Me desperté sin saber que día era, mis ojos estaban aún pegados y dispuestos a seguir cerrados, mi cuerpo pedía a gritos volver a la comodidad de la cama. Para ese momento debí pensar inconscientemente que era la mejor cama y las mejores almohadas; tan frescas, tan suaves.
Pasé alrededor de 15 minutos intentando dar significado a mis primeros pensamientos del día, y sin darme cuenta estaba metido en la regadera, aún con los ojos cerrados y el rostro enfrentado a las gotas disparejas de agua. El pensamiento de todo lo que tenía que hacer en el día ya nublaba mi voluntad de salir. A menudo se cruzaban pensamientos enfrentados y la indecisión de mis futuras acciones se hacía visible, crecía con paralelismo a una frustración que invadía mi ser.
Sin saber como nuevamente, me encontré de pie frente a la puerta de siempre, viendo fijamente la mirilla, con la mente viajada a ningún sitio. No supe cuánto tiempo estuve de pie frente a la puerta, y como un cerillo que enciende, recordé que tenía que llamar.
Pase 6 horas sentado, haciendo mis actividades de una forma casi robótica, aún con la mente en ningún lugar, a veces solía tener momentos de consciencia en los que cuestionaba todas mis acciones y pensamientos. Cerca de las 6 de la tarde, mis pensamientos ya eran densos, un poco turbios, la pesadez de mis ojos potenciaban por mil mi estado de animo y de la nada llegaba un placebo a mi cerebro, recordaba que pronto iría a casa.
Ya estaba en casa, sin saber cómo había llegado, otra vez, nunca existía el trayecto o mi mente lo omitía de manera defensiva para no cargar con un recuerdo innecesario.
El mejor momento había llegado; el ritual para dormir. Lavarse los dientes, enjuagar la cara, ponerse la pijama cómoda, sacudir la cama con cuidado obsesivo, encender el aire acondicionado y apagar las luces, simplemente el mejor momento.