sedimentos, adrián silvestre (2021)
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sedimentos, adrián silvestre (2021)
Sedimentos
“ Necesito durmir el dolor, Dios nun puede faceme esto, Sufrirá pero inda non,
Esperaré con impaciencia, Seré tiernu i nun diré nada, Esfrutaré d'esa nueche. Nun tengo nenguna sensación en tol cuerpu, Nun puedo mirar…” N. Vegas
Soñé que era un enorme pollo amarillo.
Mi plumaje era un inmenso fuego
capaz de convertirse en oro, en el dorado mar.
La incandescencia y mi ropaje eran la roja brisa del otoño.
La luz del amanecer solía guiarme.
Me respiraba.
Yo era una especie de pájaro enfermo.
Agonizaba o estaba perdido.
Luego fui la sonrisa de un adiós en el bolsillo de un reloj.
Marcaba el ritmo. El tiempo. La pauta.
El pálido semblante de un amargo anochecer.
La muerte me despedía una, otra, y otra vez.
En su constante ir y venir, tejía con mi voz
un eco en su recuerdo; una espiral, una sombra descendente.
Estabas tú ahí, otra vez. Conmigo.
En la miseria. En la insignificancia, en el dolor.
En la incredulidad; mecías las horas. Los tiempos.
Las cosas. Los relojes. Las formas.
El fúnebre discurso que un día terminaría por ahogarme
O iba a acompañarme por el resto de mi vida.
Como las enormes olas, las sombras de los gigantescos árboles colgantes
que se solía observar al mecerse tras la puesta del sol.
Un nuevo sol.
Así se prolongaba mi sombra y mi discurso.
Mi agonía era la espera.
Una roca aparentemente sólida.
Aparentemente inmóvil, inmutable e inquebrantable
ante el abismo de los cambios y de la insignificancia,
como lo es la eternidad.
-Si la imagino-.
Ahí fui el eco de quienes perseguimos o nos persiguen.
De quienes extrañamos o nos extrañan.
Lo dulce fue para mí amargo.
Los recuerdos caían desde arriba
-Siempre desde arriba- resultaban tajantes, punzantes.
me recorrían como las hojas secas
de esos enormes árboles, de sus sombras
y de sus inciertos discursos.
Respiraba. Resoplaba. Suspiraba
(todo mundo lo notaba, menos yo).
Era un enorme pájaro amarillo.
Piaba… piaba… y más piaba.
Y ellos me miraban.
Eran un montón de carniceros con machetes,
hachas y afiladas navajas.
Tras la puesta del sol, tornasol,
me habitaban sus formas, me perseguían.
La inmensa niebla, un total caos,
una incierta oscuridad.
De ahí saltaba. Saltaba. Rodaba.
Era una inmensa bola de fuego.
Ardiente, ascendente, sedienta de combustible y de calor.
Arrojaba destellos desde lo alto,
Desde la cima, la ruina de mi condena.
Al contacto con el suelo y con el tiempo
lograba ver humanidad.
Una humanidad que parecía contemplar perpleja mi agonía.
Me convertí en formas… en espirales;
blancas flores que el viento agitaba, deshojaba
y envolvía en su suavidad, como una caricia.
Caí. Tropecé. Rodé.
Inmóvil, parecía florecer.
¿A caso me acusaba la oscuridad de la noche?
Continuaban persiguiéndome, pensaba,
de manera acusadora e injusta.
Intentaban sujetarme, arrancar mis alas.
!Desplumarme!.
Pero era ya de madrugada.
Pronto iba a amanecer.
Noción de un viaje
“I walk in the air between the rain
Through myself and back again
¿Where? I don’t Know” Counting Crows
Hoy he tenido un pésimo día.
He llegado a casa fastidiado. Sin ganas de hacer nada más que recostarme.
Me he comprado un cuartito de leche –se me ha antojado un café–.
Conecto el micro. Lo enciendo.
Luego de tanto sentimiento raro de incomodidad, me han dado ganas de tomar el auto y manejar sin rumbo.
Adoro conducir por las noches.
Siento una extraña y certera clase de libertad.
La noche es perfecta en más de un sentido.
A veces siento el viento que va en mi contra. Empuja. Arrastra. Seduce.
Da en mi cara. Me golpea. Choca. Abate mi cabello… me resulta imposible rechazar su compañía.
Frente al camino y sus elementos, medito sobre mi actual situación; mi condición.
Sobe las cosas que creo. Debo ó, debería tener.
Sí es así, Dios… –me pregunto– ¿iré en la dirección correcta?.
No llego a nada.
Me pierdo como siempre.
Me concento en comprender, en reconocer, si en verdad conducir un auto debería ser considerado un deporte.
–Lo he visto en televisión –en curvas, terrenos planos, empedrados. Llanos. En las noches. Sus recuerdos. Sus aromas.
Hermosos autos recorriendo enormes distancias en una corta cantidad de tiempo.
Quizás debería replantear… preguntarme lo que significa la palabra deporte.
He subido al auto sin música. Sin ruido. Sin mente.
Sólo así puede escucharse, apreciarse, disfrutarse, todo tipo de sonido tanto al exterior como al interior.
Sin autos, hay calma, serenidad.
Sin ruido, hay música. Belleza.
El asombro de un descomunal lenguaje. De las intermitentes luciérnagas de un oscuro y profundo cielo. Lejano. Intangible. Irrelevante.
Para ese otro que soy, los latidos de mi corazón me resultan ajenos. Distantes.
A ratos resuenan impropios. Hipnóticos.
–Cuánta tranquilidad, cuánta fragilidad… serenidad hay en este algo vago e indescifrable.
