Primus Sailing The Seas Of Cheese Interscope, 1991 320 kbps. | 158 (!) MB aprox.
Comienza una nueva semana y, como siempre, queridos, aquí estamos, esperando que ustedes también permanezcan impávidos del otro lado enfrentando las vicisitudes de la vida para reencontrarnos de la manera habitual, cruzándonos en la hipotética esquina ciberespacial que este blog representa no sólo para quien escribe estas palabras -que casi que vive en dicha intersección tomando birra de la botella cual lumpen moderno (?)- sino también para ustedes, que son lo más importante (sí, me levanté zalamero hoy) pues representan el principal objetivo de las palabras aquí dichas, que son, como siempre decimos, un acompañamiento para la excusa que nos tiene nuevamente reuniéndonos como cada semana. Pavada de excusa, saben ustedes, la música que tanto nos gusta y nos llena el alma con su atronadora resonancia no sólo en nuestros oídos sino en nuestra alma, en nuestros corazones; en nuestra vida, en definitiva. Pero eso es lo que es, más allá de que obviamente es el principal argumento detrás de todo cuanto aquí ocurre, también es apenas un disparador para que en derredor de ella puedan construirse las extensas y expansivas parrafadas que se disparan esquivas pero intensas a partir de un recuerdo, un sentimiento, una necesidad o una reflexión que nos despierta aquello que hoy compartimos, esa música que es una más en una sucesión de tributos muy necesarios a aquello que nos ha llenado cuando estábamos vacíos, que nos ha ayudado cuando estábamos desolados o que nos ha divertido hasta el paroxismo cuando todo era gris y aburrido. Por eso siempre estamos acá, porque no podemos dejar de hablar de ella cual quinceañeros emocionadamente enamorados (?) y sabemos que, también, por eso están ustedes por aquí. Porque la búsqueda de esa emoción, de esa zozobra fundamental, nunca se detiene, nunca parece parar. Somos presos de un entusiasmo total, de un deseo indetenible que es nada menos que el de la pulsión vital, el de recobrar siempre esa emoción (las consabidas endorfinas, el subidón químico natural de nuestro cuerpo, la droga sin droga) que nos zambulle en un mundo de ensueño como sólo el arte que llega a lo profundo de nuestras almas puede crear, haciéndonos creer que no existe nada más que ese momento en el tiempo, que la vida es la síntesis de todo lo que nos ha pasado hasta entonces pero es, sobre todo, los tres minutos de esa canción, las emociones y los sentires allí contenidos y que nos hacen estallar, que nos mueven, que estremecen las cuerdas vitales que nos titiritean en las sombras y que, como siempre decimos, hacen que ya no podamos ser nunca más los mismos. Por supuesto que no toda la música logra ese efecto, y que el mismo es más que difícil de hallar, pero justamente por eso es que lo más importante es nunca dejar de buscarlo, nunca resignarnos a algo parecido a la muerte: la falta de sorpresa, de emotividad, de emoción, en fin, de aquello que mueve a la vida a ser lo que es, una sucesión de momentos en los que la persecución de la felicidad siempre esquiva es matizada por alegrías circunstanciales que quisiéramos abrazar para que nunca nos dejen ir (y nunca dejarlas ir). La música, para quienes la hacemos fundamental en nuestras vidas, es precisamente eso: un reiterado momento de felicidad que nunca quisiéramos dejar ir. De allí que el tributo, el homenaje a sus autores, a sus vehículos, esté a la orden del día, sea casi una imposición que nos hacemos para que esa pleitesía (cual adoración religiosa, si quieren verlo así) sea renovada siempre, para así también recordar los bellos momentos que su descubrimiento nos causó una y otra vez, para no olvidarlo, para volver siempre a ello con la alegría del primer día, para que la capacidad de sorpresa se vea renovada en cada momento. Suele suceder, en tal sentido, que existen dos vertientes a través de las cuales quienes todavía podemos (ustedes tampoco deberían renunciar a ello, amigos) nos sorprendemos cuando lo hacemos, levantamos la ceja, paramos el oído y preparamos el corazón: o lo que estamos escuchando es la enésima reelaboración de una fórmula conocida en un formato que nos resulta agradable, querible, entendible, asequible por sus características intestinas, o