Abrimos los ojos, nacemos,
creyendo que somos eternos.
Al primer parpadeo, sabemos
que no somos más que eso:
un parpadeo.
La inocencia se esfuma,
el tiempo va muriendo,
se nos escapa entre los dedos
como la arena de un desierto
en el que nos acabamos perdiendo,
por mucho que huyamos de ello.
Ojalá detener los pasos
que me alejan de ese pasado;
ojalá retener los pedazos
de lo que un día fue,
de lo que un día tuve.
Ojalá volver a escuchar sus voces,
ojalá no dejar nunca de escuchar la suya,
ojalá no perderlo de vista entre las dunas.
Pero es inútil luchar contra el tiempo,
y más inútil aún intentar detenerlo.
Lo único que sé es que debemos
abrazarlo con fuerza, mientras aún sea nuestro.