Un fantasma conservador recorre la maternidad…
Mis expectativas frente al hecho de ser madre llegando al final de la segunda década del siglo XXI eran muy altas, tanto a nivel personal como colectivo. Somos las hijas de los sesentas; de ese feminismo que ayudó a las mujeres a pensar la maternidad como una opción y no como una obligación. Un feminismo con cierta reminiscencia burguesa tal vez, pero que sin embargo nos alejó de la casa como espacio femenino obligatorio.
Así me encontré con la panza, empoderada y libre. Lista para conocer un nuevo espacio, del que se habla mucho, para el cual queremos prepararnos porque no entendemos nada, combatiendo desde el primer día a la presión, incorporada e hipernaturalizada de ser madres perfectas. Algunas sensaciones desagradables asomaron; las que ya sabemos, porque somos hijas de los sesentas pero adolescimos en los 2000: miedo, culpa, incertidumbre y finalmente, oh Generación X, agobio y saturación. Frente a un panorama tan incierto, hoy en día no es necesario recurrir a los clásicos consejos de familiares y amigos: las redes sociales desbordan de información acerca del embarazo, la lactancia y la crianza en general. No sólo información en sí misma, sino también espacios de intercambio, cursos, encuentros y charlas con mayor o menor nivel de profesionalismo. En principio me sorprendió la cantidad de material, teorías y opiniones sobre el tema. Entre tanta literatura, descubrí que prima una manera de comprender a la maternidad que no creo que sea nueva, pero sin dudas no coincide con la visión liberal que esperaba, y con liberal me refiero a aquello que se opone a lo conservador.
Me costaba encuadrar a una mujer realmente libre con algunas cosas que leía. En particular, me encontré con un tipo de crianza que algunos llaman fisiológica, y varios de sus conceptos me invitaron a reflexionar. Múltiples publicaciones y cuentas en las redes hacen referencia a esta manera de encarar el acto de criar, que tiene sus fundamentos, algunos gurúes, muchísimos seguidores y, al menos en apariencia, pocos detractores. Es que, ¿quién cuestionaría algo tan bello como una madre mamífera conectándose con sus cachorros desde la más tierna naturaleza? Vayamos más allá.
¿En qué consiste esta tendencia? Propone establecer pautas de crianza en las cuales el bebé es el centro, oponiéndose al adultocentrismo. En el adultocentrismo se priorizan las necesidades de la madre o el padre, sus tiempos y deseos. Aquel fundamento estructura a los demás hábitos que se proponen. Por otro lado, se da por sentado que lo mejor para la cría humana es regirse, dentro de lo posible, por los tiempos de la naturaleza. Así, abogan por el parto natural con la menor cantidad de intervención médica posible, la lactancia prolongada hasta que el niño decida abandonarla y evitando las opciones artificiales y el movimiento y juego libres. Es decir, dejando que la naturaleza haga lo propio, confiando en que eso es necesariamente lo mejor para el niño y sus adultos, sumando al colecho y al apego como premisas. Corresponde aclarar que no es la intención de este artículo juzgar a las personas que predican o practican esta modalidad o alguno de estos hábitos; lo que me resulta interesante es profundizar en el modelo de mujer que se esconde tras esta forma de entender a la maternidad y, si cabe, vincularlo con el recrudecimiento del conservadurismo al que asistimos desde hace algunas décadas en Occidente.
La idea de crianza con apego está imaginando a una mujer con ciertas características, aunque no lo plantee explícitamente. El apego implica tiempo: disponibilidad plena, tiempo para amamantar, tiempo para descansar cuando el bebé lo hace, es decir, de manera errática y en horarios irregulares. Son algunas, muy pocas, las mujeres que pueden disponer de ese tiempo. Uno de los resultados de ello es que plantea un ideal difícil de alcanzar para muchas mujeres, por diferentes motivos: trabajan fuera de casa, cuidan a otras personas, tienen algún impedimento físico o porque les agobia el ejercicio de la maternidad exclusiva. Pero el mandato sigue vigente y presiona. Y no se alcanza, y nos encontramos con un viejo conocido en el mundo femenino: la culpa.
Los comentarios que los usuarios realizan en las publicaciones relacionadas con el tema de la maternidad son imposibles de ignorar. Claro está que no podemos tomarlos como una expresión mayoritaria, porque no lo sabemos. Pero el sólo hecho de que tantas personas expresen ciertas posturas nos permite afirmar cuán machista es aún la visión de la maternidad y cómo se sostiene aquello de que Parirás con dolor. Da la sensación de que la mujer respeta su naturaleza en tanto y en cuanto atraviesa los procesos con estoico dolor, enalteciendo la idea de sacrificio.
