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I. Little talks
Instituto, laboratorio de química. 08:30h. Kyle O'Connell x Jaimie Hayman.
— O'Connell, muévase.
La orden del profesor había sido clara y concisa, pero O'Connell no estaba en condición de ordenar nada a su propio cuerpo. Todo lo que pudo hacer fue despegar un párpado, uno solo, para contemplar así, a medio camino entre el sueño y el despertar, el rostro serio del profesor Dawkins. Se le ocurrió pensar, que tenía la nariz más afilada que jamás había visto y se preguntó si le pinchaba cuando se la tocaba. Sentía la mirada de todo el mundo puesta sobre él, que estaba desparramado sobre su mesa, junto al resto de libros.
— ¿No me ha oído?
Gruñó, desperezándose. Tenía que entrecerrar los ojos, pues aunque las persianas estuvieran medio bajadas, la luz que entraba por estas, junto a los florecentes del techo, le provocaban un dolor de cabeza digno de una resaca como las que sufría en su antiguo instituto. La diferencia era que la anoche anterior no había estado en fiesta alguna, y no porque no se hubiera celebrado, si no porque no había sido invitado. Al principio de la noche había hecho ademán de acercarse a la casa de aquél tal Peter, pero el miedo al rechazo, que comenzaba a afianzarse a él conforme pasaban los días en aquél nuevo lugar, lo hizo recular y marcharse a casa.
— Por última vez: recoja sus cosas y tome asiento junto a la señorita Hayman. La segunda vez le mandaré como compañero al director, ¿me he expresado con suficiente claridad?
Kyle solo emitió un gruñido como afirmación. Se puso en pie a trompicones, podía escuchar una risa bajita, ahogada en la palma de una mano que lo señalaba como burla. Cargó los libros de cualquier manera hasta arrastrarse hacia el lugar señalado por la escrupulosa mirada del profesor de química, entonces, dejó que los libros se desplomaran sobre la mesa y se sentó en el taburete, volviendo a dejar caer los brazos sobre el pupitre y ladeando el rostro en dirección contraria al de su compañera. Sin embargo, se encontró de lleno con las miradas divertidas del resto, y tuvo que tragarse a duras penas su orgullo para apartar la mirada y evadirlos. Le dolía la boca del estómago, como una especie de retortijón que hacía que las palmas de las manos le sudararan.
Al girar el rostro en la otra dirección, encontró a una muchacha. ¿Cómo había dicho Dawkins que se llamaba...? Oía, sin prestar atención, como el hombre, prácticamente calvo, explicaba cuidadosamente el ejercicio de aquél día, pero Kyle solo podía escrutar a la chica. No sabía decir si era guapa o fea, porque tenía una actitud tan indiferente que podría ser un reflejo de la propia. Se ocultaba, prácticamente, bajo la mata de pelo castaño que le caía hasta los hombros. No la había visto hasta entonces, así que debía ser una don-nadie. JÁ, como si él se hubiera labrado un nombre allí. Que en cierta forma, lo había hecho, pero a base de rumores distorsionados de su realidad. ¿Sería lista? ¿Haría ella todo el trabajo por él o le tocaría las narices aquella mañana? Fuere como fuere, aburrido, hundió la barbilla entre sus brazos y dejó que se le cerraran los párpados.
Ya lo despertarían para mandarlo a la sala de castigo.