¿Alguna vez escuchaste la historia de un chico que intercambiaba bellas rosas por bellas cosas?
K era un nombre desconocido en ese mundo, no existía, en cambio el portador de su cuerpo era un hombre famoso, el tan llamado Proxeneta de Rosas, alguien carismático, coqueto y seguro de sí mismo.
Viajaba por el mundo con propósitos indefinidos, simplemente algo rondaba por su cabeza al llegar a un nuevo lugar.
“Busca Rosas”
Encontraba las rosas más bellas que todos pudieran haber visto, blancas, amarillas, rosadas, violetas, verdes, azules, anaranjadas, conocía su significado pero pensaba que ellas sé habían molestado con él.
Las rosas al tener un nuevo portador le mostraban su recuerdo más feliz y exhalaban un dulce aroma, las personas aseguraban que era el aroma del amor, pero las rosas nunca le permitieron nada de eso.
El Proxeneta de Rosas viajó a un nuevo país, finalmente preguntándose “Sí las rosas echan raíces, ¿por qué yo no?”
Su pregunta desapareció tan rápido como llegó gracias a un intenso carmesí proveniente de un sitio donde la tierra era azul.
Era una rosa, una rosa roja, sus espinas lastimaban las pálidas manos del portador para crear ríos del color de sus pétalos. Un desastre glorioso con labios brillantes, ¿Serían tan suaves como aparentan?
El hombre sujetó su mochila de tesoros con fuerza, ahora parecía que perdía todo su valor, quería esa rosa e intercambiaría su mochila entera por ella.
Caminó hacía el muchacho, escuchando los sollozos y sangre en sus manos, ríos de miel recorrían sus dulces mejillas, reconociendo finalmente que era sólo un muñeco, un muñeco de ventrílocuo.
— “¿Quién eres?” —
Salió de los labios del pequeño con boina y falda de olanes.
— “No recuerdo” —
Sinceró el chico de botas rojas y mochila con capacidad infinita.
Ambos decidieron verse de frente, K había regresado, el niño nervioso y tranquilo había salido, pero eso no le detuvo a pedir la bella flor.
— “¿Qué deseas a cambio de esa rosa?” —
— “Un beso” —
Y así es como dos criaturas sin intenciones claras conectaron un momento y salieron sabiendo su camino.
K salió de ese lugar con un empalagoso aroma picando su nariz, ¿miel? ¿vino? Sea lo que sea, en su cabeza reproducían una y otra vez su primer beso.
Ellos no se volvieron a ver hasta mucho después, el muñeco de boina y falda de olanes frente a el chico de botas rojas y su mochila de capacidad infinita, la cual estaba repleta de rosas, especialmente rojas.
El muñeco de ventrílocuo igualmente cargaba un canasto con rosas.
Así ellos habían decidido pasar su eternidad juntos, intercambiando esas dulces flores por momentos mágicos.