesinas mientras observaba el avance de la joven, por lo que Manuel agradecía que el príncipe no se hubiera apartado de su camino. La chica se veía bastante normal al parecer del brujo, un poco altanera, pero eso no era una característica extraña en la nobleza, por eso tenía problemas para entender por qué su querido amigo la miraba como si fuera una víbora arrastrándose entre la maleza.
Finalmente, la joven y su seguidilla llegaron a los pies de la escalera, y dándole una sonrisa dulce al rey, esta y todos los suyos le dieron una reverencia.
- Majestad, es bueno veros en persona, finalmente –Dijo con la voz cándida tradicional de las damas bien educadas de la corte. Todo normal allí, nuevamente.
- Es… una sorpresa, veros a usted –El rey la miró de pies a cabeza, pero se notaba que no tenía ni idea de con quién estaba hablando.
- El marqués de Piedra Negra me envió, como acto de buena fe para continuar las negociaciones con su reino, soy su primera hija, Tatiana.
…
Francisco iba de un lado a otro como una bestia enjaulada. Manuel lo miraba con curiosidad, y hasta un poco de miedo, siendo que la expresión furiosa no dejaba su rostro.
- ¡Debe sacarla del castillo de inmediato! ¡Nunca debió poner pie en el reino para empezar! -Gritó el noble en dirección al rey. Los guardias no lo arrastraron a la mazmorra solo porque era prácticamente de la familia.
- Calma, Francisco, están aquí con mi permiso.
- ¡Pues ese fue un pésimo movimiento de su parte, señor! -Francisco no se mordió la lengua ni se arrepintió de lo que dijo, ni cuando el rey entrecerró los ojos por un momento para mirarlo.
- Sabes, por un momento sonaste igual a Fernando…
- ¡Mi padre sí sabe tratar con esa clase de personas! -Masculló el muchacho. Todos en la habitación sabían que se refería a la habilidad del marqués de Burgos para corretear a los bandidos e invasores fuera de la frontera.
- A mí me pareció muy cortés, digo, estabas apuñalándola con la mirada y ella apenas reaccionó -Miguel observaba algo divertido la situación, reclinado hacia atrás en la silla que había escogido en el salón de planeación. Francisco se detuvo para clavarle dagas con los ojos, y el retumbar de sus pasos dejó de escucharse en el salón de piedra por un momento.
- Esta visita es muy importante para las relaciones con el reino del este. Y, aunque la repentina adición de más huéspedes no estaba contemplada, tengo la esperanza de que sea una oportunidad para finalmente lograr establecer el diálogo entre ustedes -El rey se levantó de su puesto en la mesa, acercándose al joven noble para que lo mirara. Trató de reflejar la seriedad del asunto en su tono de voz- Por eso espero que no hagas nada tonto y la trates con toda la amabilidad que puedas.
- Claro, señor, le daré toda la amabilidad que tendría en Burgos, no hay problema -Respondió Francisco con voz plana.
El rey dejó escapar un gruñido y se frotó la cara visiblemente frustrado.
- Es como escuchar a Fernando…
Miguel se tapó la boca para no reírse. Mientras tanto, Manuel también se cubría la boca, pero porque no entendía qué bestia había poseído a su amigo, no entendía nada.
- ¡Esta bien, entiendo! Solo… mantente alejado y esto podría salir bien, ya pronto se irán -El rey fue hablando mientras caminaba hacia la salida, esperando que cualquier cosa que respondiera el chico no alcanzara a llegar a sus oídos.
- ¡Para entonces será muy tarde! -Francisco se aseguró de que su grito fuera lo suficientemente fuerte para llegar a oídos del rey. El mayor de todas formas no se volteó, y junto al príncipe desaparecieron sin decir nada más.
Manuel pestañeó un par de veces antes de abrir la boca.
- ¿Qué fue eso? -Preguntó, todavía sorprendido porque su amigo, su casi siempre tranquilo y sensato amigo, le había gritado al rey sin reparo alguno. Una mirada molesta se puso en su dirección y Manuel levantó las manos ante tal hostilidad- Oye, yo estoy contigo... bueno, casi, en realidad me gustaría saber qué te pasó justo ahora.
- ¡Tenemos al enemigo en el castillo, Manuel! ¡Eso me pasó! -Francisco golpeó la mesa con su mano, remarcando la gravedad de la situación.
- Pero el rey dice que vienen a negociar.
- ¿Negociar? ¡Bah! -El chico volvió a pasearse a lo largo de la mesa ante la mirada atenta del brujo, quien aún no decidía si levantarse o esperar sentado a que el arrebato del joven terminara.
- ¡La única negociación que conocen esos traicioneros incluye fuego y espadas!
- Amigo...-Dijo Manuel, despacio, acercándose a Francisco con la intención de sostenerlo de un brazo para que dejará de moverse- ¿No crees que estás, tal vez, exagerando un poquito? -Solo alcanzó a rozarlo con sus dedos antes de que el otro joven volviera a estallar.
- ¡Claro que no! ¡Tú no conoces a esa gente, Manuel! ¡No tienen idea lo que es la paz! ¡O el juego limpio! ¡Es un ataque tras otro sin descanso, Manuel! ¡¿Has intentado dormir con el ruido de flechas y piedras chocando contra el muro?! ¡Esa serpiente no vino a negociar!
Manuel se mordió el labio, abriendo una y otra vez la boca, pero sin saber qué decir ante las palabras y actitud de su amigo.
- ¡Ash! ¡Es el colmo! -Francisco se volteó rabioso, y se dispuso a salir del cuarto- Le escribiré a mi padre, ¡Él sí se tomará esto en serio!
- ¡Pancho! -Le gritó Manuel para que volviera, pero el joven no le hizo caso- ¡No te enojes conmigo también! -El brujo se frotó la cara y gruñó cuando su amigo salió dando un portazo. Al rey no le iba a gustar nada tener al marqués de Burgos gritando fuera de los muros en reclamo por la situación, así que fue detrás del chico, para intentar contener los daños colaterales.
Qué extraño era tener que preocuparse de que Francisco no destruyera el castillo.
A fin de cuentas, no pudo evitar que enviara una de las aves con el mensaje para su padre, pero logró sacarle una promesa de que trataría de ser civilizado con Tatiana si es que se la topaba.
…
Por mucho que el rey lo quisiera, por mucho que a Miguel le molestara y por mucho que Manuel esperara mejor de Francisco, el chico no podía ver la presencia de la gente de Piedra Negra como nada más que una amenaza. Los veía caminando por los pasillos del castillo e inmediatamente recordaba todos los asaltos en el borde, todos los cultivos y granjas destrozadas, todos los muertos que dejaban los ataques que el padre de Tatiana ordenaba deliberadamente. Manuel hacía un intento por no juzgarlo demasiado, pero estaba claro que no comprendía el miedo detrás de su actitud, el miedo de que toda esa tragedia y destrucción tomaran lugar allí también.
Honrando su promesa, Francisco de verdad tenía la intención de tragarse sus temores e ignorar la pulsante necesidad de sacar a patadas del castillo a la joven. Hizo lo posible para evitarla, porque sabía que una hora en el mismo cuarto con ella enviaría su resolución al traste. Intentó concentrarse en los otros huéspedes del castillo cuando no se le permitía ausentarse, pues a pesar de no ser realmente de la familia real, se decía que Francisco ya era parte de los niños del rey junto a los príncipes y el brujo, así que su continua ausencia podría interpretarse como rechazo por los representantes del reino del este. Y por muy molesto que estuviera con su majestad, no tenía intenciones de arruinar las negociaciones que sí tenían futuro.
De todas formas, la joven lo encontró en cuanto bajó la guardia, y su conversación no tardó en replicar dos ejércitos apresurándose a una catastrófica pero inevitable colisión.
- Se te nota algo tenso, Francisco, ¿O es que los rumores son ciertos y todos en Burgos son unos estirados? -La chica mayor tenía una mueca para nada agradable en la boca, pero eso solo se distinguía estando cerca, de lejos hasta podría confundirse con una sonrisa.
- Y al parecer en Piedra Negra no tienen modales, ¿Cuándo le dije que podía usar mi nombre… señorita?
Tatiana entrecerró los ojos y mostró un poco de dientes, casi gruñéndole como los perros de caza lo harían con una presa. Francisco estuvo tentado a alejarse cuando la chica dio un paso en su dirección.
- ¿En serio crees que puedes poner a la familia real en mi contra? ¿Crees que esta actitud paranoica que estás mostrando podría serte de alguna utilidad? ¿En verdad esto… -La chica movió la mano, señalando a Francisco de pies a cabeza con una mirada de desdén- … es todo lo que puede esperar Burgos para que los guie en el futuro?
Francisco sintió como si le hubiera asestado un golpe directo al pecho con esa última frase y retrocedió un paso, estabilizándose. De verdad tenía unas ganas enormes de abofetearla de vuelta, pero por respeto al rey se recordó que era una invitada, si bien una muy detestable y peligrosa invitada, y se contuvo lo mejor que pudo. Claro que su mirada asesina no tenía intenciones de esconderla, y tampoco de tragarse todo su desprecio.
- Ten por seguro que, el día en que pises Burgos, tendrás tu propia esquina en la parte más oscura y mugrosa del calabozo esperando por ti.
Antes de que Tatiana pudiera responderle, y antes de que él pudiera decirle algo más desagradable, dio un giro y se marchó.
…
Manuel estaba a mitad de una sesión de meditación, recargando su energía con la ayuda de un puñado de cristales mágicos a su alrededor, cuando Francisco entró despotricando a su cuarto en la torre. Abrió un ojo para mirarlo por un segundo y luego volvió a su meditación, o al menos lo intentó, puesto que escasamente podía concentrarse en mantener su mente en calma cuando escuchaba a Francisco moviéndose por el cuarto sin medir la fuerza de sus pisadas, o la energía con la que sacudía los brazos alrededor de sus pertenencias más frágiles. Y francamente, la ira que desprendía era suficiente para perturbar su círculo mágico sin mucho esfuerzo.
Cuando lo sintió acercarse a las pociones incendiarias decidió que debía intentar calmarlo.
- ¿Quieres hablar de esto, Fran?
- No sé, ¿Vas a tomar el lado de los invasores otra vez? -Le preguntó de vuelta, en tono molesto. El brujo tensó los hombros por instinto ante el aura peligrosa de Francisco.
- Uh, supongo que nuestra sorpresiva invitada te tiene así de exaltado.
- Eso no alcanza a describir para nada lo que estoy sintiendo -Francisco continuó con sus pisadas fuertes hasta la cama de Manuel, en donde se desplomó sin más demora.
- Estoy seguro de que el rey apreciará tu esfuerzo por soportarla aquí -Comentó el brujo con calma, mirando de reojo a su amigo mientras cerraba su círculo mágico y guardaba todos sus cristales en un cofre como resguardo. Tenía que parar de tanto en tanto porque las mangas de su ropa se atoraban con los bordes.
- Y no es que me desagrade la idea, pero ¿Piensas encerrarte aquí toda la semana? -Si era así, no podría recargar ni limpiar su energía mágica hasta que la jovencita se fuera.
- ¡Ugh! Quizás así me evite otra confrontación con ella -Masculló el chico contra la almohada. Manuel comenzó a asentir antes de comprender lo que había dicho.
- ¡¿Otra qué?! -Chilló Manuel, dejó el cofre a un lado y en tres zancadas estuvo al lado de la cama- ¡Francisco!
De un salto, Francisco se arrodilló sobre el colchón, agitando las manos frente a él.
- ¡Ella se lo buscó! ¡Yo estaba dispuesto a seguir caminando como si nunca la hubiera visto!
- ¿Pues por qué no lo hiciste?
- ¡Te digo que ella empezó!
- Dioses… -Manuel se llevó ambas manos a la cara y gruñó- ¿Qué cosas le dijiste?
- ¡Ash! -El joven bufó en desdén y se cruzó de brazos- Nada que no debiera escuchar.
- ¡Fran! -Volvió a chillar Manuel, dejando caer sus manos, logrando que sus mangas se sacudieran en el aire. Al menos la tela extra servía para infundirle dramatismo a sus movimientos.
- ¡Nada, nada! -Francisco apartó su mirada del brujo y sacudió una mano, restándole importancia- Cielos, no es una niña, si tiene el valor para ofenderme no puede más que esperar un par de palabras de mi parte.
Manuel apretó los labios al escuchar aquel detalle. Si la chica estaba aprovechando la hospitalidad del rey para molestar a su amigo, quizás sus intenciones no eran tan amigables. “¿Quién se creía esa ni…?” No.
- ¿Crees que es para preocuparse? ¿Podría ir con el rey por esto?
- Uhm, ¿No lo creo? -Si tenía planes ocultos como pensaba Francisco, no le parecía que su discusión fuera realmente importante como para llamar la atención del rey en aquel momento, pero estaba casi seguro que lo haría pagar por ella de alguna otra forma.
…
- ¡BURGOS!
Los dos amigos oyeron el grito furioso de Miguel a sus espaldas y voltearon de inmediato. El príncipe avanzaba hacia ellos como si fuera a morderles las cabezas en cuanto los tuviera al alcance, sobre todo a Francisco.
La piel de Manuel se erizó en cuanto escuchó el tono colérico del príncipe, y ahora que veía su expresión, temía que quisiera irse directo a los golpes con su amigo. Avanzó un paso y trató de colocar una sonrisa amena en su boca.
- ¿Qué tal? -Comenzó, sin mucha fe en sus resultados, pero siguió con su intención de mantenerse entre el príncipe y Francisco el mayor tiempo posible- ¿Qué se le ofrece a su alteza esta tarde?
A Miguel el uso de su título solo pareció darle más deseos de golpear a alguien. El brujo levantó las manos, tratando de calmarlo, pero de nada sirvió. Miguel solo le prestó atención para moverlo a un lado con el brazo y plantarse frente a Francisco.
- ¡¿PERO QUÉ DEMONIOS PASA CONTIGO?! -Le espetó en toda la cara. Francisco cerró los ojos un momento y se estremeció por la fuerza de sus gritos. Aunque casi enseguida se los regresó.
- ¡¿QUÉ ME PASA A MÍ?! ¡¿Y AHORA QUÉ HICE?!
- ¡Chicos, calmados! -Manuel se separó de la pared en la que lo habían estampado y fue hasta ellos. Llegó justo a tiempo para sujetar las manos de Miguel, antes de que las posara sobre el cuello de Francisco. El príncipe se lo quitó de encima fácilmente con otro empujón.
- ¡Te dijeron que la dejaras en paz! -Volvió a gritar, y Francisco entrecerró los ojos y gruñó, comenzando a atar cabos.
- ¿Y ahora qué dijo esa arpía?
Miguel alzó el brazo para darle un puñetazo, pero Manuel volvió a impedírselo poniéndose entre ambos, con una mano en el pecho de cada uno.
- ¡Suficiente! -Gritó, ya un poco histérico, pero los dos chicos continuaron mirándose a los ojos con rabia sin prestarle mucha atención al brujo.
- “Si estuvieras en Burgos ya tendrías un par de flechas atravesándote la garganta” -Miguel recitó las palabras que claramente le había dicho otra persona- ¡¿Se te hace conocida esa frase?!
Manuel volteó, pasmado, hacia su amigo, preguntándole con los ojos si esas en verdad fueron sus palabras.
- ¡¿QUÉ?! -Exclamó el joven, casi tan sorprendido como el brujo.
- ¡“¿Qué?” es justo lo que me pregunté! -Miguel acercó las manos a su cara, como si todavía no pudiera creerlo.
- ¡Yo no le dije eso! -Quiso decirle Francisco, pero el príncipe no lo estaba escuchando.
- ¡¿Te volviste loco?! ¡¿Cómo se te ocurre hablarle así, carajo?! -Miguel nuevamente intentó acercarse, pero seguía topándose con la mano de Manuel.
- ¡Ya, paren!
- ¡Te digo que es mentira! ¡¿Vas a creerle a esa víbora más que a mí?! -Francisco también estaba a punto de darle una patada al príncipe de pura rabia que sentía.
- ¡SÍ! ¡Porque sé que la odiaste desde el momento en que llegó! ¡Sí le voy a creer!
- ¡Pues por algo será! ¡Tú solo estás tratando de hacerte el galán!
- ¡Cierra la boca! -Miguel inclinó su pecho hacia el frente, tratando de pasar sobre Manuel que, siendo igual de terco que ellos, seguía en medio de su pelea- ¡Has perdido la cabeza, Francisco! ¡Es una chica inocente y le has dicho cosas terribles!
- ¡Es una serpiente esperando morder! ¡Oh, pero sigue congraciándote con ella! ¡Veamos cuánto tarda en tragarte completo! -Francisco comenzó a estirar la mano para agarrarlo de la camisa, y fue entonces que el brujo tuvo suficiente.
- ¡SE ACABÓ! -Manuel empujó con todas sus fuerzas a los dos cuerpos que trataban de aplastarlo. Apoyó toda su espalda contra el pecho de Francisco y con ambas manos empujó a Miguel, logrando que este retrocediera un par de pasos.
- ¡Los dos! ¡Ya fue suficiente! -Les gritó, mientras empujaba con su espalda a Francisco y apuntaba con la mano temblorosa a Miguel para mantenerlos en su lugar- ¡Cállense! ¡O van a arrepentirse después! ¡NO! ¡Quédate ahí, Miguel!
- ¡Argh! -Miguel golpeó sus piernas con las manos y le dedicó una mirada a Manuel- ¡Por qué me sorprendo! ¡De nuevo estás de su lado!
- ¡Manuel sí escucha cuando le hablo! ¡A diferencia de ti! -Francisco le ganó la palabra al brujo, y este tuvo unas inmensas ganas de llorar en aquel momento.
- ¡Shus! ¡Silencio! -Manuel volteó para mirar a su amigo y taparle la boca. Francisco aprovechó eso para pasar por debajo de su brazo, haciendo a un lado la túnica que le caía en la cara con una palmada. Logró avanzar dos pasos antes de que Manuel alcanzara su brazo y lo agarrara con fuerza, plantando sus pies firmemente en el suelo, impidiéndole avanzar más.
Miguel los miró con una mueca más que irritada en el rostro y un poquito de resentimiento colándose en sus ojos.
- ¡Ya da igual lo que pienses! -El príncipe se volteó y comenzó a rehacer sus pasos- ¡Pero deja de hacer payasadas o haré que los encierren en la torre para que no molesten!
Manuel creyó que la pelea había terminado allí, pero Francisco no soportó guardarse un último grito de advertencia.
- ¡Cuando esto acabe vas a desear que le hubiera disparado! ¡Vas a desear haberme escuchado! -Declaró con total convicción. Manuel sintió un temblor recorrer su espalda al escuchar el eco de esa oración y los pasos de Miguel resonando en el pasillo, parecían más que un mal augurio.
…
En la cena, si bien Francisco y el príncipe trataron de olvidar su reciente pelea en favor de la comodidad de los huéspedes, de todas formas se lanzaron una que otra mirada acusadora por detrás de la cabeza de Manuel. El brujo solo podía aclararse la garganta y seguir comiendo para no llamar la atención a su insistente riña.
Tatiana mostró cierta curiosidad por sus posturas rígidas y miradas tensas, Manuel la atrapó mirando en la dirección de Francisco un par de veces, pero su atención estaba puesta principalmente en bromear con el rey y los demás representantes. Estos por su parte estaban más interesados en emborracharse y alabar la majestuosidad del fénix sobre el hombro del soberano, que en los jóvenes sentados a su lado.
Así que, a pesar de todo, la cena transcurría con normalidad. Los platos y tambores de licor eran vaciados gustosamente por las personas sentadas en el gran comedor. Uno de los representantes del reino del este en particular, el más excéntrico y carismático de los tres, estaba haciendo una gran labor vaciando las reservas de vino del castillo, por eso no fue de extrañar que fuese el primero en alzar la voz, llamando la atención de todos los presentes.
