BRANDON KENTH'S SEASON FINALE (Bizzie's off rol)
Con el quinto intento de llamada, un traqueteo le hizo alzar las cejas al inglés en un atisbo de sorpresa.
"Hey, te comunicaste con Mary Elizabeth blah-blah-blah; en éste momento no puedo atenderte, así que no insistas y deja tu mensaje. Au revoir"
El pitido que le siguió a aquella tan particular voz le resultó tosco al joven Kenth, quien alzando una de sus manos coló los dedos por entre su cabello. Realmente no entendía cómo una periodista de radio podía ser tan descuidada con las llamadas que le dejaban en el teléfono. Era eso, o por algún motivo en particular lo estaba evitando; y el beneficio de la duda e inseguridad le provocó un sabor amargo en la boca que se extendió por todo su pecho al tragar.
“Liz, ¿estás ahí? — preguntó, y le fue inevitable esperar un par de segundos con la esperanza de que ella cogiera en el teléfono. Era estúpido al pensar que lo ignoraba puesto que no tenía motivo para hacerlo. Quizá sólo estaba bañándose… — Sólo… quería avisarte que… — y rió, o al menos lo intentó por más que haya proferido cierto gruñido que luego se despidió entre sus labios —… hoy iré a verte. No sé de ti hace bastante y comienzas a preocuparme — una vez más procuraba reír, sin embargo, dejó a medio camino el esfuerzo para chasquear la lengua contra al paladar; ese gesto en un Kenth podía significar dos cosas: o un gesto de coquetería o un indicio de molestia, y precisamente en ese momento lo que menos estaba haciendo era coquetearle — Y tenemos que hablar de algo. Importante. Así que sólo espero que… — hizo una nueva pausa, una mínima en la que dedicó el tiempo a separar el celular de su oreja para cerciorarse de que estuviera todavía en llamada — Sólo espero que estés”
*Click*
No mucho tiempo le tomó a Brandon para decidirse en ir hasta la casa de Elizabeth, su chica. ¿Cómo llamarle ahora que habían llegado a algún tipo de acuerdo? Porque tampoco eran novios… Apretando los labios en una morisqueta de desagrado, el inglés se subió al auto y lo primero que hizo luego de accionar el motor y apretar el acelerador, fue encender el estéreo que resonó con un volumen alto “Smells Like a Teen Spirit”. Él la cantó en voz baja, asintiendo con la cabeza e intentando recordar el camino hasta la casa de la morena. ¿Estaba siendo muy extremista? Porque infinitas llamadas perdidas y no verla durante dos semanas para él era extraño. Y claro, tampoco suficiente.
Se apeó del auto pasándose una mano por el jopo, arreglándolo y confirmando su buen look en el reflejo que planteaba el vidrio polarizado del auto contra el sol, y cruzándose de vereda llamó a la puerta con actitud. En la espera, apoyó el antebrazo sobre el marco de ésta, inclinándose hacia un costado mientras una de sus piernas se enrulaba con la otra. ¿Cómo decirle acerca de la charla que había tenido con su padre? Lo que tenía seguro era que él no pensaba hacer caso, que quería estar allí para pasar tiempo con ella, porque estaba enamorándose y Seal Beach cada día le planteaba más razones para quedarse.
Agachó la mirada, suspirando.
Quien abrió la puerta fue la versión veinte años mayor de Elizabeth; Arianne Maud Wayne miraba a los ojos a ese joven que acababa de llamar a su puerta, y sus labios formaron una "o" inexplicable. Así que ese era el joven del que su hija estaba escondiéndose.Arianne no era una experta en relaciones, pero sabía que si una muchacha se esconde de un chico tan guapo y sexy, es porque o ella se trae algo malo entre manos, o él, o ambos. Había gato encerrado, evidentemente.
—¿Se te ofrece algo? —inquirió la mujer, mientras sus ojos claros analizaban la apariencia del muchacho.
Nunca había entendido completamente a Mary Elizabeth, y preguntarse por qué se escondía de ese chico estaba comiéndole la cabeza. ¿Qué era? ¿Algún amante? ¿Una segunda chica? ¿La típica "no quiero enamorarme" que ella misma se había visto obligada a usar en su momento? Habían tantas opciones... Pero con su hija nunca se sabía.
Alzar la mirada al mismo tiempo en el que su mentón se despegaba del pecho para así lograr encontrar a la madre de Lizzie no era algo que estuviera en sus planes. Sus ojos denotaron la sorpresa que aquello le había generado, sin embargo, se empecinó en lucir completamente relajado. Y claro, lo consiguió, pues si algo tenían los Kenths era un encanto único.
Él le dedicó la media sonrisa que se dibujó sobre sus labios a Arianne, y no tardó demasiado en erguirse, despegando el antebrazo del marco de la puerta, para así extender la mano y presentarse ante ella.
