Buscando colocarle una copa de gin tonic en la mano a Barceló, Covarrubias sonríe y luego tira los labios para abajo y: —Si me querías ver, Rafaela... —Inicia entonces, los ojos puestos en ella. Se hace espacio para una broma, más que nada porque no siente vergüenza con ella. —Podrías haberme llamado y encontrábamos un punto medio. Yo te extraño siempre. —De cualquier modo, él tampoco creía que fuera a volver. Los años pasan y esa sensación de crisis extrema todavía sigue y cada vez que está la cabeza en Alabaster, agarra envión con más fuerzas. Están las propuestas para dirigir equipos de inferiores en distintos lugares (ninguno tan maravilloso, ninguno Inglaterra, por ejemplo, donde se dice que está mejor el fútbol), pero la vida de Dani siempre se refirió a estar en la cancha, no fuera de ella, y ahora que no la tiene, no está seguro de nada. La idea de presidir la sub-20 española es más una excusa para volver a casa, para ir a Madrid y darles algo de valor. Todo es tan tranquilo en la isla que le falta algo, lo siente profundamente. No sabe qué es. Tampoco cree que pueda llegar a descubrirlo. — ¿Te invaden los recuerdos? —Indaga, sonriente. No la cree tan nostálgica.