Sedimentos
“ Necesito durmir el dolor, Dios nun puede faceme esto, Sufrirá pero inda non,
Esperaré con impaciencia, Seré tiernu i nun diré nada, Esfrutaré d'esa nueche. Nun tengo nenguna sensación en tol cuerpu, Nun puedo mirar…” N. Vegas
Soñé que era un enorme pollo amarillo.
Mi plumaje era un inmenso fuego
capaz de convertirse en oro, en el dorado mar.
La incandescencia y mi ropaje eran la roja brisa del otoño.
La luz del amanecer solía guiarme.
Me respiraba.
Yo era una especie de pájaro enfermo.
Agonizaba o estaba perdido.
Luego fui la sonrisa de un adiós en el bolsillo de un reloj.
Marcaba el ritmo. El tiempo. La pauta.
El pálido semblante de un amargo anochecer.
La muerte me despedía una, otra, y otra vez.
En su constante ir y venir, tejía con mi voz
un eco en su recuerdo; una espiral, una sombra descendente.
Estabas tú ahí, otra vez. Conmigo.
En la miseria. En la insignificancia, en el dolor.
En la incredulidad; mecías las horas. Los tiempos.
Las cosas. Los relojes. Las formas.
El fúnebre discurso que un día terminaría por ahogarme
O iba a acompañarme por el resto de mi vida.
Como las enormes olas, las sombras de los gigantescos árboles colgantes
que se solía observar al mecerse tras la puesta del sol.
Un nuevo sol.
Así se prolongaba mi sombra y mi discurso.
Mi agonía era la espera.
Una roca aparentemente sólida.
Aparentemente inmóvil, inmutable e inquebrantable
ante el abismo de los cambios y de la insignificancia,
como lo es la eternidad.
-Si la imagino-.
Ahí fui el eco de quienes perseguimos o nos persiguen.
De quienes extrañamos o nos extrañan.
Lo dulce fue para mí amargo.
Los recuerdos caían desde arriba
-Siempre desde arriba- resultaban tajantes, punzantes.
me recorrían como las hojas secas
de esos enormes árboles, de sus sombras
y de sus inciertos discursos.
Respiraba. Resoplaba. Suspiraba
(todo mundo lo notaba, menos yo).
Era un enorme pájaro amarillo.
Piaba… piaba… y más piaba.
Y ellos me miraban.
Eran un montón de carniceros con machetes,
hachas y afiladas navajas.
Tras la puesta del sol, tornasol,
me habitaban sus formas, me perseguían.
La inmensa niebla, un total caos,
una incierta oscuridad.
De ahí saltaba. Saltaba. Rodaba.
Era una inmensa bola de fuego.
Ardiente, ascendente, sedienta de combustible y de calor.
Arrojaba destellos desde lo alto,
Desde la cima, la ruina de mi condena.
Al contacto con el suelo y con el tiempo
lograba ver humanidad.
Una humanidad que parecía contemplar perpleja mi agonía.
Me convertí en formas… en espirales;
blancas flores que el viento agitaba, deshojaba
y envolvía en su suavidad, como una caricia.
Caí. Tropecé. Rodé.
Inmóvil, parecía florecer.
¿A caso me acusaba la oscuridad de la noche?
Continuaban persiguiéndome, pensaba,
de manera acusadora e injusta.
Intentaban sujetarme, arrancar mis alas.
!Desplumarme!.
Pero era ya de madrugada.
Pronto iba a amanecer.












