𝕷𝖆 𝖍𝖔𝖗𝖈𝖆, 𝖛𝖎𝖊𝖏𝖆 𝖆𝖒𝖎𝖌𝖆 𝖉𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖇𝖗𝖚𝖏𝖆𝖘.
¡¡TW!!: Menciones de muerte o muerte eminente. Asfixia. Pánico. Trauma. Angustia. Descripciones de ahorcamiento. OC. Son unas 1,7 k palabras, es corto
Hola, es el primer escrito que comparto sobre una Oc, ella es una Phantomhive, hermana de Vincent. Agnes es la dama de Maximiliane. Probablemente olvide muchas cosas
La humedad carcomía las piedras del calabozo, como el tiempo lo hace con un cadáver putrefacto. El moho cubría las paredes y el hedor a encierro se mezclaba con algo más allá del olor a desechos humanos. La decisión de encerrarla en esa fosa, privada de cualquier derecho que le correspondía por nacimiento, había sido una orden deliberada. Un último intento de la Corona por quebrar su orgullo y humillarla antes de si ejecución.
En medio de la celda, Maximiliane Phantomhive permanecía sentada con la espalda recta. Sus manos estaban cruzadas con calma sobre el regazo de su falda sucia, manchada por el barro seco.
No pronunciaba palabra alguna. No había gritado o pedido alguna explicación, ni había pedido ver a nadie, mucho menos llorado. Se había dejado arrestar sin ofrecer resistencia, mientras Ciel gritaba su nombre con furia infantil y Agnes bloqueaba el camino a los guardias. Solo bastó una mirada de su parte para hacerlos detenerse.
—Está bien. —había dicho, dándoles una última mirada.
Desde el día de su arresto se le prohibió contacto alguno. Agnes, Ciel, incluso su abogado... todos habían sido rechazados por un simple comunicado: "Son ordenes de Su Majestad, la Reina."
Distribución ilegal de sustancias no reguladas, ligado a un envenenamiento masivo. Un informe burdamente manipulado alegó que Maximiliane usaba su laboratorio y conocimientos para experimentar con la plebe; algo irónico, considerando que su botica bridaba consultas y medicamento casi gratuitos a los más desamparados en el East End. Pero ella había sabía la verdad, aquellos químicos eran los compuestos experimentales que Ciel había utilizado en su última misión. Un cabo suelto que había salido catastróficamente mal.
Si ella hablaba, arrastraría con ella al Perro Guardián de la Reina. A su sobrino.
La Reina había firmado en tinta seca su condena, sellada en secreto, con una orden silenciosa y fría declarándola culpable. Merecedora de la pena de muerte, la horca. Una condena extraña para una mujer de su posición, calculada para destruir el apellido Phantomhive poco a poco.
Aun así Maximiliane no dijo nada. Su silencio fue escudo para proteger a su sobrino, y también el ultimo clavo de su ataúd.
En la oscuridad más densa del lugar, materializado como una sombra entre oscuridad, Sebastian Michaelis la observaba. Él no necesitaba luz. Sus ojos, escarlatas y fijos, registraban cada matiz: la respiración cadenciosa, su piel ensombrecida por el hollín y esa mirada ausente que ya ni siquiera parpadeaba con frecuencia. Solo su pulso, traidor y oculto, acelerado bajo la piel de su cuello, confesaba el temor que su expresión no delataba.
Había una parte de la naturaleza de Sebastian que saboreaba este momento. Algo en él deseaba ver si ella, siendo tan férrea, tan magníficamente soberbia, se quebraría aunque fuera un instante ante la inminencia de la soga. Quería escucharla suplicar, quería que el miedo la obligara a buscar en él la salvación que tantas veces le había ofrecido.
Pero Maximiliane se negaba a doblegarse.
Hasta que una noche, entre las gotas de agua cayendo por la grietas del techo, Maximiliane hablo para sí misma, sin levantar la voz.
