Si hago cosas por ti no es para que me quieras, es para que sepas que te quiero.
-Te quiero, Mario Benedetti.
seen from United States

seen from Malaysia

seen from Australia

seen from Italy
seen from T1

seen from Italy
seen from United States
seen from China

seen from Brazil

seen from Italy

seen from T1

seen from United States
seen from Germany
seen from China
seen from Germany

seen from T1

seen from Malaysia
seen from United States

seen from United States

seen from United States
Si hago cosas por ti no es para que me quieras, es para que sepas que te quiero.
-Te quiero, Mario Benedetti.
Me sentía enamorado, feliz….o quizás eso quería creer….. ya había transcurrido como 3 meses de relación, cuando un día simplemente dejó de responder a mis mensajes. Estaba algo preocupado pero seguí con mi día como de costumbre. Seguí sin saber de ella hasta el fin de semana. Apareció a las 3:00AM tocando a mi puerta, con desespero y susto me levante corriendo para abrir la puerta, creyendo que me encontraría con dos policías diciéndome que había fallecido de una manera extraña, pero, al abrir la puerta, me encontré con ella, con la. Recadera Trixi. Tenía los ojos aguados, el labial rojo carmesí corrido, ¡CHUPONES EN EL CUEYO!, pero ella solo se reía.
Deje que pasara y se tumbara en mi sofá. A primera vista se podía ver que había bebido y quizás algo más, pero yo no lo quería averiguar en ese monto, estaba demasiado molesto. Fui por una manta y la arropé. Tenía una falda así que me di cuenta que sus medias estaban rasgadas y que no tenía calzón puesto. -había estado con alguien eso era seguro- pensé.
Me levante en la mañana e hice el desayuno, al oler el café se levanto y fue a la cocina, en cuanto me vio sus ojo se pusieron como los de un búho, y antes de que pudiera interrogarla salió corriendo!
Paso un año y nunca supe más de ella, así que durante ese tiempo me dediqué a mi carrera y a conseguir un ascenso en mi trabajo. Una noche de fiesta del trabajo recibí un mensaje de texto, lo iba a ignorar pero, cuando vi quien era en seguida conteste…. ¡QUERÍA VERME ! Me mando la dirección de un café que estaba a cinco minutos caminando de donde yo estaba, así que me puse mi chaqueta y salí corriendo.
Al acercarme al local poco a poco la encontré sentada en una mesita, me senté sin siquiera decir hola! Ella tenía el cabello sobre la cara y miraba directamente al suelo. Antes de poder preguntar algo ella me dijo -lo siento, siento haber desaparecido de la manera en que lo hice, estoy muy avergonzada- llora, poniéndose las manos en la cara, yo sigo viéndola de frente sin emitir ninguna palabra ni algún sonido. Se seca las lagrimas y prosigue - se que no estuvo bien no contestarte y no hablar por una semana entera, irme de fiesta y acostarme con alguien mas estando contigo-.
Antes de que siguiera hablando me paré y le dije - para, no tienes que continuar, no me des explicaciones que no te he pedido, ya no somos nada. Decidiste irte por tu cuenta sin importarte cómo podría sentirme yo, creo que no soy tu tipo- mientras me paraba y sacaba dinero para pagar el café que había pedido y no me tomé, ella me tomo por el brazo - PERDÓNAME- gritó. La miré fijamente, y si, tengo que admitir que la amaba y que sentía que mi vida no tenía sentido sin ella - mañana paso por ti - le dije. Asintió, me fui a mi casa, pero no podía dormir pensando en ella, en el porqué lo había hecho.
Fui a buscarlas casa de sus padres, me dijeron que no estaba, no entendía porqué si ya habíamos quedado en una cosa, la llamo, nada, en la segunda llamada me manda a buzón directamente - te haz co ubicado con el buzón de mensajes de Trixi, deja tu mensaje-. Prosigo a dejarle uno. -hola Trixi, anoche quedamos en que vendría por ti, pero no estás, no se a que estás jugando, pero no me gusta- colgué. No paso mucho tiempo hasta que me llamo me dijo que salió por una emergencia de una amiga que estaba en el hospital y me dijo que si podría prestarle mil dólares para una cirugía, me asuste y se los envíe de una sin rechistar.
Trate de llamarla varias veces, pero nada, me mandaba al buzón, me estaba volviendo loco. En la noche me llama -hola loquito, espero estes bien. Lamento no haber podido irme contigo hoy. Ya sabes, cuando Lisa me necesita estoy ahí para ella- me reí -si jeje me imagino, espero que todo- me interrumpió - cariño estoy muy cansada hablamos mañana- y colgó.
A la mañana siguiente me sentí algo usado y despreciado por ella pero creí que eran cosas mias. Salí a correr como de costumbre y me encontré a ¡LISA! -hola Lisa, veo que estás mejor- le dije - de que hablas ?- me dijo ella sin pensarlo - ayer me enteré que te operarían de emergencia, pero creo que era algo superficial te ves genial!- Lisa soltó an carcajada - JAJAJA, quien te dijo eso? Nunca me operaron. Estaba de viaje con mi novio JC, llegamos ayer- me miró fijamente - pero ayer Trixi- dije - Oh Trixi !- me interrumpió - se que debería hablar bien de ella, porque es mi amiga y eso, pero ella no te conviene. Eres un buen tipo Jafar, no dejes que te consuma- me dio un beso en la mejilla y se fue……
¿Quieres tu propio video?
Soluciones Digitales Online para recuerdos, eventos, grupos, estudios, viajes, vacaciones, bautizos, bodas, redes sociales, libros... Usame en tus publicaciones o creaciones.
Servicios Profesionales Pymes, "Programa Agente". Cada uno muestra unas características especiales para sus necesidades Profesionales. Servi
"Yo, el que le regalaba poesías. Él, mi cuentacuentos."
Un escritor de banqueta — Radamir (D. Palma León)
Había una vez... un hada y una máquina.
Una criatura voladora se encontró con un aparato metálico, duro, un contenedor capaz de almacenar información y pensar de muchas formas.
El hada sabía que era una máquina pero la máquina parecía no saber nada de la existencia de la criatura mágica, la máquina creía ser quien tomaba la elección de cruzar ríos y detenerse en los jardines.
¿Así era?
Pronto el ser de metal comenzó a guardar información innecesaria, a partir árboles a la mitad y robar rosas de jardines, con la idea de que obstruían su camino o eran de su pertenencia al ser demasiado bellas, el hada quería detener los desastres causados pero la máquina no le escuchó.
Los pasos metálicos se detuvieron un momento, algo estaba cavando dentro de sí, el hada se abría paso en su interior, esquivando los circuitos y jalando los cables que veía.
Tomó el control un momento y la máquina terminó sentada a la orilla de un río, con sus pies en el interior y escuchando a los grillos que aprovechaban la noche para dar conciertos.
Porque todo funciona mejor cuando ambas partes saben que existen, que una es identidad y la otra su contenedor.
© Don Freeman
EL HUÉSPED
Amparo Dávila.
Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.
No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. «Es completamente inofensivo» —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. «Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…“ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.
Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. «¡Allí está ya, Guadalupe!»; gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él...
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…
Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.
Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.
Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. «Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.»
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuándo Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.
— Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe. — Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó. — ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio…
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.
La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.
Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…
Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.
Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.
Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.
Josep Tomàs - thundershead - Cuentacuentos 2011 - https://www.flickr.com/photos/thundershead/sets/72157625705983325/