Los ogros devoradores y los sacamantecas representan una clase de miedo muy concreto, aquel relacionado con el canibalismo y el destripamiento, que viene a ser la muerte más cruda y directa que la mente humana puede concebir desde tiempos remotos. Pero también hay un segundo grupo de asustachicos que encarna otro tipo de temor imperecedero y ancestral: el miedo a desaparecer. Muchos son los monstruos que secuestran a los niños y los devoran en sus guaridas, pero también los hay que se los llevan y “nunca más se vuelve a saber de ellos”. Esto es mucho más terrible pues, además del terror a la separación de los seres queridos y a ser arrancados del hogar o entorno cotidiano, debemos enfrentarnos a esa incógnita angustiosa que es el fin último de los desaparecidos.
El más famoso de los ogros que se llevan a los niños con propósitos variables o directamente desconocidos es el Hombre del saco, presente en multitud de culturas desde épocas remotísimas. En la España moderna este personaje se “revitalizó” a raíz del trágico crimen de Gádor acaecido en el año 1910, aunque ya existían testimonios anteriores sobre secuestradores infantiles con fardos. En el siglo XIX la escritora Cecilia Böhl de Faber (más conocida por su pseudónimo masculino Fernán Caballero) ya recogió algunos relatos populares sobre hombres del saco. Prueba de ello es “El zurrón que cantaba”, que narra cómo una niña es raptada por un horrible mendigo que la encierra en su saco y la obliga a cantar, haciéndolo pasar así por un zurrón milagroso con el que pedir limosna. Igualmente antiguos son algunos cocos que utilizaban distintos tipos de sacos y cestos para meter a los niños revoltosos, como el Caragot de Tarragona, que bajaba por las chimeneas con un zurrón repleto de niños que luego le servían de ingrediente para sus sopas, el Banya verde, un demonio catalán con un único cuerno que se llevaba a los chiquillos al infierno metidos en una cesta, o el ya mencionado Caçamentides.
Tan universal y variable es esta figura que no se encuentra incluida en esta recopilación, aunque el hombre del saco tiene una serie de parientes femeninas en varias zonas de España que merece la pena mencionar. En Cantabria, por ejemplo, encontramos a las Sayonas, unas viejas que ocultaban a los infantes bajo sus faldas y, de nuevo, se los llevaban y nadie los volvía a ver. En el País vasco habitaban la Mamia o Mamutza y la Mamu, mujeres de gran estatura que secuestraban a los niños traviesos envueltos en las largas capas que siempre vestían. También en esta comunidad hay documentada algunas “mujeres del saco”, generalmente viejas que recorrían los caminos por la noche con oscuros propósitos y un saco echado a la espalda. En la vecina Francia, curiosamente, son bastante pródigas estas secuestradoras femeninas: en Foix vive la Mamet, en Sault está la Faramenca, en Aude la Remaca, en los valles gascones la Trimarde y en Ariège la Coffa. Desde luego, el saco parece ser una herramienta muy apreciada por toda clase de cocos. En algunos casos, incluso, llega a ser parte de su indumentaria. Es el caso de la Caparrucia o Kaparruzia, una asustachicos asturiana que cubría su cabeza con dicho objeto. También en Asturias, concretamente en Belmonte, se hablaba del Probe l´untu (Pobre del unto), un siniestro mendigo que se dedicaba a cortarle las manos a los niños y llevaba la misma prenda sobre la cara. Curiosa moda esta, la de los ogros.