—¡No te muevas!
Exclamó con una enorme sonrisa a la persona que se encontraba sentada en uno de los sillones del sótano mientras se acercaba a ésta misma. Había pasado los últimos minutos observando a su alrededor sin ningún interés en especial, pero en cuánto notó lo que alguien había puesto justo encima del sillón, sus ojos se iluminaron tales cómo los de un niño pequeño. No pudo resistirse, así que se acercó a la persona que en aquel momento ocupaba un puesto en el sillón, y una vez que estuvo lo suficientemente cera, plantó un pequeño beso en la mejilla ajena. --No me mates.-- pidió con cierta diversión. --Tenía que hacerlo.-- intentó explicar, señalando muérdago que ahora estaba sobre ambos.















