‘My body is a curse my name won’t wash off’ but it’s just Keir talking to LimeWind because it takes an outcast to love and understand another.

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‘My body is a curse my name won’t wash off’ but it’s just Keir talking to LimeWind because it takes an outcast to love and understand another.
KYA'S PRE-SEASON FINALE (Kyver's off role)
“You and me, we used to be together every day together, always. I really feel that I'm losing my best friend, I can't believe this could be the end. It looks as though you're letting go and if it's real... Well, I don't want to know.”
La música resonando en el hogar de la joven Wallace superaba cualquier expectativa del vecindario. Si la habían catalogado como la muchacha estudiosa y trabajadora, que cumplía con las normas del barrio y que saludaba cortésmente cada vez que iba a sacar las bolsas de basura si se encontraba con algún vecino en la calle, pues ahora las apariencias se quebrantaban con la facilidad de un cristal impactando contra el suelo. Estaba muy equivocada y había sido idiota al creer que anteriormente había llegado al punto donde su ánimo arremetía con la antítesis de la luz y la expansibilidad. Ahora estaba sumergida en un pozo sin fondo donde la luz no llegaba, donde estiraba las garras hacia los costados con total de evitar su caída libre; sin embargo lo encontraba imposible, toda su vida se había desmoronado, y las pocas bases que podían evitarlo también lo hacían. Oliver y su pelea, el distanciamiento con sus amigas Priya y Amanda… ¿algo más podía salir peor? Disfrutó con una sonrisa repleta de dolor el primer corte, guareciéndose con gusto en la sensación de dolor. Eso era, una cobarde que se resguardaba en la marca de sus muñecas que le recordaba físicamente todo lo que la mente le susurraba. Era insuficiente, lo era para todos, para su padre, para su madre, para Oliver e incluso para sus amigos. Estaba sola, y eso no cambiaría nunca. Sola, con una mente que la atormentaba cada vez más. “Don't speak, I know just what you're saying so please stop explaining. Don't tell me 'cause it hurts”. Su piel oponía resistencia estirándose al cerrar el puño con fuerza, mostrando los dientes en una mueca amarga. — Ya basta — farfulló, sentía que el cuerpo y la mente se ponían de acuerdo a su antojo para actuar independiente. Soltó la navaja que cayó sobre el bañito Ry, y pasándose la mano manchada de sangre, acarició su bozo transpirado con el sudor frío propio de la presión baja. Entonces alzó sus ojos inyectados de ira, de repudio hacia sí mismo, para plantarlos sobre el reflejo que le brindaba el espejo. ¿Quién era esa mujer, que se daba caer tan fácil? El cabello ondulado estaba inflado de tan despeinado, su rostro limpio de maquillaje y un semblante que bordeaba la fina línea entre la cordura y el desquicio le embargaba el gesto facial. Pero al escuchar cómo el sonido de la música al máximo era interrumpido por el sonido de la campana, el rostro de Kya se movió eléctrico hasta estancar la mirada sobre la puerta principal allí a lo lejos. — Demonios — suspiró exasperada, devolviendo su mirada al trabajo que hacían sus manos desesperadas, intentando volver invisibles los rastros de sangre sobre el lavado, enjuagando su muñeca para cubrírsela con una gasa rápidamente. ¿Sería Elliot Fells? Frunció el entrecejo ante la duda, y por más que no sentía ganas de recibir gente en su nuevo hogar, Kya se encaminó hasta la puerta la cual abrió con estrépito y el rostro invadido por el mal humor. Sin embargo, ver quién estaba del otro lado del umbral le aflojó la tensión que hasta el momento sostenía su mandíbula, separándola de la superior ligeramente al entreabrir sus labios en una mueca de incredulidad. Lo mismo sucedió con sus piernas, que la obligaron a aferrarse con más fuerza del agarre y unión que forjaba con la maño empuñándose sobre el costado de la puerta. No obstante se obligó a reaccionar rápido, empujando la puerta nuevamente para cerrarla, pero antes de que esto sucediese Oliver oponía fuerza del otro lado para evitarlo. Entre