—¿Sería demasiado tarde como para maldecirlos?
No hubo rabia, ni ironía. Fue más bien como quien recuerda un vieja historia de la infancia. Una vieja amenaza o rumor que finalmente la había alcanzado.
Y ante sus palabras, una risa suave, profunda se perdió entre los muros del calabozo.
El amanecer no trajo luz, la niebla seguía cubría el suelo del patio interno como un velo en luto. El aire olía a humedad, hierro y resignación.
Las ejecuciones ya no eran públicas. Las multitudes sedientas de morbo habían sido reemplazadas por funcionarios de mirada gris, que por protocolo, asistían como testigos fieles a la Corona.
Los pasos de Maximiliane resonaban con un ritmo calmo en las escaleras de piedra, como si no temiera a su destino. Iba vestida con un sencillo vestido, desprovista de joyas o símbolos de su linaje. Sin embargo su pulso como un traidor leal, era rápido, seco; palpitaba como si intentara escapar por su tráquea antes de que fuese demasiado tarde.
Los hombres que esperaban, el verdugo, un juez asistente, el notario real y un guardia armado. Todas evitaban mirarla.
Bajaban los ojos y giraban sus rostros, no por respeto, pino por miedo. Maximiliane Phantomhive no parecía una prisionera. Uno de ellos incluso hizo la señal de la cruz en su pecho, como si bastara para ahuyentar una maldición.
—No la mires a los ojos, podría maldecirte con un destino igual. —Los había escuchado murmurar.
Los rumores, esparcidos como peste en los pasillos y callejones de Londres durante años, habían pesado más en la balanza que cualquier prueba de su inocencia.
Maximiliane se detuvo frente al patíbulo. Subió con dignidad, sin necesidad de ayuda o escolta; ni el verdugo se atrevía a ponerle una mano encima. El viento helado soplaba con fuerza, arrastrando consigo un susurro que parecía contener cientos de voces apagados por el tiempo.
Ella los escucho. O creyó hacerlo.
La soga descendió por sus hombros. Se sentía áspera, húmeda e impregnada del hedor rancio de otras ejecuciones. Olio el miedo, la desesperación impregnada en el cáñamo; juraría que podía sentir la piel seca de los que habían colgado antes de ella.
Cuando el verdugo, con sus guantes negros, colocó el nudo corredizo alrededor de su cuello, sus dedos temblaron. No por piedad, sino por temor.
Algunas veces, la ejecución no procedía a la perfección. A veces, cuando la trampilla se abría, los condenados pateaban el aire durante minutos, hasta que el cuello finalmente cedía o la asfixia ganaba.
Maximiliane no pestañeo, pero por dentro una sombra de pánico puro se deslizó bajo su esternón, como una gota fría descendiendo por su columna.
El cuerpo reacciona antes que el alma; la carne sabe cuándo ha llegado el final.
El nudo se apretó con fuerza. Sintió como la cuerda quemaba la piel de su cuello, rozando como una caricia cruel.
Y entonces, por primera vez desde que entró a ese calabozo, tuvo miedo real. No a morir, sino a desaparecer sin dejar huella. A que su esfuerzo, su conocimiento y su visión del mundo fueran sepultados bajo la tierra; que desaparecieran con su muerte. Morir... como una criminal, cuando su único pecado había sido proteger el apellido de su estirpe.
Invisible desde las sombras del patio, Sebastian la contemplaba.
Sus pupilas, afiladas y hambrientas, se dilataron por ese miedo contenido en fascinación pura.
Ese leve temblor en los dedos. La forma en la que sus labios se separaron apenas unos milímetros, como si el aire de pronto se rehusara a llegar a sus pulmones. Su pulso vibrando, vivo, delicioso. El aroma de su terror, mezclado con el sudor tenue y ese perfume de granada que vivía en su piel. Todo llego a él como una ofrenda exquisita.
Hermoso, pensó.
