Cuando le digo que soy poliamorosa puedo escuchar la sirena sonando en su cabeza, el “corre ahora”, el “lo siento por ti” “lo siento por nosotras”. No lo dice, pero lo veo entre líneas en sus palabras. Veo las posibilidades morir frente a mis ojos, marchitarse como rosas sacadas de raíz y descuidadas a un lado del pavimento, veo mi corazón latir como enfermo en la acera. Y pienso, que el amor es una broma tan cruel.
La primera vez que me plantee la bisexualidad fue un chiste, teníamos 15 y nos etiquetábamos de bisexuales con un amigo casi como la palabra fuera un insulto, ninguno queriendo asumir lo que brotaba por debajo de nuestra piel, aunque la verdad estuvo escrita mucho antes de que ambos fuésemos capaces de asumirla.
Con mi primer amor aprendí del dolor y la exposición. De como la gente tendría diferentes reacciones a mi existencia por el resto de mi vida sin que tuviera palabra sobre el asunto. Aprendí que incluso aunque mi madre y mi padre pudieran odiar el hecho de que su princesa fuera capaz de enamorarse de otras princesas y no quisiera vivir en un castillo encerrada como portada de felicidad toda su vida, aquella tarde que me echaron de la casa por pareces marimacho y me gritaron mi anormalidad a través de plataformas de mensajería, que la gente que te quiere siempre va a hacer un segundo esfuerzo por entenderte.
Con mi primera relación aprendí sobre amor y entendimiento. Vi como un poco de esperanza podía cambiar las opiniones de mis cercanos, como podían ver alternativas a proyección de mi futuro que no estuvieran ligadas a estándares heteronormados de calidad de vida. Aprendí que el amor entiende, comunica, se equivoca y rectifica, que es más grande que una conveniencia, que también es inconveniente y aún así perfecto. Pero aprendí además que no todos estarían contentos y que tendría que cargar con las opiniones ajenas en la espalda a pesar de que nunca había dado mi consentimiento para oír los besos lanzados al aire de conductores en la calle, y miradas de reprobación.
Con mi ultimo enamoramiento aprendí sobre sacrificio y evolución. De como el amor es capaz de destruir y reconstruir tu humanidad y tu identidad. De como aprender a dejar ir las expectativas y crear mi propio camino en una vida donde nada se puede dar por sentado. Aprendí de perdón, de llorar en la calle porque no puedes más y abrazar a alguien aguantando las ganas de envolverlo en tus brazos por más segundos. Aprendí que conocerme a mi misma es el mejor regalo que puedo darme.
Tomaré las etiquetas que me sirvan a definir quien soy a quienes amo, pero no me haré responsable de lo que la sociedad ha hecho con ellas, de cómo han ensuciado con perspectivas toxicas de visiones binarias lo que cada uno debería ser.
No todos van a celebrar tus diferencias, a veces te vas a encontrar solo en la fiesta mirando la cantidad de confeti cayendo por las paredes como si fuera sangre en una película de terror reviviendo tus peores pesadillas, y vas a tener que pararte y recoger los restos: las botellas vacías, los envases de pizza y las latas de cerveza, y limpiar tu mente de opiniones ajenas. Vas a tener que sentarte en el medio de la habitación y darte a ti mismo las felicitaciones, ser tu propia cheerleader alentado desde las gradas, tu propio entrenador motivacional en los días en que no puedes levantar la cabeza de la almohada.