"Dios en el laberinto". de Juan José Sebreli.
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"Dios en el laberinto". de Juan José Sebreli.
Encuentro con Juan José Sebreli
por Juan José Mendoza, Spot, 2 nov. 2020
Cuenta Juan José Sebreli que cuando cumplió los 20 dijo que aquel sería su último cumpleaños. Y desde entonces dejó de cumplir años. O de celebrar al menos. Pero la tradición de no celebrar se quebró el 3 de noviembre de 1990. Aquel día Sebreli festejó su cumpleaños número 60. A la celebración acudieron cuatro personas: una amiga, dos amigos y él. Hubo un té y una copa de champagne. En aquella reunión le preguntaron a qué edad pensaba morir. Sebreli respondió “a los 74”. Tenía dos motivos para argumentar: 1) su padre había muerto a los 74. Y 2) su padre intelectual, Jean-Paul Sartre, también había muerto a los 74. Él no quería ser menos. Cuando llegó a los 74, los pasó sin sobresaltos. Desde entonces, ya no piensa cuándo va a morir. El 3 de noviembre de 2020 cumplirá 90. Y los celebrará con un nuevo libro: Desobediencia civil y libertad responsable, en co-autoría con Marcelo Gioffré, que se presentará por Zoom y que contará con la participación de Mario Vargas Llosa.
Viene de pasar diez días en el Hospital Italiano. Contrajo Covid-19 casi sin salir de su casa. Ahora, ya recuperado, nos recibe en su departamento de barrio norte: con pantalones existencialistas azules, alpargatas negras y pullover de puntos. En la entrada hay un mueble con distinciones: los premios Konex 1994 y 2004, Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires 2015. En el living también sobresalen dos angostas bibliotecas distribuidas entre ventanas. Es sólo la antesala de la otra, su verdadera biblioteca, la que reviste de piso a techo todas las paredes de su estudio al final del pasillo. Sobre otra de las mesas del living está el libro de Sarah Bakewell: “En el café de los existencialistas: sexo, café y cigarrillos o cuando filosofar era provocador” (2016). En el recibidor también están las fotos de familia: fotos con Oscar Masotta y Carlos Correas, grandes intelectuales de la generación del 50 y antiguos amigos de su juventud, con quienes conformó el primer grupo de existencialistas de la Argentina. Se los ve a los tres en una fonda de calle Las Heras. En la otra, se ve a Sebreli y a Masotta caminando por Avenida de Mayo a la altura del Café London: “Acá estamos con Correas, Masotta y yo en un café. Ese era el trío más mentado de la calle Viamonte. Los tres éramos famosos en las tres o cuatro cuadras de la calle Viamonte. En esa época leía Les Temps Modernes [la revista de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir]. Se podía comprar todos los meses una revista francesa, que salía $12 argentinos. La traían a la librería Galatea que quedaba en la calle Viamonte, como todo lo intelectual que estaba en esa calle.”
Sebreli es autor de uno de los artículos más importantes de la historia del revistismo argentino. El artículo está en la tapa, en la primera página del primer número de la revista Contorno (1953): “Los martinfierristas, su tiempo y el nuestro”. El ensayo es una apología de la seriedad: “Escribí ese artículo criticando la posición festiva de los martinfierristas en los años 20. Nosotros en cambio éramos muy serios, muy graves y hablábamos de los temas melodramáticos que se suscitaban en el país. En realidad, visto hoy, eran épocas felices. Pero vivíamos dramáticamente.”
Su generación, la del 50, se estaba distanciando de la frivolidad de los intelectuales de los años 20: “Salvo de Roberto Arlt, que era al que admirábamos, porque era el único que escribía seriamente. Todo el resto, el propio Borges, eran como triviales.” –rememora–.
Esa crítica no le impidió a Sebreli ir a visitarlo a Borges: “en esa época éramos tan audaces que le tocábamos el timbre a los escritores que nos gustaban. Una vez le tocamos el timbre a Borges, pero estaba haciendo sus veraneos en el Hotel Las Delicias de Adrogué.”
Sebreli pertenece a la primera generación de jóvenes que descubrieron la realidad argentina: “Descubrimos que la Argentina era un tema literario. Porque nosotros no sabíamos eso. La literatura era una cosa de Europa. ¿Pero la Argentina? Ni como tema de libro podía ser la Argentina. Todo era tan alejado. Y así descubrimos que se podía escribir sobre cosas como el Tango, Gardel, Perón, Irigoyen, y todo ese tipo de temas. Nos fascinó.”
