Nada nunca termina, pero hay que decir adiós. 🫀

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Nada nunca termina, pero hay que decir adiós. 🫀
• | Lo que no me destruyó, me dejó jodidamente mutilado, averiado, destrozado, sin reparó alguno... respiro por pura necedad.
Naquela madrugada fria ela o salvou, não qualquer um, mas aquela lâmina, ela aliviou a dor da alma que agora foi sentida na pele enquanto o eclipse escorria por entre os seus dedos.
-𝐀𝐧𝐣𝐨2.000
Despidiéndose, Tokiko salió de la casa grande al vasto jardín abandonado y cubierto de matojos en la creciente oscuridad del crepúsculo, camino de la cabaña donde vivía con su marido. Mientras caminaba iba repasando los manidos elogios que le acababa de prodigar el general retirado, dueño de la casa. Le ponían mal cuerpo, dejándole un regusto como el de las berenjenas asadas, que aborrecía.
«Los distinguidos servicios del teniente Sunaga son desde luego el orgullo de nuestro ejército —el viejo oficial se empeñaba grotescamente en seguir tratando por su grado al mutilado, que apenas parecía ya humano—. Pero no es menos de admirar la lealtad con la que usted ha sacrificado sus deseos por ese inválido, sin jamás torcer el gesto durante tres años ya. Me dirá que no es sino el deber de la esposa de un soldado, lo que es muy cierto. Aún así estoy pasmado de admiración. Sinceramente le digo que me parece uno de los ejemplos más edificantes de nuestros tiempos. Pero no olvide que todavía le queda mucho por delante. Por el bien de su marido hago votos por que no cambie usted.»
Cada vez que la veía el viejo general Washio gustaba de alzar la prez del mutilado teniente Sunaga —antaño su subordinado y en la actualidad su huésped— y de su virtuosa y abnegada mujer. Aquello le resultaba tan desagradable a Tokiko que procuraba evitar al general cuanto le era posible. Sólo cuando el tedio de la vida que compartía con su mudo y tullido marido se volvía insufrible iba a pasar un rato con la esposa o la hija del general, y aún eso sólo tras asegurarse de que él estaba ausente.
Al principio, cuando todavía sentía que su espíritu de sacrificio y lealtad eran muy dignos de alabanza, tales elogios le resultaban lisonjeros. Pero aquel tiempo ya pasó. Ahora se estremecía cada vez que la encomiaban. Le parecía que la señalaran, y una voz mordaz le susurraba: «¡Si so capa de fidelidad vives en abominable pecado!».
A ella misma la sorprendía cómo había cambiado, no sabía que una persona pudiera cambiar tanto. Al principio no era más que una muchacha inocente y apocada, entregada a su marido. Pero en la actualidad, y aunque exteriormente no lo aparentara, abrigaba en su corazón pasiones atroces e inmundas, despertadas por la visión constante de su patético marido lisiado —el término no alcanzaba a describir su atroz estado—, antaño tan apuesto y orgulloso de su servicio, y ahora reducido a perrillo faldero o a una suerte de instrumento para satisfacer su lujuria. Sí, hasta ese punto había cambiado. ¿De dónde había brotado el salaz demonio? ¿Había que achacarlo a la misteriosa atracción de aquel cetrino cacho de carne? Porque eso y no otra cosa era su marido: ¡un cacho de carne!, un trompo para encalabrinar su deseo. ¿O era obra de la potente e insidiosa sensualidad de una mujer de treinta años, en la plenitud de su carnalidad? Quizá se debiera a ambas cosas.
En los últimos tiempos había entrado en carnes, se acaloraba con facilidad, y cada vez que el general Washio le hablaba Tokiko no podía soslayar el sentimiento culpable de que su orondez, su olor, la delataban. «¿Cómo he podido abandonarme tanto?» Su rostro sin embargo era macilento, en llamativo contraste con su robustez, y tenía la impresión que el general miraba con recelo aquel cuerpo lucio y carnoso mientras recitaba sus acostumbradas alabanzas. Quizá fuera por eso que lo detestaba.
Vivían en un arrabal apartado y la distancia entre la casa grande y la cabaña era al menos de medio cuartel. Entremedio todo era un herboso baldío sin sendero propiamente dicho, donde con frecuencia reptaban entre chasquidos listadas culebras. Por si eso fuera poco había que tener cuidado de no acabar al fondo de un viejo pozo abandonado embozado de maleza. Un intermitente barrunto de seto rodeaba la gran finca, y más allá se abrían sin fin los campos de arroz y los huertos.
Desde la oscuridad Tokiko oteó la hosca y aislada cabaña de dos alturas donde vivían, retrepada contra el soto del santuario de Hachiman, dios de la guerra. En el cielo titilaba un par de estrellas. La habitación donde yacía su marido estaría ya a oscuras. Él solo no podía encender la lámpara. Imaginó al cacho de carne repantigado en su silla baja o tendido sobre las esteras del piso tras resbalar del asiento, guiñando los ojos impotente, entre tinieblas. Pobre, nada más de pensarlo sentía por toda la espalda escalofríos de grima, de amargura y de lástima, mezclados de cierta sensualidad.