aquel golpe proferido, el suéter gigante que vestía Kya se resbaló hacia abajo, dejando en vista la gasa que cubría su muñeca. La situación no era fácil para ninguno de los dos. Kya porque, obviamente, estaba pasando por muchas cosas en su vida, y él la había abandonado en el momento en que más lo necesitaba. Y Oliver, porque se había prometido a sí mismo jamás volver a aparecerse frente a la joven Wallace para no incordiarla con su presencia, y aún así ahí estaba, frente a ella, llamando a la puerta de su casa porque el vecindario había ido a quejarse con él de que no los dejaban dormir por culpa de la música. ¿Por qué con él? Simple. Primero, porque era el novio según lo que todos creían -errado, claro-. Y, segundo, porque al tener prestigio su compañía de arquitectos y el buffette de abogados con el que tenían una relación íntima, se corría el muy acertado rumor de que el joven O'conell se había convertido en poco tiempo en una de las personas más importantes de Seal Beach. Algo que venía con el apellido y, así como le gustaba llamarse como su padre, tendría que aceptar las responsabilidades que ser un O'conell hijo de Brian Aleick conllevaban. Se lo veía como una especie de conciliador, el alcalde, alguien no tan ausente como el verdadero alcalde de Seal Beach, a quien nunca se le veía la cara. Pero más incómodo aún era el hecho de encontrar a Kya tan desarreglada, tan evidentemente mal. Había intentado cerrarle la puerta en la cara, él la había detenido, pero no había podido evitar notar que por la muñeca de ella aparecía una especie de gasa que no era completamente blanca. Sin pedir permiso, Oliver O'conell se adentró en la casa, tomó el brazo de Kya con fuerza, atrayéndolo hacia sí, y despojó el antebrazo de la joven del sweater que lo cubría. Los ojos azules de Oliver se volvieron a los de Kya; entre horrorizados, alarmados, y preocupados. “It only hurts when your eyes are open. Lies get tossed and truth is spoken. It only hurts when your eyes are open, dreams are lost and hearts are broken”. De repente el mundo estaba en llamas, varado en una realidad de la que Kya dudaba poder huir. Nada tenía continuidad, y los retazos de su esencia corrompían contra las pocas fuerzas que le quedaban para derrumbarla al mismo momento en el que el contacto con la piel del castaño volvía a ser parte de su cuerpo. Lo primero que escudriñaron sus ojos castaños fue los de él, con igual frialdad que pasión, una pasión que echaba llamas y se transformaba sin querer en un silencio abarrotado de reproches. Dictaminó la música como una daga que abría todas sus heridas, una canción que se hallaba en la fina línea entre lo concreto e inapropiado. Realmente no necesitaba más consentimiento del que ya tenía por sí misma, alguien más recordándole lo mal que estaba no era lo que buscaba: “no es sencillo salir de la oscuridad si tienes a alguien pisándote los talones, obligándote a que lo hagas lo más pronto posible”, pensó. Apartando la mirada la estancó sobre una de las estanterías, recobrando fuerzas para despedir la mentira más convincente mediante sus labios. Entonces hizo los ojos blancos en un gesto en el que procuraba actuar y dejar a Oliver como un ridículo al pensar mal, y girando la cabeza para mirarlo nuevamente, los ojos de Kya se anclaron en los celestes de él pretendiendo no repetir ni desmentir el asunto. — Me corté haciendo la cena — con fuerza en su voz, una fuerza hipócrita que le susurraba no ser cierta, Kya profirió un codazo al aire con total de liberarse de su agarre, cumpliendo con su cometido. Y enarcó una ceja por sobre la otra en un gesto repleto de orgullo, casi de rechazo — ¿Café? — despegando las suelas que la aferraban al suelo, Kya pareció obviar las dos lágrimas que pronto recorrieron sus mejillas. Aquella misma mano, la derecha, subió entorpecida con total de borrarlas, hacerlas a un lado, ignorarlas como hacía con todo lo demás: su hazaña, su mentira, podía tomarse como válida a sabiendas de que Oliver estaba al tanto de que era zurda. Un pequeño accidente, ¿por qué no? Aunque ambos sabían que era mentira.
