Iba subiendo al metro cuando te vi, tu rostro mostraba ahora arrugas donde antes no las había, unas cuantas canas en ese cabello tan salvaje como siempre, unas bolsas debajo de esos ojos negros los cuales me miraban pasmados por verme. Sabia lo que verías en ellos, a una mujer hecha un desastre desde los pies hasta la cabeza, toda la alegría que alguna vez habitaron en mis ojos, habían desaparecido hace mucho tiempo dejando la derrota en ellos.
El tiempo nos jugo una mala jugada, habíamos envejecido, lastima que la atracción entre nosotros nunca lo hizo. No podía pensar en algo que decir, no podía mover mis pies, sentía como la gente impaciente me aventaba a un lado para poder entrar y yo solo me quede ahí, como si fuera otra vez aquella niña de 16 años, nerviosa por verte. Así que dije lo único que mis labios podían pronunciar en ese instante.
Me miraste sorprendido, lentamente apareció una pequeña sonrisa en tus labios y dijiste la única cosa que yo nunca pensé volver a escuchar.
-Y tu sigues siendo hermosa.
Algo dentro de mi se rompió al escucharte, sabia que no era igual de joven como antes, y mucho menos atractiva, y a pesar de todo te creí, como la primera vez que me lo dijiste. No pude evitarlo, mis pies se movieron rápido y decididamente hacia ti, hasta que un pequeño espacio nos separaba levante valiente la mirada aunque mis ojos mostraban todo lo contrario.
-Hola, de nuevo.- Dije sin voz.
Te acercaste hacía mi poniendo tus manos en mis mejillas con la mirada fija en mis ojos, y sonreíste mientras pronunciabas;
-Ya era hora pequeña- Y me besaste, poniéndole por fin, un final a nuestra soledad.