LEMURIA PROMETIDA
Paranoia y decadencia en Thomas Pynchon
“Excepto esa sucesión de dementes criminales que han ostentado el poder desde 1945, incluido el poder de hacer algo al respecto, la mayoría de nosotros, pobres corderos, siempre hemos estado atrapados por un temor simple y generalizado. Creo que todos hemos intentado habérnoslas con esa lenta escalada de nuestro terror e impotencia de las pocas maneras a nuestro alcance, desde no pensar en ello hasta enloquecer por su culpa.”
-Thomas Pynchon-
Poca gente sabe lo sabe, pero el Anticristo ya ha pasado por la Tierra. Y lo hizo bajo el nombre de Richard Nixon. Si los años 60 fueron el ensayo final de la utopía, el último segundo donde se pudo vislumbrar como una posibilidad débil, pero alcanzable, la plena liberación social, espiritual y corporal, la llegada de Nixon a la presidencia de los Estados Unidos en 1969 vino a condensar a la perfección el debacle y final colapso de una era, hasta el punto en el cuál el presidente republicano fue registrado por toda una generación como una figura casi demoníaca, el epítome de un mal escatológico. Hunter S. Thompson encabezó su obituario de Nixon en 1994, subtitulado “Notas sobre el fallecimiento de un monstruo americano”, con una cita del Apocalipsis.
El final de los años 60 fue, por lo general, una era de decadencia y disolución. La Guerra de Vietnam, la Familia Mason, Altamont, los malos viajes… Una sombra oscura se proyectaba sobre el movimiento hippie y las peores sospechas de los más avezados paranoicos de la década anterior, que habían encontrado en el delirio un mero divertimento, se vieron ampliamente confirmadas. El inocente jugueteo con una locura dulce se transformó de la noche a la mañana en una delirante trampa de pesadilla. A principios de los años 70, las revelaciones de COINTELPRO, Los Papeles del Pentágono o el experimento de Tuskegee proyectaron una dura sombra de sospecha sobre el gobierno de los EEUU de la que nunca se recuperaría.
Pero el momento que marcó con más fuerza y por más tiempo la imaginación política de todo un país fue el escándalo de Watergate, llegando a imponer el sufijo -gate a cualquier cosa que se pretenda la naturaleza de escándalo. Sería engañoso, incluso conspirativo, afirmar que los gobiernos no han llevado a cabo trampas y acciones de guerra sucia contra sus enemigos políticos en el pasado. Sería posible incluso articular el argumento, aunque probablemente pecaría de un exceso en el otro sentido, de que esta ha sido la naturaleza de lo que llamamos gobierno desde su nacimiento. En este sentido es verdaderamente sugestiva la propia forma literaria del documento fundador de la filosofía política occidental, la República de Platón, donde un grupo de individuos se reúnen para literalmente conspirar contra la población, con el objetivo de implementar de un modelo social supuestamente perfecto, haciendo uso de mitos engañosos y loterías falsas.
Ahora bien, aunque sostuviéramos la atractiva pero ahistórica noción de que “gobierno” es sinónimo de “conspiración”, habría que admitir que el escándalo de Watergate se compuso de una serie de nuevas condiciones en directa relación con su momento que cambiaron el recepción y la reproducción cultural de lo que entendemos como el complot político. Igual que el asesinato de JFK no fue el primer asesinato de un líder mundial, Watergate no fue el primer escándalo de espionaje y corrupción política. Ambos fueron, sin embargo, los primeros de su clase en imbricarse y amplificarse en el repentino auge de los medios de comunicación de masas. Es fácil ver que Nixon fue el Anticristo; es más difícil determinar si tuvo o no naturaleza humana, corporal. Para la mayoría de la población global, los que presenciaron su ascenso al poder y a los que nos contaron la historia, Nixon no fue más un monigote televisado, un silueta granulada compuesta rayos catódicos y grabaciones de voz eléctrica y ominosa. Fue un símbolo artificial cargado de sobrenaturales poderes de influencia y manipulación.