Alejarse de él con total de forjar un camino hasta la cocina fue mucho más difícil de lo que creyó alguna vez. ¿Hacía cuánto que no lo veía o sabía de él? Recordó entonces la última situación que habían atravesado juntos. Frente al refrigerador Kya esbozó un sollozo que procuró ser rotulado como gruñido. No la amaba, nadie lo hacía y eso no hacía más que confirmar sus sospechas. “Eres una buena para nada”, recordó las palabras de su padre, “una buena para nada”. El eco de los recuerdos le arremetió con fuerza los talones, invadiendo el sentido del equilibrio para intentar arrojarla al suelo. Pero antes de que aquello sucediese, Kya se pasó una mano por el rostro. — No llores — se regañó, a escondidas de Oliver. Entonces escuchó la seguidilla de pasos que lo condujo hasta la cocina, señuelo que la hizo girarse sobre sus pies — Explícame porque estás aquí, ¿no te he dicho que no quería verte más? — reprochó, y a medio camino la voz le viajó una octava más arriba. Kya se esforzó en mantener la compostura, pero apenas podía respirar con el nudo que apresaba su garganta. ¿Cómo hacerlo, cómo ser fuerte frente a él que tanto la había humillado? — Vete — agachando la mirada, aquella que ocultaba nuevas lágrimas, el rostro de la joven Wallace se crispó en una tristeza solitaria que vagamente podía controlar.
El joven O'conell no dejaba de ver a Kya a los ojos. Sí, la había seguido hasta la cocina, pero eso no significaba que estuviera allí en busca de un café. Él no quería café; no quería un té; no quería tomar nada en realidad. Sólo se había visto impulsado por la necesidad de asegurarse de que ella estuviera bien, y de que lo que acababa de ver era, en efecto, una cortadura con un cuchillo en la cocina, un accidente, y nada más ni nada menos que eso. Pero no se lo creía; porque los ojos de Kya estaban rojos de tanto llorar, al igual que las mejillas encendidas de las cuales ella ni siquiera se percataba. Porque se había limpiado los ojos con la mano derecha, siendo zurda. Porque le había ofrecido café primero, y ahora le exigía que se fuera. ¿Qué le sucedía? ¿Qué podía estar tan mal con ella para que se encontrara en esas condiciones? ¿Qué había pasado que él no sabía? ¿Lo habría provocado él? ¿Era Oliver el culpable de todos los males que pudieran estar acabando con Kya? Ese pensamiento hizo que el corazón le diera un vuelco y, a continuación, sintió algo frío y punzante en el pecho. Agachó la cabeza, queriendo averiguar qué era lo que había provocado semejante dolor, pero la daga que acababa de hacerle daño era una imaginaria, porque no había ahí ningún puñal ni mucho menos sangre. Aunque sí dolía; tanto que respirar significaba un martirio. —¿Ha hecho eso tu padre? —soltó el joven O'conell, alzando la cabeza, mirando a Kya a los ojos, y haciendo clara referencia a la herida de su mano. Rogó en su interior que él no fuera el causante de aquel corte. ¿Por qué? Pues porque se había separado de ella porque le habían amenazado con herirla, ¿y qué sentido había en hacerle creer si no la amaba si eso terminaba haciéndole más daño? Oliver era un muchacho fuerte, pero había cosas con las que simplemente no podía; y ver a Kya, su Kya, en esas condiciones, simplemente le partía el alma. La castaña, para entonces, había anclado su mirada sobre la de él durante unos cuantos segundos. Poco a poco, segundo a segundo, sus ojos se tiñeron de cierto repudio, rechazo, que obviamente –aún cuando parecía extremadamente auténtico- ella lo actuaba. Él no le generaba rechazo ni mucho menos repudio, pero tenía que alejarse de él si quería dejar de sufrir. Porque lo amaba, ella sí lo amaba y eso dolía demasiado, incluso más que la idea de no verlo otra vez. Hasta llegó a sopesar la idea de dejar los estudios, de abandonar a sus amigos con total de curar las cicatrices que él le había plantado sobre el corazón. Largarse, irse a NY donde pertenecía. — ¿Cómo puedes pensar eso? — indignada, las