por el contrario, representa una renovación tal de nuestros parámetros que los sacude, los obliga a reacomodarse para hacerle sitio a lo que sale de nuestros parlantes y se mete a la fuerza, munido de un nuevo código, en nuestro corazón para no salir de allí, para guardarse un sitio a pura novedad, a pura particularidad, expresando todo cuanto hay de nuevo en aquello que escuchamos y cómo eso hace que nos sintamos vivos, sorprendidos, movidos por la experiencia. Estos casos, los segundos, son sin dudas los más atípicos pero también los más interesantes, los que traen consecuencias más gratificantes en nosotros, pues no nos enfrentan a códigos conocidos cuya belleza e importancia reafirmamos en nuestras vidas sino por el contrario, tienen como fin desafiar aquellas convenciones transformándolas en poco más que hechos perimidos, en anquilosadas nociones que sufren de repetidos cimbronazos cuando sienten que algo las desafía. Hay que estar siempre con la cabeza abierta, desprejuiciada, renovada para poder encontrar esto, nunca cerrarse a lo que se conoce sino buscar siempre la virtud máxima del ser (el conocimiento, claro) en todas sus formas, de todas las maneras en que puede aparecerse en nuestras vidas tomar la que más vehiculice dentro suyo aquello que sentimos o bien que aspiramos sentir, que nos eleva, que nos hace ser dentro de la cáscara de hombre viejo un ser nuevo, algo que no éramos, que nos cambia, que se nos manifiesta como una revolución, una pequeña renovación, un cambio bien recibido que abre un poco más, expande significativamente, el umbral de aquello que decíamos conocer y que, entonces nos damos cuenta, no sabemos en lo más mínimo.
La banda que hoy les presento está sin dudas bien alto en el pabellón de aquellas segundas -y, como dijimos, altamente significativas- experiencias. Aparecida en la vida de quien esto escribe en un momento especialmente propicio, ese en el que la búsqueda de la electricidad y el ruido, del poder y la potencia, reinan en nuestras vidas pero también se empieza a transformar en esencial su reconversión a algo más que las estructuras habituales, que las maneras simples en que suele manifestarse como única excusa escondiendo que su uso en múltiples escenarios puede representar a su vez múltiples vías de desarrollo para las músicas de ese modo creadas, este grupo hizo carne una noción tan simple como descabellada: combinar fuerza y poder con la sugestión rítmica del funk, con la pulsión básica de una música danzarina y saltona que oficie de estruendoso marco para una propuesta que no abandona nunca el aguerrido sello que la electricidad le provee a cualquiera que se declare su entregado amante. Así es, amigos. Lo que hoy les presento puede, de algún modo, enmarcarse en aquellas adoradas huestes que tanto hemos recorrido por aquí y que son la base de un movimiento con amplísimos desprendimientos devenidos de múltiples mentes que combinaron creativamente aquellos lineamientos principales con las emociones que los embargaban y los estilos que buscaban recorrer a través de esas músicas, como una seductora mixtura que exprese en las músicas el exhuberante inconsciente de sus creadores. La que ocurre con el metal es una auténtica fusión, pues el metal, como su nombre lo sugiere, es un material rígido pero también pasible de ser dúctil, adaptable a las necesidades específicas de cada grupo que quiera ver más allá de la aparente simplicidad que originó ese estilo tan querido, el heavy al que tanto homenaje le hemos rendido por acá. Cuando hablamos de él, empero, lo hemos hecho desde ambas variantes: desde lo más tradicional y abigarrado, lo más típico y acendrado de la tradición sobre la cual se construyó una historia plagada de tintes épicos, hasta lo más estrambótico, extraño y peculiar, eso que hace a su vez que aquella antigua usanza se renueve (aunque quienes la quieren mantener arquetípica y sin novedades, hija del status quo, se nieguen a este progreso, aquel ocurre y nunca dejará de pasar) y adquiera por tanto un componente que la acerque más aún a la eternidad, a la pretensión de preservarse como una de las maneras más importantes de acercamiento a la música popular contemporánea, una de las maneras en las cuales se explica y comprende aquel fenómeno