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Nos dijeron que éramos libres. Y lo creímos. No fue una imposición violenta, ni un decreto que cayera desde arriba como en los viejos regímenes. Fue algo más sutil: una idea que se filtró en la sangre, que reorganizó silenciosamente la forma en que nos pensamos a nosotros mismos. El liberalismo no solo rediseñó el Estado —como bien se articula en su origen, al desplazar la soberanía hacia el individuo y su autonomía —; rediseñó también el alma. Ser libre dejó de ser una condición para convertirse en una obligación. Desde entonces, cada vida es un proyecto. Cada decisión, una inversión. Cada error, una deuda que uno contrae consigo mismo. Ya no hay destino, ni estructura que contenga el fracaso: si caes, caes solo. Si no alcanzas, es porque no quisiste lo suficiente. La libertad, en su forma más pura, se vuelve indistinguible de la culpa. Y sin embargo, algo no encaja. Porque esta libertad no descansa. No libera el cuerpo, lo tensiona. No abre posibilidades, las multiplica hasta volverlas insoportables. Elegir deja de ser un acto y se convierte en una carga constante: hay que elegir siempre, todo el tiempo, incluso quién se es. El yo ya no es algo que se descubre, sino algo que se fabrica. Y como todo lo que se fabrica, puede fallar. Ahí comienza la enfermedad. El sujeto liberal se habita como una empresa. Administra su tiempo, optimiza sus afectos, regula su deseo. Aprende a hablar de sí mismo como si fuera un producto: se mejora, se ajusta, se vende. Ya no trabaja solamente para vivir; trabaja para sostener la ficción de que su vida le pertenece. Pero en esa apropiación hay una pérdida. Porque al convertirse en propietario de sí, el individuo también se convierte en objeto. Se mide, se compara, se calcula. Su valor fluctúa. Su identidad entra en circulación. Aquello que alguna vez fue interior —el deseo, el cuerpo, incluso la tristeza— ahora debe justificarse, mostrarse, tener sentido dentro de una lógica de rendimiento. El cuerpo, sobre todo, paga el precio. Se vuelve un territorio disciplinado: hay que hacerlo rendir, hacerlo durar, hacerlo presentable. El cansancio ya no es una señal, sino un obstáculo. El dolor no se escucha, se gestiona. Y cuando finalmente el cuerpo colapsa —en ansiedad, en agotamiento, en una tristeza sin nombre—, el sistema no se detiene. Solo ofrece nuevas herramientas para seguir funcionando. La libertad, entonces, revela su reverso: no como ausencia de cadenas, sino como su interiorización perfecta. Ya no hay amo visible. No hace falta. El mandato está dentro. Uno se exige, se vigila, se corrige. Se empuja más allá de sus límites creyendo que avanza, cuando en realidad se profundiza en una forma más refinada de sometimiento. No es la fuerza lo que sostiene este orden, sino el deseo: el deseo de ser más, de alcanzar, de no quedarse atrás. Y en ese movimiento perpetuo, algo se rompe. Se rompen los vínculos, porque el otro deja de ser compañero y se vuelve competencia o espejo. Se rompe el tiempo, porque nunca es suficiente. Se rompe la experiencia misma, porque todo debe traducirse en utilidad. Queda entonces una paradoja difícil de nombrar: nunca hemos tenido tantas opciones, y nunca hemos estado tan encerrados. Encerrados en nosotros mismos. El liberalismo prometía proteger la autonomía, y sin embargo la ha saturado. Ha llevado la idea de libertad hasta un punto donde ya no libera, sino que asfixia. Donde elegir ya no es un gesto de afirmación, sino una exigencia permanente que desgasta. Quizá la verdadera pregunta no sea cuánto podemos elegir, sino qué parte de nosotros queda intacta después de hacerlo. Porque hay algo, todavía, que resiste esa lógica. Algo que no produce, que no optimiza, que no responde a ningún cálculo. Algo inútil, improductivo, incluso incómodo. Tal vez ahí —en ese resto— comience otra forma de libertad.
Algunos todavía no se han enterado.
C’è un’idea che molti oggi sembrano aver dimenticato: la libertà non è divisibile. Non puoi avere libertà di parola se non hai libertà di proprietà. Non puoi avere libertà di coscienza se non sei libero di disporre del frutto del tuo lavoro.
Senza libertà economica, il diritto di voto o di opinione diventano gusci vuoti. Perché chi dipende da un padrone per il proprio sostentamento — che sia un signore feudale o uno Stato assistenzialista — non potrà mai dirsi veramente libero.
" La sera del 29 giugno [1857], quando il "Cagliari" operò lo sbarco a Sapri, non trovò quasi nulla. Lo sbarco avvenne in quella dolce costa di Sapri, dov'è tanto cielo e tanto mare, in cui gli aranci sono boschi ed è come una primavera eterna. Dopo aver dichiarato decaduto il Governo di Ferdinando II, Pisacane e i suoi compagni cercavano smuovere le popolazioni. Ma non trovarono che indifferenza. Chi erano costoro? donde venivano? che cosa volevano?
