Common Like Water For Chocolate MCA, 2000 320 kbps. | 198 (!) MB aprox.
Para finales de los ‘90 el panorama de la música negra parecía estar dominado por la narrativa gangsta que el endurecido rap neoyorkino le había imprimido al género y, por ende, esparcido por todas las expresiones que conforman la amplia paleta cultural afroamericana en Estados Unidos. El ethos de la costa este es harto conocido -incluso ha sido detalladamente cronicado aquí- e incluye una cruda visión de las aún más crudas calles y barrios por los que sus autores e intérpretes caminaron y de los que aprendieron que la onda era ser parte o ser víctima. En su génesis estas ideas se habían contrapuesto a una manera de hacer las cosas que privilegiaba un sonido complejo y delicado, pleno de rimas verborrágicas y elásticas, pero que alienaba a mucha de la juventud que ya estaba metida en (o sufría en carne propia) la cuestión de las pandillas, la falopa y el crimen, males endémicos que el hip-hop no atendía directamente, muy ocupado en su colorido y pluritexturado retrato de lo que debería ser la cultura negra de ser al mismo tiempo respetuosa de su legado pero progresiva en buscar una manera de adaptar esa identidad a los tiempos que corrían. Visto en retrospectiva, el objetivo estaba ahí y era uno muy loable, pero el enfoque carecía del necesario contacto con la tierra a la que pretendía reflejar: la música de aquellos grupos que irrumpieron a pura construcción cuidada e interjuegos jazzísticos en una expresión tan callejera y rudimentaria como el hip-hop era culturosa en exceso, tan decorada y perfecta que vista a la distancia parecía plástica e irrelevante aún en sus intentos más destacables. Pero también, para ser justos, su respuesta viró hacia un punto tan diametralmente opuesto que resulta igualmente alienante: reducir a una cultura tan añosa como la afroamericana en el país del norte a una lucha intestina entre pandillas y delincuentes sólo ayudó a perpetuar los estereotipos que aprisionaron y segregaron a la población negra durante siglos. Buscar ser un retratista de la vida en las calles de New York es un propósito totalmente válido, pero debe ser matizado con imágenes cuya evocación no sea limitante, munidas de un lenguaje cuyo valor principal sea el poético, y por sobre todas las cosas de un sonido que en su complejidad pueda contener las décadas de progreso e innovación musical que son tan identitarias de las principales expresiones culturales afroamericanas; con el jazz a la cabeza pero no usándolo como blasón sino apenas como un componente más en un licuado donde, a fuerza de transculturación y revalorización de aquel dilatado legado se llegue a una voz que represente al colectivo en su diaspórico y variopinto conjunto. La respuesta a este apasionante intríngulis llegaría, para la línea de tiempo de la música negra estadounidense, en la forma de un grupo de artistas que conformarían un colectivo trashumante de producción y creatividad cuyas ramificaciones se perciben aún hoy, fundamentales como fueron para definir una idiosincrasia que a la vez que puso en valor una tradición de lucha y resistencia fue punta de lanza para la conformación de una unidad muy significativa, superadora de las batallas entre pandillas que se cobraron vidas muy importantes y fueron por ello funcionales a la opresión. Así como hemos hablado del impacto cultural del rap de la costa este en un momento en que la música negra se hallaba estancada, también nos metimos con su continuación directa, la que consideramos fue la cúspide creativa del género allá por finales de los ‘90 y principios de la década siguiente, representada por una serie de personajes cuyos nombres ya son moneda corriente de este espacio y que encontraron en aquella alianza un espacio para brillar sin parangón. Ya le hemos rendido sus debidas loas a Questlove, D’Angelo y -recientemente- a J Dilla, explicando su importancia a la hora de entender el hip-hop contemporáneo, pero sólo nos aproximamos brevemente al big bang de su grupo, Soulquarians, sugiriendo que existe un punto cronológico en que la unión entra en ebullición y sale no con uno, sino con varios manifiestos, como ramificaciones distintivas de las diversas maneras que tenían de decir todo lo que querían decir.
