"Todos nosotros somos jugadores, es decir, esperamos ardientemente que de cuando en cuando se desvanezcan por un momento las cadenas racionales que lentamente van ganando terreno y que, siquiera por breve tiempo, el orden transcurra de modo totalmente distinto, que se produzca una maravillosa precipitación de los acontecimientos."
J. Baudrillard, De la seducción.
Con esta frase, Baudrillard insiste en el juego como una cuestión inherente a la propia naturaleza humana, como algo que se abre paso a pesar de las construcciones sistémicas. Y es que el juego― entendido como un derroche de energías, como un exceso poético, como el juego de la seducción, de la soberanía, el juego de la fiesta― se opone radicalmente a la presión por producir descrita por Byung-Chul Han. Una presión cuyas consecuencias emergen como miedo al vacío, a la ausencia de producción. La muerte parece ser entendida como un fracaso, como una pérdida lastimosa y casi siempre indeseable. La idea de muerte ha sido profanada, ha quedado disociada de la vida misma (en cuanto se contempla al dinero como capital que de ella nos aleja).
La seducción como un juego de poder es definida como la fantasía de imaginar al otro, aquello que es para nosotros un misterio y que aparece ante nosotros como una ambigüedad en lo que ubicar mundos utópicos y espacios poéticos. El misterio, sin embargo, parece diluirse a favor de la tendencia pornográfica a una transparencia dataísta. La promesa por el rendimiento presiona a favor de su profanación.
Con todo esto, parece natural tomar aquello que ha sido hecho profano como estrategia potencialmente profanadora de deslegitimación. El juego se manifiesta como una resistencia a la totalización sagrada de la producción, como una forma de oposición al miedo al vacío, de confrontación desde el exceso poético. Como decía Jules Warburg se trata de “politizar la poética” y no al revés.