Primero, fueron los grandes guerreros.
Disparamos balas en sus pieles y lucimos sus dientes como trofeos. Los desnudamos de sus pelajes, de sus vidas, de su dignidad, perdida mucho antes de que la sangre dejara de correr por sus venas. Los tachamos de monstruos, y aquellos pocos que los llamaban grandiosos, el culmen, una hermosa y necesaria parte de nuestro mundo se vieron obligados a acallar su voz. Olvidamos sus nombres, olvidamos qué eran los tigres, los osos, los zorros, los leones, los lobos o los gatos.
Así que primero, los guerreros fueron asesinados y no sentimos el viento cuando empezó a soplar más fuerte.
Segundo, fueron los poderosos vigilantes.
Nos abrimos paso entre sus escamas con arpones y consumimos sus aletas. Los atrapamos en redes y arrastramos a su asfixia, sus ojos desvaneciéndose luego de que nuestros cuchillos los alcanzaran. Fuimos a su mundo, tomamos los colores de sus hogares de coral y clamamos que era su culpa cuando intentaron dar pelea, desesperados a causa del dolor. No nos acordamos de sus nombres, no nos acordamos del tiburón, de la ballena, de la foca, de la manta raya, del pulpo o del arrecife.
Así que segundo, los vigilantes fueron asesinados y no sentimos el suelo del océano cuando se partió en dos.
Y luego, fueron los pequeños errantes.
A esos no les dimos caza. Eran pequeños, casi invisibles para nosotros, y éramos demasiado grandes y magníficos para preocuparnos. Arrebatamos sus flores, sus estanques, les quitamos sus amados bosques y consumimos y destrozamos y aniquilamos. Nos emocionaba someter a los guerreros y a los vigilantes, pero los errantes no eran muy importantes, demasiados feos para siquiera echarles una mirada. Y ni siquiera nos dimos cuenta, no fuimos tras el sapo, la araña, el pez, el ratón, el pájaro o el insecto.
Entonces, los errante murieron y ahora sentimos el suelo rugir debajo de nuestro pies.
Te lo aseguro, intentamos. Sacrificamos y lloramos y nos unimos para arreglarlo, para enmendarlo, para hacer algo. Cualquier cosa.
El viento gritó nuestros nombres. El océano y la tierra susurraron sedientos por nuestra sangre.
Si hubiésemos conservado a los errantes, últimos, definitivos, esenciales, con vida, entonces quizá las barreras se hubieran mantenido en pie. Quizá, si el último enjambre no hubiese muerto junto con su reina en un laboratorio caro, entonces podríamos haber vivido.
Deberíamos haber sabido que los guerreros no eran nuestras presas, sino el ataque de nuestro planeta contra lo antiguo. Deberíamos haber sabido que los vigilantes no eran una carga, sino la defensa de nuestro planeta.
Deberíamos haber sabido que los insectos ignorados, los molestos grillos, y los últimos errantes que una vez simplemente llamamos abejas de la miel, no eran nuestros servidores, sino nuestra única forma de supervivencia.
Así que fallamos. Y cuando el viento con su calor, el mar con sus olas, y la tierra con su hambre vinieron a engullirnos, cerramos los ojos y sentimos.
Traducido por @kaleyus
Me encantó tanto esta pequeña historia que no pude evitar traducirla. Es la primera traducción que publico así que espero hacerle al menos un poco de justicia. ¡Espero que les guste!
Thank you very much for allowing me to translate and post this beautiful piece, Moami!