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Brown Violetear by Adam Rainoff Via Flickr: Nestled where the majestic Western Andes foothills embrace the fertile Cauca Valley in Colombia’s magical corregimiento of La Buitrera—right at the conservation-focused Hacienda Guadalajara near Palmira, Valle del Cauca—in the soft late afternoon light, I waited for this intimate male Brown Violetear (Colibri delphinae). Perched motionless on a thick succulent leaf, its long straight bill slices forward with sculptural grace, the dark eye tack-sharp against warm earth-brown plumage subtly streaked across the breast. Shooting at 1/1500 second, f/6.7, ISO 3200 on my Canon R5 with the RF 100-500mm lens, I froze the moment with a shallow depth of field that melted the forest-edge backdrop into creamy green bokeh, letting the throat’s iridescent sapphire-to-violet gorget and matching ear patch ignite in living turquoise and purple shifts under diffused natural light. The vibrant green leaf, edged in glowing red-orange, creates a bold diagonal leading line that anchors the frame and heightens the jewel-like contrast every wildlife photographer lives for. As a California-based conservation photographer, I approach every frame here not just as a technical pursuit—balancing that high ISO push with the RF 100-500’s reach while respecting the bird’s space—but as a quiet act of stewardship in this transitional landscape of shade coffee plantations and protected forest corridors. The Brown Violetear thrives in these exact Andean foothills, serving as a vital pollinator across northern South America’s humid evergreen zones. May this image inspire fellow photographers to seek out such places with patience, ethical craft, and a shared commitment to protecting the wild corridors that still hum with life. ©2026 Adam Rainoff Photographer
A la mañana siguiente, muy temprano, corrí afuera a mirar a mi alrededor. Me habían dicho que la nuestra era la única casa de madera a poniente de Black Hawk (hasta llegar al poblado noruego, donde había varias). Nuestros vecinos vivían en cabañas de gallón y en silos, confortables pero poco espaciosos. Nuestra blanca casa de armazón de madera, con piso y medio sobre la cueva, se alzaba en el extremo este de lo que podríamos llamar el cortil, con el molino de viento junto a la puerta de la cocina. Desde el molino el terreno bajaba en cuesta hacia poniente hasta los cobertizos, graneros y porquerizas. La cuesta estaba endurecida, pelada por el pisoteo, derrubiada por la lluvia en sinuosas regueras. Allende los hórreos de maíz, al fondo de un somero hondonal, había una balsilla fangosa, con herrumbrosas matas de sauce alrededor. El camino del correo pasaba por nuestra misma puerta, cruzaba el cortil y costeaba la balsilla, iniciando luego su escalada por el muelle abombamiento de la ininterrumpida pradera a poniente. Allá, por filo del cielo ponentino, festoneaba un gran sembrado de maíz, mucho mayor que ningún otro que hubiera yo visto nunca. Aquel maizal y el plantío de zahína detrás del cobertizo eran la única tierra rota a la vista. Doquiera, hasta donde alcanzaba el ojo, no había más que áspera, desgreñada y bermeja hierba, tan alta como yo en su mayor parte.
Al norte de la casa, de acá de los alomados cortafuegos, crecía una tira apretada de arces de hoja de fresno, bajos y acarrascados, con la fronda alimonada ya. Tal barda tenía cerca de un cuarto de milla de largo, pero debía fijarme mucho para verla entera. Aquellos chaparros eran ínfimos en par de la hierba. Parecía que ésta los iba a arrollar, lo mismo que al plantío de ciruelos detrás del gallinero de tepe.
Mirando a mi alrededor sentí que la yerba era el país, como el agua es el mar. Su rojo tornaba toda la vasta pradera del color de los antojos vinosos, o de ciertas algas marinas recién echadas a tierra. Y había tal movimiento en ella: dijérase que el país entero, no sé cómo, iba a la carrera.
Casi había olvidado yo que tenía una abuela, cuando la vi salir, tocada con su papalina y con un costal en la mano, preguntándome si quería ir con ella al huerto a sacar patatas para la cena. El tal huerto, por modo extraño, se hallaba a un cuarto de milla de la casa, y el camino, una vez traspuesto el corral del ganado, subía por un somero hondonal. La abuela me hizo notar un robusto garrote de pacana, con regatón de cobre, que pendía de su cinto con un tahalí de cuero. Aquél era, dijo, su garrote contra las culebras de cascabel. Nunca debía salir yo al huerto sin un grueso palo o un machete de cortar maíz; ella misma había matado un buen número de cascabeles en sus idas y venidas. A una chiquilla que vivía en el camino de Black Hawk la mordió una en el tobillo y se había pasado todo el verano enferma.
