“Por nada. No lloro por nada. Lloro porque me empeño en ser alguien depresivo y me enmaraño en la paradoja de que, al buscar la tristeza propia o la conmiseración de los otros, experimento goce físico. Lloro porque disfruto llorando. Porque cuando lloro, duermo mejor. Me fatigo. Me purgo. Lloro porque hoy me toca llorar y me gusta el rastro de caracol que las lágrimas me dibujan encima de las pecas, como si las sortearan [...]. Mañana tendré agujetas de tanto llorar. No me acuerdo de nada ni de nadie mientras lloro. Sólo pienso en mí y en la lástima que me doy.”
La lección de anatomía, Marta Sanz










