Un picor en su nariz que terminó siendo un estornudo le hizo despertar del pequeño trance en el que se hallaba. Agitó la cabeza y miró al frente, donde estaba el televisor echando una serie de dibujos animados. Aquel sábado, no tenía nada que hacer y un extraño malestar se había aposentado en su mente, obligándole a estar sentado en el sofá mientras miraba la televisión sin prestar demasiada atención a los programas.
Sabía perfectamente lo que ocurría, pero siempre buscaba una manera de no darle vueltas al asunto y escapar de aquel problema. Sin embargo, aquel día en el que no tenía nada que hacer, se dio cuenta lo mucho que echaba de menos la compañía de su luz. Y es que, desde aquella discusión que tuvieron hace un par de meses, ninguno de los dos se había vuelto a dirigir la palabra. El resto del equipo no tardó en darse cuenta y hasta Riko llegó a cambiar varias veces el entrenamiento con el fin de que ninguno de los dos tuviesen un contacto directo.
"No seré yo la que arregle vuestros problemas." había dicho la entrenadora de Seirin, dejando clara su posición fuera del conflicto. Y tenía razón. Nadie podía ayudarles, era algo que ellos dos tenían que solucionar… ya sea para arreglar las cosas o poner un punto final.
Frunció el ceño al pensar en aquello y se levantó, recuperando de pronto toda la energía. No arreglaba nada lamentándose y no era su estilo el huir de los problemas. Recordó vagamente cómo terminaron las cosas con Aomine y lo mucho que se repitió mentalmente que deberían haber hablado más. Ahora la historia parecía repetirse con Kagami, pero esta vez no iba a permitir que el tiempo se encargarse de distanciarles. No. Era hora de arreglar las cosas y en ese momento.
Salió con paso rápido, casi corriendo de su casa. Por una vez, no permitió que Nigou le acompañase, ya que si Kagami estaba incómodo con la presencia del perro las cosas empezarían mal o de una manera más difícil. Miró un momento el móvil, pensando si debería llamarle para quedar o simplemente pillarle desprevenido. Optó por lo segundo, así no le daría margen a que inventase una excusa.
Sabía perfectamente dónde encontrarle a esa hora. Mediodía, próxima la hora de comer y haciendo un día soleado de invierno en pleno fin de semana. Estaba claro que Kagami iría al Maji a comerse su tonelada de hamburguesas.
Cogió un autobús para llegar antes y casi echó a correr para llegar al restaurante. Cuando entró, echó un vistazo discreto a su alrededor, buscando a su luz entre la multitud. Sus ojos se fueron directamente al lugar donde siempre quedaban para tomar algo tras un partido o un duro entrenamiento.
Y su intuición no le falló.
Ahí estaba Kagami, sentado con su torre de hamburguesas. Esbozó una pequeña sonrisa de alivio y fue hacia el mostrador a pedir uno de los batidos de vainilla que tanto le gustaban. Después, se dirigió con su vaso hacia la mesa y se sentó frente al contrario. Como era de esperar, el pelirrojo no se percató de su presencia hasta que habló.