No por sadismo, sino por la pureza de la intensidad. El miedo de Maximiliane no era vulgar, ni histérico; era sutil, precioso, una joya en bruto que se escondía debajo de capas y capas de piel. Una emoción que no mostraba a nadie más, que era solo para sí misma y que, en ese instante, fue un secreto reservado solo para los dos.
Y él la vio. La olió. La saboreo. Ella le pertenecía más en ese instante que en cualquier otro.
Sebastian inclino ligeramente la cabeza, con los ojos entrecerrados, deleitándose con la agonía de la escena como si analizara un cuadro renacentista.
Su lengua rozó sus colmillos, con un hambre de algo que aún no podía nombrar.
Maximiliane no había pronunciado una sola palabra para pedir suplicar, pero su alma, expuesta y vulnerable en ese milisegundo segundo apenas perceptible, gritaba con claridad ensordecedora: "No quiero morir así."
El juez recitaba las palabras finales con la frialdad mecánica y automática de un burocrático.
—Por mandato de su Majestad la Reina, se declara a Maximiliane Phantomhive culpable de distribución ilegal de sustancias no reguladas y envenenamiento masivo. En cumplimiento de la ley y de la justicia será ejecutada el día de hoy en nombre de la Corona, procedan con la ejecución.
El silencio, ese viejo cómplice de los momentos atroces en la historia llenó el lugar y solo así, despojada de su nombre e identidad, Maximiliane se permitió cerrar los ojos.
"Si este es el final, que al menos sea mío."
Sintió la madera temblar bajo sus pies. El verdugo apoyó la mano sobre la palanca de hierro. La tensión estaba a punto de romperse y antes de que la palanca fuese movida, una voz sonó con urgencia.
—¡Detengan la ejecución! ¡Deténganla! ¡Hay nueva evidencia! ¡Traigo la orden sellada por el tribunal!
Es estrépito de unos pasos apresurados contra la piedra interrumpió el protocolo. Un ujier de palacio, pálido y bañado en sudor, subió los escalones del patíbulo agitando un legajo de documentos oficiales.
El juez lo interceptó con el ceño fruncido.
Hubo un murmullo de papeles, sellos lacrados en cera roja y firmas de magistrados. Era la perfecta falsificación de una redención: una confesión convenientemente creíble, una cadena de testigos fieles y comprados en el East End y un nuevo chivo expiatorio, listo para ocupar la soga. Una red de pruebas que Sebastian había tejido minuciosamente en las sombras con días de antelación, moviendo los hilos de Scotland Yard como si de marionetas se tratase.
El verdugo retiró la mano de la palanca, pero no retiró la soga de inmediato.
Para el Sebastian, oculto en la negrura, no hubo satisfacción más dulce en sus siglos de existencia que verla inmóvil. De pie. Con la soga de cáñamo aun en su cuello mordiéndole el cuello y el miedo apenas contenido en sus ojos, desorientados.
Maximiliane no miró al mensajero. Ni siquiera miró al juez. Su mirada, aún impregnada por el terror, barrió la penumbra del patio hasta clavarse de forma instintiva en el único rincón oscuro donde sospechaba que él habitaba. En el fondo sabía que nadie más que él en la Tierra tenía el poder de arrebatarle una presa a la Reina.
Supo, con una certeza gélida, que Sebastian la había salvado solo para demostrarle que el mundo exterior, su sociedad, su realeza, era una ilusión. Qué la Reina podría dictar leyes, pero él era el único de poder dictar el transcurso de su vida, así como su muerte.
Ese instante suspendido en el aire, donde Maximiliane había aceptado su muerte, donde ella expuso su alma vulnerable, ya no le pertenecía únicamente a ella.
Le pertenecía a él, en su totalidad.
Y ahora quemaría en la memoria de Sebastian para siempre. Se aferraría a él, devorando el secreto de su terror en cada suspiro, hasta el final de sus días.
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₍ᐢ. .ᐢ₎ 𝙏𝙖𝙗𝙗𝙮
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