Y destaca entonces el hecho de que ningún tema universal apareciera en las páginas de la revista Contorno: “Yo hasta entonces leía autores universales. No leía casi autores argentinos. Salvo alguna excepción, por lo general leía sobre todo a autores franceses y rusos o alemanes. Esa era mi cultura de la época.”
Su diagnóstico coincide con la política peronista de incentivo a la cultura nacional: “Por eso fue que caí en el populismo. El populismo lo veía desde un punto de vista muy literario. Como una cosa extraña y dramática. Evita era un personaje novelesco. No me interesaba tanto lo que fuera políticamente sino como personaje novelesco. Las masas en la calle, todo eso era muy vistoso para un chico de 19 años, como tenía yo en aquella época.”
Sebreli estuvo en momentos claves de la historia intelectual del país: fue peronista –o populista, como lo llama hoy–. Fue marxista, sartreano, existencialista. Fue el introductor de Alexandre Kojeve en la Argentina y el traductor al español de Simone de Beauvoir y de Georg Lukács, el formalista ruso. Y luego, en algún momento, aparece la figura pública del Sebreli actual: el que regresa a los temas universales, el declaradamente anti-peronista y el que se vuelve irreconocible para quienes lo conocen desde los tempranos 50: “Habría que aclarar que a nosotros, por nuestras ideas marxistas-existencialistas y peronistas de entonces, que era una mezcla rarísima y única, nos echan. Se hace una reunión y nos echan a Masotta, a Correas y a mí de la revista Contorno. Nos echaron porque ellos [David e Ismael Viñas, entre otros] estaban en el Golpe: ellos eran radicales [frondizistas para ser exactos]. Pero todo esto es la prehistoria de Sebreli.”
Mientras habla, detrás se ve su retrato al óleo firmado por Roux. Es el retrato que ilustra la portada de El tiempo de una vida (2005), la autobiografía que escribió para sus 75: “Hay muchos Sebreli. El primer Sebreli, el que conoció a Héctor Miguel Angeli, que fue mi primer amigo literario, porque yo no tenía amigos, con el que hicimos nuestra experiencia juntos, como fue la edición de la revista Existencia [Cinco números, entre 1949 y 1951].” La revista se la mandaron a Sartre: “Y Sarte nos mandó varios ejemplares de Situaciones [la serie de ensayos que publicaba desde 1947].
Sebreli por Sebreli
— ¿Cuáles son para Sebreli sus libros más importantes?
— El asedio de la modernidad (1991), Dios en el laberinto (2016), El malestar de la política (2012) y El vacilar de las cosas (1994). Esos son mis cuatro libros fundamentales.
Ante la pregunta sobre qué acontecimientos de su vida se le vienen a la mente, los recuerdos personales se entrelazan con la historia del país:
— Mi vida privada fue más bien tranquila y monótona, fuera de la escritura de mis libros. Pero viví en un país y en una época muy turbulenta. Llena de crisis. Todo el tiempo en crisis vivió este país. Nací en medio de la gran crisis de la época, que ahora estamos superando con la crisis actual, que fue la Crisis del 29 y el 30 y que fue una crisis económica mundial. Vivida por mi propia familia: que se quedó sin trabajo, se quedó sin casa, es decir que yo nací en medio de una hecatombe.
— Acababa de producirse el Golpe del 30.
— Sí. Uno de los motivos de aquella primera crisis fue también la Primera Dictadura Militar, que me siguió durante buena parte de mi vida, hasta el 83. Y después, aparentemente hasta ahora, esa crisis desapareció. La otra, que era la crisis económica, esa no desapareció nunca y no sé si podré ver que desaparezca. Siempre estuvimos en Crisis. Desde el 50. La inflación surge en el 50. Es hija del peronismo. Fue Perón quien la anunció riéndose desde el balcón de la Casa de Gobierno en un discurso, cuando empezaba a hablarse del dólar, porque el dólar empezaba a subir por primera vez, en la mitad del gobierno de Perón, ni siquiera al final. Y Perón dice: ‘¿quién de ustedes vio alguna vez un dólar?’ Hoy quedó como un chiste. ‘¿Quién ha visto alguna vez un dólar? Hay otras cosas más importantes…’ A partir de los 50 comienza la suba del dólar. Éramos un país tan rico, que yo podía comprar Les Temps Modernes todos los meses más barato que en París. Los que lo vivieron se olvidaron. Y los que no lo vivieron piensan que es una fantasía de los no-peronistas. Pero no es así. La pobreza la creó el peronismo. No hay vuelta de hoja. Pero cómo éramos tan ricos, y estábamos tan arriba, no se nota al principio. Empieza a bajar pero seguíamos viviendo bien. Y cada vez va bajando más hasta que finalmente estalla en el 2000. Pero el siglo XX fue un siglo que todavía tuvo períodos de apogeos, como la década del 60. Fue un momento en el que todavía no se habían perdido todas las esperanzas. Siempre recuerdo la frase de Felipe González que decía que los argentinos tienen el hábito de correr desesperadamente hacia el abismo. Pero cuando llegan al borde, se detienen. Esa frase hoy ya está desactualizada. Porque estamos en el fondo del abismo. Ahora el problema es otro. ¿Cómo salimos del abismo?
