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Cdmx tienes mi corazón en tus manos
En @perisur_mx está la 3era exposición de los Soldados de plomo y plástico Modelando las Fuerzas Armadas de México, del 12 al 30 de Septiembre en la zona de restaurantes! Abajo del cine #perisur #lossoldadosdeguillermo https://www.instagram.com/p/CiiZwOUuvRh/?igshid=NGJjMDIxMWI=
EL MUSEO DE LA DOCENCIA
Descubrí la literatura de Orhan Pamuk gracias a su estupenda y melancólica novela Nieve. Recuerdo todavía que la adquirí en el Sanborns de Universidad un diciembre de 2006, no en la edición de Alfaguara, sino en la del ya extinto sello Punto de Lectura. Esa mañana mi padre me invitó a desayunar al restaurante del Hotel Holyday Inn, en Parroquia, y un día de Reyes, en el mismo restaurante, discutimos (o fui yo quien discutió) sobre el libro. No pareció interesarle, salvo por un detalle: la novela menciona a Verónica Castro. Y no de forma baladí: tres o cuatro parrafadas sobre cómo se paraba la guerra en Medio Oriente cuando se transmitía por televisión la telenovela mexicana Los ricos también lloran. El rostro inmaculado de la joven Mariana Villareal y sus desavenencias eran motivo suficiente para fraguar una paz que duraba sesenta minutos del día. «¿Por qué en este restaurante?», le pregunté a mi padre, «¿por qué en este hotel?» Todo era por la contadora, su pareja aquellos años, una mujer sofisticada empeñada en cambiar la forma de ser de mi padre, y quien nunca, por cierto, se acordó de su cumpleaños. «Si un día escribes un libro, escribe que tu papá ama a Lulú». Así finiquitaba mi padre cualquier observación, cualquier charla, cualquier llamada de atención respecto al trastorno que sufría su vida por la severa influencia de la contadora. Me fui enterando poco a poco: su puesto en la dependencia obedecía a relaciones públicas y privadas y a la intervención de amigos influyentes. Mi padre, por otra parte, se había abierto brecha, él solo, desde sus tiempos como analista, y gracias a su inteligencia y dedicación, pero sobre todo a su firme e insobornable carácter, logró transitar con dignidad por los intrincados pasillos y entresijos de la Secretaría de Educación Pública. Su buen trabajo le valió reconocimiento y respeto; sin embargo, como suele ocurrir en el sistema, esa fama de hombre cabal e incorruptible lo relegó a una jefatura sin posibilidad promociones dado que, a partir de ahí, cualquier asenso requería mirar hacia otro lado, toda clase de zalamerías y simplemente nada de eso (vaya que lo sé bien) era ni es compatible con mi padre.
«Aquí mismo, el otro día, me invitó a comer la contadora. Es una persona elegante. Su forma de expresarse, la manera en que mueve sus manos… Es una persona elegante de verdad.»
A pesar de que ya no están juntos, tiene en casa un recinto dedicado a su gran amor. Es una colección de fotos, servilletas, documentos, utensilios y toda clase de objetos que alguna vez rozaron los dedos de la mujer que él quiso con doliente locura y que yo, por más empeño que puse en simpatizar con ella, no pude sino aborrecerla. Algo se rompió. Aunque le costó lágrimas y una herida profunda en el alma, mi padre no miró hacia otro lado.
Cuando leí El museo de la inocencia pensé en él; durante mi lectura de la novela, Kemal Bey fue adquiriendo el rostro de mi padre, sus movimientos, su forma de ser, de vestir, incluso de manejar… Estambul, por supuesto, era el sur de la Ciudad de México. Le regalé la novela, le dije este libro habla sobre ti y la contadora, va de un tipo obsesionado con una mujer a tal grado de erigirle un museo con todas las cosas tocadas por la chica, incluso las menos pensadas, como colillas de cigarros manchadas de bilé. No la leyó. Quizá porque lo hice sentir avergonzado o a lo mejor por mi forma tan seca de abordar un libro tan hermoso y algo tan valioso como su amor, el amor de mi padre. Carajo. Si tan solo…
Estas fechas de diciembre me recuerdan a Kars, un pueblo hundido en la nieve; a Ka, un poeta que vuelve a Kars luego de un largo exilio alemán, y a la ocasión en la que le conté a mi padre en un restaurante de vidrio que los ojos de Verónica Castro detuvieron la guerra en Asia en los años 70.