- … ¡Pero no hemos llegado con las manos vacías! -Señaló a un par de sus sirvientes para que se acercaran a la mesa principal con cuatro ostentosos, cofres que dejaron frente a la familia real.
- ¡De parte de los mejores artesanos de Tañazco! ¡Les expresamos nuestra buena voluntad a sus majestades! -El señor Guillermo de Tañazco finalizó su discurso dando un buen sorbo a su jarra. Los sirvientes abrieron cada cofre para presentar ante el rey, los príncipes y el brujo de la corte una serie de joyas bien pulidas, destinadas a aumentar su ya extenso número de cachivaches.
Manuel pensó en quejarse en cuanto notó que su cofre contenía dos aretes enormes, algo impropios para su posición, pero viendo que la gente de Tañazco venía ataviada de joyería de pies a cabeza, y que hasta su representante llevaba un extraño adorno que iba por el borde de su oreja, decidió cerrar la boca y no insultarlos por su regalo de buena fe. Miró hacia el lado a Miguel, quien tenía la suerte de recibir un anillo mucho más sobrio que sus colgantes.
- Oh, en verdad son espléndidos regalos, excelencia, mis agradecimientos a sus artesanos -El rey ya estaba colocándose sus dos brazaletes, pasando los dedos sobre los grabados. A su lado, Julio levantaba por los bordes el collar lleno de piedras que le otorgaron, sintiendo su peso y preguntándose cómo aguantaría algo como eso alrededor del cuello.
Miguel quiso seguir el ejemplo de su padre y probar su regalo de inmediato. Manuel estaba abriendo la boca para decirle que si no le cabía en el dedo, podía cambiárselo por los aretes, pero su voz quedó atrapada en su garganta al sentir de repente una fuerte punzada en la cabeza. Una fiebre helada le recorrió la piel y el cabello de su nuca se erizó. Se sintió confundido por su repentino malestar, hasta que siguió el zumbido que atacaba sus oídos al anillo que Miguel inocentemente acercaba a su dedo.
- ¡SUELTA ESO! -Gritó dándole un manotazo, haciendo que el anillo callera sobre la mesa y la multitud volteara hacia él. Miguel lo miró impactado, protegiendo su mano golpeada con la otra.
- ¡Manuel! ¡¿Y ahora qué tienes?! -Cuestionó el príncipe, pero Manuel no le hizo caso. En vez de eso, tomó las puntas de sus largas mangas y doblando la tela las usó para tomar con sumo cuidado el anillo. Recitó un rápido hechizo de revelación y los invitados fueron testigos de cómo un humo negro comenzaba a desprenderse de la joya.
- ¿Qué está ocurriendo? -Preguntó el representante de Tañazco, bastante nervioso al notar un problema con su regalo para el príncipe heredero. El solo susto comenzaba a curarlo de su borrachera mejor que toda una noche de sueño.
Manuel dejó caer el anillo en la mesa, donde siguió desprendiendo ese humo negro y vibrando con una intensa energía. Con un semblante más serio miró al resto de los presentes que esperaban su respuesta.
- ¡El anillo está embrujado! ¡Alguien le ha echado una maldición para atacar al príncipe! -Dicho eso, vio cómo la sala se llenaba de caos.
- ¡Yo no sabía nada de eso! ¡Alguien debe haber metido mano a nuestros obsequios! -Aseguró don Guillermo, con su cara pálida enmarcada por sus collares y pendientes.
- ¿Quién lo habría hecho? ¡Esas cosas nunca salieron de tus cofres! -Gritó el estirado representante de Velez.
- ¡Guardias! ¡Llévenselos al calabozo! -Gritó el rey, bastante alterado por el fallido ataque hacia su hijo mayor. Llamó con un gesto a uno de los sirvientes para que llevaran al fénix que graznaba ferozmente en sus brazos de vuelta a su jaula y lejos del revuelo. El duque de Nueva Granada llegó corriendo junto a él y, tratando de mantener la cabeza fría para manejar diplomáticamente la situación, sugirió que los guardias podrían escoltar a la gente de Tañazco a sus habitaciones y mantenerlos allí hasta aclarar todo.
Mientras tanto, Guillermo seguía defendiendo su inocencia frente a la familia real, pero principalmente frente a sus vecinos de las otras dos marcas.
- ¡Ni siquiera hay brujos entre mi gente! ¡Ustedes los conocen!
- ¡Ah, pero es un largo camino hasta aquí! –Rebatió Demetrio, el hombre estirado de Velez, señalándolo acusadoramente- ¡Pudiste encontrar a alguien que lo hiciera antes de llegar!
- ¡¿Cómo pudiste, Guillermo?! -Exclamó la señora Marcela de Caravantes, bastante escandalizada por toda la situación.
- ¡Yo no hice nada! ¡No mataría ni a una polilla! ¡Menos a un príncipe! -Gritó Guillermo al borde del pánico, apuntando a Miguel, quien seguía en su puesto algo paralizado por el destino que casi sufrió.
Y la cena iba tan bien.
- Manuel, ¡Manuel! -Francisco tiró de las mangas de su amigo para captar su atención. El brujo, aún con los pelos de punta, se giró a verlo, sin quitar su mano del hombro de Miguel- ¿Qué clase de maldición es?
- ¿Ah? -Preguntó el chico, también algo lento debido al efecto que esa magia maligna brotando del anillo tenía sobre sus sentidos.
- ¿Qué clase de hechizo es? ¿Es algo común del este o de aquí? -Siguió Francisco, mirándolo intensamente.
- ¡Ah! -Exclamó Manuel, entendiendo su punto. Si don Guillermo aseguraba que la gente de Tañazco no era responsable, una manera de probarlo era analizar la magia usada para el maleficio.
Rápidamente, Manuel llamó al galeno y los aprendices de magia presentes en la cena. Viendo que el brujo de la corte comenzaba a moverse, el duque de Nueva Granada terminó de convencer al rey de tomar las cosas con algo más de calma. Finalmente, los guardias junto a un buen número de caballeros agruparon a la gente de las cuatro marcas presentes y las llevaron a sus habitaciones.
Manuel fue junto a su grupo de expertos a una de las salitas de experimentación del galeno. Pronto los acompañó el escribano junto a Sebastián, y luego de un tiempo investigando en los libros, haciendo una serie de pruebas, y recopilando declaraciones, estuvo listo para darle su veredicto al rey en la sala del consejo.
- No fueron ellos -Dijo muy serio, con ambas manos detrás de su espalda.
- ¿Cómo es eso posible? -Cuestionó el soberano, bastante intrigado.
- El tipo de magia no concuerda con el estilo de Tañazco, ni de aquí, incluso yo no sé muy bien de qué se trata, pero provoca un raro tipo de sueño del que es muy difícil despertar. Por los libros, parece que es común mucho más al norte, o al menos, está bastante presente en sus cuentos.
La mirada del rey no demostraba su convencimiento, pero le hizo una ceña con la mano para que siguiera, porque estaba seguro de que el brujo debía tener más pruebas que esa.
- Además, hablamos con todos quienes tuvieron contacto con el anillo y aseguran que, el que se le entregó al príncipe no es el que sus artesanos fabricaron -El rey Javier le dedicó una mirada incrédula- Tampoco lo creíamos, pero sus descripciones del verdadero concuerdan. Y una de nuestras propias sirvientas dijo que vio a alguien “bastante sospechoso” cerca de los cofres antes de la cena.
Limpiado el nombre de Tañazco, el rey estuvo dispuesto a seguir con las negociaciones, y liberar a sus invitados de su cómodo, pero ofensivo encierro dentro de sus habitaciones. Los marqueses también pudieron aclarar las cosas entre ellos, y disculparse por las acusaciones en ese estilo tan especial que ni siquiera requería el tener que decir “lo siento” de verdad.
…
Manuel arrastraba los pies por el pasillo camino a su torre, dispuesto a descansar por unas largas horas luego de evitar un desastre diplomático. Llevaba la cabeza colgando en dirección al piso, por lo que no vio a Francisco hasta que chocó con él.
- Manuel, ¿Cómo salió todo? -Le preguntó su amigo en cuanto alzó la vista. El joven también se alegró con la noticia de que no rodarían cabezas de Tañazco en un futuro. Francisco debió notar lo cansado que estaba, pero curiosamente no se alejó, y lo acompañó hasta su habitación en la torre. Manuel supuso que algo importante tenía que decirle, por lo que no le sorprendió que esperara hasta llegar al resguardo de su aislado cuarto para hablar.
- Sobre el hechizo que tenía el anillo… -Comenzó su amigo con un semblante sombrío- Se trata de una parálisis del sueño, ¿Verdad?
Manuel tardó en darle sentido a lo que decía, principalmente porque aquella maldición no aparecía nombrada así en los textos.
- Oh, ¿Quién te contó? ¿Fue Sebastián?
- ¡Así que es verdad! -Gritó de pronto, haciendo saltar al brujo.
- ¿Qué cosa? -Manuel llevó una mano a su pecho, algo preocupado por el rostro intranquilo de Francisco.
- ¡Te lo dije! ¡Yo lo sabía! ¡No podían traer más que problemas!
Y de pronto, entre el griterío exaltado del chico, Manuel entendió qué lo tenía tan inquieto.
- ¡¿Sabes quién hizo esto?! -O al menos, parecía creer que lo sabía.
- ¡Esa es una de las técnicas de Piedra Negra! -Respondió con seguridad. Se acercó al brujo y lo tomó de los hombros en cuanto Manuel comenzó a mirarlo con recelo- ¡No! ¡Es en serio! -Guiándolo a la cama, hizo que se sentaran frente a frente y comenzó a explicar.
- Nos enteramos cuando le enviaron obsequios a mi madre, en un periodo cuando decían estar dispuestos a negociar un alto al fuego. También fue un anillo, mi madre casi se lo pone en el dedo, pero la conoces, es muy sensible, así que de inmediato comenzó a sentirse mal, y lo arrojó lejos como si fuera un carbón ardiendo.
Manuel asintió, recordando que la marquesa había mostrado una gran habilidad para percibir hechizos y energías mágicas las veces que había ido a visitarlos al castillo.
- Los magos disponibles en ese tiempo analizaron el anillo, y descubrieron una extraña maldición que buscaba hacerla caer dormida a tal grado que la creyéramos muerta. Luego de eso, los guardias comenzaron a notar que ocurrían casos similares en el resto de Burgos. Resultó que algunos mercaderes de Piedra Negra introducían joyería maldita en el mercado negro que se forma en la frontera entre las marcas. Debió ser una maldición muy fuerte para que la notaras al instante, habría afectado a Miguel en cuestión de minutos y lo habríamos enterrado pensando que estaba muerto.
Manuel estaba horrorizado. Pensar que ese tipo de cosas sucedían en la frontera y él ni se enteraba. Tuvo ganas de abrazar a su amigo y enrollarlo en las frazadas de su cama. Y a la marquesa también.
- Es… es terrible -Se halló diciendo- Brillante en cierta forma, pero horrible -Miró hacia el piso de forma pensativa- Y muy estúpido si en verdad querían acabar con Miguel en la cena, considerando que hasta un aprendiz podría haber percibido la magia maligna emanando del anillo si se encontrara lo bastante cerca.
- Eso es algo que aún no termino de comprender, o la chica es muy descuidada en su ahincó por dañar a la corona, o es que su plan va más allá de matar a Miguel.
- Fran, tampoco nos precipitemos, puede que sea alguien de su comitiva, no necesariamente Tatiana…
- ¡Su padre dio la orden de hacer eso con mi madre! ¡Claro que ella está dando las ordenes aquí! -A Francisco nadie le sacaba eso de la cabeza.
- Bien… -Manuel suspiró, pero con horribles sospechas comenzando a formarse en su cabeza respecto a la chica- ¿Qué necesitarían para hacerlo? ¿Podríamos encontrar algo que los incriminara?
La energía de Francisco decayó un poco, y de mala gana se encogió de hombros.
- Los brujos de Burgos trataron de replicarlo, pero es conocimiento del norte. Habría que preguntarle al brujo de Britania para saber si requiere de algún ritual o ingredientes especiales.
- No tenemos tiempo para eso si piensan volver a intentar algo con los príncipes o el rey -Manuel comenzaba a angustiarse, no se sentía preparado para manejar algo así entre los dos, y por cómo estaban las cosas, ni el rey ni Miguel iban a tomarlos en serio a tiempo. Si era un complot contra la realeza lo que tenían entre manos, iban a necesitar más apoyo.
…
- Creo haber escuchado que venían a negociar de buena gana, ¿Por qué tengo que vigilarla?
Martín pensó que tendría más tiempo para sacarle besos al brujo antes de que este le encargara un trabajo sucio.
- Eso dice ella, pero Pancho no está muy convencido -Manuel trataba de encontrar un punto intermedio, una forma diplomática pero precavida de manejar la situación. No podía hacer lo que su amigo quería y dar la orden de encerrar a todos los de Piedra Negra en el calabozo, pero tampoco deseaba ignorar las advertencias de Francisco como Miguel o el rey. Así que pensó en usar espías.
- ¿Crees que Luciano y tú puedan vigilar que no haga nada sospechoso hasta que se vaya?
- No me entrenaron como espía de la corona -Comentó en respuesta el rubio con tono divertido. Acabó rodeando la cintura del brujo y rozando la punta de su nariz contra la mejilla sonrojada del moreno- Pero si mi amor me lo pide con cariño -Susurró coqueto en su oído.
En respuesta, Manuel se aclaró la garganta y dio un paso al frente para acabar con la distancia que aún los separaba. Mirando al rubio por debajo de sus pestañas, se paró de puntitas para unir suavemente el borde de sus labios y susurrar junto a la boca del caballero.
- ¿Por favor? -Las mejillas de Martín se encendieron y por un leve instante sus rodillas tambalearon, pero consiguió recuperarse y antes de que al moreno se le ocurriera apartarse, rodeó su espalda con ambos brazos y le planto un beso apasionado.
- De acuerdo, lo que vos querás -Aceptó con una pesada exhalación, mientras trataba de recuperar el aire. Frente a él, Manuel comenzó a acomodar su cabello y túnicas luego de que las manos entusiastas del rubio las arrugaran.
- Trata de no ser tan obvio, no queremos ofenderla si tiene buenas intenciones.
- Y tampoco que sepa que la vigilamos si son malas, comprendo -Martín aceptó su misión sin mucho problema. Nada más que un par de besos bastaron para que fuera en busca de Luciano a contarle el favor que el brujo de la corte les había encargado.
…
No se podía consentir realmente a una comitiva visitante, mucho menos a cuatro, si no se las llevaba a cazar a los bosques cercanos de la corona. O al menos eso pensaba el rey.
- Javier, mi rey, siento que estás siendo muy descuidado con esto, aún estamos bajo ataque.
El duque de Nueva Granada, comandante de la guardia del rey, miraba con aprensión a través de la ventana a los mozos que preparaban los caballos en el patio. Aunque con más aprensión miraba a su soberano y amigo, quien seguía probándose sombreros frente al espejo y usándolo de ropero. El rey había visto a la gente de Tañazco, especialmente a don Guillermo, engalanándose con elaborados tocados y creyó que podría ser una buena idea imitarlos.
- No estamos bajo ataque, Gabriel. Manuel y el galeno ya probaron la inocencia de Tañazco.
- ¡Eso no significa que estemos seguros! El atentado al príncipe sí sucedió y hay que estar preparados para cuando vuelvan a intentarlo.
- Dioses, ahora también suenas como Fernando.
- Pues me sentiría mejor con él aquí -Murmuró el duque, extrañando fieramente el apoyo del marqués de Burgos en aquel instante. El rey finalmente se cansó de los absurdos sombreros, y decidió que saldría sin ninguno, descartando el que tenía en la mano sobre la cabeza de Gabriel.
- Te equivocas al pensar que con él aquí tendríamos paz.
Y con aquel comentario sacó a relucir el otro asunto que tenía inquieto a su viejo amigo el duque, pero que no fue capaz de cuestionarle en público.
- ¿Estás seguro de que podemos fiarnos de la gente de Piedra Negra? Los reportes de Fernando no los pintan con buenos colores.
- Fernando ha pasado tanto tiempo peleando que a veces olvida cuál es la mejor forma de resolver problemas.
- ¿Y cuál es esa? -Preguntó el duque, más que nada para complacer a su amigo.
- ¡Diplomacia! -Exclamó el rey, alzando un dedo frente a la cara de Gabriel. Pronto terminó de colocarse su chaqueta y se dirigió hacia la puerta del cuarto- Ahora alístate que vienes con nosotros.
- ¿Por qué? -Gabriel aún tenía bastantes cosas que seguir organizando dentro del castillo. Todavía no le daba su aprobación a la siguiente rotación de guardias, y quería volver a discutir cómo debían actuar los caballeros si algo como el fallido ataque volvía a ocurrir. También debía reñir a algunos por tener sus ojos sobre las camareras más que en la familia real.
- Quizás quiera darles el beneficio de la duda, pero si las cosas se ponen feas es mejor tenerte cerca -Sin más que decir, el rey dejó su cuarto, sin saber el alivio que le daban al duque de Nueva Granada esas últimas palabras. Tomando en cuenta esa nueva información, Gabriel corrió a la armería por su mejor espada.
…
- ¿Estás seguro de ir junto a Tañazco, alteza? -Martín podía admitir que estaba nervioso, pero solo para sus adentros, aunque sus insistentes susurros a Miguel no eran lo mejor para esconder su inquietud. Manuel le había encargado la seguridad del príncipe, y la decisión de este de rodearse de los acusados, si bien falsos, del ataque en su contra tan pronto le complicaba un tanto las cosas.
- Mi padre quiere mostrarles buena fe, ¿Qué mejor manera para demostrar nuestro perdón que una muestra de confianza y camaradería? -Miguel también tenía sus dudas, pero estaba dispuesto a poner de su parte para que las negociaciones siguieran sin contratiempos. A diferencia de otros. No pudo evitar dirigir una mirada filosa en la dirección de Francisco, quien se mantenía algo tenso y con cara de pocos amigos sobre Bruma Plateada. O al menos eso le parecía al príncipe. Y al siguiente instante, en un momento de enfado mal controlado, Miguel tiró de las riendas de Sol de Oro para que la yegua se acercara al molesto noble.
- Debió quedarse en el castillo si tan pocas ganas tenía de venir.
- Tal vez, pero con Bruma Plateada decidimos que era un buen día para salir a aplastar serpientes -El joven ladeó su mirada hacia el lugar en donde sabía se encontraba Tatiana, como si creyera necesitar aquel gesto para dejar en claro a quién se estaba refiriendo. Bruma Plateada resopló, para afirmar o negar lo dicho solo el caballo lo sabría, pero, de todas formas, eso hizo enojar aún más a Miguel.
- Un poco paranoico, ¿No le parece? No se han visto muchas serpientes últimamente.
- Mantenemos la guardia por los ilusos o quienes se confían en su arrogancia. Aunque usted no se preocupe, su alteza, lo tenemos cubierto -Francisco acabó de hablar con una sonrisa falsamente cordial y un asentimiento de cabeza. Y se escapó a un lado de Manuel y Astilla antes de que Miguel pudiera siquiera pensar en tirarlo del caballo.
El príncipe acabó con la cara roja, pero eso no tenía nada que ver con el sol y su falta de sombrero, como le quiso explicar luego a don Guillermo.
Francisco, luego de calmarse y con la mente más clara, no tuvo más que maldecir su horrendo manejo de la situación porque, ni modo de ir con el grupo de Miguel después de eso. Así que tuvieron que cambiar un poco los planes y Manuel tomó su puesto como guardia extra del príncipe, y Francisco se quedó con el increíble placer de sumarse al grupo del rey, en donde se encontraba la heredera de Piedra Negra.