que tuvo su eclosión hace unos sesenta años y sigue sorprendiéndonos aún hoy. La electricidad, la potencia, la fuerza es una forma de liberar todo lo que necesitamos expiar, todo lo que se escapa de nosotros por intermedio de esta música que sacude y estremece los cimientos de nuestro ser a puro revoleo de melenas para decirnos sin tapujos que a veces se hace fundamental dejar de lado la corrección que enmarca nuestra vida y darle duro, ser uno con aquella música cuyo octanaje alto es la pulsión vital misma de nuestras vidas, la expresión desatada de ese inconsciente que puja por salir a cada riff, a cada momento en el que reafirmamos nuestra relación con lo más básico y sensorial de esta estremecedora música. Primus, que de ellos se trata, es de alguna manera una banda de metal. Pero tampoco lo es, no al menos en la tipificación más habitual que encontramos para definir lo que entendemos como heavy. Porque su música no carece del impacto habitual, de la fuerza que solemos encontrar en los representantes más depurados del género; por el contrario, es con tales lineamientos como principio basal que desarrolla su original y renovadora, fresca y divertida, propuesta. Porque también, amén de la fuerza de las guitarras y las baterías con su atronador machaque, hay en Primus un elemento tan central como estrambótico, tan poco habitual de escuchar como básico es para cualquier grupo que se precie de ser tal. Hablamos, por supuesto, del elemento faltante en la tríada básica del rock and roll, el bajo eléctrico. Dicho instrumento, cuyo rol principal es acarrear el ritmo y el tiempo como un reloj, como una locomotora que lleve tras de sí ruidosos vagones, es aquí también el principal elemento transgresor, rupturista. Sí, así como lo leen. Seguramente muchos de ustedes igualmente conozcan de lo que les hablo, así que no sé para qué me hago el misterioso (?) pero si hay algo que destacar de los queridos Primus, de este trío que desde hace unos veinte años anda haciendo de las suyas desde la recoleta localidad de El Sobrante -dato que está de más, pero bueno (?)- en el perennemente soleado estado de California, es justamente a su factótum, principal compositor, vocalista y sobre todo maestro total y absoluto de las cuatro cuerdas, ese gran y peculiar ser que es el querido Leslie Edward Claypool, más y mejor conocido por todos aquellos que amamos la música, simplemente, como Les, el loco del bajo (?). Con él como capitán, esta banda tan extraña como increíble tuvo sus primeras aventuras en los albores de la muy propicia década del '90. Sus principales argumentos, amén de la consabida electricidad en derredor de la cual establecían su propósito, eran también una flexibilidad rítmica llamativa (prohijada, sin lugar a dudas, por el sinuoso bajo de Claypool) que les permitía ir del funk al hardcore, del metal al punk rock a la experimentalidad sin fisuras sino con una solución de continuidad en la que todo parecía poder pasar, y también un elemento nunca despreciado si de música hablamos: el humor. Pero no humor tipo show del chiste (?) sino una fina ironía, un sentimiento sardónico hijo del ridículo, del absurdo, de la descolocación del oyente a través de la elaboración de ciertas mitologías, personajes, preceptos e ideas de avanzada, de peculiar atractivo y muchísima gracia. Así tuvieron, por ejemplo, su primer gran éxito: "Jerry Was A Race Car Driver", la historia de un piloto de carreras veinteañero que, manejando borracho, se enrostra contra un poste de luz; y su segundo, "Tommy The Cat", una lección de slapping entrecruzada por diálogos (Tommy es Tom Waits, de posta) descombacantes. Ambos están incluidos, no es casualidad, en su debut para una discográfica multinacional, Interscope, este Sailing The Seas Of Cheese que editaran como su segundo álbum de estudio allá por el lejano 1991. Hablamos de un disco muy extraño, dificultoso al principio, en el que la áspera y dispersa propuesta de Primus tarda un poco en activar su poder explosivo pero termina por conquistarnos con su elasticidad, su extensión y su aventurada idea, una que elabora una alternativa hasta entonces desconocida para nuestros oídos pero que acaba, sin que lo sepamos, enamorándonos.
Es apenas cuestión de dejarse ir, queridos.