Por ello no es de extrañar que la película que capturó con mayor precisión y éxito la esencia conspirativa de la era Watergate, Todos los hombres del presidente, no deja ver por ningún lado la figura de Nixon, el objeto final y oscuro, indecible, hacia el que se dirigen las pesquisas de los investigadores. En la escena final de la película podemos ver al presidente en una pantalla de televisión ladeada, haciendo sonar con las rugosas palabras del juramento de la presidencia, acercándose cada vez más a la esquina del plano a medida que la cámara se dirige y enfoca a nuestros dos heroicos protagonistas incansablemente tecleando como maniáticos, a espaldas de la borrosa imagen del presidente.
Esta nueva presencia fantasmal del odiado líder, centro neurálgico y caja negra de la conspiración, vino acompañado de una nueva conciencia sobre el papel de la tecnología y los medios de comunicación en la transformación de las dinámicas de poder globales en la era de posguerra. Tal narrativa se tornó viral en la ficción de segunda mitad de siglo XX. Jameson habla de las narrativas conspirativas, en su versión cypberpunk, como…
…ese género de la literatura de entretenimiento contemporánea (que uno se ve tentado de llamar ‘paranoia supertecnológica’) en el que los circuitos y redes de una supuesta conexión informática global son movilizados por las conspiraciones laberínticas de una serie de agencias de información independientes, pero sin embargo entrelazadas, que compiten a muerte entre sí, en lo que supone una complejidad narrativa que excede las capacidades lectoras de la mente promedio. Con todo, las teorías de la conspiración (y sus burdas manifestaciones literarias) deben considerarse un intento degradado —a través de la representación de la tecnología avanzada— de pensar la totalidad imposible del sistema mundial contemporáneo.
En ocasiones, rompiendo la barrera de la ficción convencional. Es sabido que ciertos milenaristas y fundamentalistas religiosos contemporáneos encontraron en el ascenso de las tecnologías de la comunicación una señal inequívoca de la llegada del Anticristo, observando con intranquilidad las ramificaciones crecientes de estas nuevas redes de información y las sobrenaturales rapidez y potencia con las que el Anticristo expandía su gobierno dictatorial en las profecías bíblicas. La llegada de la dictadura cibernética no podía significar sino la llegada de la dictadura final: el descendiente maldito de la tribu de Dan, el Anticristo en persona.
Sería inexacto, sin embargo, afirmar que la era Nixon y Watergate fundaron la idea de la política del complot en el imaginario político norteamericano. Al igual que las revelaciones de COINTELPRO, un programa federal dirigido a la disrupción de las organizaciones radicales de los años 50 y 60, no hizo más que ratificar las sospechas de esas mismas organizaciones (que uno de cada cinco activistas radicales estadounidenses era un agente federal infiltrado), Nixon y Watergate no hicieron más que confirmar las profecías paranoicas que ya estaban implantadas aquel espíritu. La paranoia, a pesar de estar ya plenamente formada en la cultura del momento (“paranoia strikes deep”, cantaban los Buffalo Springfield en 1967), se elevó súbitamente a la regla epistemológica del ciudadano medio, no sin terribles y todavía presentes consecuencias.
Me atrevería a decir que no existe que no hay un autor que haya sabido capturar mejor las turbulencias de esta transformación histórica que Thomas Pynchon, cuya obra puede verse como un preciso sismógrafo cultural del ascenso y el fin de una época. Al menos podríamos decir que capturó con gran acierto no solo el ascenso de la paranoia política y la lógica conspirativa como reglas de lectura de lo real, sino que experimentó, investigó y desechó, las posibilidades de combate o refugio que aún quedaban, no tanto como fruto de su propia especulación filosófica (que, en parte, también), sino como registro de los modos de vida alternativos que habían sido propuestos de distintas formas a lo largo del ascenso del Mundo Administrado.