- Al parecer no le emociona mucho esto de la caza -Comentó la chica, unos minutos luego de que sonaran las trompetas y los grupos se internaran en el bosque- Uno pensaría que sería distinto, dada su preferencia por el arco y esas armas de cazadores y granjeros.
- Uhm, puede parecer todo un misterio, pero no resulta extraño para los que me conocen mejor -Respondió con voz rasposa, pero cordial- En cambio a mí no me sorprende para nada su entusiasmo, excelencia.
- ¿Ah no? -La chica frunció el ceño, un tanto irritada al no recibir una reacción más violenta.
- No, al fin y al cabo, a Piedra Negra siempre le ha gustado las armas y la sangre mezcladas, ¿No es cierto?
Tatiana le dedicó una mirada gélida, ya sin poder quitar la fea mueca de sus labios.
- Ya veo por qué tardan tanto en arreglar matrimonios para los herederos de Burgos, nadie querría casarse con alguien que le habla así a una dama.
- Cuando esté en presencia de una dama, hablaré como corresponda… excelencia.
…
Manuel sentía en sus huesos que Francisco estaba metiendo la pata, lo que era sumamente raro, pero ya se estaba resignando a ser la cabeza fría por lo que durara la estadía de Piedra Negra en el castillo. Por el momento no tenía más que hacer además de mantener los ojos puestos en Miguel. Otro que estaba con sus casillas a punto de estallar en cualquier momento.
Sobra decir que el brujo no prestaba mucha atención al desarrollo de la cacería, solo le importaba conocer la posición del testarudo príncipe, y el atractivo, pero distractor amor de su vida en todo momento. Fue por mirar demasiado el porte gallardo del caballero sobre su montura, que solo se enteró del ataque cuando escuchó el quejido de sorpresa de Miguel.
- ¡Nos atacan! -Gritó un miembro de los visitantes de Tañazco, cuando vio al príncipe con una flecha en el brazo. Por suerte la cota de malla del príncipe había evitado que la flecha en verdad se enterrara en su hombro. Miguel rodó hacia un costado y descendió del lomo de Sol de Oro, gritándole a sus hombres que buscaran al atacante. Inmediatamente se produjo el caos, los cortesanos sin mucho interés o experiencia en las armas intentaron huir con sus caballos, otros solo saltaban de estos y se tiraban al suelo, así que quedó en manos de los caballeros, el príncipe y Manuel encontrar el origen del peligro.
Manuel alcanzó a ver un punto de color entre tanto árbol, y rápidamente lo señaló a los demás.
- ¡Allí! ¡Sobre esa colina! -Le ayudó Martín, apuntando con su espada a las dos siluetas que comenzaban a huir.
- ¡Son los colores de Velez! ¡Traidores! -Gritó uno de los guardias de Tañazco.
- ¡¿Qué has dicho?! -Gritó don Guillermo, uno de los tantos que había reaccionado arrojándose al suelo. El hombre mayor se levantó con la agilidad de un gato y miró en la dirección de los dos sujetos que escapaban. Sacó las mismas conclusiones una vez atisbó el color de las túnicas que llevaban.
- ¡Demetrio! ¡Ese gusano calculador! ¡¿Cómo se atreve a hacernos esto?! -Gritó al tiempo que les indicaba a sus hombres que fueran detrás de ellos con un par de gestos descontrolados de sus manos.
Los caballeros del reino ya se les habían adelantado, pero muchos perdieron sus caballos y corrían a pie. Sería una suerte que pudieran alcanzarlos con toda la ventaja que les llevaban. De cualquier forma, hasta el príncipe quiso ir tras ellos, se quitó la flecha del hombro de un jalón para hacerlo, pero el brujo se lo impidió poniendo su cuerpo obstaculizando el camino.
- ¿Dónde crees que vas? ¡Te ensartaron una flecha! ¡Quédate quieto, por los dioses!
- ¡Muévete, Manuel! ¡Se escapan!
- ¡Deja que otros se encarguen! ¡A los que no empalaron con metal, por ejemplo!
- ¡No exageres! -Quiso pasar a un lado del brujo, pero Sir Martín se sumó a la pared humana que estaban formando entre el príncipe y sus atacantes.
- Creo que es mejor volver al castillo por tu seguridad, Miguel, es la segunda vez que te atacan, además hay que tratar con la gente de Velez.
- ¡Argh! -Miguel gruñó y pateó el suelo al verse vencido. Le dedicó una mirada molesta al par antes de voltear hacia don Guillermo, quien seguía enumerando las mañas de su vecino.
- Pensé que solo estaban siendo paranoicos, pero de verdad que hay algo raro en todo esto -Murmuró Martín solo para los oídos del brujo. Manuel asintió y tiró de sus mangas nerviosamente, mirando hacia donde los caballeros habían corrido detrás de los extraños atacantes.
Los malhechores escaparon, pero la gente de Velez estaba tan confundida por las acusaciones, que no fue difícil apresarlos. Aunque el señor Demetrio no dejó de intercambiar palabras con sus vecinos en todo el viaje de regreso al castillo.
- Debes estar disfrutando que los dedos apunten hacia mí, Guillermo, ¿Cómo sé que esto no es una trampa de alguno de los dos?
- No me metan en esto, caballeros -Dijo inmediatamente la señora Marcela de Caravantes. Mientras don Guillermo se llevaba una mano al pecho.
- ¡Eran tus hombres, Demetrio! ¡Confiesa ya y tal vez podamos arreglar esto!
- ¡Ni siquiera les viste la cara! ¡Esos no pudieron ser mis hombres! ¡Jamás les ordenaría que hicieran eso contra el príncipe! ¡Estas negociaciones son demasiado importantes para mi gente!
- Eso dices tú… -Murmuró la señora de Caravantes. Lamentablemente, no pasó desapercibido por ninguno de los presentes.
- ¿No querías estar fuera de esto? ¡Ya no hables!
Los caballeros no sabían cómo separar a esos tres, así que dejaron que discutieran todo lo que quisieran mientras los escoltaban dentro del castillo. Una vez allí se las arreglarían para contener e interrogar a la gente de Velez sin que los de Tañazco o Caravantes se entrometieran.
El rey se había adelantado, arrastrando a Miguel con él para llevarlo a que revisaran la herida de flecha que el príncipe seguía asegurando había sido superficial.
Manuel, Francisco y Martín se mantenían en la retaguardia del grupo, con las cabezas inclinadas y hablando en susurros de sus propios asuntos.
- ¿Qué vamos a hacer? No creo que hayan sido los de Velez, esto debe ser una trampa como la primera vez -Dijo Francisco con total convicción, mirando de soslayo a Tatiana, que mantenía un aspecto preocupado y nervioso mientras cabalgaba al lado de otras cortesanas.
- Pero no tenemos forma de probarlo, ¿O sí? -Martín se mantenía más erguido en su montura y con la mirada atenta de un buen guerrero, a diferencia de los otros dos que parecían niños cotilleando. Si iba a mantener vigilada a la señorita de Piedra Negra, era mejor que no lo viera tan involucrado en los planes del brujo y el hijo del marqués.
- Con el anillo tenía magia que analizar, ahora no tengo nada, ni siquiera las flechas que usaron parecen relevantes -Manuel había tomado una del suelo del bosque antes de partir, ahora la tenía en sus manos, medio oculta debajo de sus mangas.
- ¿De qué hablas? -Francisco lo miró con interés, más cuando Manuel le mostró la flecha que cargaba.
- Se ven igual a las que ofrecen en el mercado del pueblo, seguramente las sacaron de allí.
- Eso… eso es algo raro… -Francisco frunció el ceño, sintiendo que estaba frente a un detalle importante, pero no podía determinar cuál era.
- ¿Por qué no hablan más alto? Creo que la primera fila no escuchó lo que están tramando.
La aparición repentida del príncipe Julio hizo saltar a los tres. Martín recobró la compostura rápidamente, pero Manuel quedó con los pelos de punta y un grito atrapado en su garganta.
- ¡Enano del…! -Masculló, tocándose el corazón. Mientras tanto, Francisco tomó el brazo del niño de trece años e hizo que terminara de unirse a su pequeño grupo junto a su caballo.
- Alteza, solo estábamos discutiendo los acontecimientos…
- ¿Saben quién está atacando a mi hermano? -Julio fue directo al punto que le preocupaba, esperando saltarse cualquier excusa o mentira que esos tres quisieran venderle.
- Aahhhhh… -Martín hizo un agudo sonido con su boca, ladeando la cabeza de un lado a otro, sin quitar la mirada de enfrente. Julio no se vio muy impresionado con aquella respuesta, por lo que desvió sus ojos severos hacia los dos amigos, y esperó por algo mejor.
- ¿Qué le hace pensar eso? -Comenzó Francisco, en parte sintiendo que solo estaba posponiendo lo inevitable.
- Las cosas han estado muy raras desde que llegaron los extranjeros, tú en especial has estado muy raro -Dijo, apuntando sin ninguna vergüenza a Francisco- Y tú pareces metido en todo como siempre -Agregó, señalando a la cara al brujo.
- ¡Jum! -Manuel arrugó la nariz, mirando ese dedo acusatorio con molestia.
- Y ahora hasta tu galán parece metido en esto -Julio calló un momento, repasando cada una de sus caras nerviosas, finalmente asintió para sí- Quiero entrar.
- ¿Entrar en qué? -Cuestionó Manuel, tratando de actuar como si no supiera ni dónde estaba.
- Basta con la idiotez, Manuel. Alguien está detrás de mi hermano, está haciendo un pésimo trabajo, es cierto, pero eso no quiere decir que no vaya a salir lastimado, y ustedes claramente saben algo que los demás parecen estar ignorando. Quiero entrar en su tonto grupo de espías por lo que dure esto.
Martín finalmente quitó su vista de enfrente y los tres compartieron una mirada, encogiéndose de hombros al final. Partieron contándole sus sospechas sobre la gente de Piedra Negra, sobre la posible relación entre la magia del anillo y las maldiciones que comparten a través de la frontera, y finalmente su problema con la falta de pruebas para liberar a Velez de la culpa esta vez.
- ¿Tienes la flecha aún? -Preguntó el príncipe, y Manuel le entregó la flecha luego de desenredarla de sus mangas.
- No tiene nada importante, parece que las sacaron del pueblo para atacar -Dijo el brujo con un suspiro.
- Podríamos preguntar a los vendedores, pero aun así sería difícil rastrearlos -Agregó Martín, desviando su vista un momento para mirar el arma.
El joven príncipe frunció el ceño.
- Esto no tiene sentido… -Julio miró un poco más la flecha, hasta que sus ojos se abrieron y la sacudió frente a los otros- ¡Esto no tiene sentido!
- Bueno, solo hay que buscar otras pruebas, alteza… -Comenzó Martín, con voz conciliadora para calmar al chico. Julio no lo miró con buena cara.
- No me refiero a eso, rubio -Dijo un poco frustrado- Esta puede ser una prueba de su teoría, porque si en verdad fuera la gente de Velez, ¿Por qué darse el problema de ocultar sus flechas y no sus uniformes? No tiene sentido.
La cara de Francisco se iluminó luego de escucharlo.
- ¡Así es! -Exclamó, tapándose la boca enseguida. Miró hacia adelante, confirmando que ninguno de los cortesanos lo hubiera escuchado.
- Su alteza tiene razón, no se hacen arcos y flechas iguales en todas partes, Velez debe tener su propio estilo, igual que Burgos y La Plata, y los arqueros se acostumbran a ellas. Si consiguieron flechas del mercado del pueblo es porque no querían que supiéramos de dónde eran, pero en ese caso…
- … ¿Por qué seguir usando los uniformes de Velez para delatarse? -Continuó Martín- Porque solo es una trampa para Velez igual que lo fue para Tañazco. ¡Dioses! Deberíamos decírselo al duque de Nueva Granada, él entendería.
- O quizás lo ignoraría igual que el rey -Comentó Francisco, aún molesto por el hecho, y dispuesto a desconfiar de su tío siendo este tan cercano al rey.
- De todas formas, solo tenemos esto por el momento -Agregó Manuel, señalando la flecha aún en manos del príncipe- No creo que nuestras conjeturas sobre los estilos de flechas sirvan para liberar a Velez de toda la culpa, necesitamos más.
- Concuerdo con manguitas, hay que reunir más pruebas si quieren que los tomen en serio -Julio metió la flecha en el bolsillo interior de su chaqueta con cuidado y se ajustó los botones- Yo guardaré esto mientras tanto, les avisaré qué información consiguen con los interrogatorios y mantendré un ojo en Miguel. También necesitamos sacar una de las flechas de Velez de la armería para tener de comparación, y alguien debería volver al bosque y ver si encuentra algo más.
- ¿Quién podría hacer qué? -Preguntó Francisco, aceptando el plan del príncipe sin muchos reparos.
- Ya que no es tan difícil sacar algo de la armería, creo que tú y el niño mágico pueden con eso -Julio le mostró la lengua a Manuel cuando el brujo se mostró indignado por el apodo- Respecto a rastrear en el bosque… -Llevó su mirada al frente y sonrió un tanto travieso- Dejemos que los peones se encarguen.
Martín sintió tres pares de ojos sobre él. Volteó la mirada y entonces cayó en cuenta de que los “peones”, eran Luciano y él.
- Maravilloso -Murmuró entre dientes.
…
Martín escuchó por tercera vez cómo la bota de Luciano era succionada por un charco de lodo, junto a los gruñidos de su amigo. El rubio cerró los ojos un momento antes de voltear la cabeza para mirarlo.
- ¿No es tiempo ya de que mires donde pisas?
- No me hables con ese tono, Martín, por tu culpa estoy metido aquí -Le recriminó al tiempo que se sujetaba de una rama para sacar su pie de esa trampa mortal.
- ¡Miguel está en peligro! ¿Es que no escuchás nada de lo que te digo? -La voz de Martín se volvía cada vez más irritada. El rubio también estaba cansado de andar por el barro y entre las ramas, pero no lo iba a aceptar frente a Luciano- Como caballeros del reino es nuestro deber proteger al príncipe, más aún…
-… si tu amorcito te lo pide, ya sé -Terminó el moreno, sacando finalmente su bota del insistente agarre del lodo- No quieres defraudar a tu chico mágico, ¡Pero no hay nada aquí! -Luciano extendió los brazos para señalar todo el bosque- Otros caballeros ya trataron de seguir el rastro y no pudieron, ¡Nosotros perdimos las huellas una colina atrás! No dije nada y te seguí para que no te sintieras mal, pero estamos dando vueltas solo porque… -El joven cortó sus quejas de pronto, mirando fijamente hacia un costado. Aunque dentro de poco se puso en marcha en esa misma dirección- ¿Eso es lo que creo que es?
Martín no tenía idea de lo que hablaba, pero de todas formas avanzó junto a él. Unos segundos después entendió qué había captado la atención de su amigo. Colgado de un arbusto y bien escondido entre las hojas, se encontraba un pedazo de tela del mismo color que los uniformes de Velez.
- ¡Ja! Vaya suerte -Comentó Luciano con una sonrisa, antes de acercar la mano para tomar el pequeño trapo.
Martín y Luciano regresaron casi de anochecida al castillo, luego de volver a revisar detalladamente toda esa zona del bosque en busca de alguna otra cosa que los atacantes hayan dejado atrás. No encontraron nada más para su frustración, pero eso no le quitó la importancia a lo que ya tenían. Julio estaba seguro de que el pedazo de tela, junto a la flecha, harían toda la diferencia, si es que podían demostrar que esta no era la misma con la que estaban hechos los uniformes de Velez, pero para eso necesitaban uno de los uniformes, y una experta en telas. Por suerte sabían dónde conseguir una.
…
María guardó la calma hasta salir del castillo por la puerta de servicio. En cuanto puso un pie afuera, su cara comenzó a calentarse y apuró el paso, a pesar de sentir un cosquilleo molesto comenzando a subir por sus piernas, dejando atrás la imponente pared de piedra para internarse en los intricados callejones de la ciudadela. Era una suerte que conociera tan bien todas las esquinas y rincones por los viajes de aquí para allá que había hecho en sus años consiguiendo cosas para Catalina. Gracias a eso llegó en poco tiempo a la taberna más popular entre los caballeros, casi vacía a esas horas, excepto por una que otra persona de paso buscando algo para comer, o algún holgazán escapando del trabajo desde temprano. Evitó la entrada, y cualquier mirada juiciosa de las señoras de la panadería de en frente, y dio la vuelta a la calle hasta la puerta escondida en la parte trasera, allí tocó la puerta al ritmo de la tonta contraseña que un par de ridículos la obligaron a aprenderse.
- Vaya, que por esto no me pagan nada -Masculló la muchacha, segundos antes de que se abriera la puerta, y varias manos la metieran a ella y a su encargo dentro del local. La habitación era un espacio pequeño, escondido hacia el fondo de la bodega con los vinos, un cuarto que la propietaria prestaba de vez en cuando a sus clientes para ciertos “negocios”, que necesitaban mantenerse fuera de la vista de otros comensales. María nunca se habría enterado de aquel detalle si no fuera por su presente trato con los caballeros allí presentes.
- ¿Tienes el paquete? -Preguntó Francisco, en cuanto la puerta se hubo cerrado, y María le dedicó una mirada molesta al primo de su amiga.
- ¿Qué si lo tengo? Pues claro que lo tengo, ¿Quién crees que soy? -Respondió María, sacando el uniforme celeste de Velez desde debajo de su falda, donde lo había escondido para robarlo de la lavandería del castillo. Los dos caballeros y Francisco desviaron la mirada rápidamente, con las mejillas coloreadas. El único que seguía mirándola era el brujo, pero estaba más interesado en entender cómo había doblado la prenda para que no se cayera que en espiar sus bragas, así que lo dejó pasar.
- No fue tan difícil, he metido y sacado cosas más comprometedoras de la casa del duque de Nueva Granada.
- Y tu habilidad para el tráfico de artículos es parte de la razón por la que te queríamos aquí -Dijo el brujo. El grupo pronto hizo uso de la pequeña mesita dispuesta en un rincón de la habitación, y se dieron el tiempo de explicarle mejor la situación a María.
- ¡Oh! ¡Esa víbora maquillada! Ya me decía Catalina que estuviera lejos de la joven esa, con razón no quiere poner ni un pie en el castillo por el momento.
Pronto, Martín le entregó el pedazo de tela que habían descubierto en el bosque para que lo analizara. María lo recibió y frotó curiosamente con los dedos, haciendo lo mismo con el uniforme que había sacado del castillo. Torció la boca y frunció el entrecejo casi al instante, acercando ambas telas a su rostro para poder observarlas con más atención.
- ¿Y? ¿Qué piensas? -La apuró Martín después de unos instantes, cuando ya no podía soportar más la curiosidad. María quitó su atención del uniforme y miró al rubio algo irritada, pero dio por terminada su inspección, dejando ambos objetos sobre la mesa.
- Pienso que no podrían ser más diferentes una de la otra, el uniforme de Velez tiene una mucho mejor fabricación, se usaron más hilos para producirla y el proceso de teñido es claramente superior -La muchacha colocó el pedacito que encontraron en el bosque sobre el uniforme robado, señalando la diferencia de color- Si el traje de los atacantes es falso, y creo que lo es, quien planeó esto intentó conseguir un color similar, pero falló.
- ¿Dirías esto en frente del rey? -Preguntó Francisco, colocando una mano en su brazo. María apretó los labios, pensándolo un momento.
- ¿Tendré que hacerlo frente al resto de la corte o solo para el rey?