Recuerdo perfectamente qué impresión me hacía el país mientras caminaba al lado de mi abuela por los vagos carriles aquella mañana de primeros de septiembre. Quizá aún llevaba en mí la inercia del largo trayecto en tren, porque sobre todo sentía el paisaje moverse: en el fresco y desplayado viento mañanero, y en la tierra misma, como si la yerba desgreñada fuera una suerte de corambre suelta, y debajo manadas de búfalos salvajes fueran galopando, galopando sin fin…
Yo solo jamás habría dado con el huerto, a no ser, quizá, por los grandes zapallos amarillos que yacían desperdigados sin el reparo de sus agostados bejucos, y, una vez en él, no me despertó ningún interés. Yo quería caminar derechamente a través de la yerba roja y cruzar el confín del mundo, que no podía estar muy lejos. El aire liviano a mi alrededor me decía que el mundo acababa allí: sólo quedaban el terreno, el sol y el cielo, y a poco que se avanzara ya sólo habría sol y cielo, y uno saldría flotando adentro de ellos, como los rufos halcones que planeaban sobre nosotros haciendo lentas sombras sobre la yerba. Mientras la abuela, agarrando la horqueta que hallamos hincada en una de las hileras, sacaba las papas, mientras las recogía yo de entre la fina tierra parda y las metía en el costal, no dejaba de mirar allá en la altura los halcones, haciendo lo que yo mismo hubiera podido hacer sin la menor dificultad.
Cuando la abuela estuvo lista para partir le dije que me gustaría quedarme allí en el huerto un rato. Me oteó desde debajo de su papalina: —¿No tienes miedo de las serpientes?
—Un poco sí —admití—, pero me gustaría quedarme de todos modos.
—Bien, si ves alguna no te metas con ella lo más mínimo. Las grandes amarillas y pardas no hacen nada; son culebras toro y mantienen a raya a las tuzas. No te asustes si ves asomar algo de aquel hoyo, en ese ribazo de allá. Es la madriguera de un tejón. Viene a ser como una zarigüeya grande con la cara listada, negra y blanca. De vez en cuando se lleva un pollo, pero no dejo que los hombres le hagan daño. En un país nuevo uno hace liga con los animales. Me gusta que salga a mirarme cuando trabajo.
La abuela se echó el costal de papas al hombro y bajó por el sendero, un poco doblada hacia delante. El camino seguía las vueltas del hondonal; cuando llegó al primer recodo me hizo seña y desapareció. Me quedé solo con aquel sentimiento nuevo de levedad y alborozo.
Fui a sentarme en el medio del huerto, donde difícilmente podían llegar las culebras sin ser vistas, y recliné la espalda en un tibio zapallo gualdo. Había algunas matas de alquequenje junto a los surcos, llenas de frutos. Volviendo los cascabullos apuntados, como de papel, que guardaban las bayas, comí unas cuantas. Doquiera a mi alrededor saltamontes enormes, el doble de grandes de los que yo conocía, hacían volatines entre los bejucos secos. Las tuzas se escabullían aquí y allá por las eras. En el abrigado fondo del hondonal el viento no era fuerte, pero podía oírlo rebumbando su melopea en el raso, y veía ondear las altas yerbas. Sentí la tierra debajo de mí, caliente; caliente también si la deshacía entre los dedos. Salieron unas curiosas chinches rojas y evolucionaron en lentas bandas a mi alrededor. Tenían el dorso de un bruñido carmesí con pintas negras. Me quedé tan quieto como fui capaz. No pasó nada. Tampoco esperaba que pasase nada. Yo era algo que yacía bajo el sol y lo sentía, como los zapallos, y no quería ser nada más que eso. Estaba plenamente feliz. Quizá nos sintamos así cuando morimos y pasamos a ser parte de algo pleno, sea el sol y el aire, sea el bien y la conciencia. Comoquiera, la felicidad es eso; disolverse en algo total y grande. Y cuando le llega a uno, lo hace con la naturalidad del sueño.
Willa Cather
di-versión©ochoislas
Polvo en el viento
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Tres excursionistas caminan por un prado lleno de flores
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