La segunda novela de Pynchon, El lote de la subasta 49, es generalmente considerada como uno de los testimonios literarios más emblemáticos de la era de la psicodelia y la experimentación. Publicada en 1966, no es escueto a la hora de registrar el enorme cambio que estaba sufriendo su mundo bajo las amenazadoras nuevas fuerzas del capitalismo de mercado, los medios de comunicación de masas, la publicidad y la codicia corporativa, que se extendían con virulencia por los centros urbanos norteamericanos como sus primeros campos de experimentación. La imaginación de Pynchon o, más concretamente, de la peculiar protagonista del Lote, Edipa Mass, apunta ya a los vuelos del pensamiento conspirativo y paranoide.
Desde lo alto de una cuesta, con los ojos entornados a causa del sol, contempló una vasta alfombra de edificaciones que habían crecido juntas, como las mieses bien cuidadas, de la tierra de color pardo apagado; y recordó la ocasión en que, al abrir un transistor para cambiarle las pilas, había visto por primera vez en su vida lo que era un circuito impreso. El ordenado laberinto de edificios y calles, contemplado desde una perspectiva elevada, se extendía ante ella con la misma claridad impensada y pasmosa que la placa del circuito. Aunque sabía menos de transistores que de californianos del sur, en la forma exterior de unos y otros había algo cifrado y de significado oculto, de orientación comunicativa. No parecía haber límites a lo que el circuito impreso habría podido decirle (si hubiera querido averiguarlo)
Edipa Mass, joven ama de casa del sur de California, comienza la novela como una caricatura paródica de la mujer-objeto prototípica del American Way of Life, la imagen hiperbólica de la joven rubia de sonrisa forzada que saturaba los logotipos publicitarios desde los años 40, ante uno de los cuales la propia Edipa se estremece al reconocer, sin matices, su propio rostro. A medida que la novela avanza, la anodina vida de Edipa se desintegra en una crisálida de sospecha y delirio, incesantemente abrumada por la proliferación sin orden ni concierto de pistas y señales inesperadas, situaciones inciertas y personajes ambiguos, que apuntan (o no) a la existencia de una red clandestina de correo privado, RESTOS (o el Trystero). La tensión narrativa de la novela se cifra en la reaparición, ante la imaginación de Edipa, de todo elemento de su realidad (como el plano urbano de la ciudad, visto desde una colina, o un singular grafiti en los lavabos), como una señal de un interés oculto, un significado ulterior desconocido, el mensaje de una inteligencia extraña y colectiva que opera desde la clandestinidad para determinar, con precisión y frialdad tecnocrática, cada detalle de la vida cotidiana. Se trata de una revelación radical similar a la que es experimentada por el protagonista de la novela de Philip K. Dick Tiempo desarticulado, de 1959, al descubrir que el suburbio donde vive (igual de prototípico-paródico que la vida de Edipa) no es más que una super-instalación diseñada para recluirle, y sus vecinos son agentes gubernamentales infiltrados. Piglia define tal género ficiconal de la siguiente forma en su seminal Teoría del complot.
[E]l destino es vivido bajo la forma de un complot. Ya no son los dioses los que deciden la suerte, son fuerzas oscuras que construyen maquinaciones que definen el funcionamiento secreto de lo real. Los oráculos han cambiado de lugar, es la trama múltiple de la información, las versiones y contraversiones de la vida pública, el lugar visible y denso donde el sujeto lee cotidianamente la cifra de un destino que no alcanza a comprender
Pero el Lote se diferencia de Tiempo desarticulado y de otros relatos conspirativos más convencionales en dos puntos fundamentales. En primer lugar, en el Lote no se da nunca una respuesta final al misterio, ni Edipa es capaz de descubrir si la trama entera de la novela es la revelación de una compleja conspiración, la elaborada broma de su difunto ex-amante, o un descontrolado episodio de paranoia. En segundo lugar, la naturaleza de la conspiración con la que Edipa supuestamente tropieza es fundamentalmente benigna. RESTOS es representada, en lo que no sabemos si son proyecciones desiderativas de nuestra protagonista o genuinas intuiciones de su existencia, como una red clandestina de marginados, proscritos y personajes excéntricos que, rechazando la insidiosa vida de la superficie, la normalización e integración programada en el mundo de la economía de consumo, de los abusos corporativos y las interferencias gubernamentales, articulan toda una comunidad política en la forma de la sociedad paralela, siguiendo la prescripción de Ricardo Piglia de que el complot es la figura revolucionaria contra la conspiración económica y de valor (monetario, estético y existencial) del Capital.