- Supongo que podemos arreglar una audiencia solo con el rey y el duque -María no estaba muy entusiasmada con la idea del duque de Nueva Granada presente para descubrir su participación en las andanzas de estos muchachos.
- Está bien -Acabó aceptando, aún algo reticente- Pero trataré de conseguir a alguien que me respalde con esto, alguna de las vendedoras de telas estará dispuesta a testificar ante el rey con las… adecuadas retribuciones.
Todos quedaron de acuerdo en que el príncipe Julio podía encargarse de esa parte.
…
Julio se encargó de ofrecerle una recompensa razonable a la vendedora que accedió a respaldar las conclusiones de María, y también de presentar el caso junto a Martín y Luciano, quienes le entregaron las pruebas al duque y al rey e hicieron pasar a la vendedora y a María.
- ¿Están completamente seguras de lo que dicen? -Cuestionó el rey a las mujeres, apreciando las dos muestras de tela con los dedos como lo hizo María en su momento. El duque de Nueva Granada se hallaba a su izquierda analizando las dos flechas.
- La joven María sabe de lo que habla cuando se trata de telas, podemos confiar en su palabra -Le aseguró el duque.
- Pero si no fue la gente de Velez quien realizó el ataque, ¿Quién lo hizo? -Preguntó Miguel, quien se había rehusado a abandonar el salón y se mantuvo en silencio, observando y escuchando cómo exponían sus argumentos hasta aquel momento. El príncipe sospechaba que dos personas relevantes en este curioso equipo estaban ausentes por asuntos de credibilidad, por eso miraba a su hermanito y sus dos compañeros de caballería con reparo- ¿No pudieron encontrar más pistas? ¿Sir Martín? -Le preguntó directamente al rubio- Siendo que han tomado tanto interés en el asunto.
- Cualquier amenaza contra la familia real es un asunto muy importante -Respondió Martín astutamente, obteniendo la aprobación del duque y el rey.
- Exactamente -Continuó Julio- Y ya que no se estaban encontrando culpables entre los miembros de Velez, les ordené apoyarme en una investigación separada puesto que el duque, aquí presente, ya tenía demasiado entre sus manos.
- Uhm, pues agradezco la ayuda, príncipe. Son argumentos y pruebas razonables las que ha sacado a la luz, considerando que ya trataron de inculpar a una marca visitante previamente.
- Hay uno o más mercenarios buscando arruinar las negociaciones, ¡Atacando al príncipe para lograrlo! -El rey se encontraba muy inquieto con la situación, y el volver a hallarse sin culpables, y con el conocimiento de que esos agitadores seguían sueltos por ahí.
- No han conseguido nada aún, padre -Miguel se acercó al rey, ubicándose solo a unos pasos de él.
- Pero eso no significa que las cosas continuarán de ese modo -Dijo Julio, manteniendo la mirada de su hermano cuando este se volteó a mirarlo con reproche. Y sus palabras le dieron pie a sir Martín para proponer algo de lo que habían hablado previamente con el brujo de la corte.
- Con su permiso, majestad, teniendo en cuenta esta situación, sería prudente colocar más seguridad alrededor del príncipe.
Miguel volteó su mirada cortante hacia el rubio, arrugando la nariz y moviendo la boca, en un inútil intento de que se retractara de sus palabras.
- Me parece una buena idea -Dijo el duque, y no se tardó en recibir la aprobación del rey.
Miguel se retiró del salón del trono con un rostro furioso y dando fuertes pisadas contra la piedra del piso, pero aún con sus protestas, sir Martín caminaba solo a unos pasos detrás de él, con órdenes de ser su sombra hasta que los extranjeros dejaran el castillo.
Restaurado el buen nombre de Velez, las accidentadas negociaciones continuaron, aunque los ánimos se encontraban colgando de un delgado hilo, con los visitantes llenos de nerviosismo y sospecha. Un guardia real se mantenía apostado en cada rincón al que se volteara, lo que impedía a los presentes actuar con la libertad y confianza de los primeros días. O así era para la mayoría, ya que la joven Tatiana se mantenía muy cercana y parlanchina con el mayor de los príncipes a pesar de su ceñuda escolta. Miguel apreciaba su naturalidad y calma, suponiendo que esta demostraba un sincero interés y falta de culpa por los recientes ataques a su persona, aunque estaba consciente que no todos veían su atención con buenos ojos, pero ese no era su problema, se decía.
A Francisco por su parte, no le faltaban ganas de abofetear al futuro rey por su obstinación en no escuchar ninguna de sus advertencias.
- Acabaré lanzándole una flecha yo mismo a ese burro testarudo -Le dijo a Manuel, cuando este le preguntó por su permanente estado de disgusto. Su amigo no se sorprendió para nada con su respuesta.
- Creo que es la primera vez en que Martín y tú se sienten exactamente igual sobre algo -Dijo Manuel, señalando un rincón de la habitación, en donde el rubio se encontraba apostado, con una impresionante mirada de odio hacia donde el príncipe interactuaba con la principal sospechosa que tenían, algo de lo que no habían podido convencer a Miguel, es cierto, y eso solo se sumaba a su descontento.
- Diría que nunca pensé que llegaría el día, pero no sería verdad -Dijo Francisco, apartando la vista del enamorado de su amigo y el desesperante príncipe para mirar al brujo, con el primer atisbo de una verdadera sonrisa desde hace varios días- Estoy seguro de que alguna vez nos has exasperado o asustado a los dos al mismo tiempo.
- ¡Claro que no! -Se defendió enseguida, aunque ni siquiera Manuel parecía muy convencido de sus propias palabras.
- ¿Qué tal la vez en que te transformaste en un dragón? ¿O esa vez con los bandidos? ¿O aquella…?
La cara de Manuel se iba sonrojando, y apretaba los labios en un intento por no decir nada ni hundirse más en las réplicas de Francisco. Por suerte, Julio apareció entre la gente a interrumpirlos.
- Vengan conmigo, ahora, escuché algo que puede ser de importancia -Su cara y su tono de voz en verdad lo hacían parecer algo importante. Así que los tres se escabulleron de la numerosa y tensa reunión.
El pasillo fuera del salón se encontraba vacío, excepto por Luciano, quien los esperaba detrás de una de las columnas de piedra, prácticamente oculto de cualquiera que no mirara con la suficiente atención. El pequeño príncipe los llevó junto al caballero, y los cuatro hicieron lo mejor para quedar cubiertos por la columna de la gente que pudiera salir del salón al pasillo.
- ¿Qué era eso tan importante, alteza? -Comenzó Luciano, cuando los cuatro estuvieron acomodados uno sobre el otro para ajustarse al espacio.
- Bien, saben que estuve escuchando los reportes del duque de Nueva Granada sobre su investigación a Velez antes de que lo resolviéramos -Los mayores asintieron, a pesar de que el príncipe no estaba esperando confirmación- Todos en la comitiva tenían alguien que hablara por ellos sobre donde se encontraban.
-Por eso no había ningún sospechoso -Dijo Luciano.
- Sí, por eso el duque ordenó hacer lo mismo con toda la gente de las otras marcas, y con cada una de ellas ocurrió exactamente lo mismo.
- ¿Qué? -Preguntó Manuel, un poco alterado- ¿Cómo es eso posible? ¿Y los de Piedra Negra también? -El brujo paseó la mirada entre sus tres compañeros, pero puso mayor atención en Francisco. Aquello no sonaba bien.
- A eso voy, manguitas, tranquilo -Julio aclaró su garganta, esperando que todos le estuvieran prestando atención- Teniendo en cuenta eso, el duque estaba planteándole a sus caballeros la posibilidad de que Velez hubiera traído gente de la que no se supiera, gente que no haya entrado al castillo con las comitivas, y ya que todos los visitantes conocidos de Piedra Negra tenían alguien que diera cuenta por ellos, no me queda más que pensar que la teoría del duque puede tener mérito.
- Que Piedra Negra haya traído agentes encubiertos -Francisco lo consideraba muy probable, conociendo lo embusteros que podían ser.
- Sí -Exclamó el niño- El problema es encontrarlos antes de que lastimen a mi hermano otra vez.
- Puedo averiguar si los caballeros encontraron algo antes de que se resolviera lo de Velez, y preguntar en la ciudadela y el pueblo bajo si han visto a gente sospechosa - Luciano se vio con la aprobación y agradecimiento de los nobles, así que dejó su hueco detrás del pilar para empezar a hacer todo lo que dijo.
- A nosotros por el momento solo nos queda tener a Miguel y a la muchacha bien vigilados -Les comentó el niño a los dos amigos, cuando se dirigían de vuelta a la reunión en el salón- Y Manuel, podrías usar tus cosas raras para averiguar dónde piensan realizar el próximo ataque -Julio no esperó una respuesta del muchacho, solo siguió avanzando y volvió a entrar al salón por una de las puertas menos llamativas, ubicadas al fondo del pasillo.
Manuel miró hacia la puerta por un momento, comentando a las espaldas del príncipe que no eran “cosas raras” lo que hacía debido a su título, y después llevo su atención a su amigo.
- Nos está liderando el más pequeño de la familia, ¿Te diste cuenta de eso? -Su amigo solo sonrió y levantó los hombros.
- Han sucedido cosas más extrañas.
…
Manuel no obtuvo muchos detalles de su espejo negro, ni sus hojas de té, aunque eso no fue una gran sorpresa para el brujo, puesto que nunca había tenido mucho éxito con la clarividencia. Pero sí podía decir, con casi completa certeza, que el siguiente ataque también ocurriría en el bosque. Así que, por los siguientes días, el grupo del castillo se encargó de mantener a Miguel lo más alejado posible de las afueras, para disgusto del príncipe. Permanecerían así hasta que Luciano trajera noticias de sus averiguaciones en el pueblo bajo. Aunque mantener al joven vigilado a todas horas, sobre todo cuando estaba pasando tanto tiempo en compañía de la joven de Piedra Negra, era una cuestión complicada, así que acabaron sumando la ayuda de dos súbditas preocupadas.
- ¡Manuel…! Digo, ¡Excelencia! -Martín esquivó ágilmente a la mucama con la cesta de ropa, y atravesó el pasillo en poco tiempo con sus amplios pasos para llegar al lado del moreno. Traía un rostro afligido, lo suficiente para indicarle al brujo que solo podían ser malas noticias las que portaba. Martín lo tomó del brazo, aceptando de lleno los rumores que su actitud “descarada” podrían traerle entre las sirvientas, y lo llevó consigo hasta la puerta más cercana.
- Perdí a Miguel -Le confesó en cuanto estuvieron solos. Manuel olvido inmediatamente a la curiosa sirvienta que dejaron en el pasillo, y llevó ambas manos a su cabeza en respuesta. Sus largas mangas azotaron en la frente al rubio, y luego una de ellas acabó cubriendo su cara.
- ¡Te dije que lo vigilaras bien! -Le gritó, mientras se quitaba la molesta prenda de la cabeza- ¡Era lo único que tenías que hacer!
- ¡Lo sé, lo sé! -Dijo el rubio con angustia- ¡Pero Miguel conoce este castillo mucho mejor que yo! Solo me distraje un momento, y al siguiente ya no estaba, debió usar alguno de los pasadizos que aún no me ha confiado.
El rubio estaba bastante apenado por su fracaso, y con la cabeza gacha le contó al brujo que a pesar de sus esfuerzos no había podido dar con el príncipe. Manuel se preparaba para continuar gritándole, pero la angustia del caballero, tan clara en su rostro, lo hicieron recapacitar. Con cuidado se acercó al otro joven y tomó sus manos entre las suyas.
- Tenía que pasarnos en algún momento -Comenzó diciéndole. Martín siguió rehuyendo su mirada, el caballero apretaba su quijada con fuerza, y Manuel supuso que estaba reprochándose a sí mismo más de lo necesario por haber descuidado al príncipe.
- Siento que será mi culpa si le llegara a pasar algo -Martín habló finalmente, pero continuó con sus ojos en los pies de Manuel. El brujo lo observó unos segundos más antes de levantar sus manos hasta su cara y frotar sus mejillas.
- No, claro que no -Siguió acariciando su rostro, y depositó un pequeño beso en su barbilla antes de guiar la frente del mayor hasta la suya- Hay que confiar en que no será tan tonto como para meterse en más problemas.
Un resoplido se escapó de los labios de Martín, pero al menos el caballero comenzó a sonreír, y por fin juntó su mirada con la de Manuel.
- O al menos que alguno de nuestros espías haya logrado interceptarlo.
…
Catalina deseaba tanto tirar a la doncella frente a ella de su caballo, pero eso no sería muy cortés. También deseaba golpear al príncipe en la cabeza y llevarlo amarrado en su montura de regreso al castillo, pero eso sería aún más descabellado. Sin más opciones, la muchacha solo se concentró en mantenerse cerca, cuidando la retaguardia con su yegua, Orquídea, y observando con suma desconfianza los árboles en las cercanías.
- ¡Qué maravilloso día para cabalgar! ¿No le parece así, excelencia? -Dijo Tatiana, montando a un lado del príncipe, por lo que Catalina tardó en comprender que le hablaba a ella.
- Sí, lo es -Contestó con voz apacible, pero en sus ojos podía apreciarse la poca simpatía que sentía por la chica, un desprecio del que nadie fue testigo, para bien o para mal, ya que sus dos acompañantes se mantenían mirando al frente.
Si era sincera, la acompañante era ella, ya que había logrado sumarse a su paseo improvisado a último momento. Fue una suerte que pensara en revisar los establos, solo para ver si encontraba algo sospechoso donde guardaban a los caballos de Piedra Negra, pues allí se topó con el escurridizo príncipe. Lamentaba no haber podido enviar un mensaje para su primo o el resto de sus amigos, pero consideró más importante ir con los dos escapistas cuando la joven Tatiana la invitó a acompañarlos. Notó que Miguel no estaba muy convencido con la idea, pero no puso queja alguna cuando Catalina aceptó la invitación a cabalgar por el bosque.
La muchacha no veía mucho sentido en la maniobra de Tatiana. Si Catalina fuera a asesinar a alguien, lo que nunca haría sin las motivaciones correctas, probablemente no querría ojos ajenos cerca de la escena. Quizás solo a María, para que le ayudara a desaparecer todo motivo de sospecha. Por ello no sabía muy bien qué papel iba a cumplir en el plan de la chica, si es que el ataque se efectuaba ahora. Solo le quedaba esperar, y arrepentirse de no cargar con su espada a todas partes. O siquiera una daga. Debía hacer que María le consiguiera una daga que pudiera ocultar en sus bragas, sabía que debía existir alguna.
- Es un maravilloso día, de hecho -Añadió el príncipe, cuando se dio cuenta de que Catalina no pensaba continuar la charla- Y es bastante agradable estar afuera, después de tanto tiempo encerrados en el castillo, entre tanta tensión.
Tensión iba a tener el príncipe cuando le atravesaran el pecho con otra flecha, pensó Catalina, con muy poca simpatía.
- Entonces mayor sentido tiene nuestro pequeño paseo, su alteza, le había dicho que sería buena idea -Continuó Tatiana, acercando una mano al brazo del joven, dejando la otra alrededor de las correas para dirigir al caballo. La mirada de Catalina se centró en los dedos flacuchos que tocaban con tanta familiaridad al príncipe, pero que no tardaron mucho en apartarse.
- Acepto mi equivocación, señorita -Miguel se mantenía sonriéndole a Tatiana, ignorando por completo la mirada frustrada que Catalina llevaba a sus espaldas- De hecho, fue fácil eludir a mis guardias una vez me lo propuse.
Tatiana soltó una risa después de escucharlo, pero Catalina no hizo ni el intento de parecer igual de divertida por las escapadas del príncipe y se aclaró la garganta para llamar su atención.
- No creo que sir Martín se esté divirtiendo mucho en este momento, después de todo eran las órdenes de su padre las que seguía. Puede causarle graves problemas si el rey se entera.
El rostro de Miguel se ensombreció ante las palabras de Catalina, y movió las correas del caballo entre sus manos, un tanto incómodo.
- ¡No pasará nada! -Exclamó Tatiana de pronto- Volveremos en pocas horas, los caballeros pueden aguardar a que el príncipe vuelva por su propia voluntad, en vez de ir con el rey por algo tan pequeño.
Catalina se disponía a contradecirla, puesto que extraviar al príncipe no era ninguna pequeñez, sobre todo en estas circunstancias, pero Miguel se le adelantó y con voz reanimada trató de convencerla de lo mismo que decía la otra muchacha.
- La señorita Tatiana tiene razón, Catalina, los caballeros sabrán que me escapé para tener un tiempo a solas, no es nada nuevo.
- Pero…
- Yo pienso que debemos dejar esas cuestiones aburridas en el castillo, y dedicarnos a disfrutar del bosque y nuestros caballos -La interrumpió Tatiana, antes de que pudiera decir cualquier otra cosa.
- No es tan simple…
- ¡Les propongo una carrera! ¡Veamos qué potro es el más rápido para llegar a aquella colina! -El príncipe señaló hacia un punto elevado en la distancia, visible claramente por un espacio en donde las copas de los árboles no se superponían a la vista.
- ¡Es un hecho! -Respondió Tatiana, y de un momento a otro los dos jóvenes ya habían hecho que sus caballos comenzaran a correr.
Catalina cubrió su boca con ambas manos y soltó un grito, pero se apresuró en indicarle a Orquídea que hiciera lo mismo.
No se detuvieron en la primera colina, siguieron a la otra, y a la próxima de esa, pero ya cuando se tornaba difícil ver el castillo entre los árboles, Tatiana admitió que quizás se habían alejado demasiado. Catalina pudo contener sus escasas ganas de darle las gracias. Aunque en vez de volver al castillo, dejaron los caballos pastando y se fueron a caminar entre la maleza crecida y los troncos con musgo, ya que al parecer los príncipes y las marquesas nunca tenían suficiente de eso. Catalina comenzaba a entender mejor a María, y por qué su amiga le decía que a veces era increíblemente desesperante.
Tatiana pronto la llamó a su lado para mostrarle un curioso brote de setas a los pies de un árbol. Miguel se encontraba a varios metros de ellas, analizando lo que creía era el rastro de un zorro u otro animal pequeño cuando finalmente los atacaron.
Los tres hombres salieron de la nada, con la cara cubierta, vestidos como cualquier simple bandido y las espadas apuntando directo al príncipe. Catalina se arrojó en la dirección de Miguel, dispuesta a ayudarlo a combatir a los maleantes con uñas y dientes si era necesario, pero Tatiana la tomó de un brazo y la arrojó al suelo con ella mientras gritaba.
- ¡No! ¡No nos hagan nada! -Gritaba la muchacha desesperada, y sostenía a Catalina entre sus brazos con una fuerza increíble. Catalina se preguntó por qué no hacía un uso más productivo de esa fuerza, tal vez arrojándole rocas a los tres bandidos.
Escuchando las espadas chocar y viendo a Miguel lentamente ser acorralado por los tres hombres, a quienes aún mantenía a distancia, pero que pronto lo superarían, Catalina empezó a comprender lo que se traían entre manos. El padre de Tatiana no pudo haberla dejado sin ninguna clase de entrenamiento para defenderse, tenía la fuerza que lo demostraba, con la que aún lograba mantenerla cerca del piso y fuera del camino de los tres bandidos. Catalina no era un estorbo porque contaba con ella para presenciar el ataque y seguramente la muerte del príncipe. Si fuera cualquier cortesana bien podría haber estado junto a Tatiana gritando en el suelo, esperando que el príncipe las defendiera a ambas de los brutales malhechores. No habría sospechas sobre ninguna de ellas cuando llegaran corriendo al castillo, sucias y con el horrible relato de lo que aconteció. Lo malo de su plan, es que Francisco y su grupo habían llegado a ella antes con sus sospechas, y que Catalina no era cualquier niña de cuna noble que se quedara fuera de una pelea.
