Palimpsestos
En la antigüedad, cuando el papel escaseaba pero era de muy buena calidad, era práctica común el borrar un manuscrito para reutilizar el papel y escribir algo nuevo. Sin embargo, la vieja escritura siempre deja un rastro, algo imperceptible que guarda el testimonio de lo que antes estuvo escrito. De hecho, en la actualidad se han redescubierto muchos textos antiguos que habían desaparecido de la historia y fueron hallados como sombras detrás de otros textos, en folios preservados que se trataron con cierto proceso químico o lumínico especial.
Hablo de esto porque hace años, cuando descubrí la existencia de estos objetos y con ellos la de su nombre, palimpsestos, me quedé marcado. Pude imaginar una hoja en blanco marcada con tinta y borrada y marcada de nuevo, pero preservando una sombra invisible, una y otra vez; y de repente imaginé que la hoja era yo mismo y que todos los días borraba alguna cosa y la reemplazaba con otra, pero que de vez en cuando las sombras se hacían visibles por la influencia de algún factor externo que las marcaba de nuevo en mi piel maculada. La vida misma era el papel grabado con tinta de momentos y seres que nos marcan y nos vemos forzados a borrar de alguna manera para permitir la llegada de otros nuevos, pero que jamás desaparece del todo y cargamos como una sombra tatuada para siempre, en secreto, mientras perdure ese papel. Pensé especialmente en el hecho de que no importa cuánto lo intente, ni cómo se vea ahora; la tinta del pasado es indeleble.
Encontré paz en este sentimiento, de todos modos. Descubrí que la tinta fantasma enriquece al papel y no necesariamente tiene algo que ver con la tinta visible. El escrito y el papel son dos cosas distintas, como la cara que se muestra al mundo y esa ciudadela que tanto me intriga. Yo soy la combinación de todo: la hoja, el texto visible y los textos secretos; lo seré mientras exista.