— Buenos días, miss Wayne — al ver cómo ella le correspondía el saludo, él ensanchó la sonrisa lo suficiente como para mostrar los dientes al mismo tiempo en el que asentía una vez con su cabeza — Es un placer conocerla. Soy Brandon, ¿está Liz en casa? — preguntó, relamiéndose los labios de inmediato a lo que ladeaba la cabeza — ¿O tiene idea de dónde se ha metido? — allí fue cuando arrugó el entrecejo, inconsciente de lo que su semblante preocupado podía despertar en alguien más. Era el típico “ojos de cachorro” al que no te le puedes negar. Pero claro, de esto él no tenía idea, sino que su rostro era la confluencia de la exacta emoción que lo recorría: incertidumbre.
La mujer dejó ir un suspiro al ver esos ojos, que le recordaron a su pasado; esa mirada que significaba y decía tanto sin que uno siquiera lo supiera. Estaba segura de que el joven, Brandon, no tenía idea del efecto que podía tener en las personas, porque era tan natural que daba envidia.
—Oh, querido —dijo ella, sonriendo de medio lado con pesadez.
La última vez que había visto un hombre en su casa, habían sido muchos años atrás, con el último novio de Lizzie, aquel que, era sabido, le había roto el corazón. Desde ese entonces, ningún masculino pisaba la casa, a no ser de los familiares Wayne. Al fin y al cabo, Solange era lesbiana, Arianne había dejado pasar la época de las citas ya mucho tiempo atrás, y Elizabeth se negaba a traer a un chico a su casa, fuera para charlar o hacer cualquier otra cosa.
Así que, si él estaba ahí, entonces era importante para ella. De otra forma, él jamás hubiera sabido dónde vivían, y mucho menos que podía encontrarla ahí a esa hora en particular por la mañana.
¿Tendría él algo que ver con el hecho de que su hija no hubiera salido los últimos días de su habitación?
—Ella está arriba, en su cuarto —se hizo a un lado, confiando en sus instintos de madre, que eran los únicos instintos que nunca le habían fallado—. Si le dices que yo te dije, lo negaré todo —alzó una ceja—, pero ha estado ahí arriba por muchos días, no come, no sale, no habla... —echó un vistazo al rostro de Brandon—. Si hay algo que puedas hacer... Ya lo hemos intentado todo.
Lo único que pudo responder Brandon ante esas palabras fue un “sí“ completamente débil y susurrado que realmente ignoraba si Arianne lo había oído. Se había abstraído en sí mismo al escucharla decir que Lizzie aparentemente estaba mal, triste, agobiada por algo de lo que él no tenía idea. Fue literal el brinco que dio su corazón, sintió como si alguien le metiera la mano dentro del pecho para apretarlo con violencia; fue esa misma razón por la cual el moreno había dado un sutil respingón sobre sus talones, respingón que fue el mismo motor que le hizo irrumpir la mejilla de Arianne con un beso en un gesto de agradecimiento. Y así como venía, de repente víctima de una descarga eléctrica que abarcó todo su cuerpo, subió las escaleras de dos en dos con determinación hasta así irrumpir en un corredor oscuro.
Allí inspeccionó con la mirada puerta por puerta, algunas entreabiertas, otras completamente abiertas y una, sólo una cerrada. Una corazonada le dictó que ese era el cuarto de Elizabeth, sin embargo, tuvo el respeto de tocar la puerta para anunciar su presencia. ¿Qué habría sucedido? ¿Se había comportado mal con ella sin saberlo? ¿Estaba actuando bien? Porque en realidad y aparentemente ella quería espacio, pero para él le resultaba imposible dárselo. Quería ayudarla, cerciorarse o al menos tener la oportunidad de hacerle bien.
En un principio, no se oyó nada del otro lado de la puerta, porque no había habido respuesta, y estuvo así un buen rato, hasta que finalmente algo llevó a que la joven de cabellos castaños que no llegaban hasta los hombros, se encaminara hacia la puerta y la abriera apenas un poco.
—Venía siendo hora que se acordaran de la comida de Rodolfo —se oyó decir a Mary Elizabeth, quien se asomó apenas un poco, extendiendo la mano, para tomar el plato para su perro, saludar, y volver a meterse en su cueva; pero se quedó helada, literalmente, cuando lo que vio del otro lado fue el fiel reflejo del rostro del que sus pensamientos la habían hecho presa tantos días.
Estaba boquiabierta, los labios levemente separados, y sus ojos azules fueron el fiel reflejo del dolor que sentía por dentro.
