A REBECCA BUFFUNA
Érase una vez una muchacha de pelo rojo y ojos verdes que cruzó el Atlántico en busca de aquel país de sangre y arena de Hemingway, de aquella Alpujarra esencial de Brenan... y con el pulso de Manhattan Transfer en las venas, acabó echando el ancla en la Sevilla efervescente del tardofranquismo. Apasionada de las letras... no, de la vida; resolvió un día abrir un portón verde carruaje y dejar a la vista de la Sevilla zafia de la cervecita y los encontradizos un muro de libros, oro mustio de bosque otoñal, y con su guardapolvo color arena volvió a desatrancarlo un día tras otro, sin perder jamás el entusiasmo, con perseverancia de buena americana de otros tiempos, con la honestidad de aquéllos que alcanzaron todavía a soñar un mundo mejor salido de nuestras manos, y con la misma temeridad de sus imposibles rimeros de libros, en la Sevilla picardeada de siglos.
Tenía yo doce años cuando la vi por primera vez, encaprichado de un gran volumen rojo con tejuelos y descabaladas letras doradas que decían Europa Pintoresca, cuajado de castillos bohemios y antros sicilianos, que encandiló mi infantil añoranza de tierras lejanas. El dinero de la paga no me alcanzaba ni de lejos, y cuando me fajé para volver a aquel puesto de feria, aproveché al verla apartada de sus poco amigables socias para contarle mi caso: me dio el libro a cambio de mi billete y me sonrió de un modo que nunca podré olvidar. Lo que vi en sus ojos no se apagó en los cuarenta años que vinieron luego. O quizá se apagó hace millones de años, como esos astros de los que vemos sólo un pálido reflejo. Su alma grande era algo que yo percibía venir de muy lejos; completamente extraño al mundo que me rodeaba. Pero allí, de donde fuera que viniera, estaba mi patria.
De aquellos sueños caprichosos e infantiles a nuestras charlas a calzón quitado al cabo de los años, pasó mucho texto. De su mano leí el Ulysses, en su ejemplar de The Bodley Head, encontrado en la basura. En su cocina amasé el aprendido filo campesino de los pueblos del Peloponeso, a la vuelta de andanzas ya reales. Tras los largos encierros de la depresión los primeros pasos se encaminaban siempre a verla.
Fue luchadora, o no lo fue en absoluto, porque para ella no había más camino que el de la vida y el amor al destino. Ese carisma la proveyó para cumplir como mujer, amiga, madre o esposa, con la inteligencia intuitiva y abarcadora que la cazurrería de tantos confundía con ingenuidad estrafalaria. Ingenuidad, no; candidez, toda: la de la niña que mira al mundo con maravilla jamás extinta. Su entusiasmo vagabundo e indagador era parejo al de su perro, que no era suyo, aquel callejerillo prófugo que cruzaba la ciudad de madrugada para ladrarle a su ventana. Nunca tuvo edad para mí. Nunca fue pronto ni tarde para nada en su vida. Y si nos dejó acá, siempre estará en aquel mundo lejano desde donde brillaba el verde de sus ojos.