narinas de Kya se dilataron para pronunciar en su rostro el sentimiento que supuestamente la recorría — No vi más a mi padre desde que me fui de su casa, te he dicho que me corté haciendo la cena, no es nada — aclaró, y una de sus manos se alzó hasta tener un encontronazo con su cabello despeinado. Desde allí coló la punta de sus dedos, recorriéndose el cuero cabelludo con el tacto, llevándose mechones hacia atrás en un gesto nervioso y de incomodidad. Entonces, negando con la cabeza varias veces –o mejor dicho, sacudiéndola sin hacer caso en cómo la gasa se teñía de un color carmín con el correr de los minutos- Kya separó sus labios. De la pequeña hendija jaló aire, el suficiente como para alimentar su pecho y llenarlo de coraje: aún cuando sus ojos seguían arrasados en lágrimas, lágrimas nostálgicas acerca de un pasado y lágrimas dolorosas por el presente, el semblante de la newyorkina se veía más firme que nunca — Sólo dime porqué estás aquí — al notar cómo alzaba la voz para superar el volumen de la música, hizo una morisqueta fugaz que le atravesó el rostro, una morisqueta que enfadada fue el motor para que tomase el control remoto para así poder apagar, desde la lejanía, el reproductor de música — Me dices, y te vas — las comisuras felinas con las que cargaba su rostro se apretujaron hasta dejar a sus labios de un color pálido, prácticamente blanco. Estaba esforzándose demasiado en no romper en llanto e ir a la busca de sus brazos, tenía que ser lo suficientemente fuerte como para demostrarle a Oliver que era una mujer, no una niña. Una mujer que estaba dispuesta a renunciar un amor con total de estar bien. ¿Aunque era eso cierto? Agachó la mirada, y al mismo tiempo la lengua salió de su boca, acariciando ambos de sus labios con total de humedecerlos. A quién le mentía… se sentía sola, vacía y todo menos fuerte como procuraba demostrar en aquel preciso momento. Oliver separó los labios en un principio, pues quería explicarse, que ella comprendiera que en realidad no había preguntado lo de su padre con malas intenciones, sino porque realmente se preocupaba por ella; pero esas palabras jamás llegaron a su boca, porque él sabía que no podía pronunciarlas. No podía mostrarle a Kya que le importaba, porque eso hubiera sido sinónimo de ponerla en riesgo. Entonces, se concentró en la segunda parte de su oratoria; aquella en la que le preguntaba qué demonios estaba haciendo ahí. Eso era algo que él podía responder sin comprometerla, sí. —Los vecinos han venido corriendo a pedirme que venga a verte; quieren presentar quejas, por la música alta y los desórdenes que se escuchan por la noche, Kya. Si no fuera porque el alcalde es un inepto, ya lo hubieran hecho —la miró con ojos acusadores—. Vengo a decirte que pares; que dejes de llamar la atención, por el amor de Dios. Sí, probablemente ella se tomaría a mal esa última oración. Pero es que no comprendía. Si seguía llamando la atención, si volaba por encima del radar apenas un poco... Iban a ir a por ella. Y no podían ir a por ella; él tenía que evitar que eso ocurriera. Ella no tenía idea de la cantidad de veces que la habían amenazado en las últimas semanas. La de veces que, estando Oliver en la oficina, lo llamaban para hacer todo tipo de transacciones que iban en contra de la ley, y que él debía hacer por el simple hecho de que, en algún lado, estaban cerca de ella, dispuestos a acabar con su vida si él no hacía lo que le era pedido. —Por favor —pidió. Sabiendo que, a ojos de ella, no estaba en condiciones de pedir nada. Y era verdad lo que Oliver pensaba al pronunciar tales palabras: a juicio de Kya, un descarado. Era cierto y claro que si no estuviese tan herida, tan enojada y cegada por el sentimiento de insuficiencia que la recorría lo titularía de otra manera. Pero ese no era el caso, de modo que Kya alzó una mano hasta su propio rostro. Las yemas de sus dedos apretaron la zona T, recorriéndola con total de apaciguar