La leyenda de la conspiración de vagabundos es, de todas formas, más antigua, pudiendo remontarse hasta la obra de Leon Ray Livingston, ilustre vagabundo y autor. Livinsgton relató y ficcionalizó su vida principios de siglo XX bajo el sobrenombre de “A-Nº1”, fabricando hasta cierto punto la imagen del hobo, el trabajador marginado que cruzaba el corazón industrial de Norteamérica encadenando empleos precarios y temporales, como una figura misteriosa y romántica, libre y elusiva, marcado por un estricto código de honor y un amor incondicional a su independencia. Leon Ray Livinsgton incluyó en sus relatos la sistematizacón de un “código hobo”, algo así como un lenguaje secreto entre vagabundos que, mediante símbolos en paredes, esquinas, postes y aceras, se comunicaban entre ellos mensajes como “buena localidad para dormir”, “lugar peligroso” o “aquí vive una señora amable”. El logotipo de RESTOS, en el Lote (una trompeta con sordina) aparece continuamente inscrito en los lugares más inesperados, haciendo resonar esta vieja leyenda estadounidense.
Pynchon, idealiza a los misteriosos partícipes de la conspiración como enigmáticas figuras marginales
que extendían una lona a modo de colgadizo en la parte trasera de los grandes y sonrientes anuncios que flanqueaban todas las carreteras, o que dormían en cementerios de coches, en la cáscara vacía de algún Playmouth destrozado, que incluso, con no poca osadía, pasaban la noche en lo alto de algún poste, bajo el toldo de algún celador de línea, semejantes a orugas, columpiándose entre una telaraña de cables telefónicos, viviendo en el mismísimo milagro secular de la comunicación, indiferentes al mudo voltaje que vibraba a lo largo del tendido, la noche entera, a instancias de millares de mensajes inaudibles.
La propuesta utópica del Lote conduce a la figuración de una sociedad secreta que mimetiza con exactitud las redes de comunicación globales, parasitando los circuitos de las nuevas tecnologías de la comunicación, formulando de forma paradójica la soñada escapatoria a las delirantes sociedades industriales, “expulsados de algún lugar por lo demás invisible pero que coincidía punto por punto con la ensalzada patria en que ella vivía”. El vagabundo, una figura culturalmente asociada a los centros urbanos y a la patología mental, se presenta en el Lote como la degeneración (o, más bien, la actualización) de la tradicional figura del ermitaño, marcado por el retiro a la naturaleza y la iluminación espiritual, en tiempos de apabullante expansión urbana y auge de la paranoia política.
En ocasiones el periplo de Edipa puede resultar verdaderamente asfixiante. A medida que avanza la novela, todos sus aliados y amigos (en su mayoría, hombres) o bien la abandonan, o bien pierden la cabeza o bien acaban muertos. Edipa se ve asaltada por una extraño embarazo sobrevenido, “más allá de los análisis ginecológicos” y pondera seriamente la posibilidad de haberse vuelto loca. Pero todo ello no significa que no exista esperanza de redención, ni posibilidad de refugio. Tras capas y capas de conspiración y contraconspiración, pistas falsas y enrevesadas tramas (de lo que es, curiosamente, una novela muy corta), Pynchon no puede evitar contemplar una narrativa compleja y ambigua pero ciertamente redentiva, haciendo descansar la esperanza de Edipa en una especie de promesa mística.
En su fascinante periplo onírico por San Francisco, Edipa encuentra a un viejo amigo anarquista mexicano, borracho como una cuba, lamentándose por la decadencia y condena final de los sueños clásicos de emancipación.
