Mike James Kirkland Doin' It Right... Bryan Records, 1973 320 kbps. | 73 MB aprox.
Ya que durante el transcurso de esta semana, sin habérnoslo propuesto, recorrimos repetidamente y sin vergüenza alguna (?) el muchas veces indeseable -por su estrecha relación con la egolatría, claro- camino de la autorreferencialidad, para culminar la tríada de posts que hemos compartido con ustedes en esta ocasión, vamos a optar por volver a caminar, una última vez (al menos por ahora) este marcado camino que nos ha llevado, sin prisa y sin pausa, a contarles a ustedes algunas de las razones que han hecho de este humilde espacio lo que terminó -y seguirá- siendo desde que nació con el simple propósito de socializar la hermosa experiencia de escuchar algunos discos hermosos y luego creció, llevando consigo algunos lineamientos que fueron surgiendo de manera natural a partir de la misma experiencia de la escritura, de su repetición y su conformación como una manera más de crear conciencia respecto de la importancia que cada disco aparecido por aquí posee tanto por su carácter individual como por su capacidad de formar parte de un colectivo, de un acervo que potencia una cantidad de sentidos que son los que, de algún modo, les hemos descripto durante los pasados días. Así es, queridos. Por más que siempre hablemos de cómo lo que rige los destinos de este blog como una ley inquebrantable es la fuerza abarcadora del capricho, que hace que podamos proseguir con nuestro ritmo de publicación imprimiéndole además ese característico toque ecléctico y desprejuiciado -que muchas veces puede vislumbrarse con sólo posar nuestros ojos en, por caso, los últimos tres álbumes publicados y verificar su variedad estilística, cuestión que no surge adrede pero que se ha confirmado con el correr de los meses casi, también, como una ley- la decisión que hace a la aparición de dichos álbumes (y de los artistas que les dieron nacimiento, claro) lejos está de ser justificada, apenas, por ese mismo deseo antojadizo que hace que surjan, en un principio, por aquí. Nada más lejos de la realidad. El capricho, en realidad, lo único que dictamina es -si es que esta palabra cabe en la ecuación- el orden en el que estos muchachos van a ir viéndose modestamente homenajeados por nuestra pluma. Los motivos, lejos de ser apenas el viejo adagio porque se me canta, terminan siendo mucho más profundos, y siempre estuvieron ahí para darle una razón a cada uno de los (afortunadamente) muchos discos que hemos tenido el inmenso placer de brindarles a ustedes para que escuchen y, si se puede, aprendan alguito sobre su origen y su contexto leyendo estas extensísimas parrafadas que es un verdadero placer escribir. Por eso cuando hablamos de una publicación hablamos, en realidad, de un homenaje; porque las causas que hacen a determinados posts hablan, en rigor de verdad, de un deseo irrefrenable por hacerle honor a la herencia de algún genio y, en particular, al efecto que dicha obra ha tenido en nuestras mentes, transportándolas -a través de su música, claro- de las solapas hacia su mundo y, en el ínterin, cambiando el nuestro propio a partir de un fenomenal golpazo en la psiquis como sólo lo puede dar el acercamiento a la verdadera sublimidad, la conexión con algo superior y etéreo como es la música cuando es tan hermosa que nos supera, que en realidad termina abarcándonos. Por supuesto, este es sólo un caso de los muchos que justifican ciertas apariciones por acá, si bien va de suyo que termina siendo el más reiterado de todos ellos: el de uno de nuestros admirados o queridos o amados o respetados o idolatrados geniecillos de la música popular contemporánea (que los hay y son muchos, afortunadamente) a los que en algún momento referimos para luego terminar dándole el merecido espacio que siempre debieron tener, con el utópico y valiente objetivo de que no nos quede ninguno por publicar el día que decidamos colgar el teclado (?) y lo que permanezca por acá sea un expansivo y abarcativo archivo de escritos con sinceras veneraciones a aquellos que hicieron que el acto de escuchar música se tiñera de un componente mágico, único. Pero también, a la hora de darle y darle al tecleo y justificar, precisamente, al capricho que nos hace optar por un álbum y no por otro, existen muchísimos más lineamientos que se antojan tan o más interesantes de explorar que el recién descripto, cuya obviedad y presencia se han reiterado ya varias veces en nuestras líneas. Es evidente que es necesario incurrir una y otra y otra vez en homenajes a estos grandes tipos, a estas grandes bandas y a estos grandes discos, pero no siempre se puede ir por