Me ha apretado mucho el alma este año. Me ha dado retortijones de tripas y dolor en el mediastino. Perdí muchísimo. Vuelvo a la frase que dice que soy una colección de derrotas. Cami ha muerto, si tengo un dolor profundo es que no hubo despedida y sus patitas ya no suenan en la casa. Aún me estremece el corazón si le pienso. Abrazar a Andrés daba tanta paz y sentir su pequeñito corazón con aire de gaviotas aligeraba mis días, y luego se inmortalizó del mundo y me enseñó la forma más pura de amor que he conocido hasta entonces; siempre tendrá un lugar en mi aurícula derecha. Ya estoy llorando. El amor romántico no es el único que puede romperte el corazón, y no tener una casa a la que llamar hogar ha terminado por romperme los intestinos. Demasiadas pérdidas para trescientos sesenta y cinco días. Mucho amor propio que recoger. Pero entre el paso de los días, haciendo huequitos de esperanza, la primavera, el aprendizaje, el chocolate caliente, cantar en carretera, conocer a los sobrinos, ser valiente, mirar el mar, subir a la montaña y temblar las piernas, cruzar el puente, perderse en libros, pintar lo que nos duele, me brota la idea que ha dolido 2023, muchísimo, pero los destellos de luz en forma de personas y hechos, son las desfibrilaciones diminutas que el corazón requiere para sentirse menos pesado. Nunca hago propósitos porque duelen las promesas incompletas, y a veces no sé cumplirlos, pero si puedo desearme algo, es que nunca me siga faltando la esperanza...
Clara Ajc