Con un certero empujón, se quitó a la joven de encima. Una vez de pie, buscó rápidamente sobre el suelo del bosque algo que pudiera servirle, encontrando una rama caída de buen aspecto.
- ¡Vuelva aquí! ¿Qué hace? -Comenzó a gritarle Tatiana, aún luchando con sus faldas y las hojas resbalosas del bosque para poder levantarse. Catalina la ignoró completamente, y se fue contra el atacante que tenía más cerca. Escuchó otro grito de Tatiana a su espalda- ¡No, vuelva! -Que tampoco tomó en cuenta, y se fue con todo sobre el malhechor.
El llamado de Tatiana llamó la atención de su blanco y este volteó para encontrarse con un grito de batalla y un potente garrotazo en la cara. Catalina continuó golpeándolo hasta que su rama se deshizo por completo en pequeños pedazos. Un par de astillas se incrustaron en sus manos, pero las ignoró para estampar un puñetazo justo en la nariz del sujeto antes de que pudiera recomponerse. El hombre cayó como saco de papas al piso, soltando la espada.
- ¡Bien, ahora aléjese! -Le gritó Tatiana nuevamente, por fin llegando a su lado. La sujetó de los hombros e intentó llevarla hacia atrás, pero Catalina tenía uno de sus pies muy firme en el suelo, así que solo pudo rotar su cuerpo, haciéndola tambalear- ¡Deje que el príncipe se encargue!
- ¡Argh! -Catalina soltó un grito rabioso, y luego de quitarse su cabello revuelto del rostro, manoteó las manos de la chica lejos de sus hombros y con otro buen empujón la mandó de vuelta al suelo- ¡Fuera de mi camino!
Fue de vuelta con el hombre al que derribó y tomó su espada del suelo, dispuesta a lanzarse a la pelea que Miguel aun estaba luchando con los otros dos bandidos, pero su atacante no estaba fuera de la lucha todavía. El hombre había despertado, y antes de que se alejara sujetó su falda con una mano, deteniendo su avance bruscamente.
Catalina no tenía tiempo, ni más paciencia para eso, estaba sucia, rasguñada por las puntiagudas uñas de Tatiana, y Miguel necesitaba su ayuda urgentemente. Volvió a soltar un grito de batalla, y pateó al hombre en la cara con todas sus fuerzas. Antes de ver si aquel golpe había sido suficiente para noquearlo nuevamente, ensartó la punta de la espada en el centro de su pecho, asegurándose de que ya no los molestaría. No era un movimiento honroso, pero Catalina era solo una dama y no un caballero, así que no estaba sujeta de ninguna manera al código de honor de estos en batalla.
El nuevo grito de Tatiana no fue atendido por nadie, Catalina prontamente se unió a los esfuerzos de Miguel para acabar con los dos atacantes que quedaban, y estos no tardaron en darse cuenta que con ambos peleando juntos estaban en desventaja.
De un momento a otro, los dos hombres parecieron ponerse de acuerdo. Aquel que se encontraba enfrentando al príncipe lanzó un certero escupitajo en su rostro, y el contrincante de Catalina aprovechó uno de sus tropiezos con su falda para tomar algo de tierra y lanzarla sobre su rostro. Segundos después, iniciaron su huida, y ni Catalina ni Miguel tuvieron la rapidez para seguirlos.
- ¡Ah! ¡Bastardos! -Gritó Miguel con repudio, repasando su rostro con el dorso de su mano para quitarse la molesta saliva, Catalina hizo lo mismo con la tierra pegada a sus pestañas. Instantes después, y solo cuando todo había terminado, Tatiana llegó junto al príncipe y posó ambas manos sobre su brazo con un rostro afligido.
- ¡Príncipe Miguel! ¡Qué alegría que esté bien!
- ¡No gracias a ti! -Gritó Catalina, sin un ápice de vergüenza o simpatía por la mujer. Comenzaba a compartir los sentimientos de su primo totalmente, la muchacha se merecía que la arrojaran en una celda, a juicio de ella.
- Tranquilas, señoritas, ya se acabó -Miguel, aún sin notar nada extraño, sujetó las manos de la angustiada chica y les dio un gentil apretón a la par de una sonrisa. Giró su rostro para dedicársela también a Catalina, y estiró su otra mano para palmear su hombro con camaradería- ¡Que bueno es tenerte cerca para cuidarme la espalda!
- No sabes cuánto -Le respondió seca, aún con el rostro impasible puesto sobre la muchacha, vigilando como un buitre cada uno de sus movimientos. Fue ante aquella mirada que Tatiana comenzó a tensarse, y su expresión de espanto falló por un corto segundo, demostrándole a Catalina que no era del todo verdadero. Su atención en la muchacha se acabó en cuanto Miguel se separó de ellas. El príncipe fue al cuerpo del tercer atacante para descubrirle el rostro. Ni Catalina ni Miguel recordaban haberlo visto en alguna parte, y Catalina se guardó sus dudas sobre la similar ignorancia que declaraba Tatiana. Miguel siguió registrando al hombre, buscando algo que pudiera decirles si era un delincuente cualquiera o no. No tardó en obtener una daga de su cinto, que tampoco les habría dicho mucho si no estuviera grabada con la insignia de Caravantes. El descubrimiento de aquel objeto terminó por enfurecer al príncipe.
- ¡Debe ser una broma! ¡Esto ya es el colmo!
- Príncipe, debe calmarse, puede ser solo otra trampa… -Catalina se acercó para intentar tranquilizarlo, pero Miguel estaba demasiado molesto como para prestarle atención.
- ¡¿Qué se traen entre manos?! ¡Todo este tiempo les hemos mostrado buena fe y siguen con un ataque tras otro!
- Tal vez no fueron los de Caravantes.
- ¡Oh, estoy llegando a pensar que todos ellos están metidos en esto! -Miguel se guardó la daga, y con pisadas fuertes fue en busca de Sol de Oro.
- Alteza, ¿Qué piensa hacer? -Lo llamó Catalina, bastante preocupada por su discurso y expresión colérica. Fue corriendo tras él, con Tatiana siguiendo sus pasos- ¿Miguel?
- Suban a los caballos, vamos de inmediato al castillo -Les ordenó con impaciencia, mientras se montaba de un salto a su yegua- ¡Es hora de que acabemos con todo este circo!
El príncipe entró al patio del castillo gritando por los guardias, los caballeros y su padre, encontrándose solo con los primeros. Bajó del caballo y comenzó a darles órdenes de que agruparan a todos los visitantes en la sala del trono, mientras él iba por refuerzos.
Entre todo aquel lío, Catalina perdió la pista de la joven de Piedra Negra. Maldiciendo en su cabeza, corrió por los pasillos del castillo, empolvada y magullada, y con el pelo aún hecho un desastre, llamando la atención de varios cortesanos y sirvientes. Quienes no alcanzaron a escuchar los gritos del príncipe, cayeron en cuenta de que algo malo estaba sucediendo tan solo por su aspecto. Detuvo a unas cuantas personas para preguntar dónde se encontraba el brujo de la corte, o su primo Francisco. Acabó corriendo escaleras arriba, hasta la cima de la torre sur, donde encontró a Manuel tratando nuevamente de ver algo en sus hojas de té. Francisco revisaba sus flechas metódicamente en un rincón de la habitación. Ambos jóvenes se sobresaltaron por su repentina llegada. Catalina entró azotando la puerta contra la pared de piedra y con el pecho quemándole debido a su acelerada respiración.
- ¡No tienen idea lo que acaba de pasar!
…
Julio supo que el tiempo para resolver todo el embrollo se les estaba acabando en cuanto fue convocado a la sala del trono. Entró junto a otros confundidos cortesanos y los nerviosos visitantes que, con razón, sospechaban que se trataba de otro asunto que los incluía negativamente.
El pequeño príncipe trató de buscar a sus compañeros entre la multitud, pero su baja estatura y las faldas pomposas de las señoras le impedían visualizar toda la habitación. Acabó rindiéndose, y se dirigió hacia los tronos en el extremo de la habitación, esperando que las escalinatas le permitieran divisar las cabezas de los demás, si es que habían llegado ya.
Estaba cerca de su destino cuando su hermano entró, empujando las puertas dramáticamente, y con una fila de caballeros a su espalda siguiendo sus pasos. Escuchó la voz de su padre entre la multitud pidiendo explicaciones, a las que Miguel respondió con una voz fuerte y una mueca iracunda en el rostro.
- ¡Otro ataque a ocurrido en mi contra! ¡Y ya estoy harto de los juegos y maquinaciones de estas personas! -Miguel hizo una seña a sus caballeros, quienes rápidamente encontraron a los representantes de las tres marcas del reino del este y los llevaron ante el príncipe. Miguel entonces desenvaino su espada, pero no la usó en contra de nadie, solo levantó su otra mano y le mostró a doña Marcela Caravantes la daga grabada- ¡Esto lo poseía uno de mis atacantes! ¿Va a decirme acaso que no la reconoce?
La mujer se tornó pálida mirando la prueba que se le presentaba. A cada lado tenía a sus vecinos, don Guillermo se llevó las manos al pecho, exclamando horrorizado, mientras que Demetrio Velez se cruzaba de brazos, y le dirigía una mirada acusadora.
- ¡No pudieron ser mis hombres! -Respondió inmediatamente la mujer, y los dos hombres se sumaron a sus gritos.
- ¡Ya me parecía que estabas muy callada! ¡No me extraña que hayas tratado de inculparnos antes de esto! -Comenzó don Demetrio, yendo al enfrentamiento directamente.
- ¡Este es un mal sueño que se repite y se repite…! -Lloró don Guillermo, sacudiendo las manos frente a su cara, llevándolas luego a cubrir sus oídos para tapar los gritos de sus vecinos.
- ¡¡Estoy harto de todos ustedes!! -Gritó Miguel, ignorando la mirada de su padre, que le pedía llevar la situación de una manera más civilizada a como lo estaba haciendo en el momento. Ignoró hasta la mano de Martín en su hombro y, ante todos los reunidos, apuntó a los tres representantes con su espada- ¡Basta de pasar la culpa entre ustedes! ¡Van a decirme quién ha estado haciendo esto!
- ¡Ah! ¡No lo sé! ¡Pero no fui yo! -Respondió enseguida don Guillermo, alzando las manos sobre su cabeza. Doña Marcela y don Demetrio declararon lo mismo respecto a su participación, pero Miguel no les creyó nada.
- Si nadie va a hablar, debo suponer que han sido los tres -Agitó su espada, provocando que más de una persona gritara, y que el rey Javier se acercara a sujetar a su hijo de los hombros. Miguel alejó las manos de su padre con una sola sacudida, harto de todo y de todos, y continuó con sus acusaciones- ¡Los tres confabulados para matarme! ¡¿No es así?!
- ¡No! ¡No hemos sido nosotros! ¡No nos beneficia en nada enemistar a este reino! -Continuó la señora Caravantes, tomando del brazo a sus vecinos, intentando acercarlos para cubrirse detrás del cuerpo de los dos hombres.
- ¡Estas son demasiadas calumnias en nuestra contra! -Gritó luego de su vecina el señor Demetrio, tornándose valiente a pesar del filo de la espada frente a él. No soportaría otra palabra en contra de su honor o carácter sin decir algo al respecto- ¿Cómo sabemos que esto no es una treta vuestra para sacar provecho?
- ¡¿Qué?! -Gritaron juntos Miguel y el rey, pero aquella posibilidad no le pareció tan descabellada a la gente de Tañazco, Velez y Caravantes. De un momento a otro, los tres se fueron en contra del rey y Miguel, exigiendo explicaciones y acusándoles de vuelta por todos los arrestos y horas de incertidumbre que los habían hecho pasar en este supuesto complot de la corona en contra suya.
Los gritos y discusiones entre el resto de los presentes no tardaron en empezar, y Julio fue avanzando por los costados de la habitación, tratando de llegar hasta Miguel o su padre. Esta locura debía parar antes de que alguien saliera lastimado de verdad, ya fuera por las desagradables palabras que se estaban intercambiando o por la filosa espada que Miguel aún no guardaba.
Fue entre todo ese caos que Manuel, Francisco y Catalina entraron a la sala del trono. El cabello de la chica se veía un poco más dócil luego de que pasara sus dedos entre las enredadas hebras en un desesperado intento por verse más presentable para hablar con el rey. Aquello no iba a ser posible por el momento. Todos, tanto nobles como caballeros y sirvientes se encontraban discutiendo en distintos grupos, defendiéndose algunos y atacándose otros. Todos gritaban y nadie escuchaba a nadie.
Julio tuvo, nuevamente, que atravesar toda la habitación hasta ellos para que lo vieran.
- ¡Esto es un desastre! -Declaró lo que a simple vista se apreciaba- ¿Cómo vamos a arreglarlo? ¡Se están culpando entre todos! ¡Si no les mostramos a los culpables esto acabará en tragedia!
De eso estaban conscientes los mayores, pero no tenían más pruebas para enseñar.
…
Afuera del salón, María se dirigía al patio del castillo con paso rápido y claras instrucciones de ir por Luciano al pueblo, sin importar lo que estuviera haciendo. Según Catalina, iban a necesitar a todo el equipo junto para tratar de evitar que la situación se saliera de las manos. Iba pensando a qué mucama pedir ayuda para ubicar al caballero cuando este apareció frente a ella por arte de magia. No tardó en verla y ambos apresuraron su andar, encontrándose a mitad del pasillo.
- ¡Está el desmadre allí dentro! -Le dijo María en cuanto estuvieron frente a frente, y sujetó su muñeca para jalarlo hacia la sala del trono.
- ¡Descubrí algo! -Dijo Luciano al mismo tiempo, tratando de llevarla para el otro lado. Al percatarse que deseaban ir en direcciones opuestas, y más aún al comprender lo que el otro había dicho, voltearon a mirarse y volvieron a gritar.
- ¡¿Qué dijiste?!
Luciano rápidamente le contó que fue a investigar a las tabernas nuevamente, ya que sacarle información a un hombre ebrio era mucho más fácil. Tuvo la suerte de encontrarse a la vez con un mercader de joyería, un sastre, y el dueño de una de las posadas cercanas en la misma mesa. Al joyero le mostró el anillo, ya libre de maleficios, que Manuel le había entregado para hacer sus averiguaciones, y el hombre lo reconoció como uno de su repertorio que su sobrino había vendido hace más de una semana atrás. El sobrino justamente se hallaba bailando a tan solo unos pasos, y después de ofrecer comprarle un par de jarras más de cerveza, se acercó para hablarle de los sujetos a quienes se los vendió. Parecía obra de los dioses, pero tanto el sastre como el posadero reconocieron a los hombres de quien hablaba. El sastre había hecho tres túnicas celestes para ellos, y el posadero era quien los recibía en una de sus habitaciones, ninguno tenía cosas buenas que decir sobre los tipos esos. El posadero además estaba preocupado, ya que no habían vuelto aún a la residencia aquel día, y sospechaba que tenían intenciones de irse sin pagarle los últimos dos días de su estancia.
- Atacaron al príncipe hace no mucho, quizás no han tenido oportunidad de volver -Comentó María, mientras caminaban a paso rápido de vuelta al salón.
- O tal vez no piensan hacerlo hasta que terminen el trabajo de hoy -Sugirió Luciano, siguiéndole el paso. Eso hizo pensar a la chica, y dio un traspié del que Luciano la salvó al sujetarle el brazo.
- ¿Cómo dijeron que eran estos hombres?
- Los tres son fornidos y relativamente altos. Uno tiene el pelo muy largo, rubio y trenzado; otro es de cabello castaño, corto, pero con rizos por doquier; y el ultimo tiene una barba negra recortada en las patillas.
- ¡Era ella! -Gritó María, cubriéndose la boca casi al instante, acto seguido, volvió a sujetar la muñeca de Luciano y retomó la marcha, con más apuro que nunca. El caballero no tuvo que preguntar nada, la muchacha comenzó a explicar inmediatamente.
- No sé dónde habrá terminado el de barba, pero los vi, ¡Los vi! -Luciano tuvo que atajarla cuando la chica casi resbala al doblar una esquina, pero ambos continuaron sin detenerse, y María sin dejar de hablar- Atravesé el castillo buscando a alguno de ustedes después de enterarme del ruidoso regreso del príncipe. Vi a una pelirroja que seguramente era Tatiana, casi oculta detrás de una de las paredes del jardín norte, con dos hombres con esa descripción, de un segundo al otro ya no estaban y pensé que fue idea mía, pero al parecer no, ¡Y tal vez aún sigan en el castillo!
…
Martín se encontraba a unos metros de Miguel, viendo y escuchando la discusión que se desarrollaba entre la gente de las tres marcas, el rey y el príncipe, pero sin interactuar en ella. Ya había tratado de calmar a Miguel incluso antes de llegar a la sala del trono, pero nada había surtido efecto con el testarudo e iracundo noble. También estaba consciente de Manuel y su equipo en el otro extremo de la habitación. Había sido espectador de la travesía del pequeño príncipe por llegar junto a sus aliados, sin poder hacer nada debido a su determinación de no alejarse ni perder de vista a Miguel por segunda vez.
Movimiento en el borde derecho de su visión llamó su atención. La joven Tatiana entraba al salón por una de las puertas de servicio, más o menos escondida por uno de los pilares. La chica se veía tensa, pero mantenía cualquier otra emoción muy bien controlada; o así fue por un momento, de pronto su rostro se contrajo en una fugaz mueca que demostró tanto enfado como temor. Martín giró hacia la habitación, buscando qué pudo haberla hecho reaccionar así, y se topó con Luciano y María, que en su distracción habían llegado. Le estaban comunicando algo importante a los demás, si la expresión en sus rostros podía tomarse como pista. Tal vez habían descubierto algo más de la muchacha, pero si tomaba en cuenta la reacción de Tatiana, esta también sabía cosas, cosas como su improvisado equipo de investigación, y que estaban atentos a sus planes.
Los músculos de Martín comenzaban a contraerse, preparándose justo como lo harían antes de una batalla. El tiempo previo al desenlace de todo parecía estar llegando a su final, y no se sentía preparado para ello.
No pasó mucho para que todo se pusiera en movimiento finalmente. El grupo hecho por sus amigos se separó, todos menos el príncipe Julio salieron del salón, a buscar quién sabe qué. Tatiana también dejó su posición en el rincón, y fue corriendo directo junto al príncipe, a quien separó de la discusión que aún se llevaba a cabo, y lo llevó con ella hasta la esquina más cercana a la puerta de entrada. Martín no podía oír lo que le decía, pero lograba divisar el rostro temeroso que había adquirido de un momento a otro, y cómo se aferraba a los brazos de Miguel. El caballero volvió a darle un rápido vistazo al salón, tratando de encontrar al pequeño príncipe. Por su trayectoria, parecía querer llegar con el duque de Nueva Granada, quien contenía la situación entre los fervorosos sirvientes de todas las partes presentes. Si el príncipe iba a encargarse de informar a los mayores de lo que fuera que estuviera pasando ahora, supuso que su trabajo seguía siendo el de vigilar al heredero de la corona. Regresó su atención a Miguel justo a tiempo para ver al príncipe saliendo del cuarto, guiado por la joven de Piedra Negra.
- ¡Demonios, Miguel! -Gritó sin que nadie le prestara ni un poco de atención. Sopesó por un segundo la idea de avisarle al rey de la ausencia de su hijo, pero para el momento en que pudiera despegarlo de los otros visitantes, quizás el príncipe ya habría desaparecido de la escena, así que solo se hizo paso rápidamente entre la multitud, y corrió para alcanzar a Miguel y la joven en el pasillo.
- ¡Príncipe Miguel, espere! ¡Espere, alteza! -Le gritó, y por suerte Miguel sí lo escuchó en esta oportunidad.
