La inversión de roles es algo que muchos nos hemos imaginado. Que los hombres sean como mujeres y las mujeres como hombres. Es la premisa de la que parte la comedieta francesa “No soy un hombre fácil”, producida por Netflix. Un machista irredento se pega un día un hostión con un poste y se despierta en un mundo donde las mujeres se comportan como hombres y viceversa, pero respetando la biología de cada uno. Lo que al principio parece una idea extraña y maquiavélica al final se convierte en una realidad plausible: como decía Simone de Beauvoir, si la construcción de la figura de la mujer ha sido meramente social, ¿por qué no también la del hombre? Entonces, la idea que plantea esta película pues no sería descabellada.
Como filme se deja ver, en tanto es una comedia simplona donde algunos aspectos son previsibles. Sin embargo, el contexto, que es lo realmente interesante, es un curioso ejercicio que, además, está bien llevado: en ese mundo los hombre son los que tienen los rasgos que aquí diríamos “femeninos”, aunque como género de comedia que es no se tratan otros temas más candentes como el acoso, la violación, la inferioridad de condiciones y la hipersexualización de la mujer (aunque algunos de estos asuntos se tocan de puntillas). Aún y así, "No soy un hombre fácil” está bastante bien, y sería una forma fácil de que los machitos (también irredentos) vean lo que es cambiar los papeles, ya que así sabrían lo que es que esas “locas feminazis” reclamen por un mundo mucho más justo, que es lo que, al final, queremos todos.