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La lavandera. Henri de Toulouse-Lautrec
Lavandera by Fernando Amarsolo, 1954
Lavandera blanca, lavandeira branca (Motacilla alba) / SEO
Leo Matiz
Lavandera (Río Magdalena, Colombia, 1939).
LA PITITA LAVANDERA
La pitita lavandera, con su cárdigan de rayas, va a rondar la cochiquera como todas las mañanas.
La pitita lavandera, siempre va muy atusada: la corbata siempre recta y la cola repeinada.
Las patas tiene de alambre, la caligrafía muy mala, y en el fango del estanque deja una plana enredada.
Que sí, que no, titubea, baja y sube la colita; si te acercas corretea, si te alejas, pica y pica.
La pitita nunca para, cada dos pasos un quiebro; algo busca que no halla: ¡nadie entiende su desvelo!
creación©ochoislas
La lavandera había hecho su nido al abrigo de la roca, en la orilla de la carretera del pueblo. Estaba a una altura que se podía alcanzar con la mano, sin ni siquiera ponerse de puntillas; pero hasta el momento parecía que nadie lo había visto. Eso vino contando Segawa una tarde. Su posada y la de Minasato estaban a poco más de un kilómetro de distancia. Había una sola carretera, así que cada vez que iba a visitar a Minasato pasaba junto al nido de la lavandera, que quedaba cerca de su propia posada. Justo antes había una pequeña imagen de Jizō, el custodio de los niños. Aquel trecho estaba oscuro como boca de lobo. El ruido del torrente, labrando la oscuridad de un bosque cuyas cimas quedaban a la altura de los pies, subía reverberando como un baladro desesperado. Pero, apenas pasado el Jizō, el talud se enhestaba paralelo a la carretera para luego reclinarse abruptamente. Cuando se alcanzaba el final se veían las luces de la posada de Segawa. El nido estaba justo en aquel recodo. Allí el viandante —atraído por la súbita amplitud de la vista— raramente veía lo que tenía justo ante los ojos. De modo que, si bien parecía estúpido por parte de la lavandera construir su nido en el talud junto al camino, también podía considerarse una sabia política, porque un lugar cercano a la carretera era sin duda el mejor para evitar a las serpientes, y la lavandera debía temerlas más que a los seres humanos.
Segawa estaba curiosamente alterado mientras hablaba. Estaba inquieto porque cuando descubrió el nido le acompañaba una joven del burdel a las afueras del pueblo, que estuvo fisgando por encima de su hombro.
Al día siguiente Minasato fue a ver el nido. Aunque escrutó todo el lienzo de roca desde la estatua de Jizō, no pudo dar con él. Plantado allí, perplejo, a falta de nada mejor que hacer, prendió una cerilla para encender un cigarrillo. Justo entonces, como asustada por el ruido, una lavandera salió volando con un zumbante voletido de una rendija de la peña, ante su misma cara. Minato retrocedió aturrullado: había visto encima de aquella quiebra un nidito hecho de hierba seca con las cabecitas tímidamente bullidoras de tres polluelos de lavandera. De pronto a Minasato lo turbó un vago anhelo. Nada más alargando la mano podía fácilmente llevarse uno de los pollos. No era que lo quisiera para nada. Lo que lo impelía era simplemente el deseo de robar algo sin que nadie lo viera. Minasato miró atrás furtivamente. No había nadie. Más rápido que el rayo tendió la mano. A la vez que sentía su corazón acelerarse, la tibieza que tocaban las yemas de sus dedos le trasmitió el latido de una muchacha virgen. Sin pararse a pensar lo que acababa de hacer echó a andar de vuelta a su albergue, agarrando el pajarillo con la mano derecha bajo el quimono. Cuando llegó al puente donde acababa la pista y empezaba la carretera nueva, sintió apagarse lentamente el calor leve del cuerpo del animal. Debía de haberlo agarrado demasiado fuerte bajo el quimono. Cuando abrió la mano a hurtadillas el pajarillo ya estaba muerto. Minasato tiró el diminuto cadáver en las hierbas altas que crecían junto al arroyo.
Aquel mismo día Segawa fue a verlo a media tarde. Minasato le contó que aquella mañana había ido a ver el nido de lavandera. Pero cuando dijo que sólo había dos pollos, Segawa replicó que eso no podía ser. Estaba seguro de que eran tres cuando él lo vio. Se enfurruñó: «Va a ser cosa de esa mujer de La Casa del Salto. Iré a mirar esta noche y si no hay tres le preguntaré qué ha hecho con él». Minasato se regocijó interiormente no más que por haber logrado engañar a alguien sin ser descubierto. Se sintió como quien ha logrado esquivar un peligro. ¿Qué había cambiado, aparte de que se había permitido ceder a un momentáneo anhelo? Minasato no sintió el menor escrúpulo al pensar así.
—Porque puede que haya hecho algo terrible. Ahora que lo pienso la madre estaba hoy volando como loca alrededor del nido.
A lo que Minasato respondió circunspecto: —La lavandera tenía que haber hecho el nido donde pasa más gente. Su error fue pensar que las personas se portan siempre mejor que las serpientes.
Ozaki Shirō