—Brandon... —musitó, sintiendo cómo las piernas le temblaban, las manos se le resbalaban del marco de la puerta y el pomo, y los términos "arriba" y "abajo" se invertían drásticamente, dejándola con los pies para arriba; mareada y asfixiada, todo de repente.
Frunció los labios, para que el puchero no fuera evidente, y aunque lo correcto hubiera sido cerrarle la puerta en la cara y echarlo a patadas, terminó de abrir la puerta, y se tiró en sus brazos, abrazándolo por el cuello.
Ver asomarse su mano le hizo agachar la mirada, tragando saliva. ¿Qué era lo que la tenía así? Porque Lizzie era completamente distinta, era una mujer abierta, simpática, y verla así, apenas asomando la mano hacia el exterior, le hizo saber cuan encerrada y rota estaba por dentro. Sólo que él no sabía el porqué.
El contacto de su mano con la de Lizzie la obligó a ver de quién se trataba. Y mientras la joven Wayne quedó idiotizada, sin poder creer que Brandon se hallara allí, al frente suyo, dentro de su casa, él le apretó la mano en un gesto que le hacía saber que estaba ahí con y para ella. Incluso le sonrió, una sonrisa de medio lado que se dibujó únicamente sobre sus labios escondiendo parte de la amargura que le despertaba tal situación.
El contacto cuerpo a cuerpo lo sorprendió desde lo más profundo, si ella lo abrazaba era porque realmente lo necesitaba, porque debían admitir que por más que fueran juguetones el uno con el otro también eran bastante fríos en ocasiones. Lo único que pudo hacer en un principio, intentando desligarse de la incertidumbre y la tristeza que ella le contagió con su aspecto, fue corresponderle el abrazo con fuerza pero no por eso con menos cuidado. Rodeó por completo la espalda de Elizabeth con sus brazos, sobando con ambas manos a la morena a modo de consuelo. Entonces retrajo el mentón para así poder tener espacio de llenarle de besos el rostro, en la cara, en los ojos cerrados, en la nariz.
— Estoy aquí, tranquila — susurró, fusionándose aún más con Lizzie al esconder su nariz sobre el cuello de ella, acariciándole el cabello por el nacimiento de la nuca. Y la acalló, la acalló, cerrando los ojos para prepararse mentalmente para algo de lo que él no tenía idea que estaría a punto de suceder.
Mary Elizabeth quiso quedarse así para siempre, porque se sentía tan segura y contenida en los brazos de Brandon, que volver al mundo real no era en verdad una buena opción. Pero, bueno, no podía vivirse en una fantasía por siempre, y ella era de las primeras que decían que a lo hecho, pecho, y que a la vida hay que patearle el culo cuando te toca la espalda. Así que tenía que armarse de valor, separse de él, y echarlo de allí.
Pero es que hubiera sido más fácil si, en el momento en que se separó de él, no le hubiera visto a los ojos. Porque, demonios, esos ojos... Se sintió perdida, y débil, y completamente insignificante al lado suyo.
Lo tomó entre sus brazos de nuevo, y besó los labios de Brandon, apresándolos entre los suyos; y ésta vez no fue un beso pícaro y juguetón, ni seductor ni mucho menos histérico. Era cálido y desesperado, sabía a despedida en lugar de bienvenida; y dolía, mierda que dolía, ahí dentro, en algún lugar dentro suyo.
Permaneció con sus manos aferrándose a las mejillas del joven, e intensificó el beso por un momento, inspirando por la nariz para darse fuerzas, porque eso necesitaba: tomar las fuerzas de Brandon, quedarse con ellas, arrebatárselas todas, y luego enviarlo lejos, muy lejos.
Cuando se separó de él, sintió que el mundo se le venía abajo. Pero tiró de él, adentrándolo en su habitación, sin que le importara que estuviera desordenada, producto de los días que había pasado ahí encerrada, y le guió para poder sentarse, uno frente al otro, tomando una silla de la computadora, y la otra del escritorio donde solía trabajar, enfrentándolas, y obligándolo a sentarse.
Ser besado por Elizabeth aún cuando sabía a nostalgia, a que hacían lo incorrecto estando juntos, a que se acercaba el principio del final no logró sino confirmarle que la quería con cada parte suya. Todavía le faltaba mucho por conocer acerca de esa muchacha, pero no tenía dudas de que si le planteaban una vida entera con ella en el infierno, o un cielo, elegiría una y mil veces el infierno con Wayne. Porque sí, estaba seguro que batallaría contra sea lo que estuviese sucediendo.
La piel se le estremeció por cada rincón, corresponderle no hacía más que volverlo loco, entrelazar dudas y certezas que tenían para volverlas pólvora. De repente, no supo porqué, sintió que todo lo que habían tenido se resumía a aquel momento.