Al igual que la detestable Iglesia, los anarquistas creemos también en otro mundo. Donde las revoluciones estallan de manera espontánea y sin jefes, y donde la capacidad consensual del alma hace que las masas cooperen sin problemas, de manera tan automática como el cuerpo. Pero si alguna vez sucediera de la forma tan perfecta que le digo, señora, también yo gritaría ¡milagro, milagro! Milagro anarquista.
“Usted sabe lo que es un milagro”, le comenta a Edipa “No lo que decía Bakunin, sino la invasión de este mundo por otro.” ¿Resonancia cristiana o ufológica? Ambas, en realidad. En nuestro mundo de desacralización, la revelación religiosa y el contacto con una civilización alienígena no son muy distintas, como tampoco lo sería el contacto final con RESTOS: la invasión de este mundo por otro. Se trata de la aparición de una realidad Absolutamente Otra, un nivel metafísico elevado e inalcanzable en la cual, sin embargo, han de ser depositadas las esperanzas de cualquiera que aún sueñe con la posibilidad de algún sentido, de alguna redención frente a los terrores de la vida moderna, del abismo de la muerte, el absurdo y la máquina autista del progreso. La escapatoria al mundo conspirativo es la propia lógica conspirativa. “Un modo de significado más allá del obvio”, piensa Edipa, “o ninguno”.
La anatomía de la escena final, que se interrumpe momentos antes de la subasta del misterioso Lote 49 (que puede o puede que no contenga el secreto final de RESTOS), puede asimilarse a la de la antesala de una intervención divina, con su púlpito, su sacerdote y su audiencia. Las resonancias cristianas de la novela no acaban ahí. El número 49 parece aludir también a la inminencia de la revelación divina, en tanto que son los días, menos uno, que llevan de Pascua a Pentecostés. En algún otro momento se sugiere también que Edipa sufre de un extraño embarazo sobrevenido, sin concepción, un evento sobrenatural comúnmente atribuido a la virgen María, pero también habitual entre los testimonios de supuestas abducciones.
Las alusiones religioso-ufológicas son tan paródicas como sinceras. Aunque el Lote pareciera una novela asfixiante y paralizante por momentos y ácida e irónica por otros, Pynchon no puede evitar imprimir un cierto poso utópico presente en su época. Dentro del torbellino del delirio, del advenimiento indeseado de las fuerzas del Capital y del mercado y la paranoia rampante y desencadenada, queda cierto anhelo de la posibilidad de una utopía oculta, una sociedad secreta más allá de la sociedad industrial, donde reina la armonía y la paz. Para este mundo prometido la paranoia no es más que el precio del tránsito, el ritual de paso. En este sentido, el Lote vibra con las promesas utópicas de la era hippie, los impulsos idealistas y esperanzadores de los distintos movimientos sociales y de liberación de los años 60. Parecería como si, en el momento final antes de la usurpación total de la sociedad por parte de las fuerzas dementes del Capital y sus aliados despóticos del Estado, se alzara un tenue pero auténtico impulso por la liberación material y espiritual del ser humano, en la forma de una esperanza tan vana, pero tan necesaria, como la confianza en la intervención divina, o en la visita de seres de otros planetas.
Pero sabemos que eso no fue lo que ocurrió. La promesa hippie, así como el anhelo del Lote, se esfumaron con la brisa de la Bay Area y, nada más y nada menos que un senador por California, Richard Nixon, tornó la promesa divina en una distopía demoníaca. No es, por tanto, un misterio, la naturaleza apocalíptica con la que Nixon se imprimió en la mente de toda una generación de utopistas. El calibre de la decadencia solo fue comparable con el calibre de la promesa proclamada.
En realidad, Nixon no fue lo que acabó con la era hippie. Fueron más bien las deudas del desenfrenado consumo de drogas, la trágica facilidad con la que pequeñas comunidades utopistas se vieron arrastradas por dinámicas sectarias y violentas, y la cristalización final de todo ello, de forma hiperbólica pero no por ello menos hiriente, en el terrorífico episodio de los asesinatos de la familia Mason.