Il cardinal Ruffo era uomo di Chiesa, e avea il prestigio della rossa porpora e della croce d'oro e parlava il linguaggio della passione e della violenza ed eccitava gli odii locali e metteva il popolo contro la borghesia. Ma che cosa volevano coloro che sbarcavano a Sapri? Il drappello procedette nella indifferente avversione popolare. Dopo Sapri il paesaggio diventa montuoso. Sono monti petrosi, piccole pianure piene di sterpi, alberi nani. La spedizione sbarcata così giocondamente nelle vie di Sapri, dové provare un presentimento di morte traversando quel paesaggio di malinconia.
L'avviso era stato dato in tempo, e i soldati e i gendarmi erano in moto. La piccola spedizione non si era accresciuta che di pochi uomini, quando sulla collina detta Morge del Piesco, incontrò le forze regie. Dopo accanito combattimento in cui era per vincere, l'arrivo di truppe reali del settimo cacciatori costrinse la spedizione a ritirarsi, lasciando sul terreno cinquantasei morti, oltre trenta feriti e circa duecento prigionieri. Nella ritirata Pisacane contava internarsi nei boschi e andare a far insorgere il Cilento. Ma a poca distanza gli uomini della spedizione, giunti sotto il passo di Sanza, così triste con le sue case nere, furono assaliti da una turba di contadini e in gran parte uccisi, o feriti, o presi. Pisacane stesso fu ucciso: ed egli che avea sognato il trionfo o una morte eroica, combattendo in pieno sole, giacque ucciso dai contadini in una campagna triste. Era per essi uno straniero? era un nemico? "
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Brano tratto dal saggio breve Eroi (1898) raccolto in:
Francesco Saverio Nitti, Eroi e briganti, Edizioni Osanna (collana Biblioteca Federiciana n° 3), Venosa (PZ), 1987¹; pp. 24-25.
«El técnico no tiene ideología, y menos aún filosofía o sistema. Conoce métodos que aplica con satisfacción porque proporcionan resultados inmediatos. Prevé los resultados que busca. No se trata de fines, sino de resultados. Y después, desde aquí, da un gran salto a lo desconocido, y más allá de lo desconocido encuentra la explicación de todo, la respuesta a todas las objeciones: el mito del Hombre.
Por otra parte, el técnico no cree en ese mito, o cree poco profundamente. No tiene tiempo para profundizar en tales cuestiones. Es una convicción ya hecha y muy cómoda. Es una respuesta apta para todo, cuando se habla de la técnica.
Cierto que no se trata de una justificación consciente: ¿para qué ? El técnico no se siente culpable en modo alguno. ¡Son tan evidentes sus buenas intenciones, y tan indiscutibles los resultados de su técnica! No; el técnico no tiene necesidad de justificarse; pero si alguna vez tuviese la menor duda sobre su tarea, la respuesta sería clara, al mismo tiempo que horrible: no hay nada que decir, puesto que este hombre para el que trabaja el técnico, es también tú mismo. ¿Este Hombre? La Humanidad, la Especie, el Proletariado, la Raza, el Hombre eterno, el Hombre criatura, todos los sistemas se sintetizan, en definitiva, en esta abstracción.»
Jacques Ellul: La edad de la técnica. Ediciones Octaedro, págs. 392-393. Barcelona, 2003.
TGO
@bocadosdefilosofia
@dias-de-la-ira-1
“¿(…) Qué no sucederá con la relación histórica de los hechos pretéritos, a los que a lo largo de los siglos las ideologías y las religiones, los intereses creados, las pasiones y los sueños humanos han ido inyectándoles más y más dosis de fantasía hasta acercarlos a los dominios de la literatura y, a veces, confundirlos con ella.
Esto no niega la existencia de la historia, por supuesto; sólo subraya que es una ciencia cargada de imaginación.”
Un Gobierno liberal debe enfrentarse a la realidad social e histórica de manera flexible, sin creer que se puede encasillar a todas las sociedades en un solo esquema teórico, actitud contraproducente que provoca fracasos y frustraciones. Los liberales no somos anarquistas y no queremos suprimir el Estado. Por el contrario, queremos un Estado fuerte y eficaz, lo que no significa un Estado grande, empeñado en hacer cosas que la sociedad civil puede hacer mejor que él en un régimen de libre competencia. El Estado debe asegurar la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades.
La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades no significan la igualdad en los ingresos y en la renta, algo que liberal alguno propondría. Porque esto último sólo se puede obtener en una sociedad mediante un Gobierno autoritario que «iguale» económicamente a todos los ciudadanos mediante un sistema opresivo, haciendo tabla rasa de las distintas capacidades individuales, imaginación, inventiva, concentración, diligencia, ambición, espíritu de trabajo, liderazgo. Esto equivale a la desaparición del individuo, a su inmersión en la tribu.
Nada más justo que, partiendo de un punto más o menos similar, los individuos vayan diferenciando sus ingresos de acuerdo a sus mayores o menores aportaciones a los beneficios del conjunto de la sociedad. Sería estúpido ignorar que entre los individuos hay inteligentes y tontos, diligentes o haraganes, inventivos o rutinarios y lerdos, estudiosos y perezosos, etcétera. Y sería injusto que en nombre de la «igualdad» todos recibieran el mismo salario pese a sus distintas aptitudes y méritos. Las sociedades que lo han intentado han aplastado la iniciativa individual, desapareciendo en la práctica a los individuos en una masa anodina a la que la falta de competencia desmoviliza y ahoga su creatividad.
Mario Vargas Llosa, La llamada de la Tribu