Entonces se dejó mover creyendo que era la mejor opción. Sintiéndose estúpido, queriendo respuestas y no más interrogantes, Brandon se rascó la nuca procurando sonreír. Pero no podía, no era una sonrisa auténtica, era un intento de sonrisa repleto de dudas. ¿Qué había sucedido? ¿Qué iría a suceder? ¿Habría estado con alguien más? ¿No lo quería como pensaba haberlo hecho cuando se prometieron el uno al otro? ¿Estaría sana? Cogió las manos de Lizzie entre las suyas, contrastando éstas en temperatura: las de Lizzie heladas y las de él, cálidas, aún cuando fuera irónico si ella había estado allí dentro durante días y él acababa de dejar la helada al entrar.
— Liz… — fue lo único que dijo, al tanto de una explicación. Y sus ojos negros se sumergieron en los de ella, tensionando en lo alto de su frente sus cejas, que teñidas de incertidumbre y tristeza, tomaron el protagonismo de su gesto.
A la aludida le hubiera gustado acallarlo con otro beso, pero se contuvo, y en lugar de eso simplemente se le quedó mirando, y formó poco a poco una sonrisa de medio lado, que era tan triste y melancólica como su mirada.
¿Cómo empezar? No sabía cómo empezar, ni qué decir, ni qué no decir. ¿Sería conveniente mentirle en su totalidad? ¿Separarse de él y gritarle que se fuera? ¿O mejor la verdad? La cruda y cruel verdad. ¿O una mezcla de ambas?
No. Ella, Mary Elizabeth Wayne, no mentia. Con Lizzie era blanco o negro, los grises no existían; por eso le molestaba tanto todo lo que pasaba en Seal Beach; el secretismo, las idas y venidas, las lealtades faltas, las amistades desencontradas, el odio y la amistad fingida... Eran todos grises, terreno turbio y nebuloso que no iba con ella.
Están conmigo o en mi contra ; esa era su filosofía de vida. Una cosa, o la otra. Pero no las dos, no en el medio. Y, para una persona que no mentía, preguntarse si debía o no comenzar con Brandon Kenth era una pérdida de tiempo, pues sabía la respuesta.
—Primero que nada, quiero que sepas algo —apretó apenas las manos de Brandon, agachando la mirada, fijándola en sus manos unidas por un momento, y luego volviéndose hacia sus ojos de nuevo, definida, determinada a hacer lo que debía—. Te amo —le dijo a Brandon, con voz fuerte y clara, para que no le quedaran dudas—. No sé por qué, ni si debería o no, pero lo hago, y se siente bien, y no quiero que cambie —pero la mirada en su rostro no iba con la declaración.
En las declaraciones de amor, siempre uno se estaba contento, alegre por pronunciar esas palabras. Que no era el caso de Elizabeth Wayne, a quien parecía que pronunciar cada palabra le dolía más que la anterior.
Del desierto que eran sus ojos presos de la preocupación, de un segundo al otro, escuchar las palabras que Elizabeth le decía los tiñó de esperanza. De esperanza, de un cariño que ya no le cabía más en el cuerpo. Y fue entonces cuando le soltó las manos, conduciendo las propias hasta los cachetes de la joven Wayne desde donde se aferró, acercándose hacia ella.
— Pero eso no es malo, Wayne — le dijo, y sus labios se curvaron en una sonrisa repleta de picardía. Se acercó más a ella, lo suficiente como para apoyar la frente sobre la suya al mismo tiempo en el que sus manos le recorrían la cabeza y cabello a Lizzie, seguidas veces, a modo de consuelo. Quizá sentía ganas de decírselo y lo que le aterraba era su reacción… Y era esa la razón. Esa. Que lo amaba y que le daba miedo— Me ganaste de antemano — rio entre dientes, en voz bajita a lo que buscaba sus labios, atrapándolos con los suyos en un suave y corto beso — Yo también te amo, Elizabeth — suspirando apenas, abrió los ojos para observar desde aquel ángulo la boca de ella — Tampoco quiero que cambie, no lo permitiré — le susurró, jurándole internamente amor eterno.
Tomándola por el cuello, ladeó su cabeza e impactó contra sus labios el rostro de Lizzie en una seguidilla de besitos. En sus labios, en sus comisuras, en el cachete izquierdo hasta subir a sus sienes. Y se separó, con la mirada sedada, con la sonrisa que mostraba la mayor parte de su dentadura haciendo hincapié en sus colmillos — No es malo, no es malo para nada — se repitió, insistiendo en acariciarle el cabello.