- ¡Martín! ¡Ven, ven! -Miguel agitó su mano para que se apresurara, luego se giró hacia Tatiana y posó una mano en su hombro- Vuelva adentro, iré con sir Martín a averiguar si los sujetos que dice haber visto son los mismos que nos atacaron.
- Tenga cuidado, príncipe, estaban armados cuando los vi entrar por la ventana, por ello me oculté y no me acerqué.
- ¿Vio a los sospechosos y no le dijo a nadie más? -Martín no pudo ocultar su desconfianza ante sus actos, y por ello se ganó una mirada venenosa de parte del príncipe, y un gemido ahogado de Tatiana.
- ¡Lo siento! ¡No sabía que hacer! Lucían como los hombres del bosque, los vi merodeando cerca de mis habitaciones y me espanté pensando que vendrían por mí. El príncipe ya los ha enfrentado antes y me pareció la mejor opción.
Tenía que darle crédito, su acto de doncella en apuros era bastante convincente, pero Martín estaba seguro, por todo lo que había escuchado salir de la boca de Francisco, de que la mujer parada frente a él debía ser más que capaz de defenderse a sí misma y maquinar la caída de otros.
Miguel no tenía idea de ello, estaba claro, así que solo apretó el brazo de la joven una vez más, y la mandó de regreso al salón, para que se protegiera con el resto de la multitud y los caballeros que había llevado para vigilarlos.
- ¿Las habitaciones de su gente están en el primer piso del ala oeste, no es así? -Preguntó Miguel antes de separarse.
- Sí, mi señor.
Y con eso partieron. Martín lo siguió en silencio solo hasta estar seguro de que la muchacha no podría oírlos.
- Miguel, esto es demasiado arriesgado, mejor vayamos por refuerzos -Le sugirió, pidiéndole a los dioses que el príncipe lo escuchara, pero sabiendo de antemano que no lo haría. Con toda la presión y rabia que veía en los hombros y ojos de su amigo, estaba seguro de que nada más que un golpe en la cabeza impediría que Miguel fuera a enfrentarse inmediatamente a la gente que no había parado de atacarlo las últimas semanas, ni arriesgarse a que se escaparan una vez más por ir por algo como refuerzos, después de todo, ¿Para qué quería refuerzos el mejor espadachín del reino?
- ¿Y qué serías tú? -Le preguntó el príncipe, señalando la espada del rubio, más o menos validando sus pensamientos- Con nosotros dos basta por el momento, no queremos quitar guardias al desastre de allí adentro. Cuando caigan los sicarios el culpable tratará de escapar y los caballeros deben estar atentos a eso.
Martín se tragó sus gruñidos y alegatos, anticipando que de nada servirían. Para cuando atravesaron los salones de baile, se había resignado a enfrentar cualquier terrible emboscada que les tuvieran preparada. Ni de chiste esperó encontrarse con Francisco justo antes de entrar al ala oeste, pero eso fue lo que pasó.
- ¿Y tú dónde crees que vas, Miguel? -El joven Burgos llevaba su aljaba colgada al hombro, mientras con una mano sujetaba su arco con una flecha ya enganchada, listo para disparar en cualquier momento si lo necesitaba. Pero en cuanto vio al príncipe paseando a simple vista por los pasillos, como si no hubiera dos hombres allí mismo detrás de su cabeza, se guardó la flecha y colgó el arco en su espalda, para tener las manos despejadas y así poder arrastrar al terco príncipe a uno de los salones de reuniones más pequeños y cuestionar su actuar.
- ¡¿Qué, eres bruto o qué te pasa?! -Le preguntó sin tapujos al príncipe, obteniendo una mirada nada placentera de su parte. Miguel agitó el brazo para escapar de su agarre y trató de rodearlo para salir del cuarto, sin muchos resultados. Martín prefirió quedarse en la puerta custodiando el pasillo, alejado de la fuerte tensión que podía sentir incrementándose con cada palabra que los jóvenes soltaban.
- ¿Qué me pasa a mí? ¡¿Qué diablos te sucede a ti?! ¡Hace ya varias semanas que no te reconozco! -Le gritó el príncipe a Francisco, dándole un empujón. En la puerta, Martín se tensó, preparado para interferir entre los dos si al hijo del marqués se le ocurría responderle con golpes, pero el otro noble no hizo más que sujetarlo de una muñeca, queriendo retenerlo en la habitación por un poco más de tiempo.
- ¿Solo porque no me he callado mis opiniones? ¡No puedes esperar que sea tan apacible frente a la amenaza que…!
- ¡No empieces otra vez! -Miguel acabó yendo hasta el fondo de la habitación para alejarse del chico, quien lo seguía de cerca no importa donde fuera o qué tan rápido caminara, no le permitía acercarse a la puerta de ninguna forma. Podría comenzar a ocupar la fuerza bruta para hacerse paso, pero aún no estaba tan fuera de sus casillas como para hacerlo, aunque sí para considerarlo por un segundo- ¡Hay una amenaza real que debo investigar! Ahora, ayúdame, ¡O quítate de mí camino!
- ¡No!
Miguel no lo soportó más, y con un potente movimiento de brazo lo hizo a un lado, caminando junto a la pared del cuarto y dirigiéndose por fin a la puerta, en donde el caballero rubio seguía aguardando el término de la discusión.
- ¡¿Qué no vez que es una trampa?! ¡¿Tan arrogante eres para no sopesar el riesgo antes?! -Le gritó Francisco, en un último intento para retenerlo en el lugar.
- ¡No te escucharé! ¡Solo estás molesto porque no la odio igual que tú!
- ¡No tienes idea de lo que siento! -Sinceramente, Francisco estaba más aterrado que enojado, sabiendo que todos corrían peligro con los dos matones de Tatiana dentro de las paredes del castillo, y que estaban prácticamente solos hasta que el príncipe Julio pudiera hablar con su tío el duque.
- Sé que mi padre tendrá una larga charla contigo cuando todo esto acabe ¡Contigo y con Manuel! -Miguel se volteó para apuntarlo acusadoramente con un dedo, sus ojos refulgían y su cara estaba roja por la ira- ¡Ya basta de ustedes dos haciendo lo que les plazca sin preocuparse por nada! ¡Pensaba que tú eras más cuerdo, el más sensato de todos, pero ahora veo que no eres más que un niño caprichoso! ¡Las cosas no se harán siempre a tu antojo! ¡Gobernar no es tan simple como decidir quién te agrada y quien no! -Estrelló sus manos con un fuerte golpe, queriendo dar por terminada la discusión- ¡Solo quédate aquí mientras yo arreglo todo! -Con eso, el príncipe se volteó, continuando su camino hacia la puerta siguiendo el borde de la habitación.
Mirando su espalda alejándose, la sangre se congeló por un momento en el cuerpo de Francisco, y al segundo después comenzó a bombear con fuerza, sonando estruendosamente en sus oídos, pero también trajo una sorprendente claridad a su cabeza. Sin pensarlo dos veces, tomó una de sus flechas y alistó su arco con movimientos seguros.
- ¡No! ¡Tú te quedas aquí! -Apuntó y disparó en un pestañeo. La punta de su flecha capturó el borde de la túnica del príncipe antes de ensartarse en la pared, en donde quedó atrapada junto a la prenda. Miguel dio un salto al sentir un jalón desde la parte trasera de su ropa. Ladeó la cabeza rápidamente, mirando dónde estaba apresado el borde de su túnica sin creerlo. Hasta Martín dio un respingo, observando lo que pasaba, pero estaba tan sorprendido que su cuerpo se petrificó en su lugar.
- ¡¿Te volviste loco?! -Miguel levantó el brazo, pudo ser para tomar su espada o sacar la flecha de donde quedó enterrada en la pared, no lo supieron, puesto que Francisco volvió a dispararle tres veces más, deteniendo los dos brazos del príncipe al clavar sus mangas a la pared con las flechas- ¡¡Burgos!!
- ¡Algún día me perdonarás! -Le gritó Francisco mientras corría a la puerta, en donde Martín miraba todo con la boca abierta, y una mano congelada sobre el mango de su espada. El joven arquero aprovechó su vacilación para sacarlo fuera de la habitación y cerrar la puerta con los grandes bloques de madera presentes en todas las entradas, dejando encerrado al príncipe dentro, aun forcejeando con las flechas y su ropa para liberarse.
- ¿Pero, qué has hecho? -Fue lo primero que preguntó Martín, cuando pudo hablar nuevamente. Le dio una mirada a Francisco, paseando sus ojos de los pies a la cabeza del chico, incapaz de comprender lo que acababa de pasar, incapaz de creer que él había sido capaz de hacer lo que acababa de ver- ¡Tú…! ¿Le disparaste…?
- ¿Dónde les dijo que fueran? -Francisco lo interrumpió rápidamente, viendo que el rubio comenzaba a exaltarse, y no tenía tiempo para eso. Sentía la cara caliente, y su mano picaba donde habían tocado las flechas y la cuerda. Miguel continuaba gritando y maldiciendo dentro del cuarto, y era cosa de minutos para que se soltara y comenzara a golpear la puerta, exigiendo que lo dejaran salir. No tenía tiempo para hacer que el caballero aprobara sus métodos.
- ¿No ves qué acabas de hacer? ¿Cómo…?
- ¡Sir Martín! -El rubio cerró la boca, irguiendo la espalda en reflejo ante el tono autoritario de Francisco, y lo miró directamente con los ojos bien abiertos- ¿Dónde se dirigía el príncipe?
- Hacia el ala oeste -Le contestó, sintiéndose sumamente extraño ante el desarrollo de los acontecimientos. Los gritos de Miguel seguían escuchándose desde el interior, pero los dos jóvenes hicieron lo mejor para ignorarlo- Tatiana dijo que los vio rondando cerca de los cuartos de Piedra Negra en el primer piso, así que deben estar esperando que Miguel se aparezca por allí.
- Bien -Francisco volvió a sacar una flecha de su aljaba, y señaló a la puerta con un movimiento de cabeza- Quédate a vigilarlo, y si aparece alguno de los demás o los caballeros de mi tío, envíalos en esa dirección también -Sin otra sugerencia, se adentró por el pasillo hacia el ala oeste.
- ¡Espera! ¿No sería mejor que yo fuera? -Martín intentó gritarle, pero el muchacho siguió corriendo y pronto desapareció de su vista- ¡Demonios! -Frotó su rostro bruscamente con sus manos, tratando de calmar su respiración, pero todo estaba ocurriendo tan rápido, que no podía evitar sentirse ansioso y con un muy mal presentimiento.
…
Manuel tenía un mal presentimiento desde que Francisco se separó de su lado para ir por su arco. Sabía que las chicas habían decidido revisar juntas el castillo, y se preguntaba por qué dioses no habían seguido su ejemplo. Se encontraba totalmente solo, revisando cuarto por cuarto en un pasillo del ala oeste. Era un sector de habitaciones, había acabado de inspeccionar las de la comitiva de Caravantes y ni un solo sirviente había pasado para hacer sus tareas sin su molesto señor cerca. El opresivo silencio solo gritaba mal augurio para su sexto sentido cuando llegó a los cuartos de Piedra Negra.
De pronto, escuchó el roce de algo arrastrándose por el suelo en la siguiente habitación. Con las manos temblorosas, pero ocultas bajo sus largas mangas, caminó hasta la puerta. Una vez frente a ella tragó saliva, tratando de despejar el nudo que podía sentir en su garganta producto de los nervios. Puso la mano suavemente sobre el pomo girándolo con lentitud, intentando hacer el menor ruido posible. Lograba escuchar voces de hombre dentro, pero eran demasiado bajas para entenderlas. Cuando una pequeña porción del interior estuvo a la vista, pudo notar a un hombre fornido, con el cabello rubio trenzado, terminando de cerrar la entrada de uno de los tantos pasadizos ocultos del castillo; seguramente se habían escabullido allí para mantenerse ocultos un tiempo. Entonces recordó que el pasadizo de aquella habitación conectaba casi directamente a los jardines norte, si sabías detrás de qué columna se encontraba la puerta oculta. Tomó una corta respiración, embargado un instante por el miedo al pensar que esos hombres tuvieran aquel conocimiento del castillo.
Su pequeño jadeo fue suficiente para llamar la atención del hombre frente al pasadizo, quien volteó la mirada hacia la puerta, conectando casi de inmediato con los ojos de Manuel. El brujo no tuvo mucho tiempo para pensar qué hacer. Empujó la puerta con fuerza para que se abriera, y envió una bola de fuego contra el sujeto, quien la esquivó fácilmente, y esta se deshizo contra la pared.
Tan concentrado estaba en ese hombre, que no notó al otro más cerca de la puerta. Este agarró al brujo por una de sus mangas y lo jaló hacia él, con un puño alzado, listo para golpearlo en la cara. Manuel soltó un grito al notarlo, y en respuesta levantó un dedo frente a su atacante, invocando por instinto un potente destello de luz que los cegó tanto a él como a quien lo sostenía. El hombre lo soltó para cubrirse los ojos, Manuel lo escuchó gruñir mientras pestañeaba rápidamente, tratando de recuperar la vista antes que él.
El sujeto rubio aprovechó su torpeza, y agarró al muchacho del cabello, para empujarlo contra el armario a su espalda. La cabeza de Manuel se estrelló contra las puertas de madera, y se deslizó hacia el costado derecho, cayendo sobre un improvisado tocador. Abrió sus ojos con dificultad, los puntos blancos por el destello y el desenfoque a causa del golpe no le permitían ver con normalidad, pero podía distinguir lo suficiente como para localizar una botella de perfume que la dama dueña de la habitación había dejado sobre la mesita. Estiró el brazo para hacerse de ella, y se volteó justo a tiempo para estrellarla contra la mejilla del hombre rubio, el sujeto cayó al suelo con un fuerte dolor en su quijada. La victoria de Manuel fue muy corta, sin embargo, ya que el otro hombre había alcanzado un candelabro y golpeó al joven atrás de la cabeza con la suficiente fuerza para dejarlo inconsciente al instante.
El hombre rubio finalmente se levantó del suelo, con la intención de seguir golpeando al brujo, pero su cómplice lo detuvo, teniendo una mejor idea. Así, el segundo hombre sacó un pedernal para prenderle fuego a las cortinas alrededor de la cama, y dejaron al brujo dentro del cuarto incendiándose con la puerta semiabierta, esperando que el humo que empezaría a esparcirse por el pasillo sirviera de distracción para el resto de personas que no eran su blanco.
Libres del inconveniente, los hombres continuaron con el plan de internarse en el ala oeste a esperar que el príncipe apareciera, pero ya que estaban ansiosos, contando la interrupción del brujo como un grave imprevisto en los planes, no fueron tan cuidadosos ni silenciosos como su señora se los ordenó, permitiendo que alguien más rastreara su posición.
…
María y Catalina no habían encontrado nada en la parte del castillo que habían elegido, hacia las cocinas y lavandería, pensando que los hombres podrían estar escondidos entre las cajas con raciones o barriles para lavar. Así que decidieron volver y dirigirse hacia el sector de alguno de los chicos para ayudarlos.
Supieron que fue buena idea cuando notaron el humo avanzando por sobre sus cabezas. María soltó un grito asustado, tocándose el pecho con una mano temblorosa, pero Catalina no se detuvo a pensarlo y corrió siguiendo el rastro de humo, María fue detrás de su amiga, temerosa por lo que podrían encontrarse, pero decidida a acompañarla a pesar de todo.
A medida que avanzaban, la nube de humo iba haciéndose más espesa, suficiente para que la garganta comenzara a picar y molestara respirar, pero no al extremo de impedirles la visión. Debieron encorvarse y cubrir sus bocas y narices con el interior de su codo en un intento de aspirar menos de esos gases tóxicos. Llegaron a la habitación del origen del fuego y al abrir la puerta por completo, después de hacerse para atrás cuando el calor de las llamas comenzó a salir del cuarto, divisaron al brujo tendido en el piso.
- ¡Manuel! -Gritó Catalina al verlo, y dio un paso al frente, lista para entrar por el brujo a la habitación, pero María la detuvo. Catalina estaba lista para gritarle, cuando vio que María solo quería que esperara hasta que pudiera desatar su capa. Enseguida entraron las dos, María cubriendo sus cuerpos del calor de las llamas y las chispas que saltaban con su capa, mientras que Catalina se arrodillaba junto al brujo para alzarlo por debajo de los brazos. La muchacha terminó colocando al chico sobre su hombro como los vendedores llevaban los sacos de verduras. Al levantarse, sus rodillas quedaron dobladas por el peso, y su respiración se complicó debido al esfuerzo extra, pero se sujetó con una mano del vestido de María, y siguió la guía de su amiga fuera de la habitación y fuera del pasillo colmado de humo.
Dejaban atrás lo peor de la nube, cuando Luciano llegó a su encuentro gritando “¡Fuego!”. Al verlas junto a su carga, apresuró el paso y el volumen de sus gritos, aunque el sector estaba tan vacío que costaba pensar que alguien lo escucharía.
- ¿Qué sucedió? -Preguntó con urgencia, pero se detuvo para recibir el peso de Manuel en sus brazos. Los tres continuaron alejándose del origen del fuego, con las chicas tosiendo continuamente mientras caminaban.
- Lo encontramos… en un cuarto en llamas… desmayado, y con golpes -Pudo decirle Catalina, antes de apoyarse contra la pared cuando decidieron que estaban lo suficientemente lejos. Para estar seguros, se habían dirigido hacia los jardines interiores.
- Debió toparse con los malos, y lo dejaron allí -María tenía los ojos llorosos y carraspeaba con fuerza, tratando de quitarse el sabor a hollín de la boca.
Luciano dejó al brujo en el piso y con cuidado revisó que siguiera respirando, también buscó alguna herida abierta que pudiera preocuparlos más de la cuenta, pero el brujo solo parecía tener marcas rojas en el rostro y un par de ampollas en las manos. Lo recostó de lado, con una mano y rodilla flexionada al piso igual como le habían enseñado.
- Quédense con él, iré por ayuda para el fuego -Les dijo con prisa, comenzando a rehacer sus pasos hacia la parte del castillo en donde sabía había personas en ese momento- Y estén alerta por si regresan -Lo último se lo dijo especialmente a Catalina, señalando la espada que llevaba amarrada a la cadera.
- ¡Ve! ¡Ve! -Le indicó la muchacha con una mano, volviendo a toser al acabar de hablar. Luciano les dio un último vistazo a los tres, asegurándose que estaban golpeados y sucios, pero fuera de peligro.
- ¡Fuego! -Gritó a toda vos mientras avanzaba. Pronto el resto de la gente del castillo comenzó a escullarlo, principalmente los sirvientes, que se pusieron en marcha en cuanto les dijo la dirección del incendio.
…
Julio no estaba haciendo buen tiempo, tratando de avanzar entre la multitud hasta el duque de Nueva Granada. Tampoco ayudaba que el hombre tendía a moverse de un lado a otro en la habitación, controlando pleitos y dándole una mano a los caballeros para contener a toda la gente dentro del salón. El pequeño príncipe estaba siendo encerrado entre dos frentes hostiles de Velez y Caravantes cuando alguien lo sujetó de una de sus inquietas manos. De un tirón, la persona lo sacó de entre las faldas de las bulliciosas damas, y el príncipe acabó con el rostro apoyado en el pecho de su amigo Daniel, quien rodeó sus hombros con uno de sus brazos, mientras mantenía el otro alzado frente a ellos, abriéndose paso con mayor facilidad.
- ¡Parecía un poco abrumado allí dentro, mi príncipe! -Bromeó el chico con una sonrisa, la que Julio no tardó en devolver.
- ¡Daniel! ¡Ya volviste! -Exclamó el niño, tan feliz y aliviado como se escuchaba.