el sinfín de emociones que la recorrían. Sentía ganas de golpearlo hasta el cansancio y luego cogerlo de las mejillas para fusionar sus labios y así recomponer las cicatrices que se abrían paso entre ellos, heladas, nostálgicas. Mas, se dijo, eso sucedía únicamente en las historias que escribía. — Vienes a pedirme que por favor apague la música… — repasó sus palabras en voz alta, en un reproche que sigiloso, ágil cortó el aire que los rodeaba. Sus dedos, para entonces, se pellizcaban el comienzo del puente de su nariz, allí en el espacio entre ceja y ceja — Vienes a pedirme que por favor apague la música después de todo lo que pasó — de momento a otro la mano comenzó a temblarle desquiciada, y perdiendo fuerza, Kya no halló otra opción que bajarla hasta esconderla dentro del bolsillo del pantalón. Entonces alzó la mirada para encontrarla con la de él: la suya era la confluencia de infinitos pensamientos acerca de Oliver, de ella y de ambos en conjunto, funcionando como la unión que ya no tenían — Oliver — llamó; sus ojos intensos lo atravesaron con igual furia que dolor — Dime a los ojos que no me amas y acabemos de esto por una vez por todas — pidió, y aún cuando luchó para que las lágrimas no ocuparan y entorpecieran su mirada, sin permiso y más fuertes que ella se instalaron allí para hacerla ver tan vulnerable como luchadora — No puedo juntar mis pedazos sabiendo que todavía hay posibilidades entre nosotros, porque… — hizo una pausa. Dio batalla para evitar pestañar y hacer que varias lágrimas atravesaran su rostro, y esa era la razón por la cual sus ojos se movían frenéticos, rápidamente a lo largo del cuerpo y rostro de Oliver. La voz, sin embargo, había dejado de cargar fortaleza. Agarrotada, más grave de lo normal y denotando cuánto había estado fumando últimamente, Kya sacudió la cabeza mientras se volvía más pequeña, abrazándose a sí misma — ¿Sigue habiéndolas? No te reconozco — soltó, y con ello un sollozo que procuró que se confundiese con un suspiro. Tapándose la boca con la mano, mordiéndose la lengua lo más que pudo, Kya cerró los ojos dejando que su semblante cambiara por completo en un santiamén. Ahora pretendía calmarse al inflar su pecho de aire que inhaló desde la nariz, quizá era menos doloroso con los ojos cerrados, quizá dentro de tanta oscuridad podía hallar luz. Consciente de cómo sus mejillas se humedecieron, Kya suspiró una vez más aún cuando su pecho vibraba en busca de descargar la infinidad de sollozos que querían escapársele entre los labios. Subió entonces una de las manos, una que acarició su rostro con parsimonia, haciéndose auto-mimo, derribando las lágrimas para dejar en su lugar caricias. “La gente va y viene”, se recordó. “Con la única que seguirás viviendo será contigo misma.” Algo dentro de Oliver O'conell se rompió. Pudo sentir una especie de golpe contra él, dejando una grieta que fue abriéndose segundo a segundo, por cada gesto, cada mirada, cada movimiento de Kya Wallace; cada una de sus palabras obligaban a la grieta a abrirse más y más. Pero él se aseguró de que esa debilidad no se viera en sus ojos, ni en sus expresiones, y mucho menos en sus movimientos corporales. Simplemente se quedó allí, de pie, mirándola a los ojos, fingiendo incredulidad e incluso se animó a actuar un atisbo de burla en las comisuras de sus labios que con tanto esfuerzo alzó en una especie de sonrisa sobrante. Había intentado ir por las buenas, decirle que no la quería y ya, terminar con eso con un corte limpio y por lo sano; pero ella sospechaba, claro que sospechaba, porque amor como ese no desaparece de un día para otro. No te levantas una mañana y sólo dejas de amar a la persona con la que estás. No funciona así, por más de que a Oliver le hubiera gustado eso; hubiera sido más fácil. Pero la verdad, la cruel y dura realidad, eran siempre dolorosa. Nada era fácil; no se trataba de cortar y ya. Así que ahora le tocaba hacer aquello que