"No es malo, no es malo para nada", resonó en la cabeza de Elizabeth por un buen rato, observándolo sonreír, besarla, acariciarla con sus manos. Era feliz, él, Brandon Kenth, se veía feliz, y ella tomó nota mental de cómo se veía Brandon en ese instante, porque así era como querría recordarlo, cómo lo llevaría siempre consigo a pesar de la distancia y del correr del tiempo. Así lo recordaría cuando, dentro de un par de minutos, viera el dolor en los ojos de Brandon, producto de las palabras que ella misma tenía que decirle.
Lizzie negó con la cabeza, haciendo oídos sordos a lo que él decía. Ya no importaba si él la amaba o no; si lo consideraba malo o no; si quería estar con ella o no. Él sólo tenía que saber lo que ella sentía por él, antes de que ella hablara, y terminara de arruinarlo todo.
—¿Confías en mí? —inquirió Elizabeth, tomando el rostro de Brandon entre sus manos, y haciéndolo estarse quieto.
Nuevamente el apretujón de la inquietud gobernó parte de su pecho. Sintió vértigo ante las nuevas sensaciones que lo recorrieron. ¿Qué estaba sucediendo? Todas sus deducciones se derrumbaron para volver a embargarlo de incertidumbre. Su rostro, sumamente enseriado y hasta contraído en una mueca donde no entendía demasiado a qué se refería, se esforzó en expresar una respuesta afirmativa que aún así él se encargó de hablar.
— Enteramente — soltó con la voz agarrotada, frunciendo el ceño para cuando la llenaba de preguntas solamente con la fuerza de su mirada negra, ahora vulnerable. — No entiendo… — y acalló, mordiéndose la lengua. No era tiempo para decirle qué era lo que no entendía, qué de todo lo llenaba de preguntas. Ella hablaría, ella se las aclararía. Vaya que lo haría…
—Lo sé —dijo Elizabeth.
Una sonrisa pesada y triste de medio lado se formó en sus labios, mientras lo miraba con ternura y cariño. Alzó una mano, acarició su rostro, y entrecerró los ojos. Claro que no entendía, no tenía forma de entender.
—Hablé con Brooke hace unos días; me comentó sobre la llegada de tu padre, y los motivos —comenzó diciendo Elizabeth, pero antes de que Brandon pudiera entender algo que no era, ella se apresuró a seguir hablando—. Toma a Brooke y vete —le ordenó, más bien rogó, la joven Wayne, a la par que abandonaba la silla, se ponía sobre sus rodillas, tan alta como podía en esa posición, y tan cerca de su chico como le fue posible, tomándole las mejillas entre sus manos—. No lo entenderás, no podré explicarlo, pero debes confiar —apretó la mandíbula—. Te estoy pidiendo sabiendo todo lo que te quiero y lo mucho que me cuesta hacerlo, que abandones Seal Beach, que vuelvas a Bristol, y que no mires atrás, Brandon. Por favor.
¿Habría sonado para él muy desesperada, o sólo había sido su imaginación?
Los ojos del inglés se entrecerraron con cierta incredulidad. ¿En serio creía que convencerlo era así de fácil? Brandon sacudió la cabeza imperceptiblemente, bajando la mirada por unos segundos en los que dejó a su mente maquinar. Debía escuchar sus pensamientos, tenía diecinueve años sí, también era un tiro al aire, pero lo era únicamente porque elegía serlo. Un Kenth nunca era un tonto.
— Sí, lo haré — y cuando Elizabeth creyó que conseguiría su cometido, Brandon alzó la mirada para anclarla sobre la de ella — Lo haré y volveré, porque tengo mil y un motivos para hacerlo. Mil y un que recaen en ti, Wayne — apretó de tal manera su mandíbula con total de demostrarle que no cambiaría de opinión, que los músculos de ésta se duplicaron en tamaño. Entonces apoyó una mano sobre la izquierda de Lizzie, esa misma que tenía lugar en su rostro — Saldremos de aquí si es necesario, pero no renunciaré ni a ti ni a esto por cobardía, ¿sabes por qué? — preguntó, y negó dos veces antes de responder su propia respuesta retórica a lo que fruncía el ceño otra vez, imperceptiblemente —Porque no tengo miedo.
Los ojos de ella se cristalizaron, y de manera inmediata comenzó a negar con la cabeza y frunció los labios. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué era él tan endemoniadamente... lindo? No podía ser lindo, tenía que ser inteligente; tenía que irse de ahí, eso debía.
—Por favor —pidió, sintiendo el nudo en su garganta, y la angustia en el pecho—. Por favor —negó con la cabeza, y se dejó caer, apoyando el trasero sobre sus propias pantorrillas. Tapó su rostro entre sus propias manos, e intentó secarse las lágrimas, pero cada vez que lograba acabar con una, aparecían dos.
¿Por qué no podía simplemente hacer lo que le pedían? No tenía que quedarse ahí. Si algo le pasaba a Brandon, si las amenazas se volvían ciertas e iban a por él... Sollozó, y no pudo respirar. ¿Quién mierda era esa, y qué había hecho con Elizabeth Wayne?
