Miradas de bolsillo. Desde el estanquillo.
El reloj marca orden/tiempo. Arriba, entre figuras con gesto teatral, el guion se rompe: anida un árbol. Lo eterno de la piedra; lo insistente de lo vivo. 4:30. La siesta: hora blanda. En mi bolsillo, una nota: La ciudad no reconoce pausas completas. En una puerta gigante —ya abierta— vive otra puerta, pequeña. Se abre cuando nadie mira. Mira. Cierra. Algo diminuto pide tiempo. Otra vez tiempo. Tiempo para el detalle. Tiempo para acercarse y ver. Ojo. Lupa. Silencio. Y las marionetas: colgadas, quietas. Suspendidas en la ficción de una obra que lleva años ausente. Ya no queda aquí ninguna memoria viva que la albergue… solo el gesto, esperando. Los leones como medallones: fuerza sin movimiento. Todo el frente del edificio es un teatro. Y ellas: dos señoras en el balcón, en la esquina, mirando todo. No aplauden. No juzgan. No hablan. Sostienen, solemnes, toda la escena.



