Ayer mi hija escribió su carta a los Reyes Magos. La leí en voz alta. Además de la improbable triada dinámica de figuras de acción compuesta por Ladybug, Cat Noir y Batman, mi hija les ha pedido a los monarcas errantes algo más: que a su abuelo le traigan a… su Lulú. Así se refería mi padre, hace años, a la mujer a quien le construyó una profusa galería de la memoria en casa. Mi Lulú. Alcé los ojos. Mi padre, descolocado, sólo atinó a decir: «Escribe un libro, escribe que tu papá ama a Lulú.» Estamos en el Sanborns de Perisur, mi hija me pide que la acompañe al tocador. Descendemos la escalinata; luego de un rato, nos ponemos a platicar en el pequeño cuadrante de mármoles opacos de la antesala, justo enfrente de una adusta máquina lustradora de calzado que ha permanecido en el mismo lugar desde hace más de tres décadas. Cuando fui niño, ese aparato era una novedad, mi padre le introducía monedas y el ingenioso mecanismo nos dejaba los zapatos como nuevos ante mi total asombro y nuestras consecuentes carcajadas, unas carcajadas arrebatadas, espontáneas, diáfanas… Bien, ahora estoy ahí, en el mismo lugar, con mi hija, explicándole la razón de ser de ese curioso artefacto y su relación con una peculiar alegría de tiempos remotos. Cuando se vuelve, la miro quieto y luego de un breve silencio le pregunto si su abuelo le habla seguido de Lulú, y desde cuándo. Dice que sí, que siempre, desde hace mucho, todos los días, cuando no estoy. Retornamos a la mesa, encontramos al abuelo embebido con su celular (el cual posee, me acabo de enterar, en una carpeta inamovible, fotografías de la contadora tomadas en momentos de distracción y, al parecer, de sincera felicidad). «Se tardaron bastante», dice, «los estoy esperando». «Ya tengo el final del libro», le contesto. «¿Qué libro?», pregunta, y yo no puedo más que balbucear, torpe, casi indescifrablemente, más para mis adentros que para él: «Uno que estoy escribiendo. Uno que estoy escribiendo desde hace mucho tiempo…» Quiero abrazar a mi viejo, pero mi viejo se levanta y dice que ahora es su turno. En su ausencia, mi hija toma el celular de su abuelo y me muestra una carpeta inamovible. Dejo el teléfono en la mesa, alzo la vista y recorro el restaurante con la mirada, su remodelación sobria y fría me provoca incomodidad, es una afrenta, es como si pretendiera desbaratar mis recuerdos. «Ese restaurante del hotel frente a Plaza Universidad», le digo a mi padre en cuanto regresa a la mesa, «deberíamos ir». «Ah… sí… el… Holyday Inn», responde, como si le fuera fácil olvidar… «Sí, por qué no». «Verónica Castro es Trending Topic», comento, «me dieron ganas de volver a leer Nieve… ¿Sabías que en Honduras las pandillas dejan de matar durante una hora cuando sale en televisión La Rosa de Guadalupe?» Tengo un ligero temblor en la garganta; lo disfrazo, trago saliva. «Sí, me habías contado», dice mi padre. «Tuitéalo».
Y aquí me tienen.
Este texto, escrito el 28 de diciembre de 2021, fue retomado de un hilo en mi cuenta de Twitter. He añadido algunas líneas que juzgo pertinentes.
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“Muy bien. Entonces iré a por un café y un donut, me sentaré y esperaré a que llegue el big bang.” #starbucks #starbucksreserve #starbucksreservebar #starbycksreserveperisur #perisur #cdmx #mexico #cafe #vintage #luces #sombras (en Starbucks Reserve Perisur) https://www.instagram.com/p/CT-LJivLoE9/?utm_medium=tumblr
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