Si bien su motivación era el mantener su orgullo intacto, la oportunidad se presenta como un aliciente que sugiere la admiración del hijo de Deméter, nerviosismo en su máxima expresión haciéndose presente en su cuerpo, en la forma de una delgadísima capa de sudor en las palmas de sus manos y latidos frenéticos de su corazón. No era bueno para esas cosas, como si no pudiera darlas de forma natural, y tuviera que llegar de la nada a provocar al contrario. Y no sólo provocar, sino a seducir. La palabra pesa en su garganta y se niega a ser pronunciada, mientras idea la forma de acercarse al menor y no lucir como un completo psicópata. Al final le encuentra, acercándose con una falsa tranquilidad hacia el pelinegro, su mano posándose con suavidad en la media espalda del otro, el atisbo de una sincera sonrisa curvando ligeramente sus labios. —Finalmente te encuentro. Ven, necesito tu ayuda,— porque había encontrado la excusa perfecta para ello, mientras, después de dudar un par de segundos, toma la muñeca del otro (lo suficientemente flojo como para permitirle soltarse si así lo desea) y tira suavemente de ésta, buscando atraerle hacia el destino que tenía en mente.