THE BIKERIDERS (2024) Movie Trailer 2: Tom Hardy, Austin Butler, & Jodie Comer Clash over their Allegiance to a Biker Gang
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RG in honor of 54th anniversary of #LovingDay when Supreme Court ruled in favor of the Lovings and overturned state bans on interracial marriage. From November 2016. Writer/director Jeff Nichols and star Ruth Negga at Loving Q&A @filmlinc #jeffnichols #ruthnegga #joeledgerton @lovingthefilm https://www.instagram.com/p/CQD5PWnDDFU/?utm_medium=tumblr
Take Shelter (Jeff Nichols, 2011) resulta desconcertante en dos momentos distintos. El primero se encuentra al descubrir que, al contrario de lo que los trailers y la campaña de marketing de la película trata de indicar, no estamos frente a un espeluznante thriller sobrenatural donde el conflicto fundamental de la trama se encuentra entre la indecisión sobre si la paranoia catastrófica de su protagonista, Curtis, que cree que se avecina una terrible tormenta que arrasará con todo, es reflejo de su locura clínica o de un augurio real. Pronto la película se revela como un drama costumbrista sobre la descomposición mental y la locura, y no pare caber duda de que Curtis es, decididamente, un enfermo mental, y lo que nos importa saber es cómo su vulnerable familia trata con las consecuencias de su enfermedad. Hasta que llegamos al segundo momento de desconcierto de la película, en la misma escena final, donde la paranoia de Curtis se revela como un augurio cierto, y la tormenta se manifiesta tal y como él la predijo. Su mujer y su hija confirman la aparición: pueden ver la tormenta acercarse, escuchar los truenos, sentir la lluvia.
Tan solo estos bandazos genéricos hacen de Take Shelter una película algo especial. Enfrentamos a esta desconcertante escena final, no podemos sino vernos arrojado a una resolución forma del película en forma de indeterminación: o bien la alucinación de Curtis se ha desencadenado por completo y ha tomado control de su vida, o bien lo que juzgábamos como locura esquizofrénica era un mensaje distorsionado desde el futuro, una premonición espantosa que solo puede traducirse en el debilitado cerebro de Curtis en forma de una interferencia incomprensible, la proyección de intencionalidad homicida en su perro, en su mujer, un peligro espantoso que acecha a su vulnerable hija sorda. La película parecía situarse en lo primero, como un mero y repetitivo drama realista, pero con esa escena final nos sacude y nos desconcierta, y se burla de nuestro reconocimiento de las señales genéricas revelando que todo era, tal y como los trailers nos spoilearon, un thriller sobrenatural.
Quiero pensar que esta turbulencia que somete Nichols a nuestros “receptores genéricos” habituales (es decir: a las estructuras que seguimos mentalmente para situarnos dentro de un género u otro), y especialmente al género del “realismo” o del “costumbrismo”, mucho menos muerto de lo que algunos anuncian, es un paralelo tanto a las erráticas visiones de Curtis como a los infructuosos intentos del mismo realismo por interpretar las extrañas circunstancias de nuestro tiempo y nuestras dificultosas coyunturas históricas. Es en los desatendidos márgenes y el invisible marco social de la historia donde se nos indica el oscuro objeto, más ominoso y estremecedor que la tormenta, que se cierne sobre nuestros protagonistas. Un inocente calendario, en la esquina de una escena, nos indica el nada casual año en el que transcurre nuestra historia: 2010. Las inciertas consecuencias de la Crisis financiera, desencadenada dos años antes, se proyectan como una sombra invisible por el supuestamente anodino escenario de la familia de Curtis: el laberíntico sistema de salud estadounidense, la decadencia del trabajo industrial y las promesas rotas de la familia de clase obrera, ejemplarizadas en las ensoñaciones que Sam, la mujer de Curtis, erige en torno a comprarse una nueva casa. “Estamos en un mal momento” deja caer, como si cualquier cosa, algún que otro personaje terciario.
Es curioso observar cómo la Crisis de 2008 no se ha registrado de forma demasiado explícita en la cultura occidental. Los únicos dramas exitosos que la han tomado a la crisis como contenido, como The Big Short (2015) o Marging Call (2011) lo han hecho en su dimensión puramente financiera y empresarial. Parecería que las destructivas consecuencias de la crisis en la vida cotidiana, familiar y laboral occidentales, y en general todo el sentido histórico de esta extraña era han quedado marginalizados a las casuales señales que observan Toscano y Kinkle en The Girlfriend Experience (2009) o en las retransmisiones televisivas de los discursos de Obama, desde un rincón de la escena en Killing Them Softly (2012). Una cuestión es la incapacidad de localizar y entender las causas y el sentido histórico de una crisis, otra cosa distinta es la imposibilidad que parece haberse extendido endémicamente por el cine y la ficción de nuestra época de si quiera de proyectar la Crisis económica de 2008 en forma de contexto histórico explícito del relato.
No sé si estará en lo cierto o no, pero creo que la tesis fundamental de Take Shelter radica precisamente en esta incapacidad, la de un género antiguo pero aún tremendamente popular (el “realismo”, el “costumbrismo”) o como quiera llamarse, de captar la verdadera dimensión terrorífica y espeluznante de la decadencia y descomposición del sistema capitalista. Ahora la película puede verse como un sencillo thriller sobrenatural sobre una exterioridad irreconocible y espantosa que, mediante la figura del tornado catastrófico, es incapaz de establecer contacto con la psique humana sin condenar a esta a la demencia, como si nuestras reservas morales y psicológicas, como decía George Steiner, sencillamente fueran insuficientes para hacer frente a una nueva realidad ontológicamente inasimilable, amenazando con exterminarnos desde el futuro. Para Steiner, de forma poco disimulada, esta nueva realidad era el secularismo y la irreligiosidad de la sociedad moderna. Pero creo que no me equivoco si me limito a constatar que, al contrario que las catástrofes morales que auguran los conservadores como Steiner, es mucho más terrorífico, peligroso y mortal el desmoronamiento y completa destrucción de la infraestructura económica y material que nos ha mantenido vivos hasta ahora.
Decía Jameson (aunque la cita ha rebotado entre varios libros y autores) que es más difícil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Quizás el problema fundamental sea que, imaginativamente, un fin implica el otro: ambas realidades son la misma. Por ello creo que las aprehensiones escatológicas de Take Shelter tienen vida más allá de la Crisis de 2008, un momento de especial descomposición del sistema capitalista, traducido en el enraizamiento de la desigualdad y la precariedad y el deterioro de la “clase media” en todo el globo, que hoy en día no se ha revertido ni parece serlo. Take Shelter también habla de las amenazas apocalípticas de la crisis climática, la ominosa y anunciada, pero todavía incomprensible por muchos, autodestrucción y colapso final del sistema capitalista al encontrar su última frontera de acumulación de recursos. Incapaces de diferenciar los anuncios escatológicos del ecologismo de un milenarismo encendido y lunático, quizás no quede tanto tiempo para nuestro momento de revelación final donde comprobemos que estos supuestos delirios no eran más que el mensaje distorsionado, la interferencia incomprensible, de una catástrofe imposible de conceptualizar por nuestro débil sentido histórico y la corta imaginación de la nuestra industria cultural. ¿Y dónde cabría imaginar un refugio?
He escrito estas otras cosas sobre cine y el Fin del Mundo y el capitalismo:
-Sobre el fin del mundo como catástrofe moral en High-Rise