«En nombre de esa ficción que apela, tanto al interés colectivo, al derecho colectivo, como a la voluntad y a la libertad colectivas los absolutistas jacobinos, los revolucionarios de la escuela de J. J. Rousseau y de Robespierre, proclaman la teoría amenazadora e inhumana del derecho absoluto del Estado, mientras que los absolutistas monárquicos la apoyan, con mucha mayor consecuencia lógica, en la gracia de Dios. Los doctrinarios liberales, al menos aquellos que toman las teorías liberales en serio, parten del principio de la libertad individual, se colocan primeramente, se sabe, como adversarios del Estado. Son ellos los primeros que dijeron que el gobierno, es decir, el cuerpo de funcionarios organizado de una manera o de otra, y encargado especialmente de ejercer la acción, el Estado, era un mal necesario, y que toda la civilización consistía en esto: en disminuir cada vez más sus atributos y sus derechos. Sin embargo, vemos que en la práctica, siempre que ha sido puesta seriamente en tela de juicio la existencia del Estado, los liberales doctrinarios se han mostrado partidarios del derecho absoluto del Estado, no menos fanáticos que los absolutistas monárquicos y jacobinos.»
Mijaíl Bakunin: «Dios y el Estado», en Obras completas, Volumen 4. Las Ediciones de la Piqueta, pág. 146. Madrid, 1977.
TGO
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