Con el tiempo entendí que tal vez nunca te amé.
Amé la idea de lo que podías llegar a ser. Me aferré a la esperanza de que cambiarías, de que un día todo tendría sentido y de que, al elegirte, estaba saliendo de una zona de confort para encontrar algo mejor.
Pero confundí la incertidumbre con emoción y el potencial con la realidad.
Mientras esperaba a la persona que imaginé, ignoré a la persona que realmente eras.
Y ahí estuvo mi error.
No me enamoré de ti, me enamoré de una posibilidad que nunca existió. De una versión tuya que inventé para justificar cada herida, cada decepción y cada oportunidad que seguía dándote.
Al final comprendí que no estaba luchando por nuestro amor, sino por una ilusión.
Y cuando esa ilusión se rompió, también entendí que había perdido a alguien que sí era real, alguien que me elegía incluso cuando era difícil, que dejaba el orgullo a un lado por nosotros, que nunca me hizo sentir que tenía que ganarme su amor, que sí me amaba, por alguien que solo existía en mi imaginario.
Me equivoqué.
Y creo que ese será siempre mi mayor dolor: no haberte perdido a ti, sino haber perdido a alguien que sí valía la pena por perseguir a alguien que nunca la valió.
Esa será mi gran lección. Entender que el amor no puede construirse sobre la ambición, sino sobre la realidad de quien decide amarte y cuidarte cada día.
No puedo cambiar las decisiones que tomé, pero sí cargar con ellas y aprender de ellas.
Porque hay errores que no se olvidan; se convierten en cicatrices que te recuerdan, cada vez que las miras, que nunca debes volver a perder un amor verdadero por una ilusión.
Y esa será, para siempre, la lección más dolorosa de mi vida.
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