Te escribí, como una respiración agitada. No me di cuenta en el momento de lo que estaba sucediendo. El entrar y el salir, avisando el porvenir. Movimiento alternante, saltando de un lado a otro, y el viento susurrando otro color. Otro dolor. Otro sabor.
Una imagen que palpita destellos. Entre ellos una marcha de recuerdos. No entiendo el grito que mis oídos perciben. No entiendo el ritmo que mi corazón palpita. No entiendo el entendimiento de lo que se supone espero. El tiempo avanza: lento, rápido, lento, rápido. La respiración, las pausas, los segundos, los días, las comas, los puntos. Una sonata de silencio. Tus brazos extendidos, mis brazos retraídos. Tus labios húmedos, mis labios secos. Tú. Mí. Entre tanto y todo se borra el modelo, el prototipo, el mecanismo, el sistema. Los circuitos lanzan chispas, la pantalla se pone azul. Caminar ha sido la salvación, volar ha sido la perdición. Si pudiera escribir sin agitar la respiración, esto tendría más sazón. Preparando el alimento, me sirvo en charola de oro a los demonios, mientras esperando en el comedor, me tomo el tiempo de ser quien caliente esta carne, hasta que arda la muerte en este fuego.