el camino de la obviedad. También puede resultar imperativo ir por el de la obligación, ese donde es casi forzoso, inevitable, hablar de un álbum o un artista de pivotal importancia para alguno de los muchos géneros y movimientos que aquí se han recorrido pues su obra ha sido de referencia también ineludible para éste y de ello se desprende que hay algo en aquellas canciones que habla como pocas otras de esas movidas, de esos estilos, que los explica y los define formal e idiosincráticamente. Estos ejemplos son los menos, creemos, pero no por ello dejan de ser importantes para la conformación de aquella especie de línea temporal que habíamos planteado que surge cuando explicamos las raíces e implicancias de un determinado movimiento dentro ya no de la música sino del arte y la sociedad contemporáneas. A la vez también existe una tercera variante, una última (quizás no última, seguramente haya más) vertiente cuya existencia, de algún modo - y esto lo he dicho ya alguna que otra vez- justifica plenamente la existencia de este blog, su aparición aunque más no sea para compartir con ustedes estas verdaderas gemas ocultas por la vorágine que muchas veces resulta ser el torbellino de la música popular, ese indetenible tornado de álbumes y publicidad que con su andar cruel esconde algún que otro humilde lanzamiento, poco afamado, que pueda intentar asomar su pequeña cabeza a esa realidad implacable. Hasta les podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que sentimos que cuando ocurre es esa la principal misión de este espacio: eternizar -desde nuestro ínfimo lugar, al menos- aquel esfuerzo que han hecho algunos tipos con visión de conjunto, de esos que son los responsables de rescatar estas joyas de la bóveda del olvido, para que nunca más vuelvan a caer dentro de ellas, para que ya el destino sea de cambio, para que existan por siempre conviviendo entre las grandes luminarias a las que alguna vez habían aspirado pero en su tiempo no supieron alcanzar, para luego ser llevados por los años, los espíritus y las mentalidades a salir de ese oprobioso lugar hacia uno un poco más merecido. Como decimos, este blog es pequeño pero sus objetivos son la mar de grandilocuentes (?) y entre ellos está el de rescatar del extravío ciertas maravillas que, creemos, merecen ser escuchadas.
Es el caso, queridos, de la figura cuyo floreciente (?) rostro ilustra este post, un muchacho al que, aunque en la imagen que acompaña estas palabras se haga llamar Mike, también pueden haber conocido alternativamente como Bo o -esta es la acepción más popular- Mike James Kirkland. Quién joraca es Mike James Kirkland, se preguntarán seguramente ustedes, queridos amigos de este espacio. Pues bien, es el protagonista de la historia de olvido y redención que hoy nos ocupa, una con todas las características que le son habituales a este tipo de relatos que tanto nos gusta recorrer: temprano talento, acercamiento despacioso al éxito, suceso efectivo, caída en desuso de tal triunfo en pos de otros más rutilantes, progresiva desaparición y, finalmente, el emotivo rescate de su figura por parte de aquellos que siempre supieron que había algo más allí que un hit fungible como tantos otros, que había un alma cuyas canciones no deberían morir nunca. Acompáñenme, entonces, a descubrir la historia del bueno de M.J., oriundo él de la ciudad ribereña de Yazoo City, a la orilla del río del mismo nombre, en el centro mismo del también regado de cursos estado de Mississippi donde vio la luz por primera vez en octubre de 1946, en el seno de una populosa familia que lo vio tener tres hermanos y dos hermanas, siendo él el segundo más joven de todos ellos. Como muchas familias afroamericanas de la época, los Kirkland tenían dos aficiones principales: la iglesia, y la música. Para Mike ambas se entrecruzaron muy prontamente, pues inspirado en el grupo gospel The Seven Seals Junior que integraban sus hermanos mayores Robert y Walter (que ya se presentaba en la radio en Yazoo City y todo), formó cuando apenas contaba su edad con los dedos de una mano su propio dúo para cantar canciones en la iglesia acompañado de su hermana Jeri, a quien Mike reconoce por ser no sólo la mejor voz que escuchó en su vida sino la que le enseñó todo respecto al encomiable oficio de cantar. De a poco, a partir de esta afición musical, Miguelito empezó a acercarse a la música secular que era toda una sensación por esos días: Pilgrim Travelers, Soul Stirrers y demás grupos vocales eran, para él, la crema y nata de sus días. Días que pronto se tornarían para el lado de la convulsión, pues en 1956, cuando Mike tenía apenas diez años, uno