El parto natural sin intervención sigue siendo, aparentemente, orgulloso factor de femineidad. El padecimiento como termómetro de lo que significa ser una buena o una mala mujer sigue fuerte como un roble. También hay mamás que no amamantan de manera prolongada, de hecho hay mamás que no amamantan y buscan otras alternativas para alimentar a sus bebés. Podrían tal vez, pero no lo desean. Y juntar en un mismo párrafo madre, mujer y deseo parece seguir siendo una contradicción. Los comentarios de los usuarios suelen dividirse en dos grandes grupos. Algunos apuntan al juicio hecho y derecho: “¿Para qué quedaron embarazadas si no iban a aceptar sufrir? ¡Ya sabían dónde se metían!” es básicamente el concepto que sostiene a muchos argumentos. La cultura del aguante, que parece ser intrínseco a la condición femenina. El aguante, el dolor, el sufrimiento en silencio. Sufrir para que otros sean felices. Bancársela.
El otro grupo de opiniones parece ubicarse en la vereda de enfrente, pero no. Dicen no juzgar, pero la mayoría de las opiniones apuntan a que, por ejemplo, no se debe juzgar a una mujer que tuvo su hijo por cesárea porque se sufre más en la recuperación. Llueven las historias sobre cesáreas dolorosas. Lo mismo con la lactancia artificial: “se las critica pero ellas se levantan muchas veces durante la noche a preparar la mamadera”, lo que es lo mismo que decir: “No podemos decir nada malo de ellas, porque TAMBIÉN sufren”. Y si sufren, sí que son mujeres. De las que eligen en función de sus deseos, poco se dice, y muchas veces se dicen cosas duras, cargadas de juicio de valor.
Y por supuesto, cuando nos referimos a las dificultades que atravesamos las mujeres al estar inmersas en esta sociedad patriarcal, todo empeora cuando la mamá, además de mujer, es pobre. Para una mujer pobre la crianza con apego y en tribu puede ser o bien vedada, o bien obligada. Probablemente en ningún caso sea del todo placentera, porque se achican significativamente las posibilidades de elegir. Digo que es un tipo de crianza vedada porque hay personas que trabajan turnos completos, con dificultades para tomarse días libres, sin la opción de licencias sin goce de sueldo y con la obligación absoluta de mantener sus hogares; incluso son mamás que tal vez practiquen colecho obligatorio por falta de espacio y recursos. En el otro extremo, hay mamás que tal vez tengan ambiciones fuera de casa pero es tan precario el salario al que pueden acceder que se quedan en casa aunque no lo elijan. Así, no alcanzan lo que se espera de ellas y sufren una doble condena: social y económica.
Voy a repetir algo, porque es central: no cabe juicio sobre quienes elijan un modo de crianza u otro. Sea el que fuere, no es el único, y vendrán muchos otros. Y eso es porque no tiene que ver con una naturaleza que se impone de manera intransigente, somos seres humanos y no tenemos una sola manera de hacer las cosas. Sobrevuela muchas veces la idea de que lo bueno es natural, y no puedo evitar pensar que, de quedarnos estrictamente con lo natural, tal vez no viviríamos más de treinta y cinco años. La cultura, exclusivamente humana, nos hace versátiles e impredecibles como especie. No existe el instinto maternal. Los animales tienen instinto. Nosotros no. El instinto es una conducta que los animales poseen por herencia genética; se traduce en actos irracionales e inconscientes, que los individuos ejecutan sin que prime la razón. Las personas, en cambio, razonamos y obramos por deseo y por elección.
Concluyendo, en el mundo de la maternidad se reproducen, al igual que en otras esferas de la vida social, ciertos estereotipos sobre el deber ser femenino que son dignos de preocupación y alerta, si realmente queremos vivir una maternidad libre y deseosa. Pero, como sucede con la sexualidad, pesa sobre nosotras una presión intensa y para poder ser valoradas y respetadas tenemos que pagar un precio: sufrir, esperar, reprimirnos, ponernos en primer, segundo o último lugar. Nuestra libertad la peleamos en todos lados, y también en los ámbitos domésticos y con nuestros propios prejuicios. Resulta urgente dejar de asociar al amor con el sufrimiento. La maternidad será deseada o no será, pero será también disfrutada, libre, confiando en nosotras pero porque somos personas adultas con criterio, no porque seamos seres de luz. Somos personas que decidimos, optamos y priorizamos. Intentamos atravesar el proceso de la crianza con placer; dudo que nuestros niños y niñas necesiten mucho más que eso.









