[F i r s t Date]
No había siquiera abierto los ojos cuando notó el cuerpo empapado en sudor frío, así que se removió incómodo entre las sábanas, y se apartó del brazo que lo rodeaba con el fin de tomar asiento sobre las sábanas. Su rostro ardía, y el interior de su garganta dolía como si un gato le hubiera arañado. Recordó fugazmente que desde la noche anterior había sentido como si la cabeza le fuese a estallar: Síntomas típicos de la gripe.
Se pasó las manos sobre el rostro, y se incorporó de la cama con pesadez, sin ser capaz de pensar correctamente a causa del calor que lo invadía, y el incómodo sudor frío que bañaba su estructura anatómica. Suspiró y se dirigió medio dormido al baño, cuando casi cayó al suelo al tropezar con algo: Tela. Bajó la mirada, y se encontró con los pantalones que empleaba con el uniforme de Kaijou, los cuales tomó con el ceño fruncido, tratando de recordar lo ocurrido la noche anterior.
Cuando imágenes se formaron en el interior de su memoria, y finalmente fue capaz de asimilarlo, su rostro enrojeció y no precisamente por la fiebre que sentía en esos instantes. Giró con lentitud y buscó al jugador sombra de Seirin, el cual todavía era presa del sueño, lo cual solo acentuó el carmesí de sus mejillas tras confirmar que lo que había vivido la noche anterior no había sido un producto alocado de su propia mente.
Necesitó tomar asiento de nueva cuenta, y esperar a que la euforia se aplacara un poco, antes de echarse al suelo y rodara de felicidad como si se tratara de una adolescente pensando en su ídolo.
Una vez que se sintió mejor, inclinó el cuerpo sobre el ajeno y depositó un beso sobre la coronilla del otro, justo antes de volver a elevarse y recoger las prendas esparcidas sobre el suelo. Los pantalones y ropa interior de Tetsuya los dejó sobre la silla adjunta al escritorio del dormitorio, rojo hasta las orejas, y luego elevó la mirada para observar el paisaje que se veía a través de la ventana. Al otro lado podía verse una línea arrebol sobre el horizonte que indicaba que el sol emergería en unos instantes más.
Sin ser capaz de sentir sueño, salió de la habitación con su propia ropa en los brazos, y emprendió la odisea de hallar el baño, al cual, sin mucho esfuerzo, encontró no más allá de un par de puertas en adelante. Y así, una vez que se diera un baño rápido pero riguroso, vistió una vez más el uniforme ya que no tenía nada más que ponerse, pensando en la posibilidad de comprar ropa en el camino.
Halló a Nigou en el pasillo, y se colocó en cuclillas para acariciarlo.
— He~y —llamó de forma amistosa, rascándole tras las orejas—. Veo que no soy el único que ha madrugado. ¿Por qué no nos preparamos algo de desayunar?
Entonces, lo alzó con cuidado, y se dirigió a la cocina donde había comenzado todo. Sus mejillas volvieron a arder al recordar aquél episodio, y tras levantar la camisa del pijamas de Tetsuya, y lavar los platos, que habían sido abandonados durante la noche, se puso manos a la obra: Colocó algo de arroz en la arrocera, y se valió de sus habilidades culinarias (no tan sorprendentes como las de Kagami) para preparar omelettes, salchichas con forma de pulpo, y vegetales cocidos (los cuales no le causaban gracia, pero debía comer para mantener su figura). Preparó además un poco de té verde y jugo de naranja.
Tras culminar con aquella labor, centró su atención sobre la bolsa -todavía no abierta- que se hallaba a un costado de la habitación y forzó una sonrisa. El helado que se hallaba en su interior se había derretido por completo, y como tirarlo sería penoso, se lo dio a Nigou para que se encargara de él.
Una vez que consumió su parte, elevó la mirada hacia la ventana, notando que el sol ya estaba en un punto lo suficientemente alto (aunque todavía sería muy temprano para levantarse), colocó la comida restante sobre una bandeja, y la llevó hasta el dormitorio de Kuroko, seguido de cerca por el cachorro.
Ingresó, dejó el objeto sobre la superficie del escritorio, y se acercó a la durmiente figura que reposaba sobre la cama. Tras agradecer mentalmente que la fiebre había cedido (aunque todavía le dolía la garganta como mil demonios), tomó asiento sobre la cama, besó la mejilla contraria, y murmuró:
— Buenos días~ —acarició el rostro ajeno con cuidado—. Es hora de que despiertes, dormilón~