Le dio espacio en cuanto vio cómo procuraba ocultar su rostro de él, aún cuando Brandon sabía que estaba llorando o a punto de hacerlo. Pero escucharla sollozar y no hacer nada no estaba en sus planes, de modo que se levantó de la silla tomándola a ella entre brazos, como si fuera un bebé, y apretándola con suavidad contra su pecho se condujo con Liz hasta la cama, donde la acostó de costado y él también lo hizo, frente a ella. Le tomó una mano, la cual entrelazó con la de la joven Wayne; sus frentes se apegaban una vez más, y la otra mano se plantaba sobre la cintura de Lizzie.
— No puedo hacerlo — susurró, mordiéndose por unos pocos segundos el labio inferior. Estaban tan cerca que podían ser conscientes de la respiración del otro, así cómo también los aromas se entrecruzaban para viajar a la nariz ajena — No te dejaré aquí sola con esto dando vueltas, Wayne. No puedo — repitió, suspirando para pretender descartar el nudo que tomaba lugar en su garganta al verla tan angustiada. Entonces se aproximó todavía más a ella, abrazándola todavía acostados — Recién pensaba… — le contó al oído, calmándola poco a poco con la voz — Si me dieran a elegir entre la opción uno y dos, elijo la uno. Un infierno contigo o un cielo para mí — y rio apenas, mimándole el cuello con la punta de la nariz — Estar contigo es lo mejor que puedo hacer, y sí, soy egoísta.
Lizzie cerró los ojos con fuerza, y escondió su rostro en el espacio que había entre la almohada y el cuello de él, con la punta de su nariz rozando la piel de Brandon. ¿Por qué era tan lindo? Tenía que dejar de ser tan lindo.
—Esto no se trata de nosotros —intentó explicarle—. No se trata de querer o no estar juntos, sino de lo que se debe y no se debe hacer. Y yo tengo que apartarte, porque no soportaría que te lastimaran por mi culpa; así como tú también me apartarías si intentaran lastimarme. Y aunque yo también lucharía por quedarme a tu lado... —inspiró aire por la nariz, intentando ahogar un sollozo, sin mucho éxito en realidad.
Aún así, había cerrado los ojos, y se había abrazado a él. No quería dejarlo ir.
—No se trata de nosotros —repitió—. Cada segundo que estás cerca, me desconcentro de lo que verdaderamente tengo que hacer ahora; me preocupo por tu seguridad, porque sé que querrán hacerte daño, y que lo lograrán, Brandon, porque ésta gente no se anda con vueltas. Pero si tú estuvieras lejos, si tan sólo me dieras la oportunidad de... —hizo una pausa—. No puedes quedarte en Seal Beach, porque no es seguro. Y yo no voy a irme, porque éste es mi pueblo, y ésta es mi gente; y no voy a dejar que les lastimen, cueste lo que cueste.
Se separó de él, para mirarlo a los ojos, determinada y completamente segura de sí misma.
—No van a intimidarme amenazando a quienes quiero. Así que les recomiendo que me marchen, porque no voy a parar.
Escuchar y percibir la fidelidad que Elizabeth le brindaba a su pueblo le erizó la piel: él era igual con Bristol, amaba su ciudad, pero viajar hasta Seal Beach aún a regañadientes había sido por lejos una de las mejores decisiones de su vida; por primera vez se sentía atado a un lugar, y aunque fuera difícil luchar contra el apego él quería dejarse llevar. Quería dejarse llevar por Lizzie, amarla y cuidarla en todo sentido. Era por ese motivo del gesto negativo que diagramaba con su cabeza a cada segundo, poco a poco. Así y sin querer rozaba con sus labios la frente de la joven Wayne, hasta que ella alzó la barbilla mirándolo a los ojos, generando así que él correspondiera su mirada desde arriba. Y por más que se esforzara, no podía evitar que sus ojos negros estén teñidos de cierta preocupación y negación.
— Liz, escúchame bien — le dijo, luego de unos cuantos segundos en los que se permitió perderse en sus ojos celestes. Era increíble que cuando Wayne se ensimismaba en ocultar sentimientos y emociones, éstos sobresalían aún más con el poder de su mirada.
Brandon suspiró, rodeándola con sus brazos, procurando mantenerla cerca, como si estuviera protegiéndola incluso cuando nada acechaba. O al menos, eso era lo que él pensaba…
La miró de más cerca, y luego de fruncir los labios, habló.