Me resuelve la noche… su oscilante oscuridad. Intermitente anhelo. Vago… confuso.
Para ese otro que soy, la música resuena dentro de mi cabeza. Canto Creep de Radiohead. O Where is my mind de Pixies. O no estoy cantando. Permanezco en silencio bajo el hipnótico trance del sueño y de la noche.
No saber lo que ocurre. Lo que sucede...
Suena el requinto…
“Round here, we always stand up straight”…
Luego escucho el singular lamento de las ruedas del auto en movimiento al pasar sobre cada borde, cada grieta y cada relieve –entre cuadro y cuadro de concreto–.
Es como un enorme latido; pum-pum… su corazón… se agita… pum-pum… un suave relieve.
La aguja sobre un cristal empañado.
Un vaso que cae. Se estrella.
El roce del metal con el metal.
Reggaetón.
Comienza a sonar la alarma. Sé hace escuchar como el eco de un momento apropiado para despegar ó, despertar.
Un leve pitido vuelve a resonar.
Es el singular sonido del horno de microondas.
Vierto un par de cucharadas de café artificial sobre el agua caliente –la adicción puede más. Siempre puede–.
Esta vez el tintineo es el de una cuchara al agitar. Batir. Menguar.
El suave sonido del metal al chochar en cerámica o cristal. El eco dentro de la taza. El suave contoneo. Su baile. El elixir del ritmo. La danza etérea al disolver los aromas del tiempo en sus relojes y compases. Su textura final.
Pienso en los copos de nieve al caer. Al estrellarse y terminar por disolverse en la nada de su existencia. En su singular lenguaje y su salvaje movimiento kamikaze, al caer. Fragilidad, delicadeza. Una enorme determinación y seguridad.
En el eco y la espiral, el tiempo es una constante.
Arrastro mis pies hasta la entresala y ahí, me recuesto.
Me pierdo en oler el contenido de la taza. En disfrutar y saborear su aroma que, más que su sabor, la sensación me reconforta.
Contengo el aire.
Doy un sorbo.
Lo disuelvo.
Cierro los ojos…
Me hundo en un nuevo tren de pensamiento. Reflexiono sobre mi actual situación.
La música, esa danza eterna, energía kundalini, se funde en el misterio de una canción que suena, de manera irremediable, dentro del auto o dentro de mi cabeza. En el sonido de las ruedas del coche al pasar entre cada borde y cada grieta de concreto en el acto del movimiento.
En el sonido del microondas al encenderse. Al Girar. Al pitar. Al apagarse.
En la cuchara al ser agitada y mezclar los elementos contenidos dentro de la taza.
En el sorbo a mi café.
En el recuerdo de mis padres, cerca de mí, compartiendo mis abrazos. Mis sonrisas. Mis besos.
Deleitándome. Presumiéndome.
Pienso en lo mucho que me gustaría tener un coche para poder conducir, a mitad de la noche, por la ciudad. Y ahí, en medio de ese viaje, poder reflexionar.
Perderme. Ó reencontrarme.
Mientras el auto avanza, y se mantiene en la constante hilvanar del movimiento de sus silenciosas ruedas, me concentro en recordar.
Que todos los lugares por los que he pasado, siempre me parecieron la mejor opción. El mejor olor. El mejor aroma. La mejor fragancia. El mejor sabor. El mejor momento. El mejor recuerdo, incluso, el mejor sitio.
El sonido de un reloj retumba hasta hacer temblar las paredes de esta vieja casa. Y es hora de dormir o de despertar. Pero tengo un sueño recurrente del cual me cuesta trabajo despertar.
En él sueño, todavía soy un niño. Mis padres están conmigo. Papá me peina y mamá limpia mis sucias mejillas con una servilleta rosa humedecida. Es mi cumpleaños. Papá va a regalarme mi primer y último auto. Un descapotable convertible de los años 50.
Me despierta sobresaltado un pitido. El pitido del microondas. O el pitido de otro auto. Uno con el que estoy a punto de chocar. O el pitido de la alarma del reloj despertador.
Y ahí estoy yo otra vez. Sólo…
Sólo como siempre.
Sólo como nunca.
“I was swimming in the Caribbean
Animals were hiding behind the rock
Except the little fish
Bump into me, swear he's
Tryin' a talk to me, say wait wait
Where is my mind?
Where is my mind?
Where is my mind?”
La pesca de arrastre es una técnica industrial que se basa en el uso de una red con forma de cono remolcada por uno o dos barcos pesqueros.
En zonas con pesca de arrastre frecuente, el daño acumulado impide la regeneración natural de la vida marina y libera contaminantes.
Sedimentos
19 e 20. January.2021 || Collection of sediment and water samples from the beaches of the coast of Pernambuco.
Muestra de arena sobre papel milimetrado tomada en una duna al Noroeste de El Oso, Ávila. Podemos apreciar una selección de los sedimentos media-alta con partículas finas, pero también cantos de unos 2 mm tanto de cuarzo redondeado como de feldespato anguloso. Los geólogos llamamos arena al sedimento formado por clastos de rocas disgregadas cuyo tamaño oscila entre los 0,06 y los 2 milímetros de diámetro. Existe una relación directa entre los clastos que encontramos en un sedimento y la roca de la que proceden. En el caso del granito, la roca más abundante de la provincia de Ávila, tres son los minerales que lo constituyen: cuarzo, feldespato y mica. Foto: Gabriel Castilla #arena #sedimentos #clasto #granito #ElOso #avila #dunas #geolodiaavila #Geolodia19 #cuarzo #micas #feldespato (en El Oso, Castilla y León, Spain) https://www.instagram.com/p/Bwy5-J8nz_y/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=1dylu9ifiq53j