- Mi madre decidió que tenía suficiente del campo y deseaba volver al castillo, aunque no pensó que las cosas serían tan interesantes a nuestro regreso.
- ¡No vas a creer todo lo que ha pasado! -Julio disfrutó un poco más tener a su amigo de vuelta, pero su cabeza pronto recordó el asunto del cual debía encargarse- ¡Debes ayudarme a llegar al duque! ¡Es importante!
- Ya lo creo -Aseguró el chico más alto, y enseguida buscó al duque de Nueva Granada entre todas las cabezas. En cuanto lo divisó cerca del rey, cambió el rumbo de sus pasos, y fijó su brazo extendido frente a ellos- ¡Allá vamos!
Con la ayuda de Daniel, tardaron mucho menos en cruzar la habitación, y fueron lo suficientemente rápidos para alcanzar al duque antes de que decidiera que su presencia era requerida en otro lado.
- ¡Señor! ¡Señor duque! -Julio soltó la cintura de su amigo, de donde había estado aferrado todo el camino, y se lanzó sobre el hombre mayor, sujetando su túnica y jalando de ella para captar su atención.
- ¡Príncipe! ¿Qué sucede? -Gabriel cortó sus palabras para uno de los consejeros de Guillermo Tañazco, y llevó su atención inmediatamente al hijo menor del rey. El chiquillo lo miraba con ojos grandes, y en su agarre notaba temor, para nada extraño tomando en cuenta la situación. Comenzó a planear cómo retirar al pequeño príncipe del lugar, para que no siguiera presenciando las fieras discusiones que se estaban llevando a cabo.
- ¡Tengo que confesarle algo! -Y como habían decidido, Julio le dijo todo al duque de Nueva Granada. El hombre se horrorizaba más y más con cada palabra que decía el pequeño príncipe, Daniel estaba igual de consternado, escuchando la historia a las espaldas de Julio.
- ¡Temíamos que no nos creyera al igual que mi padre! ¡Pero ahora están en el castillo y mi equipo necesita refuerzos!
El mayor controló su espanto, apretando una de sus manos en el mango de su espada, y se volteó a uno de los caballeros apostados cerca de la puerta de entrada.
- ¡Tú! ¡Ve por más caballeros, y llévalos a buscar en el…!
No había acabado de hablar cuando las puertas se abrieron con un guardia empujando cada costado, y sir Luciano apareció en el centro, parado justo a la entrada del salón, gritando.
- ¡Fuego! ¡Fuego por el ala oeste! ¡Deben salir al patio! ¡Todos!
- ¡¿Fuego?! -Gritaron horrorizados doña Marcela y don Guillermo.
- ¡Lo que faltaba! -Gritó con la cara más que roja el señor Demetrio, volteándose al resto de su gente- ¡Ahora también nos culparan de esto!
Gabriel ignoró a los visitantes, volteando a mirar al príncipe Julio, quien cubría su boca con ambas manos.
- ¡Guardias! ¡Escolten a esta gente al patio! -Gritó sobre el escándalo del resto de la habitación- ¡Los sirvientes vayan por baldes! -Continuó, señalando hacia la lavandería, y finalmente regresó su vista a sus hombres- ¡Los caballeros vengan conmigo!
Julio enterró su rostro en el pecho de Daniel, y el mayor reaccionó abrazándolo con fuerza.
…
Las noticias del fuego pronto llegaron a oídos de Martín. Primero comenzó a sentir una molestia en su nariz, percibiendo un olor a humo que le recordaba a sus pocas excursiones patrullando poblados, donde tuvo el placer de acampar en el bosque con su escuadrón. Por eso le pareció muy extraño encontrarse con ese olor en el castillo. El rubio se separó de la puerta contra la que había estado apoyado, ignorando las amenazas de Miguel, y comenzó a mirar con atención el fondo del pasillo, por si llegaba a percibir algún atisbo de humo, también intentó expandir su audición más allá de los reclamos del príncipe. Fue entonces que captó el murmullo lejano, que cada vez se iba haciendo más cercano, de varias personas gritando “Fuego”.
El cabello de sus brazos y nuca se erizó ante aquella noticia, y soltó un pesado aliento.
- ¡Martín! -Miguel pronto se percató de que algo andaba mal, y reanudó sus esfuerzos para que lo liberaran, golpeando y pateando la puerta mientras llamaba a su amigo- ¡Martín! ¿Qué está pasando? ¡Abre la puerta! ¡Ahora!
Sir Martín lo pensó por un momento, pero al ver a uno de los mozos de cuadra corriendo con un balde de agua a cuestas por uno de los extremos del pasillo, no le siguió pareciendo buena idea retener al príncipe en la habitación. Rápidamente quitó el seguro de la puerta, tirando el tablón de madera a un lado sin mucho cuidado, y abrió una de las alas para Miguel. El príncipe salió del cuarto dirigiéndole una mirada filosa, con las manos cosquilleándole, tanto por los golpes que le propinó a la puerta, como por sus ganas de golpear a uno de los dos traidores que lo habían encerrado tan indignamente en contra de su voluntad.
- ¡¿Dónde está Burgos?! -Rugió, antes de reparar en el caos que podía verse en uno de los extremos del pasillo. Al escuchar los gritos, su cara perdió mucha de la furia que había tenido, e intercambió una preocupada mirada con el rubio.
- ¿Dónde está Francisco?
…
Francisco escuchó a los hombres mucho antes de verlos y los siguió a una buena distancia, tratando de ser tan sigiloso como su padre alguna vez trató de enseñarle en sus pocas salidas de caza, antes de que el marqués se diera por vencido ante su escaso interés en el asunto. En realidad, su experiencia escabulléndose por el castillo junto a Manuel estaba siendo su pauta por el momento, por lo que no se sorprendió cuando en un descuido su bota se deslizó por el suelo creando un acusador chillido y los hombres acabaron descubriéndolo.
Los sujetos desenvainaron sus espadas, pero Francisco no les dio tiempo a que fueran por él, comenzó inmediatamente a dispararles flechas directo al cuello y el pecho, que los hombres no tuvieron de otra más que esquivar, olvidándose de atacarlo con sus espadas. En vez de eso huyeron, corriendo por trechos, ocultándose detrás de los pilares para escapar de sus flechas y luego volviendo a correr. Así los persiguió hasta uno de los cuartos dispuestos para visitantes importantes, con estancias separadas del dormitorio y espacio para sirvientes personales, por lo tanto, con más de una entrada. Francisco fue recogiendo sus flechas cada vez que podía hacerlo, aunque llegó con una importante merma al cuarto, pero de todas formas entró.
Atravesó rápidamente el espacio destinado a un sirviente, y llegó a la estancia en la que las visitas eran recibidas, donde volvió a encontrarse con los hombres.
El tipo con el pelo castaño rizado comenzó a lanzarle todo lo que tenía a mano; floreros, libros, y hasta pequeñas estatuillas de ornamentación, mientras su compañero rubio intentaba acercarse. Francisco hizo lo mejor para esquivar los incesantes proyectiles y apuntar, al mismo tiempo que mantenía al segundo atacante lo suficientemente lejos de él para que no pudiera usar su espada. Consiguió acertar un disparo, unos tres dedos debajo de la clavícula derecha del hombre castaño. Fue suficiente para aturdirlo unos minutos. Lamentablemente, había descuidado a su otro contrincante, y este pudo alcanzarlo, levantando su espada para ensartarla en el muchacho. Francisco alcanzó a usar su arco como protección, la madera reforzada del cuerpo fue suficiente para detener la espada, y Francisco aprovechó el desconcierto del hombre para torcer su arco con fuerza, llevándose la espada con él, consiguiendo que la empuñadura se resbalara de las manos de su oponente. Al arrojar su arco con la espada incrustada a un lado, golpeó por accidente la cara del sujeto con una de las palas del arco, dándole un segundo más de ventaja, la que aprovechó para lanzar su puño contra el rostro del hombre fornido frente a él. Sus nudillos retumbaron al estrellarse contra la quijada del sujeto, y el dolor se extendió al resto de su brazo.
- ¡Ugh! -Se quejó, pero no tuvo tiempo para masajear su mano. El hombre se lanzó sobre él y Francisco hizo lo mejor para retroceder y mantener los brazos frente a su rostro. Recibió varios golpes en sus costados, y otros cuantos por el borde de su cabeza antes de conseguir propinarle un nuevo golpe a su rival. Su puño cayó sobre la nariz del sujeto, hasta escuchó el crujido, pero no estaba seguro si fue la nariz del otro o su mano el origen del sonido. El dolor le dio la idea de usar algo más para golpearlo, y en el pequeño instante en el que su agresor estaba recuperándose de su reciente golpe, Francisco descolgó la aljaba de su espalda, y comenzó a golpearle la cara con ella. Una, dos, tres, cuatro veces golpeó al otro hombre, sus flechas volaron fuera del estuche y se desperdigaron por el suelo. Pronto el rubio las acompañó tirado en el suelo, vivo pero inconsciente por el momento.
- ¡Ahhh! -Francisco escuchó el grito del castaño acercándose, y levantó la mirada para verlo, un hilo de sangre caía por su túnica, pero se aproximaba a él ignorando por completo su herida, con un brazo alzado y sosteniendo una daga en la mano.
Francisco le devolvió el grito, y levantó su maltratada aljaba, lo único con lo que contaba para hacerle frente. El hombre corpulento le cayó encima, resistiendo los pocos golpes que Francisco pudo darle con su aljaba, antes de que consiguiera sujetarla y arrancársela con un fuerte jalón. Cayeron al piso luego de eso, forcejeando con fiereza, en una pelea que el más joven e inexperto de los dos estaba a poco de perder.
- ¡¿Burgos?!
El muchacho escuchó la voz del príncipe cerca, buscándolo, y dio un fuerte grito para atraerlo al cuarto. En su distracción, su atacante consiguió mover la mano que sostenía la daga a su costado, y el muchacho sintió un dolor punzante en el lado derecho del estómago justo cuando dos pares de pies ingresaban al cuarto.
- ¡Francisco! -Gritó el príncipe, llamando la atención del hombre encima del muchacho.
Con su atacante distraído, Francisco usó lo último de su energía para alzar su brazo y golpear la quijada del otro por debajo del mentón. Lo golpeó con tanta fuerza que la cabeza del sujeto se fue como un látigo hacia atrás. Al instante sus brazos dejaron de sostenerlo y todo su peso cayó sobre el chico, quien soltó otro grito de dolor al verse aplastado.
- ¡Fran! -El príncipe se recuperó de la impresión. Sus piernas, que habían quedado inmóviles al toparse con tal escena, volvieron a responderle y fue corriendo al lado del joven en el piso, mientras Martín se encargaba del segundo hombre a unos metros detrás de Francisco, que comenzaba a moverse nuevamente.
Francisco acabó de quitarse al sujeto de encima con movimientos torpes de sus brazos e intentó levantarse, pero al sostenerse del sillón a su izquierda sintió de nuevo ese dolor punzante en su costado. Soltó otro grito ahogado y llevó su mano derecha hasta la zona afectada, rozando con sus dedos la tela húmeda de su túnica.
- ¿Qué…? -Miró hacia abajo, y solo entonces comprendió que el hombre lo había apuñalado antes de que se lo quitara de encima.
- ¡Dioses, no! -Miguel estuvo a su lado en segundos, alcanzando a sostenerlo cuando los brazos del muchacho se rindieron. Con cuidado, lo ayudó a volver a tenderse en el suelo, manteniendo una mano detrás de su cabeza y con la otra comenzó a hacer presión en su herida, sacando otro gemido de la boca de Francisco.
- ¿Qué? ¡¿Qué pasó…?! ¡Fran! -Miguel miraba con ojos perdidos toda la habitación y la herida del chico, sin poder completar ninguna oración.
- Te dije… una trampa… -Francisco estaba sintiendo demasiado dolor en todas partes, y su cuerpo se había vuelto inmensurablemente pesado para él. Miguel soltó un sollozo, sus ojos comenzaban a nublarse de inconvenientes lágrimas, y no podía pensar en nada más que en la sangre de Francisco que comenzaba a filtrarse entre sus dedos.
- ¡No, no, no! Lo siento… ¡Perdóname! -Su voz seguía entrecortada, y mordió con rabia su labio inferior. Así los encontró el duque de Nueva Granada, llegando con varios de sus caballeros, todos con órdenes de revisar el ala oeste en busca de los atacantes del príncipe.
Martín debió sostener de los hombros al tembloroso joven, para apartarlo y que permitiera a un grupo de caballeros llevar a Francisco, inconsciente, a los cuartos del galeno.
- Perdóname…
…
Ni Martín ni Miguel supieron que alguien más se había topado con los dos hombres hasta que pudieron llegar a la enfermería. Primero Miguel quiso asegurarse de que el incendio en el castillo estaba controlado y que los bandidos estuvieran bien custodiados en sus celdas, pero más tiempo no pudo soportar el príncipe antes de ir con el joven Burgos. Se toparon con algunos otros cortesanos retirándose o alrededor de los cuartos del galeno, cargando con botellas de esencias calmantes para usar luego del susto que el fuego en las habitaciones y el estrés de ser evacuados al patio les provocó. Algunas damas y niños se hallaban abrazados y llorando por los costados. Miguel se sintió conmovido, pero no se detuvo a hablar con ninguno de ellos.
Al entrar en una de las habitaciones, se sorprendieron al toparse con María y Catalina, sucias por la ceniza en sus vestidos, aspirando vapores de hierbas en una esquina.
- Alteza… -Comenzó Catalina con la voz temblorosa, a su lado, María miraba un tanto nerviosa hacia atrás. Siguiendo la dirección de sus ojos, Miguel y Martín se toparon con el brujo de la corte, recostado sobre una de las camas para pacientes del galeno. Sir Luciano se encontraba de pie a su lado, su rostro igual de afligido que el de las muchachas. El brujo estaba inmóvil, cubierto de ceniza y con los bordes de sus mangas y túnica chamuscada, al igual que su cabello.
- ¡No! -Martín se tornó un torbellino de emociones al verlo así, se olvidó de su compañía y con la mente imprudente de un enamorado, se arrojó en la dirección del brujo, casi desplomándose a un lado de la cama si no fuera por Luciano que lo atrapó con ambos brazos, impidiéndole que cayera sobre el chico en su desesperación.
- Él está bien, solo está dormido -Le susurró al oído su amigo, sin ceder ni un poco, aunque el rubio estuviera enterrando las uñas en sus brazos para que lo soltara.
- P-pero… ¡Miralo! ¿Qué le pasó…? -Sollozó el rubio, sin quitarle la vista al brujo, y estirando una mano para intentar tocarlo.
- Por favor, no hagas una escena, no somos los únicos aquí -Le dijo Luciano, sintiéndolo por el otro, que al recordar a las chicas y los asistentes que en cualquier momento podrían atravesar de una habitación a otra, hizo lo mejor para recomponerse.
Martín pestañeó con fuerza y se frotó los ojos rápidamente, dándole una palmada al brazo de Luciano cuando estuvo listo para que lo soltara. Pero al ver otra vez el estado de Manuel sobre la cama, volvió a soltar un sollozo, que los demás hicieron lo mejor por ignorar. Aunque María tenía los ojos brillosos, tanto por las lágrimas de angustia, como por fin comprobar la sospecha que tenía desde hace años.
Miguel, aún parado en la puerta, hizo lo mejor para ocultar sus lágrimas al hacer su propia observación del brujo. La cara de Manuel se veía sonrojada por la exposición al fuego, y en general mostraba un deplorable aspecto, tanto por la ceniza como por el efecto del calor. Desvió la vista cuando Martín intentó juntar sus ojos con los suyos, y la culpa que sentía se incrementó gracias a esos segundos en que vio el rastro de llanto en los ojos de su amigo.
Los reparos de Luciano se hicieron justificados en los próximos minutos, cuanto un asistente entró corriendo desde otro sector de los apartamentos del galeno, cargando con varios trozos de vendas y una cubeta de agua. No les prestó más atención que la debida para inclinarse ante Miguel, y continuó hasta la puerta al fondo de la habitación, por la que entró luego de empujarla con su hombro. Del otro lado, Miguel logró divisar al galeno y otro aprendiz, los dos concentrados sobre un paciente de mayor gravedad. Miguel se puso en marcha en cuanto reconoció la túnica ensangrentada de Francisco tirada en el suelo a un lado de la cama.
- ¡Fran! -Llegó a la puerta con pocas zancadas, listo para entrar y pedirle un reporte de su condición al galeno, pero el asistente que acababa de llegar se puso en su camino impidiéndole pasar.
- Lo lamento alteza, pero no puede entrar aquí -Le informó apenado, pero comenzando a cerrar la entrada.
No pudo decir nada más antes de que le cerraran la puerta en la cara. Respiró hondo por un largo tiempo, tratando de controlar su primera reacción de echar la puerta abajo. Sentía la mirada del resto en su espalda, así que se obligó a calmarse, cerrando los ojos con fuerza. Finalmente, cuando estuvo seguro que no lloraría ni comenzaría a gritar por cualquier cosa, se volteó hacia el resto de sus conocidos y amigos. Hizo lo mejor por no mirar en la dirección de Manuel, en vez de eso, concentró su atención en los cuatro jóvenes despiertos y, con toda la humildad y disposición que le habían faltado esas últimas semanas, pidió que le contaran qué sabían de la situación.
…
El duque de Nueva Granada interrogó a los hombres personalmente, sin obtener mucho en primera instancia, pero una vez los caballeros atendiendo el cuerpo del atacante muerto en el bosque descubrieron la marca de Piedra Negra en la parte interior de su muslo, no hubo manera de que siguieran negando estar relacionados. Tatiana también acabó delatándose, intentó huir del castillo entrada la noche, con una de sus doncellas y dos de sus escoltas, pero gracias a las precauciones que el rey había decidido tomar con las rondas nocturnas de los guardias, se consiguió detenerlos antes de que pudieran ir muy lejos. La joven de Piedra Negra fue mantenida en uno de los calabozos junto a sus acompañantes, por insistencia de los dos príncipes a su padre. Miguel habría querido hacer más cosas con Tatiana, recordando el estado en que se encontraban el brujo de la corte y el joven Burgos, pero una mirada de su padre le recordó que no podían actuar como totales bárbaros, aunque ambos lo quisieran.
El brujo de la corte despertó minutos antes de la puesta de sol, con una horrible tos que el galeno solo pudo controlar luego de un intenso tratamiento con hierbas y vapor. Lo dejó bajo el cuidado de la joven hija del duque y sir Martín, para volver a concentrarse en su otro paciente de importancia: el joven Burgos, a quien sobrevino una brutal fiebre casi en el mismo instante en el que su amigo había despertado.
El brujo de la corte pudo contar su parte de la historia, entre carraspeos y aspiraciones al curioso aparato de aluminio que sostenía entre las piernas, donde el galeno había introducido la infusión de medicinas para su garganta. Le informó al duque su sospecha, de cómo los hombres habían ingresado a los cuartos del castillo por uno de los pasadizos que conectaba a los jardines, y que probablemente habían estado escondidos allí por un tiempo antes de salir en donde se enfrentó a ellos e iniciaron el incendio. Manuel aprovechó de hacer un pequeño comentario, sobre cómo en el futuro deberían evitar darle a una comitiva desconocida cuartos con acceso a los pasadizos secretos, por muy sorpresiva que fuera su llegada. El duque estuvo totalmente de acuerdo, al igual que el rey, quien se mostró más que apenado durante su visita a las habitaciones del galeno. Manuel decidió no hacer ningún comentario sobre sus ojos vidriosos al mirarlo, puesto que aún estaba molesto con él, pero no tanto como para avergonzarlo por eso.
