Primer resumen y algo de orgullo.
El Popol Vuh es un compilado de narraciones históricas y míticas que surgen gracias a los mayas que vivían en la región de Guatemala, específicamente aquellos originarios del pueblo k’iche’. De manera general, puedo decir que no solamente es un libro que narra de manera objetiva y lineal el origen y las creencias religiosas de una cultura prehispánica más, sino que te adentra a una historia de emociones y conflictos a través de sus mitos, está lleno de detalles que le dan vida a cada capítulo, percibí las metáforas, identifiqué palabras de origen maya y empaticé con los personajes a lo largo de la lectura, aún cuando en nuestra época actual estemos muy alejados de esas concepciones y estilos de vida. Pero ciertamente no se trata de adoptar al margen e imponer las creencias mencionadas en este ejemplar como si fueran una verdad única, se trata de preservarlas y acogerlas con la belleza narrativa que cargan, de poder percibir al mundo con la visión y unidad colectiva de la naturaleza con que lo hacían nuestros antepasados.
Me llama la atención, en primer lugar, la presencia de anécdotas que toman parte antes de la existencia de la humanidad como se le conoce hoy. Se pensaría tradicionalmente que a partir de la creación del hombre existe una historia como tal, siendo lo anterior a este acontecimiento incertidumbre y sucesos cortos que se limitan a explicar la creación de la Tierra y sus paisajes. Pero el Popol Vuh nos muestra lo contrario, que no fue a la primera que Tepeu y Gucumatz, los creadores y progenitores, logran formar a unos seres capaces de obedecer, de sentir y que pudieran invocar a los dioses, pasando por los animales, seres de barro, humanos de madera y otros que se convierten en monos. Presencias como el Corazón del Cielo llamado Huracán y la figura de Ixpiyacoc e Ixmucané como los abuelos, los viejos sabios, acompañan las dos primeras partes de la historia con sabiduría y emoción, en especial ésta pareja es de gran ayuda en diferentes momentos y circunstancias para dos hermanos cuyos logros y sacrificios son dignos de reconocer y admirar, aquellos dioses llamados Hunahpú e Ixbalanqué, quienes derrotan a los primeros entes soberbios que yacen en la tierra, Vucub-Caquix, y sus hijos, Zipacná y Cabracán, que pecaban de vanagloriarse a sí mismos.
Nos adentramos también a la anécdota del padre de Hunahpú e Ixbalanqué, Hun-Hunahpú y su hermano Vucub-Hunahpú, hijos de los viejos sabios. Éstos, que tienen el pasatiempo de jugar al juego de pelota, juego tan característico en Mesoamérica, son engañados y vencidos por los señores Hun-Camé y Vucub-Camé de Xibalbá, lugar que hace referencia al demonio y donde habitan los enemigos del hombre, a través de pruebas que en realidad son trampas, en cuya descripción asoma la muerte. Pero si bien se hace notar a través de Xibalbá que el mal existe en el mundo, el bien también tiene cabida. Tras cortar la cabeza del vencido Hun-Hunahpú y poniéndola debajo de un árbol, ésta toma la forma del fruto conocido como jícara, noticia que llama la atención de la doncella Ixquic, que logra tener contacto con esta planta y a través de saliva, el que yacía en el árbol le transmite su descendencia, y tras este encuentro ella se dirige hacia donde está su nuera y da a luz los hermanos que derrotan a Vucub-Caquix, que igualmente le dan una lección a sus hermanos mayores Hunbatz y Hunchouén, pues a pesar de ser muy sabios éstos dos nunca los aceptaron debido a haber nacido de otra madre después de ellos y por la envidia que sentían, pero el principal objetivo de Hunahpú e Ixbalanqué fue vengar a sus padres, burlando incontables veces a la muerte y a los señores Hun-Camé y Vucub-Camé a pesar de que estos les tendieron los mismos castigos que a sus padres y hasta más. Los señores de Xibalbá finalmente son sacrificados, el pueblo maldecido, y Hunahpú e Ixbalanqué suben al cielo y se convierten en el Sol y la Luna. A pesar de lo extenso que puede parecer este pasaje, es bastante emocionante y me mantuvo en suspenso sin separar los ojos de las hojas pues, como mencioné al principio de este texto, son esos detalles, símbolos y referencias a seres y objetos que conocemos en nuestra vida diaria los que enriquecen a este libro.
Y he aquí que quiero recalcar, aparte de que estos hechos suceden en un mundo previo a la luz del Sol y a la compañía de la Luna, la estrecha relación de éstas presencias, señores y dioses con los animales de una manera muy natural, los animales se mencionan sin parar, que habitan en los bosques y praderas, que brindan apoyo a los personajes, los gavilanes que mandan mensajes, el ratón que se escurre entre lugares pequeños y encuentra cosas, el mosquito que pica a los enemigos, la tortuga que toma la forma de la cabeza de Hunahpú para engañar a Hun-Camé y Vucub-Camé… es simplemente genuina y maravillosa la forma en la que estas dos creaciones que comparten tierras conviven y se comunican entre sí, podemos percatarnos de la gran importancia que tenían para los mayas los animales y su entorno natural, el tratar de dar una explicación de por qué las cosas lucen como lucen, cosas tan simples como por qué el ratón tiene la cola pelada o por qué la serpiente se alimenta del sapo.
Cuando la creación del hombre es satisfactoriamente concluida, habiéndolos rellenado y formado sus brazos y piernas de mazorcas amarillas y mazorcas blancas, Tepeu y Gucumatz quedan admirados debido a la gran sabiduría e inteligencia que poseían los primeros hombres, su vista alcanzaba a ver todos los rincones del mundo con facilidad y conocían las cosas ocultas y no ocultas, fueron llamados Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. Pero tanto conocimiento no era posible en la creación de los dioses, pues estaba claro que no querían que los hombres se igualaran a ellos, así que el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos para empañar sus ojos. Es a partir de los cuatro primeros hombres y sus mujeres que nacen las tribus grandes y pequeñas de Quiché y que se fueron esparciendo después hacia el Oriente. Las tres familias más importantes fueron los Quichés, los Tamub y los Ilocab, cuyo dios en común era Tamub, aquél que les proporcionó el fuego. Es destacable mencionar que son los hombres los que buscan a sus dioses para así poder contemplar la luz del día, al Sol, y parten a Tulán, región donde se les aparece Tohil, Avilix, Hacavitz y Nicahtacah, para posteriormente enterrarlos y que les regalen el ver al Sol por primera vez, que debido a la potencia de su brillo hace piedra a los dioses junto con los seres deificados. Previamente, los pueblos van agarrando sus rumbos, pelean contra los invasores, hablan diferentes lenguas y adoran a los mismos o a diferentes dioses. Pero lo que podemos resumir de esto es la tendencia del hombre al conocimiento, a adorar a entes supremos que les aseguren un bienestar y proporcionen los recursos para una vida digna, los conflictos entre tribus y las migraciones en busca de tierras y oportunidades.
Concluyo mi opinión aludiendo al paradigma que seguían el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, que se refiere a poder crear y perfeccionar ejecutando lo necesario sólo después de pensar, meditar y hablar acerca de lo que se quiere hacer. Una enseñanza muy sabia y que me ha llamado mucho la atención para poner en práctica del Popol Vuh.