Estaba completamente solo. No tenía a nadie con quién hablar. Pasaba el día leyendo y escribiendo, o sentado en la galería mirando ausente las montañas o la carretera; o bien salía a pasear. La pista que trepaba suavemente junto a un regato a la salida del pueblo era un buen lugar; en una recodo al pie de la ladera había una pequeña rebalsa donde se reunían las truchas. Observando atentamente podías ver grandes cangrejos de río con pinzas y patas velludas, quietos como piedras. A menudo paseaba por allí antes de la temprana cena. Mientras caminaba a la vera del claro arroyuelo, por el solitario congosto otoñal en el frío anochecer, mis pensamientos se ensombrecían. Eran pensamientos desolados, pero tenían una placentera calma. Pensaba con frecuencia en mi accidente. Una o dos pulgadas arriba o abajo y estaría boca arriba bajo la gleba del cementerio de Aoyama. Con rostro pálido, frío, rígido y los cortes en la cara y en la espalda tal como aquel día. A mi lado estarían los cuerpos de mi abuelo y mi madre; pero no habría ninguna comunicación entre nosotros. Tal era el tenor de mis pensamientos que, aunque fueran tristes, en realidad no me turbaban. Aquello llegaría tarde o temprano. Hasta el momento había dado por hecho en mi discurrir que sería más bien tarde, en un futuro remoto. Pero ahora sentía que en verdad ignoraba cuándo llegaría. En una biografía de Lord Clive, que había leído en la secundaria, se decía que a éste le reconfortaba pensar que algo lo había guardado de una muerte segura, reservándolo para la misión que debía cumplir. Tal era la visión que yo deseaba adoptar respecto de mi propio roce con la muerte. Y ese sentimiento lo tenía, pero en el fondo mi espíritu mostraba una curiosa aquiescencia. Nació en mi como una intimidad con la muerte.
Mi habitación, que era la única del primer piso, era también la más tranquila. Si me cansaba de leer y escribir salía a sentarme en la galería. Tenía a mi lado el tejado de la entrada. Donde se encontraba con la casa había un revestimiento de madera. Era obvio que debajo había un panal. Todos los días, mientras se mantuvo el buen tiempo, las robustas abejas atigradas azacaneaban de la mañana a la tarde. Salían frisando los cantos de las planchas desvencijadas y bajaban un rato al tejado de la entrada. Allí se acicalaban meticulosamente alas y antenas con las patas delanteras y traseras. Luego caminaban un trecho. De repente sus finas alas se tensaban a cada lado y alzaban el vuelo con un sonoro zumbido. Una vez levantado el vuelo salían disparadas de golpe, desapareciendo a lo lejos. Las flores de la aralia estaban entonces en su apogeo y las abejas se agolpaban en su follaje. Cuando me aburría, a menudo observaba su actividad desde el antepecho de la galería.
Una mañana vi una abeja muerta en el techo de la entrada. Tenía las patas apretadamente encogidas bajo el abdomen, y las antenas gachas sobre la cara le daban un aire desaliñado. Las otras no le prestaban la menor atención. Aunque pasaban a su lado yendo y viniendo de la colmena, no mostraban signos de que les afectara en nada. Sin duda las ajetreadas abejas trasmitían la impresión de lo vivo, tanto como la que yacía boca abajo y perfectamente inmóvil a su lado mañana, tarde y noche —siempre en el mismo sitio cada vez que yo miraba— trasmitía el sentimiento de lo que ha muerto. Así estuvo tres días. Mirarla me infundía tal sensación de calma... cierta desolación. A la noche, cuando todas las demás abejas habían vuelto al nido, era desolador ver el diminuto despojo permanecer fuera sobre las frías tejas. Pero qué serenidad emanaba.
A la tercera noche cayó un recio aguacero. Por la mañana estaba despejado de nuevo. Las frondas, la superficie del terreno y el tejado se veían bellamente lavadas y relucientes. El cuerpo de la abeja no estaba. Las otras ya andaban trajinando enérgicamente. Sin duda la abeja muerta había sido arrastrada por el agua, canalón abajo y a tierra. Con sus patas engarabitadas y sus antenas pegadas a los ojos, estaría cubierta de barro tirada en alguna parte, quieta como un guijarro. Hasta que se produjera un nuevo cambio en su entorno que alterara su posición, el pequeño cadáver probablemente no se movería de donde estaba. ¿O se lo llevarían las hormigas? En todo caso, estaba en calma. Una abeja que había sido pura actividad se había convertido en algo absolutamente inmóvil. Yo sentía cierta cercanía con aquella quietud.