En su icónica novela Como Agua Para Chocolate, la escritora mexicana hace que su personaje principal, la cocinera Tita, dibuje una extasiada hipérbole al divisar la culminación de la que es la última receta de las que componen el libro. “La necesidad es la madre de todos los inventos y todas las posturas. Ese día hubo más creatividad que nunca en la historia de la humanidad” nos dice Tita, y la referencia resulta al menos llamativa cuando se la contrapone a los sucesos que se dieron cita en los meses en que se compuso y creo el álbum que les ofrecemos hoy, el cuarto que el rapero de Illinois Common lanzó a la posteridad en 2000 y que no casualmente bautizó con el mismo nombre de la novela de Esquivel, Like Water For Chocolate. Mencionado habitualmente como el punto clave de la unión de los Soulquarians, se trata no sólo de una demostración magnífica de creatividad alimentada colectivamente y aplicada al mundo de las ideas sino también de una auténtica y concienzuda declaración sobre el estado de la porción negra de los Estados Unidos, sus pesares y las aviesas posibilidades de encontrarle una salida a centenares de años de conflicto. Todo esto, además, envuelto sugestivamente en unas músicas que recogen fragmentos y texturas pertenecientes a tendencias que son marcas identitarias de la cultura afroamericana y que aparecen aquí reinterpretadas, insertas en un panteísmo lírico cuyos delicados y cuidados desdoblamientos se deslizan despaciosamente pero dejan su marca indeleble en la conciencia del oyente, de repente despierta a un panorama de preclaras preocupaciones, con historias personales que se vuelven ejemplos del sufrimiento global de una parte de “la tierra de los libres” que nunca ha podido saborear aquella libertad que les fue prometida. Un adecuado retrato de la significancia cultural de este álbum comienza, como no puede ser de otro modo, por su intérprete y factótum. Common nació Lonnie Rashid Lynn Jr. en la Chicago de comienzos de los ‘70, hijo de un ex basquetbolista y consejero vocacional y una maestra llamada Mahalia Ann Hines. Como miembros de dos espacios cruzados decisivamente por cuestiones de raza (la ABA, donde jugaba Lonnie Sr., era la liga de negros) los Lynn se preocuparon por que su hijo entendiera desde muy pequeño las inequidades y dificultades que sus semejantes debían atravesar en su recorrido por esta vida. Lo bien que hicieron, porque el pibe se volvió un estudioso de estas situaciones, consciente abogado por la igualdad y el fin de la opresión que comenzó a mostrar estas tendencias en forma de agudos versos que escribía primero como poemas y luego, ya vinculado a cierta parte del underground hiphopero de Chicago, transformados en canción. A partir de su álbum de 1994 Resurrection, el ya bautizado Common (en aquel momento Common Sense) buscó diferenciarse de la movida de moda, que era el gangsta rap, criticándola desde sus letras por reafirmar estereotipos de raza perjudiciales para la población afroamericana y glorificar la violencia intestina que tanto mal le hacía a las barriadas negras. Esto lo acercó espiritualmente a uno de los antecedentes directos del colectivo Soulquarian, el grupo de raperos Native Tongues en el que revestían membresía tipos como Mos Def, Talib Kweli y Q-Tip (a través de A Tribe Called Quest) quienes participarían en el aclamado segundo álbum de Common One Day It’ll All Make Sense (1997), casi una declaración abierta de la oposición de su autor al gangsterismo presente ya para esos días en ambas costas de EE.UU. Gracias al suceso de este disco, Common se mudó a New York para laburar en un tercer disco que sería bancado por MCA, y resultó natural entonces que se acercara a las figuras que por esos días tenían como base de operaciones los estudios Electric Lady de aquella ciudad: capitaneados por Questlove, laburaban ahí Dilla, James Poyser y D’Angelo, entre otros tipos con los que Common trabaría una amistad casi instantánea basada sobre todo en gustos compartidos (Prince, Hendrix) y una marcada idiosincrasia afrocéntrica. Todas esas características confluirían en el trabajo que les llevó casi tres años completar y que tomó la forma de este tremendo y expansivo álbum, una colección de tramas con sabor africano (el afrobeat, omnipresente, hace su introducción ya en la brillante apertura “Time Travelin’” y su rítmica sugestiva es entretejida durante las muchas canciones del disco) y que se ocupa de temáticas como la persecución de la activista de los Panteras Negras Assata Shakur, los afanos en la comunidad (”Payback Is A Grandmother”) o su ya profesado disgusto por la narrativa gangsta (“Nag Champa”) sin caer por ello en el peligroso fárrago declamativo, no perdiendo nunca lo punzante y rupturista del mejor hip-hop. La factoría Soulquarian prohijaría de allí en más una colección de gemas -Voodoo y Phrenology, entre ellas- cuyos valores identitario y artístico confluyen en músicas de ideología no siempre verbalizada pero que entrecruza decisivamente cada una de sus aventuras sonoras.
“Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía al alma. [...] Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo.”










