Cuando el charco no fue profundo.
Recuerda la primera vez que mintió. No era una primavera que recordar, excepto por aquella situación que estrenó una vida desencadenada e irresponsable de la que no era usuario común. No era como si supiera que lo iba a hacer. Incluso, su calma era bastante serena para levantar sospechas del próximo crimen que, aunque por muy inocente que pueda sonar, era el inicio a un enlace de facilidad y atajos convencionales que años despúes estaría seguro de detestar, y sin embargo, tenía que tomar aquel camino antes de envolver su locura con papel de regalo.
Era increíblemente sereno. Era jodidamente sereno. Sus compañeros de escuela querían aplastar su cara una y otra vez contra una pared sin empastar para arrancarle la cualidad que parecía haber cobrado vida en su persona; de una manera muy extraña, desde que hacía muecas para calmar su ansiedad.
Aún así, era incansable e inalcanzablemente sereno. Entonces...
¿Alguna vez has sentido un intenso, punzante, aborrecible, y detestable como ninguno; dolor en la quijada? Y la suya maldita que evidenciaba la provocación y atrevimiento que se manejaban sus dedos sobre su propia piel de niño de dos décadas, al intentar destrozarse la carne blanca con las uñas y volverlo así... solo un poquito más loco.
Y estaba loco. Serenamente loco. Un loco jodido y sereno. Sereno y jodido. Un loco extraordinario. Un loco al que quieres besar hasta que se destruya. Al que quieres acariciarle las costillas con una navaja mientras derramas algunas lágrimas pensando: ¿alguna vez podré ser como tú? Déjame ser como tú. Enséñame a ser como tú. Quiéreme como a ti.
Aunque lo último sea tan irreal e imposible como todo lo anterior.
Hay días en los que la serenidad lo mata, y eso lo vuelve frágil. Se siente un lápiz roto por el mismo, sin mencionarse que fue aquel que rompió el primer día que mintió. Y se siente como carne viva. Similar a aquella que pudo abrirse en la boca con los dientes; en la piel de la mandíbula con las uñas; en el cuerpo ajeno que desvirginó muy sereno, una noche muy calmada, con el cuerpo intacto de caricias, y con los besos escazos de: besos.
Luego llega un momento en el que no está sereno, y las personas parecen murmurar. Ellos murmuran mensajes incoherentes parecidos a una canción en la radio 99.9 fm. que está acostumbrado escuchar, que no quiere escuchar, que ahora quiere escuchar, y que ahora quiere bailar, y después quiere gritar, y finalmente, y finalmente... Y finalmente, se va a encontrar uniendo el lápiz anteriormente roto con serenidad, mientras se siente calmado, y a la misma vez está tranquilo.
Llega a ese punto en el que ya no sabe qué otra cosa decir para no hablar con la verdad, qué hacer para ocultarla, a ella y a sí mismo. Cómo detener la simple maniobra fatal ejercida por su persona contra la destruida superficie del lapiz, el cual yace en el suelo con un charquito de saliva.
Va a lanzarse al charquito. O al menos, eso dice. Pero... ¿Cómo sé yo que no está mintiendo... serenamente?
¿Cómo sé que no mientes al despertar?