— Ahora que sé que no sól… — y acalló, cerrando los ojos por un momento. No, no era correcto recordarle que su familia ya estaba siendo amenazada, porque de lo contrario Elizabeth lo echaría de Seal Beach a la fuerza. Y eso, quizá, tendría el costo de su propio corazón roto — Ahora que sé que estás en peligro, no puedo irme. No puedo dejarte aquí y no lo haré — musitó frente a ella, frunciendo el ceño angustiado ante la idea de separarse de Elizabeth. Y fue entonces cuando la soltó de una mano, para así poder acariciar parte del rostro de ella: sus dedos viajaron tatuando caricias sobre la mejilla de Liz hasta que las yemas de sus dedos encontraron el mechón de pelo que entorpecía la mirada de la castaña. Al mismo tiempo en el que se lo llevaba tras la oreja, Brandon se relamía los anchos labios — Sé cuidarme y sé cuidar a los que quiero tal y como tú. Y es por eso que no me iré: porque cuidarme implica cuidarte. Porque cuidarte… — intensificó la mirada, algo temerosa — implica cuidarme. Porque ya eres parte de mí Wayne, y por más que lo intentes no dejaré Seal Beach. Y tampoco te diré que dejes de hacer lo que estás haciendo porque sé que no lo harás, pero es más inteligente que involucrarte, eso seguro — le dolían tanto los músculos del rostro que procuró relajar el gesto junto a un nuevo suspirar. ¿Lo escucharía? Dudaba… — No quiero escapar ahora que encontré con qué llenar el vacío que siempre tuve aquí — sin querer los ojos se le cristalizaron sutilmente al golpearse el pecho, indicando su corazón. Y volvía a tomar una bocanada de aire, sellando sus labios que pronto impactaron contra la frente de Elizabeth — No me arrebates eso — susurró. — No permitiré que lo hagas.
Ella sintió los labios de Brandon contra los suyos y no pudo hacer más que cerrar los ojos para responder con efusividad aquel beso, aunque no por eso menos tristeza.
Lo había intentado; había esperado que él la entendiera, que él supiera lo que ella sentía y que de todas formas accediera a irse tal como ella se lo pedía, pero él no iba a hacerlo, así que era hora de que Mary Elizabeth tomara las riendas del asunto.
—Lo siento —murmuró, separándose de Brandon, mirándolo a los ojos, ésta vez más dura, intensificando su mirada—. Yo no quiero arrebatarte lo que sientes, ni lo que siento por ti —acarició con la punta de uno de sus dedos de manera lenta y sigilosa la línea de la mandíbula del joven—. Pero no pienso ser egoísta, dejar que te quedes conmigo, y ver que te lastiman.
Elizabeth apretó la mandíbula antes de deshacer el abrazo, y se incorporó como pudo, sintiéndose mareada cuando se sentó sobre la cama.
—Porque a mi no me lo contaron, Brandon —lo miró de reojo—. No fue como en las películas, que lo ves de lejos y no pasa nada —habló entre dientes—. Te amenazaron. Y a mi hermana. Y a mi madre —se llevó inconscientemente una mano hacia su abdomen, sin mencionar la parte en la que habían amenazado a la criatura que crecía dentro suyo.
Negó con la cabeza, terminó de ponerse de pie a los tumbos, y se alejó de él. No podía estar cerca de Brandon; no debía.
—Tienes que irte —tomó el pomo de la puerta, pero antes de abrirla, lo miró, y estuvo un par de segundos sin decir nada—. No estoy preguntándotelo —soltó, severa y ruda; la Lizzie que le hubiera gustado ser frente a Benjamin Wayne cuando había ido a por ella a intimidarla.
El rostro del joven Kenth se había embargado de desconcierto con las últimas palabras, sin poder ocultar el dolor, la punzada que éstas le habían provocado en el pecho. Hasta incluso había bajado la mirada, creyendo que había sido un factor externo que le había provocado el dolor, pero no; los efectos del amor del que todos hablaban no eran tonterías como él había pensado en algún momento, o hasta incluso le gustaría pensar, sino que era cierto.
Entonces alzaba la mirada nuevamente, encontrándose con la de Elizabeth que borraba toda promesa de amor y lo resumía todo en ese instante. Tal como él había precedido antes de entrar a la habitación.
Sus labios entreabiertos se sellaron para tragar el exceso de saliva que lo invadía, sin embargo, se encontró con que su garganta escaseaba de ella y no tragaba más que una herida rasposa: el desamor, la distancia impuesta.
— Dicen que si amas a alguien haces lo que sea para que él o ella sea feliz — respondió, con una vaga sonrisa en el rostro tintada de nostalgia y tristeza.
Al mismo tiempo en el que se ponía de pie, Brandon se arregló las arrugas del jean, sin dejar de mirarla con los ojos incrédulos. Se sentía una pequeñeza al lado de esa mujer, ¿cómo había sucedido lo de ellos?