había intentado evitar todo ese tiempo: tenía que lastimarla, herirla tanto que el sólo hecho de oír su nombre o pensar en él significara repulsión. Tenía que hacer que lo odie, esa era la única respuesta. —Debes dejar de ser tan patética —habló, con voz fuerte y dura mientras la miraba a los ojos. Así, de la misma manera que le hablaba a sus empleados cuando la habían cagado; o a sus enemigos cuando iban a por él. Desafiante, vil, cruel. Tenía que ser cruel—. Junta tus pedazos de una vez, Kya; ni siquiera fuimos novios, ¿de qué pedazos hablas? ¿Qué sucederá contigo el día en que tu esposo te abandone, o se vaya con otra, o te pida el divorcio? ¿Te suicidarás por eso? ¿Te cortarás las muñecas por eso? —alzó las cejas y abrió los ojos más de lo normal— ¡¿Eh?! ¡Madura! ¿Quieres que te mire a los ojos y te diga que no te amo? —se acercó a ella, la tomó por los hombros, agachó la mirada, y la vio directamente a los ojos—. No... te... amo —arrastró las palabras, para que se le grabaran en la cabeza. Y la grieta se rompió, y sintió que su vida se derrumbaba, él lo veía, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Ante tales palabras el cuerpo entero de Kya se secó. Entero, por más que pareciera cargar con más emociones de las que podía manejar. Palabra por palabra impacto con fuerza sobre su corazón, resquebrajándolo hasta romperlo por completo y así hacer igual con su mente. Sintió un literal pinchazón que le hizo doblar la espalda hacia dentro: una daga, esa misma que él había sentido. Sin poder evitar que las lágrimas se desprendieran de a pares, percibió cómo la fuerza de sus piernas se escapaba para intentar arrojarla el suelo, y hasta tuvo que tomarse del mármol de la mesada tras suyo para quedar todavía más ridícula frente a él: el rostro de la newyorkina se crispó de una incredulidad que dolía, todas las esperanzas, todo lo que creía de él se derrumbaba para dejar en lugar de ello a un monstruo, un monstruo que le mentía sin vergüenza, porque muy en el fondo ella lo sabía, sabía que le mentía, pero tan débil estaba en ese momento que se dejó caer en caída libre, en un pozo sin fondo, en la oscuridad que nunca esperó encontrar. Shockeada, en los primeros segundos se limitó a mirarlo con los ojos entrecerrados y labios entreabiertos, largando por allí sollozos silenciosos que la hacían encoger y desencoger los hombros y el pecho. Entonces arremetió contra él: sus puños le profirieron el golpe más fuerte sobre sus pectorales, gritando un gruñido para luego golpear el rostro de Oliver con una cachetada que seguramente le quedó picando la piel. — ¡Eres un descarado! — vociferó con la voz rota, inestable tanto como ella en aquel momento — ¡Un descarado! — repitió, y lo tomó de la camisa para traerlo más hacia ella, hacer que la mirara a los ojos,para que estuviera consciente de cuánto la había roto era buena idea — Estoy enferma, pedazo de idiota, estoy enferma y no te permito burlarte de mí — habló en voz baja a regañadientes, y el mentón y los labios le temblaron sin dejarle tregua alguna. Y lo soltó, para así empujarlo otra vez —¡Vete de aquí y nunca vuelvas! — cerró los ojos, débil, y una serie de sollozos la atacó de improviso. Le dolía el cuerpo, le dolía el alma — ¡Vete para nunca más volver! — sus piernas se adelantaron todavía más para golpearlo seguidas veces, conduciéndolo indirectamente hasta la puerta. Entonces la abrió, mirándolo por última vez — Te odio — un ojo atinó a cerrarse para cuando lo escudriñaba echando fuego por la mirada. Su rostro entero se hallaba preso de una mueca trémula, y aquella gasa se desprendió luego de darle tantos golpes de modo que la sangre pudo teñir su antebrazo de un color carmín, poco a poco — Te odio — repitió, en un susurro, pero no por eso menos fuerte en energía. “People say goodbye in their own special ways (…) You’re in my veins and I cannot get you out”.
Seal Beach 2 ~ Kya Wallace & Oliver O'conell for Halloween