Pynchon decidió volver a los 60 muchos años después. Fue concretamente en 2009, con la publicación de su novela Vicio propio. En ella, explícitamente situada en el epicentro de la cultura hippie, se reanima el sabor místico de la utopía oculta del Lote y reina en el aire la promesa de la liberación y la paz, pero el perfume se ha podrido y el sol se oculta por el horizonte del Océano Pacífico. Estamos en 1970 y las cosas no son ya lo que eran. La paranoia sigue animando la prosa de Pynchon y continúa azuzando a su excéntrico protagonista, Doc Sportello, sumido una investigación igualmente delirante y conspirativa. La Maquinaria sigue operando, con más intensidad que antes. La esperanza por encontrar un refugio a su influencia, por el contrario, no se sostiene igual.
Esta vez el objeto perdido al que el detective ha de dar respuesta no es una comunidad de iluminados marginados que habitan en paz más allá de la civilización, sino la figura borrosa de la ex-novia de Doc, Shasta, recientemente desaparecida. Los recuerdos de su relación con Shasta, allá por aquellos felices años 60, puede aparecer en ocasiones como la obsesión desesperada de la masculinidad herida de Doc, amplificados por la intensidad y la obnubilación que le provoca la nube de marihuana que le acompaña a todos lados, pero en la dispersa memoria de Doc se esconde más bien un sentimiento de abandono y nostalgia profundos: la conciencia de una pérdida irreparable. Shasta se presenta como el emblema de una era en decadencia, una promesa ingenua de los años 60, ahora y para siempre periclitada.
Shasta es, además, el nombre de una montaña en el norte de California que atrae la atención de aficionados a las teorías de la conspiración y del ocultismo desde hace más de cien años. En torno al Monte Shasta hay de todo: leyendas indias, historias de túneles con momias, apariciones alienígenas… Pero el momento también es famoso por ser apuntado por varios profesionales de las teorías de la conspiración como el refugio de los habitantes de Lemuria (también llamado Mu), un continente perdido en el Pacífico, hogar de una antigua civilización notablemente más avanzada que la nuestra, antes perecer sumergido en las aguas fruto de algún tipo de cataclismo. Esta especie de Atlántica del Pacífico fue postulada en el siglo XIX por el explorador Augustus Le Plongeon y su mujer, popularizada por el ingeniero James Churchward y las superestrellas ocultistas Helena Blavatsky e Ignatius Donnelly. Durante la década de 1890 tal Frederick Spencer Oliver publicó un libro supuestamente dictado por visiones y posesión donde aseguraba que, tras el hundimiento, los habitantes de Lemuria se habían refugiado bajo los túneles del Monte Shasta.
Pynchon, excelente conocedor de las profundidades de la subcultura norteamericana, no sólo recupera a Shasta como el desdichado McGuffin de Vicio propio, sino que reconstruye Lemuria como una isla paradisíaca en el pacífico donde los sueños rotos de la era de la liberación se verían finalmente cumplidos, donde todo el mundo andaría colocado todo el día y en paz y armonía con la naturaleza y la comunidad. En algún momento, algo salió mal, y la isla se sumergió para siempre. En pleno viaje lisérgico, Doc Sportello tiene una visión de este misterioso lugar.
Al menos no era tan cósmico como el último viaje para el que había hecho de agente ese entusiasta del ácido. No estaba muy claro cuándo empezó con exactitud, pero en cierto momento, mediante una transición sencilla y normal, Doc se encontró en las ruinas vívidamente iluminadas de una ciudad antigua, que era, y a la vez no era, el Gran Los Ángeles de cada día, extendiéndose a lo largo de kilómetros, casa tras casa, habitación tras habitación, todas y cada una habitadas. Al principio le pareció reconocer a la gente que se cruzaba, aunque no siempre podía ponerles nombres. A todos los que vivían en la playa, por ejemplo. Doc y sus vecinos eran y no eran refugiados del desastre que había sumergido Lemuria hacía miles de años. Buscando trechos de tierra que creían más seguros, habían acabado instalándose en la costa Californiana.
