Hace pocos días volví a ver Plácido, esta vez en el Cine Doré, la sala de proyecciones de la Filmoteca Española. La película, dirigida en 1961 por Luis García Berlanga y con guion de Rafael Azcona, es una comedia negra que satiriza la hipocresía de la burguesía bajo el lema navideño: «Siente a un pobre a su mesa». La narración tiene lugar durante la Nochebuena y aborda la caridad como un espectáculo público, mientras los pobres son reducidos a objetos para que los ricos refuercen su estatus moral.
Siempre me han atraído las historias que se desarrollan en un solo día, y Plácido es un ejemplo brillante. Al recordarla, me vienen a la mente otras películas, como Brigadoon (1954, dirigida por Vincente Minnelli) o After Hours (1985, dirigida por Martin Scorsese). Aunque pertenecen a géneros muy distintos, ambas logran capturar, al igual que Berlanga, la intensidad narrativa que puede alcanzarse al comprimir el relato en un marco temporal limitado.
Alguna vez he leído que la crítica incisiva y la deformación grotesca de la realidad en la cinematografía de Berlanga conectan con el esperpento desarrollado por Valle-Inclán. Estoy pensando en Luces de Bohemia, donde también se representan las contradicciones sociales a través del humor negro y la sátira. Esta obra de teatro transcurre, además, durante un único (y último) día de la vida de Max Estrella, en un Madrid sórdido y decadente.
Plácido ofrece una aguda reflexión social y mantiene una vigencia sorprendente. Esto demuestra el genio de Berlanga para retratar las paradojas y los absurdos de la sociedad española, una habilidad que lo sitúa entre los que mejor nos conocen, como también ocurría con Valle-Inclán.