Al acercarse advirtió que la hoja de la ventana del cuarto de arriba estaba de par en par, como boca de lobo, y oyó el familiar bataneo en las esteras. «¡Ay, ya está otra vez!», se dijo, y sintió tanta pena que de repente se le saltaron las lágrimas. Aquel sonido significaba que su marido yacía boca arriba, llamándola impaciente —a ella que era su única compañera— golpeando el piso con la cabeza en vez de batir palmas como haría una persona. «Ya voy. Tendrás hambre, supongo.» Tenía la costumbre de hablarle así, aún sabiendo que no la oía. Entró aprisa en la cocina y subió la empinada gradilla hasta el cuarto de arriba.
Había una alcoba con una lámpara en un rincón, y al lado una caja de cerillas. Como si le hablara a un niño, Tokiko le dijo: «¿Te he tenido esperando, no? Lo siento». Y luego añadió: «Aguanta todavía un momento que no veo nada, voy a encender la lámpara».
Aunque no paraba de marmullar, sabía muy bien que su marido no oía nada en absoluto. Tras encender la lámpara la llevó al buró al otro extremo del cuarto. Delante había una silla baja especial con un cojín de gamuza amarrado. Estaba vacía y un poco más allá yacía en el suelo una especie de forma chocante. Estaba vestida —o mejor dicho envuelta— con una vieja bata de seda meisen, como un gran bulto que hubieran dejado allí tirado. De uno de sus extremos sobresalía la cabeza de un hombre, que batía sobre la estera como un saltaperico o un móvil perpetuo. Con cada taque el fardo reculaba, desplazándose un poco.
«No te puedes poner así. ¿Qué quieres? ¿Esto? —hizo el gesto de llevarse comida a la boca—. ¿No? ¿Entonces esto?» Hizo un nuevo gesto, pero su mudo marido negó con la cabeza y siguió golpeándola desesperadamente contra el suelo, ton, ton, ton...
La metralla del obús le había destrozado todo el rostro hasta el punto de volverlo irreconocible. Sólo tras estudiarlo bien se adivinaba lo que fuera una vez un semblante humano. De la oreja izquierda no quedaba nada, sólo se veía un pequeño orificio negro. Desde la comisura de la boca, cruzándole la mejilla hasta debajo del ojo izquierdo, había un repulgado costurón, y además una horrenda cicatriz le corría desde la sien derecha hasta la coronilla. Tenía la garganta recuenca como si le hubieran vaciado la carne y ni su nariz ni su boca conservaban rastro alguno de su forma primitiva.
Con todo, en aquella faz monstruosa había embutidos, en agudo contraste con la fealdad que los rodeaba, dos ojos brillantes y redondos como los de un niño inocente, de los que saltaban chispas de cólera.
«¡Ah! Me quieres decir algo ¡no es así? Espera un momento.» Cogió un lápiz del buró y se lo puso en la disforme boca, luego sostuvo un cuaderno abierto ante él. Su marido no sólo no podía hablar, tampoco podía sostener un lápiz, falto como estaba de brazos y piernas. «¿Ya te has cansado de mí?», tales fueron las palabras que el lisiado garabateó trabajosamente con la boca, las sílabas eran casi ininteligibles.
«¿Otra vez estás celoso? No seas bobo», y se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
Pero el lisiado empezó de nuevo a golpear vehementemente la cabeza contra el piso de esteras. Tokiko comprendió lo que quería y acercó otra vez el cuaderno a la punta del lápiz que sostenía entre los dientes. Éste trazó a trompicones la pregunta: «¿Dónde fuiste?». Nada más leerlo Tokiko le arrancó el lápiz de la boca y escribió: «A casa de los Washio», y casi le metió la respuesta por los ojos. «¿No lo sabes ya? ¿Adónde voy a ir si no?» El tullido pidió de nuevo el cuaderno y escribió: «¿Tres horas?». Ella se encogió de lástima: «¿Tanto me demoré?. Lo siento». Se inclinó, haciendo muestra de arrepentimiento, y agitó la mano: «No lo haré más. No me volveré a ir, te lo prometo».
El teniente Sunaga —o más propiamente el fardo— no parecía todavía en absoluto contento, pero quizá lo había agotado el esfuerzo de escribir con la boca, porque su cabeza colgó lacia sobre el suelo y no se volvió a mover. En vez de eso la miró fija e intensamente con sus grandes ojos, dejando claro lo que quería.
Tokiko sabía que sólo había un modo de aplacar la ira de su marido. Explayarse en explicaciones y disculpas no servía de nada, y tampoco las más elocuentes miradas calaban en su mente obcecada. Así que cuando tenían aquellos extraños rifirrafes y estaban irritados el uno con el otro, se valía de aquel expeditivo medio de reconciliación. Doblándose de súbito sobre su marido le besó la torcida boca, con el baboso y brillante costurón, ahogándolo casi. Enseguida una mirada de hondo alivio afloró a sus ojos, desembocando en una truculenta sonrisa parecida a un puchero. Tokiko estaba acostumbrada y no paró, en parte para no ver su fealdad, pero también procurando su propia y sabrosa excitación, cediendo poco a poco al inconcebible deseo de atormentar a aquel pobre tullido que tenía completamente a su merced.
Edogawa Ranpo
"En las espaldas de un mutilado
las dos pequeñas alas se han plegado".
Huidobro.