Sebreli tiene la teoría de que la Argentina es un país que sale de las crisis yendo hacia más abajo: “Sale de las crisis pero queda cada vez más abajo”, como si las recuperaciones sólo fueran posibles bajando el estandarte. El 2001 es el final de eso: “Después del 2001 ya nunca más se vuelve al apogeo.”
A contramano de muchos filósofos contemporáneos, como Slavoj Zizek, Byung-Chul Han o Giorgio Agamben, que arriesgan fuertes posturas sobre la pospandemia, Sebreli se niega a hacer pronósticos que vaticinen el futuro:
— Nadie pronosticaba la caída de la Unión Soviética. Si seis meses antes de la caída de la Unión Soviética uno hubiera hablado de eso hubieran dicho que era un anticomunista delirante. Las grandes cosas no se prevén. Porque está siempre lo inesperado. El cisne negro, como se dice ahora. Y en esta crisis actual menos que menos. Porque es una cosa mundialmente inesperada. Una pandemia tan larga y tan global. Porque otras pandemias que hubo, algunas fueron muy fuertes, no fueron globales. Incluso la última que tuvimos que fue el SIDA, era más localizada. Esta es una pandemia absolutamente democrática en el sentido que le agarra a todos. Y no sabemos si el mundo que nos espera será un mundo, como debería ser, más global social y políticamente para poder combatir esta pandemia, o si se convierte en un mundo con dictaduras absolutamente nacionalistas y xenófobas, como está sucediendo en Estados Unidos y en otros países.”
Celeste y colorado
La comprensión de lo irracional y lo fortuito que hay en los procesos históricos no significa renunciar a encontrar un sentido en la historia. La historia es ambigua pero no absurda. Tener conciencia de que nadie tiene del todo razón es un principio –el único– de comprensión y tolerancia, y la base de una verdadera democracia. La aceptación del desacuerdo y la duda nos hace mirarnos en el otro para juzgarnos a nosotros mismos, o justificar nuestra elección ante el otro por medio del diálogo y la discusión; en una palabra, nos abre al otro, nos comunica con el otro. No es renunciar definitivamente a llegar a un acuerdo consigo mismo y con el prójimo, sino solamente a la impostura de una razón que se conforma con tener razón para sí sin preocuparse del juicio del otro. La perspectiva de la libertad nos libera a la vez del dogmatismo y del escepticismo. Ésa es la única forma de hallar una solución al crítico momento actual, o lo que es lo mismo, de empezar a comprender toda la incomprensible historia argentina, de saber lo que somos, sin lo cual no podremos hacer nunca nada, sin lo cual estaremos siempre en suspenso. Es la única forma de superar la contradicción; mientras no lo hagamos, nuestro país no podrá crear su destino de libertad.
Fragmento, p. 32. Juan José Sebreli. Revista Sur, 1952, Argentina
Respecto a la Argentina que siempre “soñamos” y nunca llega
No es la pampa sino nosotros mismos quienes nos hemos influido los unos a los otros. Hay un fenómeno espontáneo y difuso de contagio interhumano. Son los hombres y mujeres que han logrado atraer sobre su persona cierto grado de poder social, de “maná”, quienes han contribuido a definir la contradictoria e inconsecuente imagen de lo que somos, a modelar nuestro paisaje. Y, si hasta ahora no hemos creado nada valedero – debemos reconocerlo – no significa que nuestro porvenir esté hipotecado. Para que el americano se proyecte hacia un fin trascendente es necesario que pueda olvidarse de sí mismo, pero para ello debe estar seguro de haberse encontrado. Venido al mundo después que el europeo y sostenido por él durante largo tiempo, el americano está todavía demasiado ocupado en buscarse. Solo cuando lo que Kusch califica peyorativamente como “mestizaje” se haya realizado plenamente, el americano podrá llegar a hacer algo.
Fragmento del ensayo “Rodolfo Kusch: La seducción de la barbarie”, Juan José Sebreli. Revista Sur, 1954, Argentina.
El Olimpo Vacío - Un documental sobre Juan José Sebreli
Los Deseos Imaginarios del Peronismo