--¿Donde diablos está el gimnasio?-- se preguntó a si misma mientras caminaba por los pasillos del instituto, buscando con la mirada alguna puerta, señal o persona que pudiesen indicarle el camino hacia las pruebas de porristas. Aquel era un nuevo año para Nía, nueva ciudad, nueva casa, nuevo colegio, nuevos compañeros... no podía decir que estaba destellando felicidad, pero tampoco le molestaba, estaba acostumbrada al hecho de siempre tener que mudarse; su tío siempre era trasladado de empresa, ocupando rangos cada vez mayores, ahora estaban en San Francisco, aquella bella ciudad de días eternamente soleados, playas, cielos azules. Ahora estaba en el recorrido de su primer día de instituto, había conocido a varias personas que por ser nueva habían sentido la necesidad de acompañarla, otros por intriga a quien era y por qué estaba allí y algunos otros porque simplemente pensaban que era una chica bonita, algo que la molestaba de lleno, que la gente se acercara nada más por un interés físico. --¡Oye, hey!-- gritó de repente, dando pasos rápidos hasta llegar al chico que había estado un par de metros delante de ella. --Dios, ¿sabes donde puedo encontrar el gimnasio? Debería haber estado en la prueba de porristas hace como... diez minutos y no logro dar con ello, ¿por qué este lugar es tan grande? Que pérdida de tiempo-- bufó, comentando lo último para si misma, volviendo a ver al joven de cabello claro expectante.