Mientras que la utopía era formulada en el Lote como una conspiración de vagabundos en una especie de dimensión metafísica oculta, Lemuria aparece en Vicio Propio con las señas de la civilización perdida de una Edad de Oro Mítica, y los dispersos y últimos hippies de la era Nixon como sus hijos olvidados, las almas transportadas y expulsadas del Jardín del Edén en el último momento.
La lluvia tuvo su peculiar efecto en Sortilège, que por entonces empezaba a obsesionarse con Lemuria y con sus trágicos últimos días.
—Estuviste ahí en una vida anterior —conjeturó Doc.
—Lo soñé, Doc. A veces me he despertado absolutamente convencida. Spike también siente lo mismo. A lo mejor se debe a toda esta lluvia, pero estamos empezando a tener los mismos sueños. No sabemos encontrar el camino de regreso a Lemuria, así que ella regresa a nosotros, Elevándose del océano…: qué hay Leej, qué hay Spike, hacía tiempo, ¿verdad?
—¿Os habló?
—No lo sé. Pero es algo más que un lugar en el espacio.
Ambas novelas, el Lote y Vicio propio, parecen proponer una visión conspirativa del mundo donde la única salida, el último refugio, se intuye de una forma y otra con resonancias místicas. Ambos son imbricados, gracias al particular ingenio de Pynchon, en el tejido cultural del folklore urbano contemporáneo: conspiraciones hobo, la promesa del contacto alienígena (“la invasión de este mundo por otro”), la fascinación por un monte californiano mágico y el anhelo por el regreso un continente perdido. No se trata de un intento por reformular los viejos ídolos premodernos en nuevos talismanes seculares, sino quizás meramente apuntar a lo fútil y en ocasiones ridículo que puede convertirse la búsqueda de un sentido-más-allá, una última cualidad mágica del mundo aún sin conquistar por la Maquinaria, o lo que George Steiner llama “un cuerpo de referencia trascendente cuya muerte lenta e incompleta produjo formas sustitutas y paródicas”. Pero mientras que la en el Lote aún se intuye cierto tono celebratorio, cierto atractivo por la paranoia y el delirio, en Vicio propio se registra la pérdida del sueño utópico y el trágico destino de una era. Lo que en una novela es una esperanza religiosa, que en cierto modo abraza su cariz absurdo e imposible, en la otra reaparece como los restos inservibles de una promesa vacía, olvidada e incumplida. El excitante portal de la paranoia, el rito de paso hacia un alocado mundo mejor, no son más que las ruinas de un juguete infantil.
Porque arrojados al mundo conspirativo, que Pynchon no puede evitar retratar en todas y cada una de sus novelas, son muchas las posibilidades de escape o refugio, pero todas son imperfectas y casi todas irrealizables. También lo es Lemuria, también lo fueron las esperanzas hippies, y Pynchon lo sabe, y recuperando la textura apocalíptica de una era todo lo que puede hacer es dibujar un relato de profundo duelo y sincera nostalgia en Vicio propio. Algunos podrían acusar la novela de sensiblera y romántica, con un tono cínico y corrosivo no muy diferente con el que escribía Pynchon en los años 60. En definitiva, la historia de Doc parece otra iteración más del héroe de masculinidad herida, castrado y abandonado por una amante idealizada (o una promesa utópica incumplida, da igual), regocijándose de forma egoísta en su propio lamento. Otros argumentarán que Vicio propio es un ajuste de cuentas con la tradición literaria postmoderna, un intento por localizar y efectuar “una reanimación cardiopulmonar sobre aquellos elementos mágicos y humanos todavía vivos y resplandecientes a pesar de la oscuridad de los tiempos”, como tan rabiosa sinceridad lo expresó David Foster Wallace.
Me da miedo pensar que no estoy en condiciones de ofrecer una respuesta satisfactoria a todo ello. En ocasiones me parece ver Vicio propio peligrosamente delineado con otras producciones culturales que basan su estructura emocional en la nostalgia, la masculinidad herida, la narrativa de la derrota… La proliferación de la nostalgia y el fracaso ha tomado con tal virulencia el panorama de la industria cultural de nuestros días que uno no puede sino recoger con cierta sospecha, si no profunda insatisfacción, el viejo anhelo de los izquierdistas de segunda mitad de siglo XX que emplazaban sus veleidades estéticas, en momento de pleno auge del cinismo, la ironía y el aceleracionismo nihilista, en la lógica del fracaso y de la derrota. Jameson es uno de ellos.