Quien no sabía, para nada, cómo sobrellevar lo acontecido era Miguel. El príncipe estaba demasiado tenso, furioso y avergonzado como para pensar en dormir, o ir a hacer de diplomático y hablar con las otras tres marcas, que pedían explicaciones de todo lo que estaba pasando, y se preguntaban si terminarían en los calabozos al igual que los de Piedra Negra, por mucho que el rey les asegurara que no. Por eso se encontraba dando rondas entre los calabozos donde habían ido a parar la gente de Piedra Negra, y la enfermería donde aún mantenían a Manuel y Francisco. En verdad, el brujo podría haber vuelto a su cuarto con sir Martín o sir Luciano de escolta, pero demandó una cama cerca de su amigo. La fiebre del joven Burgos había sido controlada pocas horas luego del anochecer, así que el galeno aceptó las demandas del brujo; además, un compañero de cuarto sería útil para avisarles de cualquier complicación que se pudiera presentar durante la noche.
A la mañana siguiente, los representantes y el rey habían dado por finalizadas las negociaciones de comercio, finalmente, y las tres comitivas se aprestaban para dejar el castillo y volver a sus terrenos lo más deprisa que les fuera posible, en caso de que ocurriera otra calamidad. Fue por eso, que los representantes recibieron las trompetas de aviso como una señal de que otra desgracia se avecinaba sobre ellos.
- ¡No puede ser! -Gruñó Demetrio sobre su caballo, llevando una mano a su espada, decidido a salir de aquel condenado reino aunque tuviera que ir apuñalando a su paso demonios y bestias de tres cabezas.
No fueron demonios ni nada tan sorprendente lo que ingresó al patio, aunque la gente de Tañazco, Velez y Caravantes dirían que la tropa de soldados sobre imponentes caballos que apareció ante ellos, comandada por nada menos que el marqués de Burgos, sí que era lo más sorprendente y aterrador que habían visto en su vida.
- ¡No más! ¡Por favor! ¡No más! -Don Guillermo estaba al borde del colapso, solo quería volver a su fortaleza con su esposo para que él se encargara de los tratados, viajes diplomáticos y todo eso a partir de ahora. Así que hizo el ademán de arrojarse al piso a pedirle clemencia a ese señor de guerra, pero Marcela lo sujetó antes de que pudiera llevar acabo un acto tan vergonzoso, y a empujones lo llevó a su carruaje.
- ¡Vámonos! ¡Mueve tu trasero y salgamos pronto de este infierno! -Le aconsejó entre gruñidos. Subió con él al carruaje, encargándole a su guardia principal que los alcanzaran en los campos al comienzo del bosque, y le dio la señal al chofer de su vecino para que avanzara. Don Demetrio no tardó en seguirlos, aprovechando el camino que el carruaje abría entre el batallón recién llegado.
Fernando ignoró a las asustadas personas, que continuaron a paso redoblado con los últimos detalles para marcharse. Después de darles un rápido vistazo supo que su enemigo no estaba entre ellos, así que desmontó su caballo, dándole una señal a sus hombres para que aseguraran el perímetro, y comenzó a subir las escaleras con pisadas firmes, con la ira que había estado acumulando desde que partió de Burgos a flor de piel.
A su encuentro llegó el duque de Nueva Granada, feliz de ver a su amigo de la infancia una vez más, pero un tanto aterrado por lo que pudiera hacer el marqués al enterarse de todo lo que había pasado, sobre todo con su hijo.
- ¡Fernando! ¡Qué alegría que estés aq…!
- ¡Guárdatelas, Gabriel! ¡¿Dónde están?! ¡¿Y dónde está ese traidor?! -Le gritó el marqués al duque, mientras seguía con su camino hacia el interior del castillo. El duque fue tras él, tratando de retrasar la confrontación del rey y el marqués por el mayor tiempo posible.
- Te complacerá saber que la gente de Piedra Negra ya ha sido apresada -Se apresuró a decirle, sabiendo que aquel detalle era el primero que debía escuchar Fernando, si es que quería contener el próximo desastre al mínimo.
- ¿A sí? -Cuestionó el furioso hombre, y la pizca de suspicacia que se coló en su voz no pintaba bien- ¿Qué tuvieron que hacer para que por fin escucharan razones? ¿Quemaron los cultivos? ¿Sacrificaron una virgen? ¿Desplumaron al pomposo fénix de Javier? -Un sirviente tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino del marqués de Burgos, y ante su sola presencia acabó tirando su cesto de ropa sucia al suelo, pero se hizo a un lado, pegándose a la pared para dejar que el iracundo noble siguiera caminando- Francisco parecía seguro de que tendría que venir alguien de Burgos a encargarse, pues el rey no estaba dispuesto a aceptar que había invitado una serpiente a dormir.
Gabriel no podía negar nada de eso, así que se concentró en informarle sobre los ataques al príncipe heredero, y los intentos por incriminar a las otras marcas visitantes, y que aún no podían hacerlos hablar sobre ciertos detalles, como si su llegada junto al resto de las marcas había sido premeditada o accidental, y si los ataques eran por incentivo propio de Piedra Negra, o la corona del reino vecino era quien movía los hilos.
- No dirán nada sobre eso. Serán unas cucarachas, pero aún le guardan lealtad a su soberano -Le aseguró Fernando, dejando fuera su opinión personal de que el rey del norte era casi tan malo como sus nobles de la frontera; no los ayudaría en nada- ¿Trajeron a sus sicarios? Mis informantes dicen que hay toda una línea de sirvientes encargándose de los trabajos sucios como estos.
- ¿Tienen tatuajes? -Preguntó el duque, solo para asegurarse, y ante el asentimiento del marqués, continuó- Sí, los trajeron -Y cuando Fernando le preguntó dónde los tenían, Gabriel le informó que uno había muerto y los otros dos se encontraban bien vigilados en las mazmorras.
- ¿Quién los atrapó? -Siguió preguntando el marqués de Burgos, y entonces el cuerpo del duque comenzó a tensarse en preparación.
- Pues, del muerto se encargó mi hija -Gabriel no se perdió de la casi imperceptible sonrisa que se formó en la cara de su amigo, y la disfrutó un segundo antes de continuar- Y de los otros dos… tu hijo.
Fernando se detuvo inmediatamente, colocando sus intensos ojos sobre su amigo.
-… ¿Qué?
…
- ¡¡Dejaste que mi hijo saliera herido!! ¡En tu castillo! ¡Bajo tus narices! ¡Solo porque te crees más listo que yo al ser el rey! -Fernando caminaba de un lado al otro mientras gritaba, solo con la mesa interponiéndose entre él y sus instintos que pedían golpear repetidamente a Javier, aunque fuera su rey. Gabriel se mantenía observando en una zona neutral, a la cabeza de la mesa de planeación. Se había quedado en lugar de los guardias, para frenar cualquier pelea a golpes que pudiera surgir, y para que todo lo que se gritara en aquella reunión quedara solo entre los tres.
- Nunca me he creído más listo que tú -Comenzó Javier para intentar aplacarlo, y recibió un resoplido en respuesta. El rey apretó sus labios un momento, respirando hondo por la nariz para mantenerse calmado, o al menos más calmado que su amigo- No teníamos ninguna evidencia para culparla o desconfiar de ella…
- ¡JA! -Volvió a resoplar el marqués, logrando provocar al rey, quien tuvo que empuñar sus manos y moverlas tras su espalda para ocultarlas del otro hombre.
- Pensé en hacerte un favor, negociando un trato con ellos para poner un alto al conflicto de una vez, sin que tú tuvieras que verles la cara…
- ¡No me hagas favores! -Gritó el marqués, interrumpiendo sus explicaciones- Tus buenas intenciones no hicieron más que poner a los niños en peligro, ¡Unos niños tuvieron que encargarse de esto! ¡Sí, Gabriel! -Fernando señaló al duque de Nueva Granada con su dedo, haciéndole saber que no se había olvidado de su lugar en este asunto o, mejor dicho, de su poca participación en los hechos.
- Sir Martín y sir Luciano son caballeros capacitados, y Manuel…
- ¡Son unos jovencitos apenas iniciados en las armas! -Dijo, refiriéndose a los caballeros. Con los ojos puestos sobre el rey, Fernando se acercó a la larga mesa de planeación y apoyó ambas manos sobre la madera, reclinándose hacia el otro hombre- Y el hijo de Rayen no está para encargarse de sicarios o niñas perversas que el príncipe lleve a pasear sin pensar en las consecuencias, pero aun así se encargó de proteger a tu hijo cuando tú no pudiste ver más allá de tu nariz -Y ante la mirada horrorizada del duque, el marqués de Burgos le procuró un último golpe bajo al rey- ¿Qué crees que diría si aún estuviera aquí?
…
Francisco se encontraba enternecido y asqueado a igual partes por la escena que tenía al lado. Su amigo se había mantenido en la habitación de la enfermería haciéndole compañía todo el día, con el resto de sus amigos entrando y saliendo para llevarles cosas y entretenerlos. Ahora era el turno de sir Martín de observarlos. Más que nada, se la había llevado abrazando y acariciando al brujo, mientras le susurraba cosas dulces al oído. Sería mejor si lo hicieran en la cama libre, y no encima de Francisco.
La puerta abriéndose los obligó a parar, Martín se alejó rápidamente, apostándose a varios pasos de la cama, con las manos detrás de su espalda, y Manuel se recargó en la pared, preparando su mejor cara de fastidio por si se trataba del rey o Miguel. Se sorprendió bastante cuando fue el marqués de Burgos quien entró por la puerta, los tres se sorprendieron.
- ¡Papá! -Exclamó Francisco, sintiendo un gran alivio al verlo en la puerta.
- ¡Señor! -Dijeron los otros dos. Martín terminó de erguirse, algo intimidado ante la presencia del hombre, y Manuel se levantó de la cama, sin saber qué hacer con sus manos o su cara.
- Señor Fernando, excelencia -Manuel comenzó a inclinarse, hasta que recordó que su rango era más alto que el del marqués, y que a este nada le interesaban esas cosas de etiqueta.
- Joven Manuel, sir Martín -El marqués de Burgos inclinó la cabeza hacia los dos muchachos, algo sorprendidos al ver que reconocía al joven rubio- Déjenme agradecerles por su buena labor y eficacia en esta tormentosa situación, han excedido las expectativas e ido más allá de sus obligaciones.
Ambos chicos se sonrojaron ante sus palabras, e intercambiaron rápidas y entusiastas miradas.
- Oh, para nada, señor, es mi deber proteger a la corona… -Comenzó Martín, con los ojos brillantes por los halagos del marqués.
-…y yo no iba a dejar a Francisco solo en esto, señor, jamás -Acabó Manuel, sonriendo de oreja a oreja, también animado por la aprobación del padre de su mejor amigo.
El marqués volvió a asentir, y se aclaró la garganta para volver a hablar.
- Ahora, quisiera unos minutos a solas con mi hijo -Lo dijo amablemente, pero los dos chicos lo tomaron como la orden que era, y se precipitaron a la puerta al instante.
- ¡Claro señor!
Martín salió primero, siendo que Manuel se detuvo un momento en frente del marqués para agradecerle su presencia, aunque la amenaza ya hubiera terminado.
- Sé que Francisco se sentirá más tranquilo con usted aquí -Dijo Manuel, superando sus nervios por la penetrante mirada del marqués sobre él.
- Lo sé -Contestó Fernando después de un segundo mirando al muchacho que, cada vez que lo veía, le recordaba más a su antigua amiga. Solo por eso se permitió el placer de darle una palmadita en la cabeza al muchacho, antes de acabar de sacarlo de la habitación.
En cuanto estuvieron solos, avanzó hasta la cama y se sentó junto a su hijo, haciendo una exhaustiva revisión de todos los moretones y pequeñas heridas que podía apreciar, le dedicó un poco más de atención a las vendas en su estómago, pero pronto lo miró directamente a los ojos.
- Lo hiciste bien, Francisco -Le dijo con la voz suave, y el chico dio una larga exhalación, relajándose sobre la cama.
- Gracias papá -Dijo con una sonrisa. Su padre asintió una vez más, y levantó la mano para llevarla a su cabeza como lo había hecho con el brujo, pero esta vez la dejó allí, acariciando el cabello de su hijo por un largo tiempo.
- Estoy orgulloso de ti, muy orgulloso, hijo.
…
Miguel cerró la puerta con cuidado, con la vista en la madera en lugar de la cama donde reposaba Francisco. El joven Burgos en cambio, miraba su espalda atentamente, notando el cansancio del príncipe en sus hombros caídos y en su cabeza baja, pero Francisco estaba más cansado que el príncipe, abatido y adolorido por los moretones y la herida en su costado, así que su simpatía por el otro era mínima.
Al cabo de un tiempo, el príncipe dejó su puesto a un lado de la puerta, y caminó hacia la cama. Aún con los ojos evitando la figura del chico, recorrió el cuarto con la vista, mirando hacia el segundo lecho en la habitación, desocupado en aquel momento, como se había asegurado que estaría. Caminó lentamente hasta llegar a la silla junto a Francisco, y con movimientos rígidos se sentó. Un tenso silencio se mantuvo entre ambos, Miguel se encontraba incapaz de levantar la vista de sus rodillas, y Francisco no podía apartar su mirada acusadora del príncipe, aunque no le interesaba dirigirle la palabra por el momento.
Fue el príncipe quien primero se doblegó ante la presión, y llenó el silencio con detalles sobre el manejo del castillo ahora que los visitantes del reino del este se habían ido, y sobre los prisioneros que se encontraban custodiando.
- Nuestros padres no han parado de discutir desde la mañana, con el duque corriendo de un lado a otro para llevarles el paso. Sería divertido si el marqués no fuera tan aterrador cuando está enfadado -Miguel juntó las manos sobre sus rodillas, apretando los dedos entrelazados, en un intento por calmar sus nervios. Cambió su mirada del suelo hacia la ventana, observando el día claro que no se perturbaba a pesar de todos los conflictos dentro del castillo, y se aclaró la garganta para proseguir.
- Catalina está disfrutando todos los halagos que su participación en nuestro enfrentamiento en el bosque le han traído. Realmente se merece esta buena atención, aunque casi despedaza a palabras a uno de los caballeros más jóvenes, después de que se atreviera a sugerir que “lo había hecho bien, para ser una mujer”, fue bastante inspirador, según Luciano -Miguel sentía una gota de sudor cayendo por su nuca ante el silencio constante de Francisco, por eso acabó reuniendo el valor para mirarlo de una vez. Se encontró con que el joven ya ni siquiera lo estaba viendo, y sus palabras comenzaron a salir más rápido de su boca, tratando de llamar su atención, aunque fuera luego de fastidiarlo con su reporte interminable- Luciano y Martín también están en boca de todos, siendo los caballeros que ayudaron al brujo de la corte, al príncipe Julio y al hijo del marqués para atrapar a los villanos, Julio estaba sugiriéndole al duque alguna clase de recompensa para…
El príncipe volvió a apretar las manos cuando el nudo en su boca no le permitió seguir hablando, sentía la cara caliente, avergonzado y frustrado por el desinterés de Francisco, o su fingido desinterés, pues sabía muy bien que estaba escuchando cada palabra tonta que salía de su boca. Así que respiró hondo un par de veces, tragando saliva para despejar su garganta, y dejó que algo de la frustración que sentía se colara en su voz cuando pudo volver a usarla.
- Si quiera puedes… mirarme -Murmuró gravemente, y cuando eso no le consiguió otra respuesta más que el continuo silencio de Francisco, cambió su postura y se desplomó sobre la silla. También decidió tragarse su orgullo y mostrar un poco de su desesperación-… por favor.
Francisco no respondió inmediatamente, haciendo pensar al príncipe que tendría que suplicar más, lo cual haría, si fuera necesario, pero antes de que Miguel decidiera arriesgarse arrodillándose a un lado de su cama, el joven habló, pero no hizo más que una sola pregunta.
- ¿Por qué?
La habitación volvió a quedar en silencio luego de eso, tanto que Francisco por fin volteó su mirada. Miguel aún se encontraba con sus manos entrelazadas sobre las rodillas, mirándolo como un cachorro confundido, sin entender para nada lo que se estaba pidiendo de él. Francisco dejó escapar un suspiro y sacudió su cabeza, pero decidió explicarle qué cosa exactamente era la que estaba cuestionando.
- ¿Por qué no confiaste en mí?, Después de todos estos años, no podías solo… -Movió una de sus manos alrededor, frustrado por su incapacidad de poner en palabras todo lo que quería decir, y la torpeza de Miguel para entenderlo. Acabó cruzando sus brazos sobre su pecho, llevando su mirada hacia los pies de su cama para no verle la cara al príncipe, y resopló- ¡Ash! No tenías que hacer todo lo que decía, pero al menos pudiste escucharme…
- ¡Claro que te escuché! -Lo interrumpió Miguel, un tanto herido porque el joven pensara lo contrario- Te escuché, ¡Pero ese no eras tú, Francisco! Solo había ira cuando hablabas…
- ¡No! ¡No lo era! -Gritó Francisco, sorprendiendo al príncipe con su repentino arrebato- Te la pasas hablando de Manuel y su falta de experiencia fuera del castillo, ¡Cuando tampoco sabes todo lo que pasa fuera de aquí! ¡Ni tú ni el rey saben todo lo que pasa en Burgos! -Francisco mantenía sus dedos enterrados en las cubiertas de su cama para no sacudirlas junto con sus gritos. El príncipe se mantenía tieso a su lado, mirándolo con los ojos bien abiertos al igual que su boca mientras lo escuchaba desahogándose- Y los dos, ¡Los dos! Decidieron ignorarme, ¿Y por qué? ¿Porque no parecía yo mismo? ¡No! ¡Solo no quisiste tomarte el tiempo para entender! ¡Si lo hubieras hecho te habrías dado cuenta de que no era solo ira! ¡Tenía miedo, Miguel! -La garganta de Francisco comenzaba a doler, igual que su costado, y sus ojos empezaron a humedecerse, pero no quería parar hasta que pudiera acabar con todo lo que tenía para el príncipe- ¡Estaba aterrado! ¡Por todo! Por todo lo que podía pasar en el castillo con ellos aquí, lo que podían hacerles a nuestros amigos, a Julio, a Manuel, al rey, ¡Y a ti! ¿No ves lo cerca que estuvieron de lastimarte? Y se los habrías permitido por tu orgullo y estupidez, mientras desechabas todos mis miedos y advertencias, ¡Así que no digas que me escuchaste, porque no fue así!
Al acabar con todas sus acusaciones y descargos, Francisco tuvo que recargarse contra la pared detrás de su cama, totalmente exhausto y con la garganta adolorida. Se dedicó a mirar al príncipe, quien seguía estático en el asiento, su pecho casi no se movía con su respiración, y aunque volvió a agachar la cabeza, Francisco podía ver que unas pequeñas gotitas se habían escapado de sus ojos humedecidos.
Volvió a hacerse el silencio en la habitación, interrumpida en ocasiones por la respiración entrecortada del príncipe. Fue después de unos minutos que Miguel pudo controlarse y volver a mirar a Francisco.
- Perdón -Logró sacar de su garganta- Perdón, Fran, solo dime… solo dime qué hacer para arreglarlo, lo que quieras, cuando te recuperes podemos…
- Me iré con mi padre -El joven interrumpió las suplicas del príncipe, con la voz más calmada, pero rasposa por su última sesión de gritos- Cuando me recupere, me iré con mi padre de vuelta a Burgos, he estado fuera mucho tiempo -Miró al príncipe con ojos casi tan duros como los del marqués, y finalizó con una voz igual de determinada- No hay nada que discutir sobre eso.
Miguel apretó su mandíbula, evitando soltar todas las quejas que tenía sobre su decisión, y solo asintió. Acto seguido, se levantó de la silla rápidamente, por poco tirándola al piso, y salió de la habitación frotándose la cara con las manos.