— “Nobody I asked knew how he came to be the one to whom you surrendered” — citó una frase propia, relamiéndose los labios sin conseguir humedecerlos. Y se aproximó hasta ella, lo suficiente como para sentir su aroma embargarlo por última vez. Quizá tenía razón, tenía que respetar sus deseos si la amaba. Eso decían todos. Aunque… no. No se iría, esperaría a que la idiotez se le pasara para volver a hablar con ella.
La tomó del cuello, colando su mano por debajo de la cortina de cabello castaña para así atraerla hasta así. Pero en vez de dejar un beso sobre sus labios, lo hizo sobre una de las mejillas. Y se sucedieron unos cuántos segundos antes de que él se separase de ella. Sólo lo hizo al ver cómo Elizabeth sentía cómo tocaba la parte trasera de su jean, colando dentro de él algo que luego inspeccionaría: la letra que había escrito para ella — Te amo — susurró, y aún cuando sonó a despedida supo que no era la última vez que la vería ni mucho menos. Él no se iría, le gustase o no.
“Baby, I'm yours and I'll be yours until the sun no longer shines”
—Yo también —respondió la joven Wayne sin ni siquiera dudárselo, mirándolo a los ojos, sin atreverse a buscar el papelito porque sabría que eso la volvería un mar de lágrimas, justamente lo que no precisaba ya en presencia de Brandon Kenth.
Sus ojos se volvieron algo más severos, al mismo tiempo que sentía una especie de garra dentro suyo, algo que le agarraba las tripas y pretendía arrancárselas sin miramientos.
Extendió una mano, para acariciar la mejilla de Brandon una vez más, torciendo la cabeza para mirarlo desde otro ángulo.
—Y es porque te amo que debo dejarte ir.
Eso era lo que decían en las series, en las películas, en los libros que leía. Y nunca ninguna frase habría encajado mejor que esa en aquel momento; era perfecta e indicada, lo decía todo en una sola oración. Lo adoraba, lo quería con locura pero, aún así, era porque lo amaba que no podía verlo sufrir, y si estaba con ella iba a dolerle mucho, así que lo mejor era hacer el trabajo duro por él, obligarlo a apartare del camino por las malas, sabiendo que lo beneficiaría aunque le rompiera el alma.
Y por otro lado, fue evidente la medida en la que el corazón del inglés se había acelerado, afectándole la respiración. ¿Por qué las cosas se habían vuelto tan complicadas de momento a otro? ¿Por qué estaban sufriendo y diciéndose cosas salidas de un guionista al que le gusta sufrir con sus personajes? Porque eso eran, marionetas del destino, personajes que alguien más grande y con poder sobre ellos manejaban a su antojo.
Frunciendo el ceño, sin apartar la mano que se estancaba sobre el cuello de Wayne con la misma determinación con la que su mirada se anclaba sobre la de ella, supo que quizá besarla no era la mejor opción pero lo hizo, precipitado, desesperado camino hasta sus labios donde atrapó los de Elizabeth con mesura, con cariño y ternura, cuidándola desde el mínimo contacto para cuando colaba los dedos de la mano por entre su cabello. No había modo de que pudiera separarse de ella, no cuando sus labios se fusionaban como uno porque era lo mejor que tenía en sus días y ahora… ahora querían arrebatárselo.
Cuando lo vio acercarse, Mary Elizabeth había alcanzado a dejar ambas manos sobre el pecho de Brandon con la única intención de utilizarlos para sacárselo de encima, dibujando en su mente empujones que lo echaban de la habitación; empujones que nunca llegaron a volverse realidad, porque en el momento en que los labios de Brandon rozaron siquiera los de ella, Elizabeth supo que le pertenecía total y completamente.
Aflojó las manos, y cerró los ojos al mismo tiempo que sus labios se fusionaban de esa manera tan perfecta, casi mágica, a los de Brandon. No recordaba haberles indicado que se movieran y besaran al joven; simplemente lo hacían, como si sólo existieran para hacerlo. Y ella, extrañamente, se sentía que había nacido para quererlo a él.
Los brazos de Elizabeth rodearon el cuello de Brandon, abrazándolo mientras lo besaba, y ésta vez no sabía a despedida, incluso aunque su razón le gritaba constantemente que era eso lo que ella debía hacer; que debía apartarlo y jamás volver a verlo hasta que él eventualmente se cansara de ella, se marchara, y terminaría salvándolo de un destino tormentoso.
Pero, ¿qué podía decir? Ella jamás había sido egoísta realmente con nada, hasta que había aparecido él. Brandon Kenth la hacía egoísta; tan simple como eso. Porque lo quería para ella y nadie más, y no estaba dispuesta a dejarlo ir por más que su cabeza le dijera todo lo contrario.