Ser el xoloitzcuintle chicloso
Cuando tenía 12 años llegué a casa llorando de la escuela porque mis “amigos” de primaria no me habían considerado para bailar en el festival, porque yo no era “cool” por ser una “matadita”.
Esa fue la primera vez que me sentí como el xoloitzcuintle chicloso del que Juan Son (pinche vato hermoso, nadie me hará odiarte jamás) habla: expuesta, rara, sin nada que me cubriera. A mi corta edad sentí una traición. ¿Cómo era posible que quienes decían quererte pudieran ser tan hirientes? ¿Cómo era que sí querían mi atención cuando se trataba de pasar una tarea, pero no para hacer algo divertido?
Quizás suena a un drama infantil que debería trabajar en terapia (claro que debería), pero ese día comprendí que confiar duele.
Dieciséis años después, nuevamente me veo como el xoloitzcuintle entoloachado. Otra vez soy la niña que llora en su habitación porque sus “amigos” la rechazan.
Ya no se trata de proyectos escolares o de una kermés, sino de puestos, ascensos y decisiones que, en teoría, no deberían tocar la amistad… pero terminan rompiéndola.
Hace escasas semanas la vida era diferente. Podía jactarme de tener a los “reales”, aquellos con los que reía, lloraba y la pasaba bien… me sentía en casa. ¿En qué momento me hicieron confiar y luego todo se rompió? ¿Cuándo me dieron la espalda? ¿Cuándo se volvió incómodo que yo avanzara?
Qué risa que siempre dijeron que una cosa era el trabajo y otra la amistad, y terminaron demostrando que, cuando sobresales, te vuelves incómoda.
Ahora sé que la amistad no se ve como una salida a la chevecería para desahogarse de un pésimo día y compartir penas similares, para después convertirte en tema de conversación. No es amigo a quien le cuentas tus miedos, traumas y secretos en un café para luego descubrir que se los contó a todos en la oficina. La amistad no se ve como envidia; tampoco cuando tratan de ser una copia barata de ti. No es quien te celebra en corto y te compite en silencio. Definitivamente, la amistad no es el wey resentido con la vida y frustrado que no te da las putas gracias aunque le ayudaste a obtener un ascenso, y que necesitaba que te hicieras pequeña para sentirse suficiente.
Cuando grita mi ego afirma que mi brillo los opacó, que están reflejando su frustración en mí, que no es mi culpa ser tan genial (¿se van a arrepentir de perder algo tan chicloso, tan jocoso, tan chisposo, tan sabroso, tan chistoso como yo? No lo creo).
Pero cuando mi baja autoestima llora, asegura que todo lo hice mal, que fue mi culpa, que yo debía haber intentado mover el cielo y las estrellas para no destacar, para no molestar.
En primaria, mi venganza fue robarme el disco con el que ensayaban su coreografía y san se acabó: no hubo festival. JA.
Hoy no habrá revancha. Después de leer el chat donde mis examigos hablaron mierda de mí, estoy en paz con ser vulnerable, con ser ruidosa, con ser incómoda.
Acepto que fui el xoloitzcuintle que vendieron al taquero por 40 pesos… y aun así, no aprendí a disfrazarme, tal como hicieron ellos. Humanos al fin.