Creo, en todo caso, que Pynchon ha estado jugando a otro juego. No solo sus retratos conspirativos del mundo han logrado plasmar con gran precisión la era del ascenso de la complejidad de las elusivas formas del poder y el control, la arrolladora invasión de la tecnología de la comunicación en las sociedades humanas contemporáneas y los inciertos y precarios lugares de refugio que todavía quedan. Además de todo ello, su prosa se moviliza y se rebela con la indiferencia y la equidistancia culpable y alerta del peligro de la idealización fetichista y contemplativa, tanto de la propia Maquinaria en tanto que supuesto ente teológico imbatible, ineludible, trágico e impersonal, como de la cierta conformidad y narcisismo con el propio dolor, una suerte de condolencia egoísta e inoperante. Como la buena ficción, no nos presenta soluciones fáciles, ni narrativas sencillas, ni caminos simples hacia la redención. La ficción de verdad, la que nos sacude y nos hiela hasta los huesos, la que nos eleva y nos transporta a lugares cuyo fundamento metafísico desconocíamos, es aquella que transcribe la tensión y el desorden de la vida cotidiana, los conflictos incesantes entre nuestros más preciados anhelos y los más duros e implacables límites de la realidad en la que existimos.
Algo así, confuso y contradictorio, fue seguramente el ocaso de los años 60. No para nada nuevo admitir (parecería que los filósofos nos hemos construido a partir de asumir principios similares) que su naturaleza última o su realidad en sí no es más que una quimera historicista, la plana ingenuidad de querer simplificar las polifacéticas, multifactoriales y para nada sincrónicas realidades de cualquier momento histórico. Y, sin embargo, la ficción es capaz de hacernos sentir ingenuos y estúpido y tener que admitir que, tal cosa, en algún sentido, todavía es posible.
Es posible que en ese sentido la nostalgia de Vicio propio aún sea productiva, puede que en sentido formulado por Jameson, alejada sin embargo del paroxismo y la vanidad de la cultura herida de nuestros días. Productiva en el sentido de hacernos ver sus constantes peligros y en ocasiones sus inevitables causas. Porque la nostalgia y la estetización de la decadencia pueden ser horrendos narcóticos que nos conduzcan a la parálisis política, pero pueden también sacudirnos, si lo hacen en la vibración adecuada, con ese tipo de tristeza rabiosa por lo que hemos perdido que nos recuerda la injusticia en la que aún vivimos, y nos emplaza a desear algo mejor.
…pero no hay manera de eludir el tiempo, el mar del tiempo, el mar del recuerdo y el olvido, los años de esperanzas, perdidos e irrecuperables, de esta tierra a la que casi se le permitió reclamar su mejor destino, sólo para que se lo arrebatasen los mismos malvados de siempre, y se viera arrastrada y secuestrada en el futuro en que debemos vivir ahora y para siempre. ¿Hemos de confiar en que este bendito barco se dirija a una costa mejor, a una Lemuria que no se haya hundido , emergida y redimida, donde el destino americano, misericordiosamente, no haya llegado…?
Tras lo que vienen siendo ya décadas de sangrado en las heridas autoinfligidas de la cultura occidental, el Imperio continúa hacia el Oeste. Quizás no literalmente. Pero aún parecería persistir el anhelo que, después del hundimiento del Imperio Americano, bajo las ruinas en el océano, pudiera surgir una Lemuria redimida de las aguas, tan mágica e improbable como la visita de otro mundo, como el contacto con vida extraterrestre. Como el regreso de la Edad de Oro, o como la llegada (primera o segunda, da igual), del Mesías. O quizás todo sea tan absurdo como suena.















