El deseo no es el villano de la historia: lo que una obra boliviana me hizo entender
Hay obras que al principio te parecen solo visualmente impactantes y después, cuando te quedas con ellas un rato, te das cuenta de que estaban diciendo algo que vos ya sabías pero nunca habías podido nombrar.
Eso me pasó con La Musa del Deseo de Froilán Cosme Huanca, un artista boliviano nacido en Warisata que trabaja principalmente con pasteles, lápices y tizas. Herramientas que el mundo del arte suele considerar "menores", pero que en sus manos producen algo que se parece mucho más a los maestros del Renacimiento que a cualquier cosa que yo esperaba ver.
Lo que muestra la obra
La figura central es la China Supay, el personaje femenino de la Diablada boliviana. Cosme la presenta sin su traje ni su máscara, como si le sacara el disfraz para mostrar lo que hay debajo: no un personaje folklórico, sino una fuerza. En una mano sostiene las máscaras de los diablos como si fueran títeres. En el otro lado descansa la careta del Arcángel Miguel, rendida. Al fondo, casi difuminada, aparece una manzana.
La China Supay como una Eva andina. El bien y el mal, ambos en sus manos. Y ella completamente tranquila.
Lo que yo leí en eso
La idea central que encontré en la obra es que el deseo es una fuerza que existe antes de las categorías del bien y del mal. No le pertenece a ninguno de los dos. Es más antiguo y más poderoso que esa división.
Lo que me pareció más inteligente de Cosme es dónde pone a la China Supay: no en un pedestal, no en un trono divino, sino en un sofá cotidiano. El deseo no vive en los templos. Vive en tu casa, en lo ordinario, en lo de todos los días.
Mi reinterpretación en pixel art
Para traducir esto al pixel art tuve que decidir cuál era el símbolo más poderoso de toda la composición. El que si desaparece hace que todo pierda sentido.
Elegí la lengua.
Es el órgano del deseo, del engaño y de la seducción al mismo tiempo. Y tiene forma de serpiente, lo cual no es accidental: la serpiente del Edén, el amaru andino, la lengua demoniaca de la Diablada son versiones distintas del mismo símbolo. Una fuerza que se mueve, que envuelve, que no puede contenerse.
En mi versión la lengua envuelve un simbolo religioso, una cruz, esa decisión fue la más importante de toda la composición porque cambia completamente el mensaje: el deseo no destruye lo que desea, lo hace más valioso precisamente por desearlo.
Para los colores tomé como referencia la estética de los primeros videojuegos, tonos morados, negros y rojos, que tienen esa misma tensión entre lo oscuro y lo intensamente vivo que tiene la obra de Cosme. La técnica de dithering me permitió crear transiciones entre esos colores con solo dos tonos en ciertos momentos, que es exactamente la lógica del pixel art: hacer más con menos.
Por qué me importó tanto esta obra
Estudio marketing y me interesa el arte. Y hay algo en esta obra que conecta los dos mundos de una forma que no esperaba: la idea de que lo que deseamos no es algo que nos controla sino algo que, cuando lo entendemos, se convierte en la fuerza más consciente que tenemos.
Eso aplica al arte, aplica al trabajo, aplica a cómo navegás internet buscando cosas que realmente te importen. El deseo de encontrar algo genuino en un espacio que cada vez está más diseñado para retenerte con cualquier cosa, eso también es una forma de resistencia.
¿Qué te genera a vos la idea de que el deseo no es el villano?