de sus hermanos fue víctima de un ataque racista por parte de un blanco cabeza de los muchos que hay en la zona de Mississippi y su familia, alarmada porque los frecuentes maltratos de esta índole que sufrían habían escalado a la violencia física, decidió mudarse a un área más amigable para con los afroamericanos: California fue el sitio elegido, pero esto tampoco le resultaría fácil a los Kirkland, que fueron presa de la desconfianza con que los negros californianos veían a los grones que caían del sur. Mucho tuvo que ver en su integración la entrada de la familia a la iglesia bautista de St. Andrews, de la que se hicieron altos fans (?), lo que incluía a M.J. cantando no sólo en el coro sino en un grupo mixto de R&B en el que uno de sus compañeros era ni más ni menos que Billy Preston. En paralelo, Mike la rompía en básquet y béisbol, pero nada le importaba más que la música. Fue así como, con la ayuda de su hermano Robert -el de los Seven Seals Junior, claro- Mike empezaría a moldear su carrera en el mundo del espectáculo. Corría 1965, el Kirkland menor estaba estudiando en la universidad y su sueño era ser cantante de jazz como sus admirados Nat King Cole y Sarah Vaughan. El Kirkland mayor le había apostado a sus amigos que podría hacer un disco tan bueno como los que salían a carradas de Motown, y pensó en su hermanito -ese que tenía ansias de cantar con su dulce voz- y también en Jeri, que sabía que acompañaría a Mike donde fuera. Ellos tres, junto a su cuñado, formarían la primera alineación de Mike & The Censations, luego un trío en el que convivían sólo Mike, Robert y un tal Armond Postell. Después de cuatro meses de laburo, los Censations editaron por su propio sello Bryan Records -por el hijo mayor de Robert- "Victim Of Circumstance", que tuvo algo de éxito a nivel local y fue levantado por el sello Highland, que lo relanzó y le editó al trío un par de simples más con suerte diversa. Pero los Censations ya tenían su nombre en California, y lo aprovecharon para irse a Revue, subsidiaria de RCA. Allí no les dieron mucha bola (Revue tenía, por ejemplo, a Neil Diamond en su plantel) pero eso no evitó que tuvieran algún que otro simple en la calle antes de que les dieran una patada en el culo por su falta de éxito. Hacia 1969, los Censations eran dos bandas: la de estudio, y la de gira, ambas con distintos conjuntos de cantantes. Ambas, empero, se estaban desmoronando, víctimas de una constante tendencia a los shows en vivo -teloneaban a Stevie Wonder o Leon Haywood- que no se veía reflejada en los bolsillos de los intérpretes. Así que, rápido de reflejos, Mike decidió que era tiempo de lanzarse como solista, tal como habían hecho con bastante éxito muchos muchachos cuyo origen eran bandas como los Censations. Resucitado Bryan, fue por allí que, mientras grababa las canciones que compondrían su primer álbum, Kirkland editó su simple debut en solitario, "Together"/"The Prophet", cuyo lado B socialmente comprometido levantó algunas cejas e hizo olas para la hora del lanzamiento del larga duración iniciático de la carrera de Mike James, el idiosincrático y bello Hang On In There que Bryan editó en 1972. Los críticos vieron en este álbum una poderosa similitud con el What's Going On que Marvin Gaye había editado unos meses antes y, naturalmente, acusaron a Kirkland de copión. Cuando vieron que las fechas de grabación eran simultáneas, sin embargo, los dedos acusadores se tornaron en sorpresa: el componente lírico y musical común de ambos trabajos hablaba de sensibilidades y sentimientos similares, como si compartieran un sentimiento común. Meses después de Hang On In There, que fue un pequeño éxito en la comunidad universitaria de California y alrededores, apareció el segundo y hasta ahora último álbum de la carrera precozmente cercenada de Mike James Kirkland, este Doin' It Right... que hoy les ofrezco, que salió también por Bryan pero en 1973. Mucho más potente y natural, menos edulcorado que su antecesor, Doin' It Right... es una colección de hermosas canciones sobre corazones atribulados que vadea constantemente entre el soul y el funk, no decidiéndose nunca por ninguno y condensando los dos en un empaque seductor e irresistible que tiene en la hermosa "I Want You Back" y su interludio novelesco un punto altísimo, igual que en la versión (muy lograda) del "It's Too Late" de Carole King. En definitiva, un extraordinario álbum de soul cuyo rescate se imponía, pues está a la altura de lo mejor de aquel hermoso período de la música popular contemporánea pese a no ser tan reputado como otros nombres.
Por eso, la misión es recordarlo por aquí.















